RALPH #6
«Asegúrate de que sucede mañana —le había dicho Luana la noche anterior mientras se apretaba desnuda contra él. Le había tomado el rostro entre las manos y le había susurrado al oído—: Asegúrate de que se hace bien».
Pero nada de aquello estaba bien.
Levi tendría que haberse sentado recto antes de dejarse caer.
¡Ojalá lo hubiera hecho! Sin embargo, estaba asustado, no era capaz de pensar con claridad, y la cuerda se le enredó alrededor del cuerpo.
Se enganchó en un nudo en la madera y eso acortó la caída al menos medio metro.
El impacto lo sacudió como si fuera un muñeco de trapo, pero no le rompió el cuello.
Lo que Ralph vio entonces se le quedaría grabado para el resto de sus días.
Fue una puñetera maldición tener que verlo.
Aunque ningún ser humano quería ser testigo de tales horrores y la reacción natural era apartar la mirada en cuanto la imagen repugnante llegaba al cerebro, siempre estaba ese momento en que uno necesitaba ver para creer.
Por eso Harry encendió la linterna Krypton.
Y por eso Ralph no pudo no mirar. Debieron de pasar dos segundos antes de que Harry apagara la luz a tientas, pero esos dos segundos fueron suficientes para alimentar toda una vida de pesadillas.
El cuerpo de Levi se sacudía espasmódicamente mientras luchaba por llenarse los pulmones de oxígeno.
La sangre que le manaba por un lado del rostro teñía de rojo la cuerda naranja.
El ZAS de la cuerda le había arrancado tiras enteras de carne durante la caída y se le estaba hinchando la cara.
La lengua le sobresalía de la boca y tenía cada vez más sangre en los ojos.
Entonces volvió la oscuridad. Ralph oyó a Elizabeth gritar.
Oyó a Harry maldecir. Pero, sobre todo, oyó a Levi resollar.
Oyó el crujir de la cuerda, oyó el frufrú de la ropa con cada espasmo del cuerpo.
Pero, oh, cómo oyó a Levi resollar . El hedor de la orina impregnó el aire.
Llegaron otros olores, olores que Ralph no sabía describir.
Elizabeth se dio la vuelta y lloró. Harry la llamó por su nombre mientras avanzaba a tientas hacia ella.
Ralph no lo hizo. Se quedó paralizado. El ruido de una persona al ahogarse no se parecía a nada.
Lo escuchó, atormentado por la imagen residual de los ojos desorbitados y llenos de sangre de Levi mirándolo con desconcierto.
Pasaron tres largos minutos antes de que se hiciera el silencio.
Y de que el silencio se alargara.
Ralph advirtió de pasada que los ojos se le estaban acostumbrando a la oscuridad. Las ramas desnudas de noviembre se extendían por encima de ellos y, más allá, las estrellas pálidas brillaban en un universo lejano, frío.
Al cabo de un rato, una sombra se desprendió de la oscuridad. La linterna se encendió.
—Ralph, lo siento muchísimo. —A Harry se le quebró la voz—. Nadie quería esto. Es horrible, lo que ese chico…
Ralph lanzó un puñetazo con una mano que no le parecía suya. Le acertó a Harry en el lado derecho de la mandíbula. A su vecino se le fue la cabeza hacia atrás y cayó al suelo con un gruñido. El haz de luz de la Krypton rodó por el suelo.
Un calor hormigueante le subió por la muñeca. No acababa de comprender qué había pasado, solo sabía que tenía sed. Mucha sed… Pero no de lo que escondía bajo el asiento del conductor del Forester, se dio cuenta.
De repente, el mero hecho de pensar en alcohol le revolvió el estómago.
Harry se levantó con dificultad. Tenía una mancha oscura en el labio. Se sacudió el polvo de los pantalones, cogió la linterna y se tocó la mancha. Estaba muy apocado. Quizá quisiera sentir el dolor. Quizá fuese una penitencia.
—Oye, Ralph, creo que tendrías que ir a por la pala y un…
Algo crujía y Harry levantó la luz de golpe.
Las piernas de Levi estaban convulsionando.
