Días oscuros DJANGO
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DJANGO

Mood Indigo. Agujeros en el bosque. Un mensaje desde Luisiana.

VERANO

—Es precioso, ¿verdad? —susurró su padre.

—Esta será la última vez que lo oiga tocar.

—No, hijo. Lo oirás cada vez que toques tú.

—No tengo miedo —dijo Liam.

—Está prohibido —replicó Harper.

—Me la pela.

Estaban amontonados alrededor de la zanja que Liam y él habían cavado bajo la valla.

Liam metió los dedos entre los rombos de alambre para levantar las puntas de la parte inferior.

Harper tenía razón, por supuesto. Podías jugar en cualquier rincón de Bird Street, pero había cuatro lugares vedados: el camino forestal cerca de Camp Heron (demasiado lejos y demasiado tráfico), junto a la puerta del despacho de Joyce Wachowski (se volvía loca si la interrumpías mientras escribía), el patio de atrás de Django cerca de la valla (obvio) y el bosquecillo de detrás del bungaló de los Aikman.

Allí era justo donde estaban. Por lo general, Django era un niño obediente, sobre todo en lo que respectaba a los Días Oscuros, pero ya tenía once años, era un caluroso día de agosto y el bosque estaba repleto de libélulas, como una arboleda de cuento de hadas. Le había picado la curiosidad.

—¿Quién va primero? —preguntó Liam—. O yo te sujeto la valla o tú me la sujetas a mí.

—Ve tú primero.

—Vale.

Liam hizo ademán de agacharse, pero Harper lo detuvo.

—No quiero. No podemos.

—De acuerdo, pero entonces tienes que irte a casa. Nosotros vamos a entrar y no puedes quedarte jugando aquí sola.

—No quiero irme a casa.

—Entonces te toca venir con nosotros. Mira, es muy fácil.

Liam se dejó caer sobre las rodillas desnudas y se coló por debajo de la valla metálica. Django la levantó todo lo que pudo, y a su vecino solo se le enganchó la camiseta una vez en las puntas. Ya al otro lado, se puso de pie enseguida.

Su amigo había cruzado la valla prohibida. Django sintió que una vena le latía en el párpado.

—Ahora tú.

Entonces fue Liam quien sostuvo la alambrada en alto y Django el que se tumbó, con la nariz casi tocando el suelo.

Los voluptuosos olores del bosque le invadieron las fosas nasales: moras, agujas de pino, tierra oscura.

Él no era un saco de huesos como su vecino, pero este tenía la fuerza necesaria para levantar mucho la alambrada y el muchacho logró arrastrarse como un gusano hasta el otro lado sin arañarse los hombros ni las piernas. Se levantó y miró atrás.

Hacía un segundo, estaba allí. Ahora, estaba aquí. A un metro de distancia y, sin embargo, todo era distinto.

—Vamos, Harper —ordenó Liam—. Te toca.

A regañadientes, la niña empezó a deslizarse bajo la valla. A medio camino, su hermano soltó el alambre para que las púas le golpearan el trasero a través de los vaqueros.

—¡Ahora estás atrapada! —cacareó.

—¡Liam, idiota! ¡Para de una vez!

—Solo era una broma. —Volvió a levantar la valla—. Vamos, no te pasará nada.

Harper era tan menuda que las púas de la valla ni siquiera le habían arañado los vaqueros. Un segundo después, estaba de pie junto a ellos.

—Y ¿ahora qué? —preguntó Django.

—Ahora exploramos.

El bosque era verde y marrón y estaba lleno de una luz tranquila.

Al principio, se alejaron de la valla caminando en línea recta, pero la densidad de los helechos y las laderas abruptas no tardaron en obligarlos a desviarse.

Liam ideó un ingenioso plan para evitar que se perdieran: clavar palos en el suelo como si fueran postes indicadores, siempre uno a la vista del anterior.

A prueba de tontos, y mucho más inteligente que el de Hansel y Gretel con sus absurdas piedrecitas, porque todo el mundo sabía que las piedrecitas no reflejaban la luz de la luna (por no hablar de las migas de pan… Imbéciles).

Encontraron varas de zahorí y se pusieron a buscar oro escondido de los tiempos del Tío Gilito y Klondike y, luego, Jibblymowers.

—¿Cómo sabremos cuándo hemos encontrado algo?

—Oh, lo sabrás —dijo Liam—. Se hundirá.

Django no sabía muy bien qué significaba eso, pero no le cabía duda de que sería así.

Ahora que habían cruzado la frontera prohibida de la valla, se sentía extrañamente en equilibrio.

Todo le parecía precioso e íntimo: los huecos en penumbra de las laderas, los abejorros en los ranúnculos amarillos, los grillos entre la maleza.

Experimentaba una fuerte sensación de pertenencia, no solo porque aquel bosque lindara con su patio de atrás, sino porque sentía que formaban parte de un secreto que se hallaba en los cimientos de su vida.

—Ostras, esperad… —dijo Liam. Se detuvo y se quedó mirando, como hipnotizado, la punta de su vara de zahorí—. Bah, no es nada.

Y siguieron adelante.

—¿Los has visto alguna vez? —preguntó Django.

—¿A los Jibblymowers? Nunca. Pero sé que están ahí.

—¿Por qué lo sabes?

—Porque me lo dijo Ethan. Él tampoco los ha visto nunca, pero el chico que vivía antes donde ahora viven Gray y Laura se lo contó a mi hermano, y él sí había encontrado uno de sus agujeros.

