Días oscuros RALPH
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RALPH

Salem, Oregón. Un buen padre.

INVIERNO

Se detuvo en seco al ver el rastro de huellas humanas que atravesaba el césped en línea recta hasta la puerta de la cocina.

Se abrió paso hasta ella por la nieve. Las huellas parecían comenzar al fondo, junto a la valla, y las marcas eran profundas.

Resultaba obvio que quien las hubiera dejado había caminado directamente hasta la puerta de la cocina y no había vuelto.

Las huellas no empezaban en la valla. Empezaban más allá, pasada la linde del bosque.

Sin embargo, el autor no había trepado la valla: la había atravesado.

De hecho, una de las huellas estaba partida en dos: la punta del pie en el patio trasero y el talón en el bosque.

Como si alguien hubiera entrado en su propiedad y la valla se hubiera levantado después.

Pero no era eso lo que había ocurrido.

Ralph se empapó del silencio y miró hacia la casa. El aliento se le condensaba en el aire claro y helado.

Si echara un vistazo a la cocina, ¿encontraría charcos de nieve derretida?

Era probable. Casi seguro. Y si buscara en Google la imagen de las suelas de unas Converse, encontraría el mismo patrón a cuadros.

Un carbonero se posó en la nieve a escasa distancia y se hinchó hasta formar una bolita esponjosa que lo miraba.

Ralph conocía al pajarito: era muy territorial y reinaba sin pudor sobre los arrendajos y los pájaros carpinteros del patio de atrás a pesar de que eran más grandes.

Django lo había llamado Señor Jibbly , y Luana y él lo alimentaban con alpiste y queso chédar, lo que lo había vuelto casi manso.

Ralph sonrió al pensarlo… y luego se forzó a reprimir la sonrisa.

Aquel invierno se había resistido con frecuencia a la felicidad que amenazaba con atraparlo, que trataba de erosionar su sentido de la culpa y su duelo.

Y, sin embargo, lo pillaban desprevenido: breves momentos de felicidad pura e intensa en los que Levi y el horrible episodio del bosque dejaban de ocuparle la mente.

Cuando le hacía el amor a Luana. Cuando bromeaban sentados a la mesa de la cocina y Kaila y Django reían con un abandono despreocupado.

Cuando se disponía a subir al Forester por la mañana para ir al juzgado, pero se detenía porque el canto de un halcón peregrino resonaba en el glorioso y brillante cielo azul del invierno.

O, como ahora, mientras observaba al carbonero. Con independencia de lo que se hubiera acercado sigilosamente a su casa aquella madrugada, el Señor Jibbly le conmovía de una forma más profunda.

Así que le dejó una nota a Luana en la mesa de la cocina y condujo hasta Salem, Oregón, donde dos padres seguían esperando contra todo pronóstico que su hijo volviera a casa.

El trayecto duró cuatro horas. Salió de la I-5 y giró a la derecha hacia una zona residencial, luego a la izquierda y luego otra vez a la derecha. No necesitó el GPS. Con Google Street View, había estado allí innumerables veces.

Era la típica calle estadounidense, con típicas casas estadounidenses, en la que la gente limpiaba el camino de entrada y los niños hacían muñecos de nieve.

Se detuvo ante la casa de madera gris con un abedul en el jardín delantero.

Ralph sabía que no podía quedarse allí parado mucho tiempo.

La gente estaba siempre atenta en esos barrios.

«Ni la mitad de lo que lo estarían si supieran quién soy. Si supieran que estuve con él en sus últimos momentos de vida».

«Por Dios, Ralph, ¿qué haces aquí?».

Si el chico aún hubiera estado vivo, su obsesión por él habría sido, en resumidas cuentas, un caso de acoso. Pero Ralph estaba acosando a una persona muerta. La estaba acosando con todo su corazón, porque era lo único que podía hacer.

Había analizado una y otra vez la carta de despedida de Levi (tras habérsela confiscado a los Aikman, la guardaba en la caja fuerte de su despacho) con la esperanza de encontrar un significado nuevo entre las palabras.

Había examinado sin cesar los dos retratos, los había estudiado desde todos los ángulos y se había topado con el muro de aquella sonrisa, la sonrisa que Harry le había ordenado esbozar a Levi.

Aquella sonrisa era todo promesas, no sobre quién había sido, sino sobre en quién podría haber llegado a convertirse si Ralph hubiera evitado que la tragedia se desarrollara esa oscura noche de noviembre en el bosque de Snoqualmie.

Había rastreado en los rincones de internet, frustrado porque tan solo le ofrecían la noticia de la desaparición del chico.

Ni resultados del equipo de natación, ni créditos en el programa de teatro del Instituto McKay ni en ninguna otra actividad extraescolar.

Era como si Levi hubiera pasado por la vida de forma anónima, lo que no hacía sino aumentar el misterio de su muerte.

Claro, tenía sus cuentas de TikTok e Instagram, pero eran privadas.

A diferencia de las de sus padres en Facebook.

Sus vídeos suplicantes, publicados tras la desaparición de su hijo, eran desgarradores.

