DJANGO #2
Su voz sonaba espesa, lenta y chorreante. Le provocó un desagradable picor por todo el cuerpo. Las mantas ocultaban las piernas de su hermana, pero, al ver que no se movía, Django dedujo que también debía de tenerlas atadas. Se acercó con cautela.
—¿Por qué estás tumbada así?
—Han sido mmmamá y papá. Son unos mmmonstruos. Date prisa. Ayúdame a desssatarme.
El niño intentó aflojar los nudos, pero era como si le estuvieran clavando dagas en los dedos.
—No puedo, Kaila.
—Abbbajo. Unas tijeras. Cajónnn de la cocina. O un cuchillo afffilado. Los corta… remosss juntos.
Django la miró con inquietud.
—Si te desato, ¿huirás conmigo?
—Nnno —contestó la Kaila Zombi—. Sería innnútil. Lo llevamosss en la sangre.
—Entonces, ¿qué harás cuando te suelte?
—Subiré al… tejado y sssaltaré. Es la única for… ma de salir de aquí.
—Pero yo no quiero que hagas eso —dijo Django.
—¿Quieres venir conmigo? Podemos ir… nos juntos. Sería… lo mejor. Te tiraré si te da miedddo.
—¡No quiero!
—O ¿sssabes qué? —Pareció que se le encendía un fuego en los ojos y empezó a hablar más deprisa—: Lo haré connn un cuchillo. Puedes mirarme mientas me corto. Te he visto mirarme la barriga. Me haré un agujero muy hondo, y los dos nos meteremos dentro y viviremos allí.
—Basta ya, Kaila. —Las lágrimas le corrían por las mejillas—. No eres tú misma. Son los Días Oscuros los que te hacen decir estas cosas.
Una sonrisa vacía cruzó el rostro de la Kaila Zombi.
—Nunca he sido más yo misma.
28 DE NOVIEMbrE
Los pensamientos de Django derivaron hacia la música. No hacia el jazz, porque el jazz era libertad, según el señor Hendrickx. Django quería boogie-woogie. Siempre había estado convencido de que el boogie-woogie era divertido, pero no lo era. El boogie-woogie era agresividad.
Sentía la agresividad. La notaba bombeándole por las venas en palpitaciones calientes y carmesíes. El lunes por la noche, le chisporroteaba incluso en sueños, a la espera de una chispa que la encendiera.
En el sueño, The Killer y él estaban tocando en un baile en la Alemania nazi.
Dos Steinway relucientes, cubiertos de huellas de grasa, se alzaban el uno junto al otro en el escenario, bajo una pancarta roja con una esvástica que anunciaba: «¡Django y Jerry Lee Lewis en la fiesta nazi del Swing Heil!
». Django estaba tan cerca de The Killer que captaba el olor de la Brylcreem que se había aplicado en el pelo.
Tocaba como un poseso y Django —con la lengua fuera y los brazos extendidos— lo daba todo con un ritmo boogie trepidante que enloquecía al público.
Tocaron «Whole Lot Of Shakin’ Going On», tocaron «Wild One» y «I’m On Fire», y los soldados alemanes, uniformados y exultantes, hacían dar vueltas y más vueltas a las chicas judías muertas con las cuencas de los ojos vacías, el pelo embarrado y sangre en el vestido, que chocaban entre sí como espantapájaros.
La lógica onírica los llevó a los bastidores, entre los artistas que actuaban: Buddy Holly y The Crickets, The Chantels…, incluso Chuck Berry con su bigote negro tipo lápiz y su crema Maybelline. Todos se estaban pudriendo.
«¿Lo estoy tocando bien?», jadeó Django.
Jerry Lee se acuclilló ante él y, por alguna razón, tenía el rostro del señor Hendrickx. «Lo estás haciendo bien, Django. Siento tu rabia. ¿Qué te dije? Si no te hacen caso, tienes que dejar claro tu mensaje».
