RALPH #2
Un día más tarde, The Trevor Project, una organización sin ánimo de lucro dedicada a la prevención del suicidio entre jóvenes LGBTQ+, recibió una donación anónima de quinientos mil dólares.
McKinley puso la mayor parte, pero cincuenta mil dólares salieron de los ahorros del propio Ralph. Había insistido.
No para comprar nada.
A veces lo hacías para que el mundo fuera un lugar un poco mejor.
Ralph intentó ser un buen padre aquel invierno y, al cabo de un tiempo, más o menos lo consiguió.
La artritis de Django había mejorado y el niño apenas recordaba la noche del incendio. Su padre lo consideraba una reacción sana, dadas las circunstancias. Su hijo había dejado atrás los Días Oscuros con la misma resiliencia con la que los había aceptado.
Renovaron la planta baja en diciembre. Tuvieron la suerte de encontrar a un contratista que andaba sin trabajo después de que unos permisos hubieran retrasado las obras de un proyecto de mejora de infraestructuras en Carnation.
Marcos de ventana nuevos en la habitación de atrás, paredes recién enyesadas, una capa fresca de pintura…
De todo. Luana y él escogieron unas cortinas nuevas.
Durante un tiempo, y para su infinita frustración, Django tuvo que apañárselas con su viejo teclado, pero, a través de un secretario del juzgado, Ralph se enteró de que un ostentoso restaurante de Seattle llamado Eleven estaba renovando la decoración.
Resultó que accedieron a venderle su piano de concierto Yamaha por la mísera suma de seiscientos dólares.
Otro de esos pequeños e inquietantes caprichos de la buena fortuna que se le presentaban…
, pero que se convirtió en un regalo de Navidad perfecto.
—¡Ay-dios-papi-mami-sois-los-mejores! —gritó Django cuando quitó la sábana y no encontró más que el reflejo de las luces navideñas en la madera lacada.
—Pero prométeme una cosa —comentó Kaila—. No vuelvas a tocar «Great Balls of Fire». Odio esa puta canción.
Todos se echaron a reír, y Django se lanzó de inmediato a improvisar un swing al que llamó «Burning Down the Christmas Tree». Fue una velada maravillosa y, por primera vez, Ralph asumió que los días oscuros de 2022 habían quedado atrás.
Como todos los años, la depresión de Kaila se transformó en una hipomanía que hacía que se sintiera enérgica, invulnerable y eufórica.
A veces era difícil de manejar, pero cualquier cosa era mejor que su apatía de noviembre.
No todo estaba perdonado y olvidado —Kaila necesitaba tiempo para aceptar aquello de lo que pasaría a formar parte—, pero esas conversaciones podían esperar hasta que el año estuviera más avanzado.
Luana y él le aseguraron que podía asimilarlo a su ritmo y que ellos estarían listos cuando ella lo estuviera.
Su regalo de Navidad fue un campamento de entrenamiento de dos semanas de duración en Seúl, en febrero. La noche antes de que la llevaran al Aeropuerto SeaTac, acompañada de Jax, Kaila pilló a su padre sentado a su escritorio mirando las fotos de Levi. Tardó demasiado en guardarlas.
—¿Era él? —preguntó la chica con curiosidad.
Ralph no estaba seguro de hasta qué punto se había enterado Kaila de lo ocurrido durante los últimos Días Oscuros, pero su hija no era tonta. Pensó en mentir, pero no lo hizo.
—Tenía un año más que tú. Ya sabes que estábamos en la mierda. Era nuestra última esperanza.
—Parece algo sacado de un manga. De hecho, tiene pinta de ser un chico de manga.
Kaila había empezado a interesarse por el manga en las semanas previas a su viaje a Corea.
Al ver que Ralph lo estaba pasando mal, hizo algo que llevaba al menos dos años sin hacer: se sentó en el reposabrazos de la silla y se recostó sobre él.
Él la rodeó con el brazo. Se quedaron en silencio un rato, mirando la foto juntos.
