RALPH #2
Empezaron por despejar los escombros. En la planta baja, los daños causados por el humo eran tan grandes que necesitarían una empresa de limpieza profesional para repararlos, pero eso tendría que esperar.
Luana y él hicieron todo lo posible por eliminar el hedor con distintos productos, pero, por más que rociaran, por muchas velas Yankee Candles que encendieran, mientras no pudiesen ventilar, el olor persistiría.
Y ventilar estaba descartado. Habían vuelto a cerrar las puertas del patio y las habían tapado con bolsas de basura porque las contraventanas se habían salido de los goznes.
Cuando terminaron, Luana miró el Steinway destrozado con tristeza.
—Menudo desastre —dijo, y empezó a sorberse la nariz.
Tenía razón. Era un desastre. Ralph se acercó a ella y la abrazó.
Por un instante, su mujer se tensó, pero luego le permitió hacerlo.
Era un raro momento de afecto entre ellos en los Días Oscuros.
Aun así, él sabía que sería ridículo pensar que volvían a ser los de siempre.
Solo era que estaban en el ojo del huracán, nada más.
Django los había hecho espabilar de golpe. Les había dado una oportunidad.
Su pequeño pirómano estaba dormido como un tronco.
Ralph se daría de cabezazos: ¿cómo había podido prestar tan poca atención a los problemas de su hijo en las últimas semanas?
Los Días Oscuros no eran excusa. Era su responsabilidad.
Gracias a Dios, solo había sufrido quemaduras de primer grado.
Luana le había aplicado un gel en la piel.
Estaría rojo como un tomate durante un tiempo, pero no era grave.
Un analgésico lo había dejado fuera de combate.
A primera hora se había despertado balbuceando algo de carne caliente y cerdo desmechado (raro, porque no había mostrado apetito) antes de volver a caer redondo.
Con un poco de suerte, se olvidaría del incidente.
La mente de un niño podía permitirse ese lujo.
Ralph no: su mente no dejaba de volver a Kaila y al gigante hecho de sombras que se la llevaba hacia la valla.
«Ese no era el Contable. Kaila caminaba de la mano de un hombre muerto. De una de las almas a las que has ayudado a morir en el bosque».
¿Cómo había salido su hija? La habían atado a la cama, por el amor de Dios —un mal necesario para protegerla de sí misma—. Pero, cuando subió a revisar el desván, le pareció que algo hubiera roído las cuerdas.
Era imposible que lo hubiera hecho sola.
«Sabes que no fue ella».
Aun así, Kaila le había dicho que quería vivir. A pesar de la ferocidad de su enfermedad, a pesar del veneno de los Días Oscuros, le había suplicado que la detuviera.
Y Ralph juró que haría cualquier cosa, literalmente cualquier cosa, para concederle ese deseo.
Así que, cuando el mensaje de Gray apareció en Vember a primera hora de la tarde, le dio un vuelco el corazón.
«Tenemos uno», decía.
Se llamaba Levi; apellido: a olvidar.
Gray lo había encontrado en Reddit más o menos a la misma hora a la que Ralph había apagado la alarma antiincendios la noche anterior. Y, por primera vez, se preguntó si todo aquello no estaría regido por una especie de fuerza orientadora.
Se reunieron en casa de los Aikman. Aparte de los anfitriones y Ralph, solo estuvieron presentes Gray, Juliette y Marc.
—Su publicación era distinta de las demás —dijo Elizabeth—. Gray me la reenvió de inmediato.
—Nada de mierdas morbosas rollo emo —confirmó Gray.
—Y tampoco era de las que buscan llamar la atención. Ya sabéis a qué tipo de publicaciones me refiero: se lamentan de lo inútiles que se sienten, piensan que no tienen amigos y que no son capaces de soportar la presión en clase.
Gray asintió con la cabeza.
—En internet los encuentras a patadas. Les pones una buena nota, les invitas a un trozo de pizza de peperoni a la hora de comer y para el viernes ya están de nuevo en el buen camino.
—Un momento —intervino Ralph—. ¿De qué edad estamos hablando?
Harry fue el único que no apartó la mirada.
—¿Acaso importa?
—Tiene dieciséis años —respondió Elizabeth en voz baja.
Marc levantó los brazos en un gesto de incredulidad. Juliette se puso en pie, se alejó y se detuvo ante la estantería con una expresión horrorizada. Ralph se quedó sin palabras.
—Antes de que juzguéis —dijo Elizabeth—, charlé con él por internet durante una hora y, luego, otros noventa minutos por teléfono…
—¿Por una línea segura, espero? —preguntó Marc.
—¿Tú qué crees? —dijo Gray—. Nos ofrecimos a ayudarle, siempre y cuando descargara un archivo que le enviamos. Es una especie de spyware y el chico no era tonto. En resumen, ahora estoy al mando de todo lo que ocurre en su teléfono. Puedo borrar o cifrar lo que quiera.
—¿Y os fiais de eso? ¿Ahora, en este momento?
—¡Tenemos que hacerlo! —exclamó Elizabeth—.
Hice una videollamada con él. Dios, todavía estoy conmocionada.
Es una historia terrible… —Se le notaba en la cara: eso, al menos, era sincero—.