El pecho se le movía. Otra vez. Reflejos musculares, sin duda causados por el exceso de dióxido de carbono en sangre, pero, aun así, era una imagen desoladora.
Cuando Harry se volvió hacia su vecino, estaba pálido como un fantasma.
—Ralph…
—A por la pala vas a ir tú —dijo Ralph—. Y quítame a Elizabeth de la vista.
—¿Estás seguro…?
—¡Largo! —gritó.
¿Cómo podía dejarle claro a Harry que necesitaba quedarse allí, con Levi? Después de todo lo que había permanecido envuelto en la incertidumbre durante las últimas semanas, aquello lo veía con una lucidez perfecta: el chico muerto era una carga que debía soportar él.
Así que Harry y Elizabeth se marcharon. Cuando dejó de oírlos, Ralph se sentó debajo de las dos piernas colgantes y se puso la cabeza entre las rodillas. Escuchó el crujido apagado de la cuerda, que iba desenrollándose muy despacio, hasta que se detuvo. Cerró los ojos. Intentó vaciar la mente.
En un momento dado, se levantó y volvió a apoyar la escalera en la rama. Subió hasta la mitad para comprobar el pulso de Levi.
Había latido. Levi estaba en muerte cerebral, pero su corazón seguía palpitando, aunque débilmente.
Diez minutos más tarde, el pulso también había desaparecido. Esta vez, cuando Ralph se lo tomó, desabrochó la pulsera de cuero que el chico llevaba puesta y se la guardó en el bolsillo.
Ralph se sorprendió al descubrir que solo eran las diez menos cuarto cuando llegó a casa. Su mente y sus músculos le decían que el amanecer no podía estar muy lejos.
Luana estuvo maravillosa. Mejor de lo que él creía merecer.
No le preguntó qué había pasado. Toleró su distanciamiento.
Era demasiado pronto para que Ralph hablara.
Su mujer lo intuyó y le dio la confianza necesaria para que contuviera su repugnancia en soledad y emprendiese el largo camino de volver a aprender a vivir consigo mismo y con los demás.
Subió al desván y se quedó mirando a Kaila durante un buen rato.
Estaba profundamente dormida, ya sin ataduras.
En cuanto Luana había recibido el mensaje en el que Harry informaba de que ya estaba hecho, le había quitado las correas.
Ahora Kaila parecía en paz. El litio la mantendría sedada durante un tiempo más, y eso era bueno.
Ralph le dio un beso en la frente y bajó las escaleras sin hacer ruido.
Django también dormía con placidez. Luana había vuelto a aplicarle la pomada en el pecho y las quemaduras empezaban a desaparecer. Ralph besó a su hijo y salió de la habitación.
En la ventana del dormitorio empezaban a brotar flores de escarcha. Exhaló sobre el cristal y vio cómo el ramillete se derretía derramando lágrimas largas y lentas. Luego, abrió el pestillo y empujó las contraventanas para abrirlas de par en par.
El césped, la valla y el bosque del otro lado también estaban cubiertos de escarcha. Contempló el paisaje que resplandecía a la luz de las estrellas.
Los montones de ramas habían desaparecido.
Ralph dejó la ventana abierta. Luana pasaría frío, así que la dejó acaparar todas las mantas. Se tumbó desnudo y, mientras el cuerpo se le relajaba de una manera exquisita gracias al frío, clavó la mirada en la cortina que se hinchaba con la corriente.
No quería cerrar la ventana. Así estaría más cerca de Levi.
A altas horas de la madrugada, Ralph notó que Luana se acurrucaba junto a él.
Una voz susurró:
—No puedo dormir.
La rodeó con un brazo, pero, cuando se despertó del todo un rato después, estaba muerto de frío y se sorprendió con los brazos envueltos alrededor de la sudadera de Urban Outfitters con la que habían enterrado a Levi, que estaba húmeda y sucia de tierra.
Ralph rompió a gritar. Luana se volvió loca intentado calmarlo, pero él no la veía, no la oía. Solo veía las dos piernas colgando en la oscuridad.
Solo oía a Levi resollar mientras se ahogaba.
Aquella fue la primera vez que el chico volvió a él durante ese largo invierno… Pero, desde luego, no la última.