Días oscuros RALPH #5
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RALPH #5

—¿De verdad es lo bastante larga? —preguntó Levi con una voz apenas audible.

—Ah, sí, no te preocupes —contestó Elizabeth—. Lo mejor es que te sientes en la rama y luego te dejes caer. Hay muchas otras ramas pequeñas a las que agarrarte, así que no te resultará complicado. Harry apagará la luz para que no tengas que ver nada. Eso lo hará un poco más fácil.

Levi no se movió.

La mujer le puso una mano en el hombro.

—¿Cómo te sientes ahora, cariño?

—Estoy bien —murmuró. Pareció que tomaba una decisión—. Bueno…, gracias. Por todo.

Le tendió la mano y Elizabeth se la estrechó.

—Es lo mejor —dijo ella con una sonrisa serena—. Unos momentos más y podrás dejarlo todo atrás.

—Es lo mejor —repitió Harry cuando Levi le estrechó la mano.

Entonces Levi se volvió hacia Ralph y dijo:

—Gracias.

Ralph le estrechó la mano, pero la sangre le latía con fuerza en el cráneo, en el pecho, en todo el cuerpo.

¿Qué le decías a una persona en un momento así?

¿Con qué podía despedir al chico, a pesar de su absoluta repulsa, a pesar de que aquel era un límite que no deseaba cruzar?

Mentir iba en contra de todo su ser, así que no le dijo que eso era lo mejor.

Tuvo que carraspear dos veces antes de preguntar:

—¿Estás verdaderamente seguro?

Levi no respondió, pero empezó a subir la escalera con las piernas temblorosas.

Cuando llegó arriba, Harry lo enfocó con la luz mientras el chico se alzaba hasta unas ramas más altas, se sentaba y se recolocaba para acercarse al nudo.

Una vez que encontró un equilibrio más o menos cómodo, se inclinó hacia delante e izó la soga.

—¿Podrías apagar la luz un segundo? —preguntó con la voz quebrada—. Para ver lo oscuro que está.

La apagó y una oscuridad monumental los sepultó. El silencio llegó arrastrándose a toda prisa desde todas partes y los oprimió con más fuerza que antes.

—Vale, ya está. Vuelve a encenderla.

Harry hizo lo que el chico le pedía. En el destello posterior, Ralph vio a Elizabeth, que tenía la mirada insistente clavada en el chico.

También vio a Harry, con los labios apretados en una línea crispada.

Y vio a Levi, en lo alto del árbol, pasándose el lazo por la cabeza y ajustándose el nudo a la altura de la nuca.

—Vale, ya puedes volver a apagarla.

Todo se quedó a oscuras una vez más y, en la penumbra, Ralph vio la imagen residual de las dos piernas colgando de la rama.

Eso por fin le hizo comprender la angustia y los escrúpulos que llevaba reprimiendo todo aquel tiempo en un esfuerzo por preservar su cordura.

Se llevó el puño tembloroso a la boca y se mordió los nudillos para ahogar un grito.

Así continuó mientras los minutos pasaban despacio, mientras esperaba oír el crujido de la ropa de Levi cuando se dejara caer, seguido de un silencio que duraría solo una milésima de segundo, que se hincharía como una terrible tormenta de expectativas por cumplir, y luego el chasquido.

No llegó.

—Tengo miedo —oyó.

A Ralph le fallaron las piernas.

—Ay, pobrecito mío. —Elizabeth—. ¿Quieres que te vaya guiando?

Un silencio largo. Parecieron sesenta segundos enteros.

—No lo sé.

—Oh, cariño. ¿Por qué no bajas un momento?

La luz volvió a encenderse. Ralph vio a Levi tirando del nudo que tenía en la nuca con una expresión de terror infinito, liberándose la cabeza, con las mejillas manchadas de lágrimas. Soltó la cuerda como si fuera una serpiente de cascabel.

—Pobre, pobrecito —dijo Elizabeth, dispuesta a interceptar a Levi al pie de la escalera.

Pero, en cuanto llegó abajo, el chico se dio la vuelta, se agachó y vomitó en el suelo del bosque.

—Tranquilo, tranquilo, cálmate. No pasa nada. Este paso es difícil para cualquiera. Incluso cuando sabes que lo deseas.

Elizabeth lo ayudó a enderezarse y le dio un poco de agua. Él se enjuagó y se secó las gotas de la barbilla con la manga. Estaba pálido y parecía que tuviera sudores fríos. Tardó un rato en ser capaz de hablar.

—Estoy mareado.

—Sé cómo te sientes. —De nuevo, esa calidez tranquilizadora en la voz de Elizabeth: arrulladora, envenenadora, inductora—. ¿Te has asustado?

—Sí.

—No sentirás nada, Levi.

—Lo sé, pero…

—Es verdad. No sentirás nada cuando se te rompa el cuello. En tres décimas de segundo, perderás el conocimiento. Fulminado al instante, ¿no es eso lo que me dijiste ayer? ¿Qué son tres décimas de segundo?

Chasqueó los dedos.

Levi reunió el valor para sacudirse la vergüenza.

—Estaba sentado ahí arriba. A oscuras. Con la soga alrededor del cuello. Y he pensado en mi casa. He pensado…

—Sé que es injusto. Ay, cielo, me imagino perfectamente lo desesperado que debes de sentirte. Y eso no va a cambiar. Solo empeorará. Me imagino que no quieres vivir con eso. Que no puedes vivir con eso, de hecho.

—Pero…

—Sé que lo sabes. —Elizabeth le puso las manos en los hombros, como una madre abnegada que intentara convencer a su hijo de que no merece la pena ponerse nervioso por un examen—.