El testimonio del conductor del autobús (que había reconocido a Levi como uno de sus pasajeros en el servicio matutino de Salem a Portland tras la alerta de menor desaparecido) les daba motivos para pensar que su hijo se había fugado.

Imploraban una señal de vida. Le imploraban que volviera a casa.

Daba igual lo que pasara, lo resolverían.

Siempre lo querrían. Ralph veía el parecido familiar en los ojos oscuros del padre y, aunque era una tortura, no dejaba de reproducir los vídeos en bucle.

Había tres. Los dos primeros, de principios de diciembre, no se habían hecho exactamente virales, pero al menos el periódico local Statesman Journal y la KPXG-TV los habían compartido.

El tercero, de justo antes de Navidad, había pasado prácticamente desapercibido; los comentarios no eran más que emojis de corazones rotos o «rezamos por vosotros» de amigos.

Para entonces, era evidente que Levi se había convertido en uno de esos muchos fugados estadounidenses que se perdían entre las grietas del sistema.

Y aquello era bueno para los vecinos de Bird Street, pero deprimente de todos modos.

Una noche, Ralph inició sesión en la cuenta de Instagram de Levi con la contraseña que figuraba en su nota.

Notó que se le calentaban las mejillas mientras iba examinando sus fotos, pero la verdadera sorpresa llegó cuando le aparecieron los mensajes de chat de una chica llamada Ava Torres: «OMG», y luego: «¿Levi?

», y luego: «Estás conectado!!! Dónde coño estás? ??».

Ralph cerró la sesión y tiró el teléfono como si estuviera infestado de gusanos.

A lo largo de los siguientes días, tuvo que reprimir el impulso de volver a iniciar sesión y enviarles un mensaje a los padres de Levi. O a Ava Torres. Para decirles que estaba bien. O que no lo estaba. O que nada de aquello era culpa suya. Que los quería. Algo.

No lo había hecho. Habría sido inmoral, aparte de peligroso.

Y, sin embargo, allí estaba ahora.

Escudriñó la casa mientras toqueteaba la pulsera de cuero que llevaba en la muñeca y se preguntaba qué estarían haciendo los padres de Levi tras esas paredes. Mientras se preguntaba qué habría estado haciendo Levi en aquel preciso instante si siguiera vivo.

«¿Qué cojones estás haciendo aquí, Ralph?».

La verdad era que no tenía ni idea. Sabía que no lograría un cierre emocional, que no habría catarsis.

Para eso tendría que hablar con los padres del chico y reconocer lo que había hecho, cosa que era imposible.

La muerte de Levi era la maldición con la que tenía que cargar.

La ironía era que no solo estaba sometido al proceso natural de superación —la negación que daba paso al dolor, el dolor al duelo y el duelo, al fin, a la aceptación—, sino también a una fuerza sobrenatural que aceleraba ese proceso: la felicidad que Bird Street les concedía, que le suavizaba las aristas más afiladas de la pena antes de que estuviera preparado para ello.

Ralph lo entendía, pero no podía aceptarlo.

Se negaba a desprenderse de los sentimientos que le hacían humano.

El Diablo podía curarle las heridas, pero lo menos que podía hacer él era seguir hurgándose en las costras.

Quizá por eso estaba allí.

Sentado al volante de su Forester delante de una casa desconocida en Salem, Oregón, Ralph Lewis reflexionó sobre el concepto de la culpa.

La culpa legal y la culpa del alma; emociones que no estaba experimentando, aunque debería.

Reflexionó sobre el poder sociópata y debilitante de la felicidad que no los hacía olvidar, pero tampoco sentir.

Y estaba tan ensimismado que un golpecito en la ventanilla le hizo dar un respingo.

Lo reconoció al instante. El padre de Levi.

Durante un segundo de parálisis, pensó en pisar el acelerador. Después bajó la ventanilla. Por instinto, se bajó la manga para ocultar la pulsera.

—¿Se encuentra bien, señor? Parece que está un poco pálido.

Ralph tuvo que aclararse la garganta.

—Pues… creo que me he mareado un poco.

—Menos mal que ha parado. Llevo un buen rato viéndolo aquí sentado, así que me ha parecido que tenía que venir a preguntarle si estaba bien. ¿Puedo ayudarle de alguna manera?

—No, creo que ya estoy bien. Lo… Lo siento muchísimo.

—No se preocupe. ¿Una Coca-Cola, quizá? Sé que es veneno, pero mi mujer dice que, para los mareos, no hay nada mejor que ese subidón de azúcar.

—Lo… Lo siento. De verdad.

—Eh, no se preocupe, hombre.

Ralph arrancó el coche y se fue, pero tuvo que parar a la vuelta de la esquina porque le temblaban demasiado las manos.

Las lágrimas le nublaban la vista. Esa noche, volvió a llorar entre los brazos de Luana cuando se acostaron.

Ella lo estrechó contra sí sin presionarlo para que hablara, pues sabía qué lo atormentaba, y sin decirle que lo superase, porque debía de temerse que el tiempo mismo lo solucionaría más pronto que tarde.

Al día siguiente, Ralph fue a ver a Graham McKinley.