KAILA
Un día de chicas en Seattle. Cosas buenas. Zorro.
PRIMAVERA
También significaba que, cuando llegara noviembre, podría eutanasiar a personas para dárselas de comer a un monstruo.
Hasta aquel momento, había decidido no pensar en ello, pero últimamente sentía que la perspectiva se hinchaba dentro de ella como un globo.
Así que, cuando mamá le propuso ir a Seattle a pasar un día de chicas, decidió sacar el tema.
Solo necesitaba saber cómo.
Dieron un paseo por el Pike Place Market, Kaila zampándose un poke bowl para llevar y mamá tomándose una sopa de almejas en un cuenco de pan de masa madre.
En el Waterfront Park, se sentaron en un banco con vistas a la bahía de Elliott y a la noria para tomarse una cerveza de jengibre y ruibarbo en vasos desechables.
Y Kaila seguía sin tener ni idea de cómo abordar el asunto.
—Vale, suéltalo —dijo al fin mamá—. Estás estresada. Estás rayada. Te oigo hasta pensar, y el ruido es atronador.
Su hija dejó escapar el aliento que había estado conteniendo, atrapada entre el deseo de comportarse como una adulta y la ineludible sensación de no estar a la altura. En aquel momento, fue un alivio que su madre aún la tuviera tan calada.
—¿Alguna vez piensas que es hacer trampas?
—¿A qué te refieres?
—A Indiana —dijo—. Cuando gane. Cuando me seleccionen. ¿Será logro mío?
Su madre arqueó una ceja, sorprendida de que aquel fuera su pleito. Pero Kaila no quería hablar de ética. Quería hablar del meollo del asunto. Las pruebas de selección para los Juegos Olímpicos de París se celebrarían en Indianápolis en el mes de junio y Kaila sería la participante más joven.
—Por supuesto que será logro tuyo, cielo. Y ¿quién dice que vaya a ser fácil? Primero tendrás que clasificarte.
—Uf, ¡venga ya! —soltó la chica.
Aquello hizo reír a mamá.
—Admiro tu confianza.
—Es evidente que me clasificaré, y lo sabes. Esa es la cuestión. Nuestra suerte es como el dopaje. Es injusta. ¿Ganaría si viviera en cualquier otro sitio?
—¿Quién sabe? Pero te equivocas. Sí, los astros te son favorables, y sí, tienes suerte de que te hayan dado un cuerpo capaz de hazañas tan extraordinarias.
Es un privilegio, Kaila. ¡Aprovéchalo! No estás haciendo trampa.
Eres una persona resuelta. Apasionada. Te matas a trabajar todos los días para alcanzar tus objetivos. De nuevo: ¡te admiro!
—Bla, bla, bla… —Puso los ojos en blanco.
—Lo que intento decirte es que la felicidad no es absoluta.
José Saramago escribió que ningún ser humano puede conseguir todo lo que desea, salvo en sueños…
Así que ¡buenas noches a todos! —Luana se rio, pero Kaila no—.
Sueñas con llegar a lo más alto y tienes la suerte de tu lado, pero aun así tienes que esforzarte. Depende de ti, Kaila.
—Nuestra suerte no es como haber nacido en un país rico o en un barrio blanco de clase alta, mamá.
Su madre suspiró y se puso de pie, se acercó a la barandilla y se inclinó sobre ella.
—Si me soltara ahora y me cayera al agua, ¿qué pasaría?
—¿Que tendría que ir a buscarme una madre sin discapacidad motora?
—Ja, ja. Con suerte o sin ella, sufriría hipotermia, como cualquiera. Y si dejara de intentar mantenerme a flote, ¿qué pasaría?
Kaila suspiró.
—Te ahogarías.
—Exacto. No somos inmortales, no somos superhumanos, solo nos han dado un empujón en la dirección adecuada. Depende de ti decidir qué quieres hacer con ello, porque eso es lo que te hace ser quien eres.
Kaila cogió una bocanada temblorosa de aire.
—Quiero estudiar cine.
—¿En serio? ¿Dónde?
—En la Universidad del Sur de California, en Los Ángeles.
—Qué meta tan maravillosa, Kaila.
Miró a su madre a los ojos.
—Pero ¿puedo?
—Por supuesto. Tu padre fue a Berkeley. Todos los McKinley fueron a universidades de la costa este, y ya sabes lo mucho que viaja Juliette.
—Pero ¿no estamos, en plan…, atrapados aquí?
—Con el tiempo, echarás raíces en Bird Street, sí. Pero, por supuesto, podrás desplegar las alas. Ir a la universidad. Pasar los semestres en el campus y volver a casa en noviembre.
Kaila miró al vacío con gesto ausente.
—Ese podría ser el título de mi peli para la solicitud de admisión. Volver a casa en noviembre .
—Anda, suena bien.
¿De verdad sonaba bien?
La primavera pasó volando y Kaila se dedicó a aprovechar la vida.
El Día de los Caídos marcó el inicio de una larga racha de buen tiempo.
Se empapó del sol y apenas pensó en los Días Oscuros, que en aquel momento estaban igual de lejos en el pasado que en el futuro.
Ahora que ya tenía dieciséis años, sus padres no le ponían tantos problemas para que se quedara a dormir en casa de Jax y, tras un sermón sobre tomar buenas decisiones, incluso les dejaron compartir la habitación de hotel en Indianápolis.
Kaila disfrutó muchísimo de las buenas decisiones que estaba tomando —decisiones gloriosas, incluso— y Jax y ella estaban más enamorados que nunca.
