Días oscuros RALPH #4
53%

RALPH #4

Pero su esfuerzo solo consiguió alterar a sus vecinos.

Elizabeth, que volvía de la cocina con el sándwich y un vaso de agua, se quedó paralizada en la puerta.

Harry, con la cara pálida, se encogió en su sillón.

Ralph mantuvo la mirada fija en Levi con la esperanza de que reaccionara, de detectar la más mínima señal de que quería escapar de aquello.

Pero el muchacho se limitó a observar la cuerda que tenía en las manos sin inmutarse.

Ralph subió la apuesta:

—¿Sabes cómo se hace el lazo?

Una vez más, el chico se encogió de hombros con aire ausente.

—Ni idea.

Ralph le quitó la cuerda de las manos, se sentó y se lo enseñó. Ni siquiera había terminado cuando Elizabeth dejó el plato con brusquedad sobre la mesita del salón.

—¿Y si dejáis eso para más tarde? Te he preparado un sándwich muy rico.

Intentó atraer la mirada de Ralph, pero este no se inmutó y siguió adelante. Cuando lo completó y lo apretó, se lo tendió a Levi. El chico examinó el lazo que colgaba delante como si se estuviera imaginando su cabeza dentro de él.

—Ya casi es verdad, ¿eh? —observó con la boca crispada.

Ambos dieron un respingo cuando se oyó un portazo; Elizabeth había salido de la habitación de malos modos.

Levi cogió la soga y Ralph le dijo:

—Venga, come.

Encontró a Elizabeth en la cocina, tragándose una pastilla y llevándose otra a los labios con los dedos temblorosos.

La mujer se sobresaltó al verlo entrar y se le cayeron unos cuantos blísteres.

Ralph se agachó a recogerlos antes que a ella le diera tiempo a hacer lo mismo.

Oxazepam, tal como le había dicho Harry.

Los correspondientes a una receta de varios meses, al parecer.

No la juzgó. No podía decirse que él hubiera logrado mantenerse alejado de su propia droga.

Pero, por más que le apeteciera ahogar sus emociones en alcohol, no podía permitírselo. No aquella noche.

Elizabeth bebió un trago de agua y jadeó:

—Eso ha estado totalmente fuera de lugar. Lo de la cuerda ha sido una canallada.

—Tendrá que verla de todas formas.

Ralph le devolvió las pastillas y ella le lanzó una mirada furiosa.

—Quieres que esto salga mal, ¿no? Tendrías que haber esperado a que oscureciera. No valía la pena correr ese riesgo.

—No estoy de acuerdo. Y, si piensas lo contrario, será mejor que te quedes en casa.

—Voy a ir con vosotros, Ralph. No te atrevas a intentar detenerme.

—No lo haré. Pero ¿y él? ¿Y si cambia de opinión?

Elizabeth no dijo nada.

La capa de nubes se había disipado. El bosque de Snoqualmie era una masa inerte bajo el semillero de estrellas, silenciosa en el último resplandor del crepúsculo.

En su interior, ya era de noche. Por primera vez en esa estación, había escarcha en el aire; cristales de hielo que bailaban bajo el resplandor de la Krypton de Harry.

No había duda: los Días Oscuros estaban llegando a su fin. Estaban al filo del invierno.

Los cuatro bajaron por el camino de entrada. El frío pareció despabilar a Levi, ya que, de repente, empezó a hablar:

—Es raro que haya una última vez para todo. La última vez que estás dentro de una casa. La última vez que ves el sol.

—¿Cómo te hace sentir eso? —preguntó Elizabeth, decidida a no separarse de él.

—Raro. Como si estuviera al final de todo.

—Llevaba la soga atada echada al hombro—.

También es un alivio, supongo. Hace dos días, antes de publicar en Reddit, pisé una chincheta.

Esa puta cosa se me clavó entera. Ni siquiera me di cuenta hasta que vi sangre por todas partes.

Fue entonces cuando me di cuenta de que no me dolería.

—Nos aseguraremos de que así sea. Se acabará antes de que te des cuenta.

Levi se paró a contemplar la diminuta luna creciente que rodaba, lenta y baja, sobre la casa de los Wachowski.

Ralph dedujo que las seis pastillas de Oxazepam que Elizabeth le había obligado a tomarse comenzaban a hacerle mella en el cerebro, a suavizar los bordes de su realidad y a conferirle una naturaleza etérea y onírica.

—Me acabo de dar cuenta de que jamás volveré a ver otro episodio de Riverdale . Aunque no es que eso importe mucho.

Con un gesto paciente, Elizabeth tiró de él para que siguiera adelante.

Bird Street estaba engañosamente tranquila.

Ralph sabía que todos los vecinos los estaban observando, espiándoles entre los huecos de las cortinas.

Todos estaban viendo al chico…, pero ninguno llamaría a la policía, ni siquiera después de que, una hora antes, se hubiera emitido una alerta de menor desaparecido con su nombre.

Todos sabían quién era y para qué estaba allí.

Ralph se sentía superado por toda aquella locura.

El impulso de ponerle fin era enorme, pero, justo cuando estaba a punto de hablar, una brisa fría procedente del bosque lo hizo estremecerse, como si algo distinto al viento hubiera agitado el aire. Se le erizó el vello de la nuca.

