DJANGO #2
El bosque se abría hacia un paisaje que, según todos los indicios, tendría que haber sido bonito, pero no lo era.
Las ciénagas destellaban a lo lejos y reflejaban las montañas boscosas.
El terreno, que descendía hacia la orilla, estaba entreverado de raíces retorcidas, desprovisto de árboles o tocones, pero repleto de matas de hierba y matorrales pantanosos.
Y había montones de ramas por todas partes.
Decenas, quizá un centenar. Parecían nidos de cóndores, o de aves del trueno, o de pterodáctilos de Jurassic World .
Liam se había detenido nada más salir de las sombras del bosque, y por fin lo alcanzaron. Se volvió hacia ellos aire triunfal.
—¡Os dije que encontraríamos algo!
Harper dejó de llorar. Se enjugó los ojos con el dorso del brazo y miró a su alrededor.
—¿Qué son todos esos montones? —preguntó Django.
—Ni idea.
—¿Crees que alguien los ha puesto ahí?
Liam tenía que saberlo. Liam era el constructor.
—Sí, supongo. Es imposible que sean naturales.
—Pero ¿por qué?
—A lo mejor es un antiguo cementerio indígena.
—Ostras… —Aquello abrió una cueva del tesoro de ideas geniales—. A lo mejor eran fantasmas del pantano. O druidas.
—¿Qué son los druidas? —quiso saber Harper.
—Viejos con la barba larga que practican la magia blanca. Como Gandalf.
—O magia negra, si son malvados —añadió Liam.
—Cierto, pero construyeron todo tipo de sitios raros para hacer su magia. Y son parecidos a este.
—No veo a ningún hombre con la barba larga —dijo Harper mientras miraba más allá de las ciénagas.
Ahí también reinaba el silencio. Ni un solo pájaro cantaba en la zona pantanosa.
Detrás de ellos, el sol se cernía a baja altura en el cielo y les abrasaba la nuca.
Debía de estar haciéndose tarde. El aire de agosto era sofocante.
Todo estaba teñido de colores cálidos: el aire, el agua, el musgo seco. Y, aun así, todo parecía estar mal.
«Muerto, esa es la palabra. Todo parece estar muerto».
Había algo entre los montones de más abajo. Liam echó a correr de nuevo.
—¡Puaj! Django, ¡ven a ver esto!
El chico lo siguió y Harper también, pero su hermano levantó una mano para detenerla.
—Tú no, Harper.
Lo dijo con la voz cargada de la suficiente autoridad paterna como para hacer que su hermana dudara.
En aquel mismo momento, Django lo vio y le bloqueó la vista a la niña con el cuerpo.
Era un alce. En avanzado estado de descomposición.
La cornamenta seguía en su sitio, pero le faltaban los ojos.
Los gusanos y las moscas lo infestaban. «Carne caliente», fue el pensamiento que le invadió, unas palabras aleatorias que desencadenaron una avalancha de recuerdos enterrados.
Estaba el familiar olor a amoníaco. El hedor de la podredumbre.
Estaban los hilos que se cruzaban desde los agujeros del cadáver del animal hasta el suelo y viceversa.
No…, no era real. No estaban en los Días Oscuros.
Y, sin embargo, los sentía muy cerca.
—Alejaos —siseó Django—. Tenemos que largarnos de aquí.
—¿Qué pasa? —gritó Harper.
—Un animal muerto —le contestó su hermano con la nariz pálida—. Está todo podrido. Es mejor que te quedes ahí, Harper. ¡Apesta!
Metió el palo al cadáver y Django se apartó.
—Liam. —Su amigo se giró, y Django asintió con la cabeza, serio, y bajó la voz al decir—: Los agujeros de los que te habló Ethan.
No creerás que… —No terminó la frase, pero volvió a asentir, esta vez señalando el montón de ramas más cercano.
Se le pegó la lengua al paladar. Entonces Liam metió el palo entre las ramas.
En muchos sentidos, aquello era peor que el alce—. No —susurró—. No las remuevas…
Pero Liam sentía curiosidad. Enterró la punta de la zapatilla en el montón. Las ramas eran viejas, de un color gris blanquecino, y estaban secas como el polvo, como los huesos de los ancianos. Algunas se quebraron bajo la suela de Liam.
Lo que sucedió a continuación fue rápido, demasiado rápido.
Liam avanzó, se adentró en el montón de ramas con la idea de destrozarlo.
En cambio, se hundió en él como si fuera de arenas movedizas.
Primero hasta las caderas. Luego hasta los hombros.
Se revolvió, pero solo consiguió partir ramas que se precipitaban con él hacia el interior, como si el suelo se hubiera abierto bajo sus pies.
Todo sucedió lo bastante despacio como para que Django pudiera ver el terror que traslucía el rostro de su amigo.
Aquella mirada no la olvidaría nunca.
—Socorro…
Django saltó. No pensó. Se lanzó para agarrar a Liam por la muñeca y se raspó las rodillas, pero la inercia de su amigo lo arrastró hacia delante y Django cayó encima de él.
Las ramas le pincharon, se le clavaron y le hicieron arañazos calientes en la piel; se rompieron como juncos bajo el peso añadido.
Tuvo la desconcertante sensación de caer a través de una bolsa de aire, y el estómago le dio un vuelco.
En un destello, vio lo que había allá abajo: un agujero profundo y oscuro lleno de ramas.
Y no tenía fondo.