Por supuesto, entró en la selección tras ejecutar a la perfección un triple mortal y medio carpado hacia atrás desde los diez metros y un doble mortal y medio hacia atrás con doble giro desde los siete.
Jax bajó corriendo desde las gradas, se lanzó a sus brazos y le puso su iPad en las manos empapadas.
Los padres y el hermano pequeño de la chica, igual de eufóricos, lo habían visto todo por Zoom y, como no podían abrazarla, se estaban abrazando entre ellos.
A papá incluso se le saltaban las lágrimas.
—¡Nos vamos a Paaaarís! —cantaba Django—. ¡Voy a comer baguettes hasta vomitar!
Todos se rieron.
En junio, Kaila se apuntó a la autoescuela y ayudó a Django a grabar vídeos para su nuevo canal de YouTube, Mr. Djangoman .
Se convirtió en un éxito de la noche a la mañana: su versión al estilo swing de los años cuarenta de «Shallow», de Lady Gaga y Bradley Cooper, y su interpretación boogie de «Watermelon Sugar», de Harry Styles, obtuvieron decenas de miles de visitas.
Pero lo que le catapultó a la fama fue «Great Balls of Fire». Esa puta canción otra vez.
A la mañana siguiente, su hermano bajó y le enseñó el iPad.
—No lo entiendo —dijo, desconcertado.
Debajo del vídeo, Kaila leyó: «2,1 millones de visitas, hace 16 horas».
—¡Ay, la hostia! —soltó.
—¡Esa boca! —gritó mamá, pero, cuando lo vio, soltó un taco aún más fuerte.
Más celebraciones para los Lewis da Silva.
Después de aquello, a Django empezaron a lloverle las peticiones, tantas que la Escuela de Música del Estrecho de Puget tuvo que actuar como agencia.
Rechazaron la mayoría, pero, cuando el productor ejecutivo de James Corden llamó para preguntarle si quería tocar en la última semana de The Late Show , Django dijo que sí, y mamá y papá le dieron permiso para hacerlo.
Esos dos días en Los Ángeles con la familia fueron una pasada.
Django se enorgullecía de su fama sin una pizca de arrogancia.
Lo que más le gustaba era ver con Kaila los vídeos de reacciones que la gente colgaba en YouTube.
Ella lo entendía a la perfección: era divertidísimo ver a aquel pequeño virtuoso de diez años volviéndose loco al piano mientras tocaba música viejuna.
Era adorable. Y su hermano era bueno. A Kaila le daba vergüenza ajena ver a niños cantando —el horror—, pero la voz de Django tenía un tono ronco y áspero. Tenía garra.
En aquellos días felices, le costaba imaginar que alguna vez hubiera sido capaz de albergar el deseo de morir.
Pero en algunos momentos se acordaba del chico de las fotografías de su padre y de todos los que lo habían precedido.
En esas ocasiones, algo oscuro se cernía sobre ella, igual que a veces una nube se desprendía de las Cascadas y ensombrecía la tarde soleada.
A veces, a Kaila le parecía ver al Contable.
La primera vez ocurrió en el campo de entrenamiento de Seúl.
Estaba a punto de saltar del trampolín cuando, de pronto, lo vio en las gradas.
Más oscuro y alto que la gente que tenía alrededor.
Con el rostro oculto entre zarcillos de humo, como ramas de noviembre meciéndose al viento.
Y, sin embargo, Kaila supo que estaba sonriendo.
Entonces, sus piernas la lanzaron al agua de forma automática, como si tuvieran voluntad propia.
No se dio un tripazo; su zambullida fue perfecta. Con el corazón desbocado, salió a la superficie y lo buscó entre las gradas, pero no estaba allí. Claro que no, se dijo. Había viajado hasta la otra punta del mundo. El Contable no iba a encontrarla allí, ¿verdad?
En otra ocasión, no lo vio, sino que lo olió.
Estaba en una de las fiestas de graduación de la familia de Jax en Redmond cuando, de golpe, los olores del ponche a vainilla y naranja y sudor adolescente quedaron desplazados por una alucinación fuerte y aromática, por una fragancia fantasma que resultaba inconfundiblemente suya.
Olía al humo que se le arremolinaba sobre los hombros.
Al dejo almizclado de su loción de afeitar.
A la podredumbre del bosque. Kaila jadeó, tan pronto sacudida por oleadas de frío como de calor, y por un instante la música pareció fundirse con la voz chorreante del Contable: «Quiero darte una cosa. Es solo tuya».
Jax le preguntó si estaba bien. No lo estaba.
Era incapaz de determinar si tales percepciones eran reales o provocadas por sus manías.
Pero, en las noches en que se sentía sola, agotada y consciente de que no siempre podía distinguir la realidad de la imaginación, sacaba el trozo de vidrio volcánico negro del joyero y se lo apretaba contra el corazón.
¿Cómo había vuelto a ella? No lo recordaba. La primera vez que lo había tirado, se lo había devuelto un zorro. Pero ¿la segunda vez, después de que su madre se lo quitara?
No lo sabía. No importaba.
Lo que importaba era que la piedra le proporcionaba consuelo.
Consuelo… y una secreta sensación de pertenencia que no sabía definir y a la que no era capaz de resistirse.
Cuando salió a correr la última noche de la primavera, vio un zorro cerca de la linde del bosque. Estaba inmóvil entre la hierba alta, observándola.
Kaila se detuvo.
—Zorro —lo llamó en voz baja—. ¿Eres tú?
El animal se hundió entre la maleza y desapareció.