La situación no hará más que complicarse una vez que se…

Bueno, ya sabes. Una vez que todo el mundo lo sepa.

Imagina cómo se pondrán las cosas en el instituto. Y tu padre…

Un destello intenso y alarmante iluminó la mente de Ralph, una visión fugaz de algo innombrable…

Pero se apagó con la misma rapidez. Durante todo ese tiempo, Harry mantuvo la Krypton apuntada hacia el suelo, de manera que Ralph apenas alcanzaba a ver la cara de Levi.

Pero podía imaginarse su expresión, eso sí.

—¿No se supone que deberías convencerme de que no lo hiciera? —preguntó el chico.

—Claro, y podría hacerlo —contestó Elizabeth en tono paciente—. Pero me da la impresión de que ese no es tu verdadero deseo. En el fondo de tu corazón, has decidido acabar con todo, y es cierto. Es real. Nadie puede reprochártelo. ¿Cómo van a reprocharte algo que no es culpa tuya?

Levi no dijo nada.

—De verdad. Un solo paso más y serás libre. Se acabó el dolor. —Se metió la mano en el bolsillo y sacó el blíster de pastillas—. Tómate otras dos. Te quitarán el miedo.

—No, no creo que…

—Levi. Otras dos. Estás temblando como una hoja. Harry, danos un poco de luz.

A la luz de la linterna, Elizabeth sacó dos pastillas del blíster y se las entregó a Levi. Sin el menor atisbo de voluntad propia, el chico las cogió y se las tragó con un poco de agua.

—Buen chico. Es lo mejor. Todo saldrá bien. —Le dio un apretón en el hombro y le dijo—: ¿Lo intentamos otra vez, Levi?

Ralph no tenía claro si el muchacho la había oído.

Parecía que los ojos le flotaban en la cara.

Embotados, tal vez por la incredulidad. Esa misma incredulidad estaba arrastrando a Ralph hacia un estado de pánico agudo que lo inmovilizaba.

Iba a suceder de verdad: Levi se estaba dejando guiar de nuevo a la oscuridad.

Pensó: «¿Elizabeth?».

—Adelante, todo irá bien. Te iré guiando.

Y así lo hizo. Levi asintió y, secundado por el apoyo moral de Elizabeth, empezó a subir la escalera otra vez.

—Muy bien. Ten cuidado. Agárrate fuerte.

¿Ves?, no es tan difícil. Ponte cómodo, desplázate un poco hacia la izquierda.

Y, ahora, la cuerda. Afloja un poco el lazo.

Bien. Sabes que estás haciendo lo correcto.

Todo habrá terminado enseguida. Se acabaron las preocupaciones, podrás dejarlo todo atrás.

Apriétalo un poco más, sí… Así está bien.

¿Apagamos la luz otra vez? Harry, apaga la linterna, por favor.

Entonces volvió la oscuridad. Y, en la oscuridad, Ralph se dio cuenta de que no eran los Días Oscuros los que hablaban a través de la voz de Elizabeth: era la depravación humana.

—Sabes que puedes hacerlo, Levi. Solo tienes que dejarte caer hacia delante.

Esta vez no tardó mucho:

—No. No quiero.

Un taco ahogado. Había sido Harry, que encendió la linterna de nuevo.

Ralph vio a Levi con las piernas colgando, la soga alrededor del cuello, mirando hacia abajo y negando con la cabeza.

En el momento más oscuro de su vida, había equilibrado su existencia sobre una rama de arce y había decidido bajar por el lado bueno.

Pero entonces.

Pero entonces.

—Escucha, ya no puedes echarte atrás —dijo Elizabeth.

—¿Qué quieres decir…?

—Después de todas las molestias que nos has causado.

Levi escudriñó el suelo con los enormes ojos oscuros. Agarró la pata más cercana de la escalera y empezó a desplazarse hacia ella.

—Oh, no, ni se te ocurra.

Elizabeth se abalanzó hacia la escalera y la empujó. Cuando empezó a ladearse, Harry se apartó de un salto justo antes de que se estrellara contra el suelo. Levi gritó y sacudió los brazos para mantener el equilibrio.

Lo consiguió. Pero, con la desaparición del escape psicológico que le proporcionaba la escalera, el chico perdió el control. Ojalá se hubiera quitado la soga del cuello. En vez de eso, se agarró a la rama a ciegas, gimoteando, con las extremidades rígidas.

—¡Vas a hacerlo, Levi!

—¡Ayuda!

—¡Hazlo! ¡Salta!

Ralph se tiró del pelo. Un ruido estruendoso y gutural le brotó de la garganta. Pero, aun así, la conmoción lo mantenía paralizado.

—¡Hazlo! —gritó Elizabeth. Bajo la luz furiosa de la Krypton, parecía que tuviera los ojos negros como estrellas muertas.

Harry miraba a su esposa sin dar crédito: no paraba de saltar mientras se arañaba las mejillas con las uñas—.

¡Salta, maricón de mierda! ¡No vales para nada!

¡Eres un maricón asqueroso y repugnante!

¡Acaba de una vez con tu vida y ahórrale a tu madre la vergüenza de tener un hijo como tú!

Ralph por fin lo entendió y aquello rompió el hechizo. Elizabeth jamás había tenido intención de revelar el motivo de Levi. Al chico le estaba costando aceptar su sexualidad y, en vez de ayudarlo a salir del armario, Elizabeth lo estaba empujando hacia dentro.

—Por el amor de Dios, Elizabeth… —«para», estaba a punto de decir, pero entonces Levi se lanzó.