RALPH
Pánico. Un regalo de los dioses. Levi.
Luana, un montón informe de mantas.
«Humo».
Lo olió. Apartó las mantas y se encaminó dando tumbos hacia la puerta; sin embargo, antes de llegar a ella, también lo vio: sucios zarcillos de humo que se colaban por el hueco de debajo.
En el rellano, inhaló la primera bocanada y se dobló por la mitad para toser mientras se llevaba un brazo a la nariz.
Bajó las escaleras a toda prisa y, oh, Dios, allí era mucho peor.
Un humo espeso, negro y ondulante se acumulaba bajo el techo.
Cogió una bufanda del perchero y se tapó la nariz y la boca con ella.
El piano. Django estaba tocando el piano. Aunque no era exactamente eso, ¿no? Su música era un grito que formaba un coro disonante con el ulular de la alarma y el rugido creciente del fuego. Era malévola, salvaje y aterradora; aun así, seguía el típico ritmo boogie de Django.
—¡Django!
La habitación del fondo parecía la boca del infierno.
El piano estaba envuelto en llamas. El calor era terrible y Ralph sintió que su piel era demasiado fina para resistirlo.
Las llamas trepaban hasta el techo. Las cortinas también estaban ardiendo, y eso convertía en muy real la posibilidad de que el entablado de madera contrachapada se incendiara.
Y en medio de todo eso estaba su hijo, con los brazos bien abiertos, magullando las teclas.
Como si estuviera poseído.
«No, como si fuera el mismísimo Diablo».
Ralph se movió con rapidez y agarró a Django por debajo de los brazos.
Al tocarlo, apartó las manos instintivamente porque la piel de su hijo estaba hirviendo.
Luego tiró de él para apartarlo del piano.
Se oyó un sonido repetido, como de latigazos, y Ralph tardó un segundo en darse cuenta de que las cuerdas del interior del piano se estaban rompiendo.
Sacó a Django a rastras de la habitación y siguió arrastrándolo por el salón. El niño gritaba y pataleaba. Ralph quería chillarle, pero había perdido la bufanda y estaba inhalando tanto humo caliente que no podía dejar de toser. Al llegar a la cocina, se cayeron y los dos rodaron por el suelo.
—¿Papá? —La voz de Django, ronca y sibilante. Levantó la mirada aturdido, como si acabara de despertarse de un sueño.
—Django… Por Dios, hijo, ¿qué has hecho?
—¡Ralph! —Una luz difusa se derramó a través del humo. Luana estaba de pie en la puerta, en camisón, aferrada al extintor que había sacado del armario atestado del pasillo—. Dios mío, Ralph, ¿está bien?
El juez examinó a su hijo, que tosía con violencia.
Una mucosidad negra le formaba espuma en la barbilla y las lágrimas le trazaban surcos en el hollín de las mejillas.
Tenía la cara, el pecho, el abdomen y los brazos de un rojo refulgente, como si se hubiera quedado dormido al sol.
Se había cruzado las manos retorcidas sobre el pecho y temblaba por la conmoción, pero Ralph no vio quemaduras.
—Está bien —jadeó—, pero la habitación de atrás no. Tenemos que…
Pero ella ya no estaba.
—¡Luana, ten cuidado!
Joder. Uf, joder, joder, joder. Durante una milésima de segundo, Ralph no supo qué hacer.
Entonces, soltó a su hijo y abrió el armario del fregadero.
Sacó un cubo (derramando botellas de jabón para lavavajillas y desatascador de tuberías), lo encajó bajo el grifo y empezó a llenarlo de agua.
Cruzó la cocina en tres zancadas, saltando por encima de Django, y se dirigió hacia la habitación de atrás.
Le ardían los pulmones. Había demasiado humo para ver bien, pero vislumbró a Luana mientras atacaba las llamas del piano con la espuma; parecía un fantasma girando entre la niebla. Enseguida supo que no sería suficiente.
«El humo va a poder con nosotros».
Dos segundos, y Ralph estaba de nuevo en el salón.
Las puertas del patio. Otros dos segundos: duda.
La repentina ráfaga de oxígeno avivaría el fuego.
Pero el humo no le dejaba otra opción. Girar el pestillo, tirar del pasador, empujar.
Las contraventanas estaban cerradas con un candado, pero la llave estaba arriba, en su estudio.
No había tiempo. Ralph se lanzó contra ellas y oyó que la madera se astillaba.
Las contraventanas saltaron y el frío lo golpeó de inmediato, pero también una ráfaga de magnífico aire nocturno y brumoso. Sus pulmones lo absorbieron, jadeando.
—¡Ralph, al patio de atrás no! —Luana entró en el salón tambaleándose y doblada por la tos. Se acercó dando tumbos y le agarró del brazo—. Cierra las contraventanas…
—No puedo, nos asfixiaremos. ¡El humo!
—Oh, Dios, Ralph, mira…
Siguió la mirada de su esposa. El sensor de movimiento había activado las luces del patio.
Había montones de ramas por todas partes.
Por todo el patio de atrás.
Ralph se quedó mirándolas, presa de un terror tan primitivo que le nubló la vista por unos instantes. Luego, apartó la mirada y agarró a Luana por los hombros.
—Dale una ducha fría a Django. Hay que bajarle la temperatura de la piel. Y abre todas las puertas y ventanas de la parte delantera de la casa.