«Me estoy volviendo loco. Dios mío, deja que me vuelva loco. Si no, ¿cómo voy a ser capaz de seguir con esto hasta el final?».

Pasaron por delante de su propia casa y siguieron hasta la de los McKinley. Entraron en la finca a través del jardín de rosas. Con las contraventanas cerradas y las ventanas entabladas, la casa parecía una fortaleza.

Diseminados por el césped de los McKinley, había al menos una decena de montones de ramas.

Harry y él intercambiaron una mirada y, a pesar de la oscuridad, Ralph se dio cuenta que su vecino estaba muy pálido.

El juez intentó sacudirse la inquietud y le envió un mensaje a Luana.

El móvil se iluminó cuando recibió la respuesta: «K y D están nerviosos.

Por favor, avísame cuando haya terminado».

Llegaron a la verja cubierta de madreselva que se abría en el muro, al fondo de la finca. Harry encontró la escalera de mano que Gray les había dejado allí esa misma tarde. Cuando se la echó al hombro, Levi preguntó:

—¿Para qué es eso?

—Para subir al árbol, claro —respondió Harry.

—Joder, qué locura. —La escalera pareció afectarle más que lo de la cuerda y el nudo. Volvió a dudar—. ¿De verdad tenemos que subir a ese bosque?

—Aquí no hay senderos —dijo Elizabeth mientras abría la verja—. Al menos, no para excursionistas.

El chico se quedó mirándola con cara de desconcierto.

—No queremos que algún desconocido te encuentre y se lleve el susto de su vida, cariño. Es propiedad privada. Por la mañana, llamaremos a la policía y les diremos que estábamos recogiendo leña cuando te encontramos.

Eso no pareció convencer a Levi; aun así, siguió a Elizabeth hasta el otro lado de la verja. Ralph fue el tercero, y después pasó Harry con la escalera.

La oscuridad era absoluta bajo la techumbre de pinos y, si no hubiera sido por la linterna de Harry, Ralph no habría sido capaz de distinguir la capucha de Levi a un metro de distancia.

El chico se detuvo y se volvió, desorientado.

Se encogió cuando una rama de pino le rozó el cuello y la apartó como si le hubiera picado una avispa.

Allí, en el bosque, la noche caminaba, y con ella el silencio, que extendía los dedos voraces hacia el muchacho.

—La oscuridad te está dando miedo, ¿eh? —dijo Elizabeth—. Aquí tienes, tómate dos más. Te calmarán.

Le puso dos pastillas en la mano. Él se las tragó con un sorbo de agua de la botella de Elizabeth. Esta intentó sonreír, pero no consiguió nada, porque, cuando el haz de luz de Harry iluminó el rostro de Levi, Ralph no vio ni el menor rastro de su anterior resignación. Solo horror y desconcierto.

Enfilaron el sendero.

El trayecto era cuesta arriba. A Harry le costaba avanzar con la escalera entre los troncos densos, así que Ralph la agarró por el otro extremo.

Levi los seguía con aprensión. Cuando Ralph le lanzó una mirada, se dio cuenta de que se habían olvidado por completo de investigar al chico.

¿Por qué no lo había pensado antes? No sabía nada de él.

Ni quién era ni cuáles eran sus motivos.

Había seguido ciegamente la iniciativa de Elizabeth.

«En serio, si alguna vez ha habido una persona tan segura de algo, es este chico».

«Es una historia terrible…».

«Le prometí que me lo guardaría para mí y quiero respetar su deseo».

«Va a hacerlo de todos modos. Ya sea aquí o en otro lugar».

«Una historia terrible…».

Lo que le escamaba era la alerta de menor desaparecido.

Eso significaba que a alguien le importaba.

Se imaginó a dos padres angustiados en Salem, Oregón, llamando a la desesperada a todos los amigos de su hijo para intentar averiguar dónde estaba… Y expulsó esa imagen de su mente.

Era demasiado tarde. Una vez que te habías adentrado demasiado en aquel camino, no había vuelta atrás.

«Siempre hay vuelta atrás —le susurró una vocecita en su cabeza—. Mientras el chico siga respirando, puedes acabar con esto».

Desde algún rincón del oeste, en las profundidades del valle, le llegó el grito de un colimbo.

Llegaron al Lugar de la Ejecución veinte minutos más tarde.

La lona que había tapado el claro durante su excursión con Ann Olsen Dickinson había desaparecido y dejado al descubierto un arce antiguo y majestuoso.

Sus enormes ramas retorcidas y cubiertas de musgo se extendían horizontalmente en todas direcciones.

Harry apoyó la escalera contra la más baja, a algo más de cuatro metros de altura. Mientras Ralph la sujetaba, su vecino trepó por ella para asegurar la cuerda, contando un poco más de dos metros a partir del lazo. El resto lo enrolló varias veces alrededor de la rama y lo ató antes de bajar.

Ralph no quería mirar el rostro de Levi, situado bajo el lazo colgante de color naranja chillón, pero tuvo que hacerlo.

Por debajo de la superficie, parecían estar gestándose procesos insondables.

El juez deseó no haberlo visto, pero lo que antes parecía un trato hecho ahora estaba cayendo presa de la duda.

«Esto es pura desesperación. No está nada convencido. Detenlo. Por favor, detenlo».