Días oscuros RALPH #3
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RALPH #3

Cuando volvió a casa, Ralph subió directamente al desván.

La luz pálida de las estrellas se colaba por el ventanal y proyectaba sombras fantasmales.

Kaila, sedada con litio y Seroquel, se revolvía en la cama, inquieta.

Le dolía verla así: atormentada, dolorida, atada no con cuerdas, sino con correas de cuero.

Con su consentimiento o sin él, era una abominación.

Se agachó y le besó la frente húmeda.

—Aguanta, mi niña —susurró—. Te prometo que voy a acabar con esto.

Luego, bajó una planta.

Luana no estaba en la cama. Estaba de pie como un espectro ante la ventana abierta del dormitorio.

A medio camino entre el baño y la oscuridad, se había desprendido de la toalla, y había algo en el hecho de que estuviera allí plantada, desnuda, humeando en la fría noche de noviembre, que sugería que ni siquiera se había dado cuenta.

—¿Por qué has abierto las contraventanas? —le preguntó Ralph en voz baja.

Ella no contestó. Quizá no lo hubiera oído. Quizá estuviera buscando algo ahí fuera, en la oscuridad, que justificase lo que estaban resueltos a hacer. O quizá necesitara el frío para adormecer sus sentimientos.

Ralph se acercó y reprimió el impulso de mirar más allá, hacia el patio de atrás.

Aquel era el cuerpo que amaba. Los omoplatos sobresalían hacia él como huesos desnudos.

La piel temblorosa de Luana desprendía vapor, y eso le despertó el impulso de adentrarse en aquella nube e inhalarla, de ser la propia nube.

Todo lo demás, la tarea del día siguiente, quedaría a un lado.

La idea tenía una especie de atractivo fatalista.

Por fin, su mujer dijo:

—Dime que tienes buenas noticias.

Ralph se lo contó y ella escuchó. Después tiró de las contraventanas, cerró la ventana y se volvió hacia él. Ralph se estremeció. Luana tenía el rostro ceniciento, los ojos caídos. Parecía poseída.

Lo atrajo hacia su cuerpo cubierto de piel de gallina y le susurró:

—Asegúrate de que sucede mañana. Asegúrate de que se hace bien.

Ralph no podía expresar con palabras el frío que eso le metió en los huesos.

30 DE NOVIEMbrE

El chico no tenía pinta de querer morir.

Llevaba una cazadora oscura encima de una sudadera azul con capucha de la marca Urban Outfitters.

Unas Converse gastadas. Unos vaqueros de talle bajo que dejaban al descubierto la cinturilla blanca de sus Calvin Klein.

Podría haber sido uno de los compañeros de Kaila.

Puede que albergara un dejo de desolación.

Puede que se mostrara algo retraído, porque, cuando Ralph llegó a casa de los Aikman alrededor de las cinco y media de la tarde, el chico estaba en el sofá escuchando música con unos auriculares.

El teléfono era uno de los iPhones modificados de Gray —válido para Spotify, pero no para enviar mensajes—.

Elizabeth se lo había dado en Portland, ya que el móvil del muchacho estaba en el fondo del río Columbia para que fuera imposible rastrear su último viaje hacia el norte.

Había señales, eso sí. Los ancianos, los enfermos terminales, hablaban a mil por hora mientras reflexionaban sobre sus vidas. Los deprimidos no. Eran abismos negros.

A Levi se le notaba en las reacciones aletargadas cuando le hacían preguntas.

En la estremecedora melancolía que lo rodeaba y que Ralph reconoció de los episodios más oscuros de Kaila.

Al juez le resultaba imposible ocultar su inquietud: la situación le pesaba como una losa.

Solo era capaz de pensar: «Pobre chico. Esto no es lo que quieres.

Es un capricho que se te pasaría si le dieras un poco de tiempo».

¿Qué lo había llevado allí? ¿El divorcio de sus padres? ¿El acoso escolar, la inseguridad? ¿La depresión? ¿Acaso importaba? Él quería morir y ellos tenían una cuenta pendiente.

Harry entró agitando dos hojas de papel fotográfico.

—¡Tachán!

El deseo de Levi era que le hicieran un buen retrato, así que habían preparado un espacio profesional con un fondo y luces de estudio.

A Ralph se le había revuelto el estómago, como si al capturar su imagen Levi quisiera comprarse un hueco en la memoria de sus seres queridos.

Intentó imaginar cómo sería recibir una foto de Kaila hecha el mismo día en que se había quitado la vida.

Sería una bofetada. Pero a Levi le proporcionaba una sensación de cierre emocional, y eso era lo que importaba.

Harry le enseñó las fotos a Levi y el chico se mordió el labio.

—No parabas de decirme que sonriera.

Se guardó los auriculares en el bolsillo y, de mala gana, les enseñó la primera, en la que sonreía de oreja a oreja mirando a la cámara. Entonces se echó a reír por primera y última vez aquella tarde. Elizabeth y Harry se unieron a él.

—Pero mira la otra —intervino Elizabeth—. ¡Es preciosa!

El chico la miró durante un rato con el ceño fruncido.