Luego ella le dio un besito en la mejilla.
—Gracias por haber escuchado su deseo.
—Aun así, ojalá hubiera sido distinto.
—Mamá siempre dice que, cuando alguien muere, se convierte en una luz en el cielo. Ahora él es una luz en el bosque.
Aquella idea era mejor que cualquier otra, y Ralph se aferró a ella durante un tiempo.
El campamento de entrenamiento de Kaila fue todo un éxito y, cuando volvió a casa, la notaron más sabia y madura.
Ralph consiguió establecer un agradable equilibrio entre su vida familiar y sus casos en el juzgado.
Luana retomó sus clases. Todos los miércoles, Ralph llevaba a Django a la Escuela de Música del Estrecho de Puget, en Tacoma, para que asistiera al programa de excelencia.
A veces se pasaban por casa del señor Hendrickx, pero no tan a menudo como antes. El hombre se ponía un poco sentimental.
Evitaba a los vecinos en todo momento. Ralph no tenía ganas de encontrarse con Elizabeth, y no sabía qué haría en caso de que eso ocurriera.
Lo inevitable ocurrió en el funeral de Dorothy McKinley, el 24 de marzo.
Dorothy se había recuperado de la infección pulmonar que había estado a punto de matarla en noviembre y, como cada año tras los Días Oscuros, los síntomas del Parkinson habían remitido.
Pero esta vez le habían dejado secuelas en el cuerpo, le contó Graham más tarde: había empezado a marchitarse.
El cabello se le había vuelto más fino, le habían salido manchas en las manos.
Dorothy era consciente de que el final estaba cerca y se sentía en paz con ello.
Graham agradecía que les hubieran concedido un último invierno tranquilo y feliz.
Una noche, le dio un beso a su esposa antes de echarse a dormir y, en algún momento de la madrugada, un derrame cerebral chasqueó los dedos y remató la faena.
Django preguntó si la señora McKinley había sentido dolor, y Ralph le respondió que no, que había sido la mejor muerte que cualquiera podría desear.
Se topó con Elizabeth durante el velatorio en casa de los McKinley, donde vecinos, antiguos socios y parientes lejanos habían acudido a presentar sus respetos.
—Ralph —dijo ella, y le dedicó un brusco gesto de asentimiento tras pasar ante el ataúd.
—Elizabeth —respondió él.
Eso fue todo. Intercambió una mirada incómoda con Harry.
Él era quien tenía que vivir todos los días con lo que había sucedido en el bosque después de que a su esposa se le rompiera la máscara.
Ralph no entendía cómo era capaz de aguantarlo, pero debía de haber encontrado la forma de hacerlo, porque seguían juntos… y aparentemente felices.
Sin embargo, no todo el mundo lo estaba.
En el velatorio, Ralph se enteró de que Olivia y Juliette se habían separado en enero.
No había habido despedidas, solo un rollo de cinco páginas llenas de una escritura densa que había dejado entre los colmillos del jabalí de la sala de trofeos.
En ellas, Olivia afirmaba que sería más feliz muriendo de cáncer que viviendo con lo que habían hecho en noviembre.
No se había sabido nada más de ella desde entonces, pero era una apuesta segura.
El invierno pasó. Por mucho que Ralph luchara contra ello, por mucho que lo atormentara, los días en los que era sencillamente feliz se encadenaban uno tras otro.
La culpa seguía ahí, pero más bien convertida en un concepto teórico, y con el tiempo, eso también se desvaneció como un fantasma, igual que Levi.
No obstante, unos días después del velatorio de Dorothy McKinley, Ralph recibió un mensaje de texto de un remitente anónimo: «La cuerda tendría que haber sido más larga. Dijiste que era lo bastante larga, que sería rápido, pero no lo fue».
Se quedó mirándolo durante un buen rato y se preguntó si en el fondo del río Columbia, en Portland, Oregón, la pantalla de un viejo móvil se habría iluminado un instante.