—¿Por qué viven en agujeros? —preguntó Harper, a la que le costaba seguirles el ritmo.

—¿Por qué vivimos nosotros en casas? Así son las cosas.

—No te creo.

—Da igual que no me creas, es un hecho. En cualquier caso, ahora el chico está muerto.

—¿Por qué está muerto?

Liam trepó por encima de un tronco caído.

—Porque cuando los Jibblymowers te ven, te lanzan un hechizo y quedas maldito. Tendrás mala suerte y te morirás. ¿Verdad, Django?

—Quizá no. —El muchacho respondió con una evasiva porque no quería asustar a Harper. Luego, solo porque conocía la palabra, añadió—: Es cuestionable.

—No lo es. Me lo ha contado Ethan. Debemos tener mucho cuidado. Sobre todo tú, Harper. Podrías tropezarte en un agujero y caerte dentro sin darte cuenta.

—¡No!

—Sí. Te maldecirían y morirías, y nosotros no estaríamos ahí para ayudarte.

—¡Para o me voy a casa y se lo cuento a mamá y a papá!

—¿Cómo, tú sola?

Django vio que a Harper empezaban a temblarle los labios. Era hora de intervenir:

—Pero, si los Jibblymowers son tan peligrosos, ¿por qué los estamos buscando?

—¡Para darles una patada en los huevos! —gritó Liam, y echó a correr hacia delante segando los helechos con la vara de zahorí y lanzando patadas de kárate al aire.

—Liam está loco —observó Harper en tono serio.

—Lo sé —contestó Django.

Pero el muchacho también era divertido, inteligente y su mejor amigo.

En un destello de claridad, vio un único camino que se bifurcaba en dos posibilidades.

En una de ellas, Liam se convertía en un exitoso jardinero central de los Mariners.

Se ganaba un traspaso a los Dodgers y se convertía en campeón de las Series Mundiales.

Y, quizá, después diseñara un nuevo y prestigioso rascacielos.

En la otra, en uno de los Días Oscuros de la etapa más difícil de su adolescencia, se llevaría un AR-15 semiautomático al Instituto Cedarcrest y vaciaría sus cargadores contra sus compañeros de clase.

Fue como recibir un bofetón. De pronto, el calor del verano atrapado bajo las copas de los árboles le parecía húmedo y pegajoso. Ya no era acogedor, sino opresivo. Le daba escalofríos.

Corrieron para alcanzar a Liam y, cuando lo consiguieron, Harper miró hacia atrás, jadeando.

—Ya no veo la última señal.

—Sí la ves —replicó su hermano—. Ahí abajo, detrás de esos dos árboles retorcidos.

—Pero no la veo.

Django escudriñó la ladera descendiente, cubierta de ramas cubiertas de musgo verde brillante. Harper tenía razón.

—¿Volvemos?

—No —dijo Liam—. Lo encontraremos, no te preocupes.

Empezó a clavar otro palo en el suelo como si fuera un sacacorchos, pero no dejaba de caerse.

—Quiero irme a casa —protestó Harper.

—¡Deja de lloriquear! Te dijimos que podías venir si no lloriqueabas.

—Pero ¿adónde vamos?

—¡A ningún sitio! Solo estamos explorando. Cuando estás explorando, nunca sabes adónde vas. De eso se trata.

—Explorar es una tontería.

—Tú eres sí que eres tonta.

Liam se rindió con el palo, así que Django intentó clavarlo en un lugar donde el suelo era más blando. Se preguntó a qué distancia estaría el marcador anterior. No se preocupó demasiado por ello: solo tenían que bajar y bajar hasta que, en algún momento, llegaran a la valla.

Al fin y al cabo, ¿no tenían suerte?

Continuaron por un terreno más llano, entre gigantes del bosque con el tronco rojo y ancho como un camión de bomberos. Un rato después, Liam se detuvo.

—Escuchad.

Django ladeó la cabeza. Un silencio profundo lo envolvía todo y espesaba el aire. Ni una pizca de viento. Las copas de los pinos permanecían inmóviles mirando hacia el cielo. Incluso las libélulas y los grillos habían desaparecido.

—No se oye nada. Ni un solo pájaro.

—Nada.

Una vez más, Django pensó que aquello parecía un bosque de cuento de hadas, pero ahora la idea había perdido el encanto. Los bosques de cuento de hadas empezaban siendo divertidos, pero luego te perdías y, al final, siempre había algo que quería comerte.

Abrió la boca para proponer que se dieran la vuelta, pero, de pronto, Liam abrió los ojos como platos:

—¡Ostras! ¿Qué es eso?

Echó a correr con la vara de zahorí rebotando delante de él.

—¡Liam, espera!

—¡Quiero irme a casa! —vociferó Harper.

Durante una milésima de segundo, Django se planteó qué hacer. Luego agarró a su vecina por la muñeca y empezó a perseguir a Liam tirando de ella. No le apetecía nada quedarse atrás, solo, en el bosque, con una niña llorando. Pasara lo que pasase, tenían que permanecer juntos.

—¡Liam, para!

—¡Quiero irme a casa! ¡Quiero irme a casa! ¡Quiero irme a casa!

—¡Enseguida nos vamos! ¡Pero ahora tienes que correr más rápido!

Pero las piernecitas de Harper no podían hacer que fuera más rápido; no tardó en tropezar, y Django la cogió en brazos para no perder de vista la camiseta blanca de Liam, que ondeaba a su espalda. Ahora la niña había empezado a llorar a gritos, con los alaridos prolongados de un bebé aterrorizado.

Entonces Django también lo vio.