—¿Crees que se preguntarán en qué estaba pensando cuando me sacaron la foto? ¿Qué se me estaba pasando por la cabeza?

Ralph se dio la vuelta, no podía soportarlo.

«Sería demasiado íntimo. Yo recortaría tu cara de la foto, enmarcaría el fondo y lo pondría en el ataúd. Extrañamente, no parecería que no hubieras existido nunca. No, la ausencia sería el foco de atención. Porque eso sería lo único que quedaría: un agujero en una foto, un contorno vacío».

Poco después, Levi empezó a llorar. Elizabeth se mostró más que dispuesta a abrazarlo.

—Solo quiero que acabe ya —dijo el chico entre sollozos desgarradores—. Es demasiado. No lo aguanto más.

Eso también destrozó a Ralph. Lo llenó de una tristeza profunda que luchaba por imponerse a su aversión.

«Levi, ay, Levi. A lo mejor tus padres y tus amigos se han alejado involuntariamente, pero nosotros somos los últimos que podemos hacerte cambiar de opinión, y es posible que incluso quieras que lo hagamos.

Tal vez seamos como una luz que titila sobre aguas oscuras, un lugar donde esperabas encontrar consuelo sin tener que dar explicaciones, pero parece que ya estamos demasiado lejos».

Ojalá pudiera intervenir.

Pero Ralph pensó en Kaila. Pensó en Django y Luana. Y no dijo nada.

Elizabeth meció al muchacho, le acarició el pelo y lo apretó contra la calidez de su pecho.

Ralph se dio cuenta de que su vecina lo estaba pasando mal, pero continuó abrazando a Levi durante todo el tiempo que el chico necesitó.

Cuando este por fin se zafó de las garras de Elizabeth, avergonzado, ella lo agarró por los hombros y le habló en tono compasivo:

—Estás seguro, ¿verdad?

—Sí —contestó Levi con los ojos llenos de lágrimas—. Solo quiero paz.

Algunas mentiras absorbían todo el aire de una habitación.

—De acuerdo. Entonces te ayudaremos a encontrarla.

—Gracias —susurró Levi.

Los aspectos prácticos. Elizabeth le preguntó qué quería poner en su nota de despedida, lo animó a escribir dos versiones a mano y luego lo ayudó a elegir la mejor.

Le recordó que incluyera una lista con la contraseña de sus cuentas de TikTok, Instagram y Gmail para que su madre pudiera avisar a sus contactos.

Cuando el chico terminó, dobló el papel y lo metió junto con el retrato en un sobre, en cuyo anverso anotó su dirección.

—La enviaremos más tarde —dijo Elizabeth con el mismo tono compasivo—. No te preocupes por eso ahora. —Dándole a entender: «Porque, una vez que la carta esté enviada, no habrá vuelta atrás».

Ralph contemplaba el fuego. Dos leños cuidadosamente cruzados ardían despacio sobre una rejilla cubierta de hollín.

Una vez que regresaran del bosque, aquel sería el buzón al que Elizabeth echaría el sobre.

Era la única manera: en casos así, no tenían más remedio que hacerlos desaparecer sin dejar rastro.

—¿Quieres alguna cosa más? —preguntó Harry.

Levi lo miró con cara de no entender nada.

De nuevo, una reacción lenta, como si estuviera allí a medias.

Era demasiado joven y estaba demasiado angustiado para hacerles preguntas: ¿por qué hacían todo aquello por él?

, ¿no se meterían en problemas legales? Preguntas que, por lo general, querían que les respondieran.

—Quizá algo especial para comer —aclaró Harry—. Podríamos pedirte algo.

—Ah, eso. No, estoy bien. —Empezó a moverse con nerviosismo—. ¿Podemos irnos?

Harry y Elizabeth intercambiaron una mirada.

—Bueno…, tienes que comer algo, Levi —dijo ella—. Para no vomitar los analgésicos. Te calmarán.

Entonces lo entendió. Mientras Elizabeth le preparaba un sándwich de mantequilla de cacahuete y mermelada en la cocina, Ralph aprovechó la oportunidad para sacar la cuerda de polipropileno naranja de un centímetro de diámetro que vendían a 7,97 dólares los treinta metros en el Ace Hardware de Carnation.

Estaba escondida en el armario del pasillo.

Lo sabía porque él mismo la había metido allí.

Harry no fue lo bastante rápido para impedírselo.

—Mira, Levi, aquí está —dijo Ralph, que, antes de ponérsela en las manos al chico, le mostró que medía algo más de dos metros.

«Esos son los metros de cuerda que necesitas para romperte el cuello.

De hecho, la caída te partirá en dos la columna cervical.

Por suerte, los músculos y los tendones del cuello humano son bastante resistentes, pero, aun así, el margen es escaso.

Si la cuerda es demasiado larga, te decapita…

Se sabe de casos en los que ha ocurrido».

Ralph necesitaba que Levi la viera. Que sintiera el tacto de la cuerda al deslizársele entre los dedos y eso lo llevara a asimilar lo que estaba haciendo. Era lo mínimo que podía ofrecerle.