Ella asintió sin dejar de mirarlo, con los ojos atrapados en unas órbitas cada vez más hundidas.
—Luana. No es culpa suya. Son los Días Oscuros.
Ella volvió a asentir, ahora con expresión sombría.
—Lo sé, Ralph.
Corrieron a la cocina, donde Luana fue a atender a Django. El cubo ya se estaba desbordando y, para cuando Ralph lo sacó del fregadero —derramando agua por todas partes—, lo sustituyó por una jarra y se dirigió a la habitación de atrás, Luana y Django ya se habían ido.
El extintor había apagado el fuego del piano, pero las llamas ya casi habían devorado las cortinas y comenzaban a ampollar el marco de la ventana.
Ralph les lanzó el agua, se agachó para esquivar las ascuas y volvió corriendo a la cocina.
Entonces le llegó el turno a la jarra, mientras el cubo volvía a llenarse.
Estaba funcionando: Ralph estuvo a punto de controlar el fuego con el segundo cubo.
El triunfo le proporcionó una claridad mental que hacía dos semanas que no tenía.
Recordó la última y sombría mirada de Luana y se dio cuenta de que ella también parecía haber vuelto a ser ella misma.
Quizá fuera la adrenalina. Quizá el instinto de supervivencia.
O quizá, simplemente, hubieran recuperado una parte de su antiguo yo al enfrentarse a la locura.
Fuera lo que fuese, le dio a Ralph un atisbo de esperanza.
Corrió de un lado a otro hasta sofocar las últimas llamas. Sin aliento, se detuvo para evaluar los daños, pensó «a la mierda» y volvió tambaleándose al salón. Cogió el atizador del soporte de latón que había junto a la chimenea y destrozó la alarma antiincendios del techo.
La casa se sumió en el silencio.
Salvo por la corriente de aire nocturno que circulaba por la planta baja —Luana debía de haber abierto la puerta delantera— y por las cortinas que se hinchaban como en una escena de una novela gótica.
Salvo por que Luana bajó corriendo las escaleras.
—¡Ralph! Ralph, ¿dónde está Kaila?
Entró en el salón, unos ojos grandes y blancos en la oscuridad. Ralph vaciló.
—¿No está arriba?
—De ahí vengo, y su habitación estaba… Ay, Dios, Ralph…
Luana se había llevado las dos manos a la boca.
Ralph siguió su mirada y se quedó sin aire.
El espejo grande. Hasta entonces no se había dado cuenta de que no tenía sábana.
Vio que Luana y él se reflejaban en el cristal como meras siluetas en la penumbra, pero, aun así, distinguió que se les estaban hinchando los ojos, que tenían la boca abierta en un grito silencioso.
Entre ellos había una hoja de cristal donde el reflejo era más claro: las puertas abiertas del patio.
Montones de ramas por todas partes. Y en la mitad del césped, entre los montones, Kaila se alejaba agarrada de la mano de una figura enfermiza, alta y encorvada.
Luana rompió a gritar y aquello lo sacó del trance. Ralph se dio la vuelta y miró hacia el patio de atrás. Allí estaba Kaila. Veía los montones, pero ni rastro del espíritu maligno.
—¡Kaila! ¡Vuelve aquí!
Volvió a mirar al espejo, y ahora sí estaba allí. Enorme. Espantoso. Inhumano. Guiando tranquilamente a Kaila hacia la valla.
—¡Luana, apártate! —gritó.
Su esposa obedeció y el juez golpeó el espejo con el atizador. El cristal estalló y el horror que reflejaba se hizo añicos. Ahora solo quedaba lidiar con la realidad.
Ralph tiró el atizador al suelo y salió corriendo al patio de atrás.
«Los montones, Dios mío, cuántos hay…».
Ralph viró para esquivar uno y se cortó la planta del pie con un nudo de madera.
Durante un segundo, pensó que iba a desplomarse; que iba a aterrizar en medio del montón y que entonces unas manos saldrían y lo agarrarían, que tirarían de él y caería, que gritaría, se desgarraría las mejillas y moriría en su propio patio de atrás.
No sucedió. Alcanzó a Kaila justo antes de que llegara a la valla y la agarró por el brazo derecho. Si había algo allí, alguna especie de criatura depredadora que solo se mostraba en los espejos, él no sintió su presencia.
Pero, cuando le dio la vuelta a su hija, se le erizó el vello de la nuca. Los ojos de Kaila estaban divididos. Uno era negro como la noche y miraba hacia el borde del bosque. El otro era marrón y se aferraba a él.
—Papi… Por favor, detenme…
Ralph nunca olvidaría lo que vio: la mano derecha de Kaila se elevó como si algo la hubiera agarrado. Y, cuando tiró de ella hacia sí, juraría que notó resistencia.
Fuera lo que fuese, Ralph era más fuerte.
29 DE NOVIEMbrE
El día que por fin recibieron la buena noticia empezó con la misma extraña sensación de lucidez mental que la noche anterior.
La niebla se había disipado y el cielo que cubría Bird Street estaba gris y cargado de expectación.
Ralph sentía lo mismo. Más tarde, al recordarlo, se dio cuenta de que la intuición de que se estaba cociendo algo lo había acompañado durante todo el día.