Le prometí que me lo guardaría para mí y quiero respetar su deseo.
Pero, en serio, si alguna vez ha habido una persona tan segura de algo, es este chico.
—Elizabeth, no puedes hablar en serio —exclamó Ralph.
—Se nos acaba el tiempo, no tenemos otra opción.
Marc se pasó los dedos por el pelo.
—Por Dios, lo publicó en Reddit. El chico tiene un historial del tamaño de Texas. Si esto se tuerce, nos cuelgan. —Se sonrojó de inmediato—. Lo siento, eso ha estado fuera de lugar.
Un silencio opresivo se instaló entre ellos. Ralph se notaba mareado.
—De todos modos, es demasiado arriesgado —prosiguió Marc—. Si se lo piensa mejor o habla, estamos acabados.
—¿Tienes otra solución? —preguntó Elizabeth—. Lo he analizado a fondo, le he ofrecido todas las alternativas. Hasta he intentado convencerlo de que no lo haga, joder.
Se echó a llorar. Harry se acercó a ella con torpeza, pero no le puso la mano en la espalda.
Las lágrimas de Elizabeth parecían desquiciarlo tanto como a Ralph.
Este creía que eran sinceras, pero tenía serias dudas de que su vecina se hubiera esforzado demasiado por hacer cambiar de opinión al pobre chico.
—Va a hacerlo de todos modos —sollozó la mujer—. Ya sea aquí o en otro lugar. Al menos, podemos ofrecerle una opción más humana.
—¿Humana? —le espetó Juliette—. ¿Consideras que esto es humano? Joder, ¡es un niño! ¿Cómo es posible que nos lo estemos siquiera planteando?
Marc la respaldó:
—Tiene que haber alguien más ahí fuera. Alguien mayor. Por lo que a mí respecta, hacemos que un yonqui se meta una sobredosis.
—¡Hemos buscado! ¡Ya lo sabéis! Pero se nos acaba el tiempo, ¿no os dais cuenta? Se… nos… acaba… el… tiempo. Es un milagro que hayamos encontrado a alguien en el último momento.
«Pero, si esto es un milagro, ¿qué se considera un castigo?», pensó Ralph.
—Tener que tomar una decisión como esta en el estado en que nos encontramos está mal y es una putada —dijo Juliette.
De repente, a Elizabeth se le cayó la máscara. Las arrugas profundas y hermosas se abrieron y dejaron al descubierto una histeria oscura.
—¡No tenía otra opción! —chilló… Chilló de verdad—. ¿Qué se supone que debía hacer, eh? ¡Decidme! ¿Qué se supone que debía hacer?
En ese preciso momento, el iPhone que tenía en la mano emitió un pitido agudo. Abrió los ojos como platos y la pantalla se reflejó en ellos.
—Es él. Quiere hablar. —Se levantó al mismo tiempo que les hacía un gesto a los demás para que guardaran silencio. Corrió hacia la puerta, tocó la pantalla y lo último que Ralph oyó fue su voz tranquila y reconfortante—: Hola, Levi. ¿Qué pasa, cariño?
Los demás permanecieron sentados como supervivientes tras la explosión de una bomba.
Ralph no sabía qué le resultaba más aterrador: la histeria repentina de Elizabeth o el cambio abrupto con el que había recuperado la compostura.
Mientras tanto, sus propios marcos de juicio moral comenzaban a desmoronarse y la cabeza no dejaba de darle vueltas.
«Guiar a un niño a su muerte».
«A un niño».
Juliette tenía razón: estaba mal.
Y sin embargo…
A Dorothy McKinley la habían ingresado en el Hospital Snoqualmie Valley. Estaba conectada a un respirador y los médicos le habían aconsejado a Graham que se preparara para lo peor.
Olivia Davis estaba sufriendo fuertes dolores de estómago, justo donde el tumor le había desaparecido hacía años.
La reacción alérgica de Ethan Wachowski a la vacuna contra el tétanos había empeorado y los médicos se estaban replanteando el diagnóstico. Schwarz-wald , la fuente de toda aquella desgracia, había dado negativo en las pruebas… Pero Ethan comenzaba a mostrar síntomas de rabia.
Y luego estaba Kaila.
Kaila, que le había suplicado que la detuviera.
Quizá les estuvieran dando una última oportunidad y, si no la aprovechaban, empezarían a morir uno a uno. Primero en Bird Street, luego más allá. Los Días Oscuros se extenderían como la podredumbre.
«Va a hacerlo de todos modos. Ya sea aquí o en otro lugar».
Levi era su golpe de suerte.
Y su última oportunidad.
Por eso Ralph desenterró de su vergüenza lo que los demás no eran capaces de desenterrar y dictó el veredicto:
—Lo haremos —murmuró—. Dios mío, si conseguimos que coopere, lo haremos.
Elizabeth permaneció fuera más de cuarenta minutos. Cuando volvió, dijo que todo estaba organizado. Levi vivía en Salem, Oregón, y llegaría a la estación de autobuses de Portland a la una de la tarde del día siguiente. Harry y ella irían a recogerlo.
Les mostró a los demás la publicación anónima que había puesto a Gray tras la pista de Levi.
Era breve y concisa: «¿Cuántos metros de cuerda necesito para romperme el cuello?».