Gritó. Debajo de él, Liam gritó. Por encima de él, Harper gritó, pero eso ya quedaba muy lejos. La oscuridad crecía muy rápido. Y, mientras se hundía cada vez más en el agujero, Django pensó: «Los Jibblymowers viven en agujeros. Los Jibblymowers, las Cosas Muertas y el resto de lo que se arrastra».
Cazados por Aquel Que Siempre Tiene Hambre.
Puede que la caída durara solo unos segundos, pero a Django se le hizo increíblemente larga. Cuando se detuvieron de golpe, fue como si el mundo entero se hubiera paralizado.
Poco a poco, empezó a llenarse de ruidos. Sus jadeos y resoplidos. Los gemidos de Liam. El zumbido de la sangre en los oídos. Harper berreando, muy lejos. Mucho más cerca, el crujido de una rama, tan fuerte como un disparo. Se hundieron más y Django gritó, pero fue solo un poco.
—Ay —gimoteó Liam.
Muy arriba, al menos a ocho metros, Django vio un esquicio de luz del día.
Daba la sensación de que estuvieran en el fondo de un pozo.
Las paredes eran de tierra, se alzaban en vertical y tenían zarcillos de raíces colgando por todas partes.
Una maraña de ramas llenaba el círculo como si fueran los garabatos de un niño pequeño.
Y Django se dio cuenta enseguida de que lo que estaba viendo era imposible.
Habían atravesado las ramas al caer. Tenían que haberlas roto, pues si no jamás habrían podido hundirse tanto.
La lógica dictaba que los restos debían de haber quedado debajo de ellos, formando el lecho irregular que les arañaba la espalda y las nalgas.
Pero ahí era donde terminaba la lógica. Porque una red de raíces en forma de embudo se había cerrado sobre su cabeza.
Como si el agujero hubiera vuelto a llenarse.
Django miró hacia abajo y solo entonces se dio cuenta de lo escabrosa que era su situación.
No estaban, ni de lejos, cerca del fondo.
Estaban colgando en algún punto intermedio, porque una raíz tan gruesa como un brazo parecía haber detenido la caída de Liam.
Django estaba suspendido alrededor de un metro por encima de él.
Pero ¿cómo era eso posible? Acababa de darle un codazo en el costado al intentar impulsarse hacia arriba.
Lo había notado. Y ahora había raíces retorcidas entre ellos.
Desconcertado y aterrorizado, Liam miró hacia arriba.
Tenía las extremidades arañadas y le salía sangre de la frente.
—¡Liam! Liam, ¿estás bien?
—¡Creo que no! No puedo moverme. Si lo hago, ¡todo se hundirá!
Pero se movió de todos modos y la raíz gruesa se partió. Gritando, se alejó aún más.
—¡No te muevas! —aulló Django.
«¡Joder, joder, joder!».
Liam empezó a llorar, lo cual empeoró aún más las cosas.
Salvo por algunos rasguños, Django no estaba herido porque su amigo se había llevado la peor parte de la caída.
Pero las raíces que tenía debajo de la espalda crujían y, si se rompían, rebotaría contra Liam como una bola de billar.
¿Cuánto más caerían? ¿Hasta dónde llegaba aquel pozo?
—¿Puedes trepar? —preguntó Liam con la voz vacilante.
Las paredes estaban demasiado apartadas para poder subir apoyándose en ellas. Con mucho, muchísimo cuidado, Django movió una mano y agarró una raíz por la base. Le dio un tirón. Se desprendieron pedazos de tierra, pero la raíz aguantó y pudo alzarse un poco.
Justo después, la rama en la que tenía apoyada la cadera se partió.
Django se revolvió y logró agarrarse a otra raíz con la mano libre.
Las piernas se le balancearon en el aire, se arañó las pantorrillas y, con un ¡uf!
, se quedó colgando de los brazos. Liam se encogió para protegerse de los escombros que le llovían mientras Django pataleaba hasta encontrar un nuevo punto de apoyo para los pies.
Era inútil. Como intentar escalar un castillo de naipes.
—No puedo.
—¿Llevas el móvil? —preguntó Liam.
Aunque sabía que la respuesta era no, Django se palpó los bolsillos. Nunca cogía el móvil cuando salían cerca de casa.
—No. ¿Y tú?
—Tampoco.
Se miraron a los ojos, y entonces Django sintió las primeras sacudidas del pánico.
Habían crecido más raíces entre ellos, algunas tan gruesas como brazos.
No las había visto crecer, no lo había notado, pero había sucedido.
¿Y si Liam no conseguía abrirse paso entre ellas?
¿Y si al cabo de un minuto ya ni siquiera podía ver a su amigo?
Miró hacia arriba y gritó:
—¡Harper! Harper, ¿estás ahí?
Silencio.
Liam se unió a él. La carita redonda de Harper apareció en el agujero. Seguía llorando. Soltando alaridos, más bien.
—¡Harper! —gritó Liam—. ¡Tienes que callarte y escuchar!
—¡No te veo! —berreó ella.
—¡Estamos aquí! ¡Mira entre las ramas! ¡Harper, tienes que ir a buscar ayuda! ¡No podemos salir!
—¡Pero no sé adónde ir!
Django pensó un segundo.
—¡Harper! ¿Ves el agua y las montañas?
La niña miró hacia atrás y desapareció momentáneamente del agujero.
—Sí —oyeron a lo lejos.