Rabia, eso era. Le salía por los poros, crepitando como electricidad, le chispeaba en las yemas.
Allí estaba el famoso DJ Alan Freed, con su chaqueta a cuadros y su pajarita roja, pero con la cara de Joseph Goebbels.
La tenía azulada a causa del moho. Freed quería que Chuck Berry cerrara el espectáculo, porque Chuck tenía seis éxitos que habían alcanzado el número uno y Jerry Lee solo uno.
Jerry estaba furioso, porque él era el que tenía el número uno en ese momento y se merecía ser el último.
Django se humedeció los labios y apretó los puños, y en la cama de su habitación hizo exactamente lo mismo: apretar los puños con fuerza a pesar de la artritis.
—Dejar claro mi mensaje —murmuró entre bastidores en el sueño; y en la cama, susurró—: Dejar claro mi mensaje…
Jerry Lee apareció con una botella de Coca-Cola que contenía un líquido incoloro. «Voy a dejar a ese tío a la altura del betún en el escenario», dijo. Su rostro ya no era el del señor Hendrickx, sino el del propio de Django.
« Meine Damen und Herren —gritó Goebbels, todo eufórico y goteando como una vela al derretirse—, directamente desde Ferriday, Luisiana, ha venido para ofrecernos un espectáculo extraordinario: ¡Django Lee Lewis!».
Empujaron a Django hacia el escenario, ante un público de soldados en descomposición que gritaban: «¡Django Heil !
¡Django Heil ! ¡Django Heil !», y acompañaban cada « Heil » del saludo nazi.
El chico dejó la botella de Coca-Cola sobre el piano y recordó que Cerdo Desmechado había parafraseado a The Killer.
Él se sabía una cita mejor y se la rugió al público: «¡Si me voy al infierno, me iré tocando el piano! ».
Entonces lanzó un riff atronador con la mano izquierda. Del tupé de Jerry se desprendió un mechón de pelo rubio que bailó sobre la frente de Django mientras este cantaba: « You shake my nerves and you rattle my buh-rain …».
Tocó la intro con todas sus fuerzas y el público enloqueció.
El muchacho tocó como nunca. Fue violento.
Fue una tormenta que brotaba de las profundidades de su rabia, atravesaba las teclas y llegaba al público.
Las puertas del fondo de la sala se abrieron de golpe y los agentes de la Sicherheitspolizei se abrieron paso a empujones mientras trataban de llamar al orden a los muertos que bailaban.
Cuando eso no funcionó, vaciaron sus respectivas Mauser sobre ellos.
La gente caía a diestro y siniestro, pero Django no.
Las balas no podían alcanzarlo. El boogie-woogie era su campo de fuerza.
Django se estaba acercando al clímax, pero, justo antes de llegar, unas manos lo agarraron desde atrás. Habían irrumpido en el escenario. Ahora lo estaban arrancando del piano.
«¡No! ¡Suéltame! ¡Tengo que dejar claro mi mensaje!».
Pero eran demasiados y resistirse era inútil.
«Django —oyó mientras gritaba: “¡No, no, no, no!”, y luego otra vez—: «¡Django! ¡Despierta!», y…
… se incorporó de golpe, con todas las terminaciones nerviosas hormigueándole, con todos los músculos tensos.
Se dio cuenta de que la voz era real: era Cerdo Desmechado, sentade en su edredón, con una pata delantera levantada en un gesto pedante .
«Ha tenido conocimiento de que has hecho flagrantemente poco con la tarea que te asigné. ¿Acaso te hablé en chino?».
—¡Que… te jodan! —rugió Django—. ¡Puto… pedazo… de… mierda!
«Oye, seamos civilizados…», dijo la liebre muerta con voz chillona, pero Django se levantó de la cama de un salto y la lanzó por los aires.
Gritando de dolor, se arrancó las vendas de las manos como si fuera Hulk, agarró el cadáver por las patas y lo estrelló contra la pared, una y otra vez.
Hubo huesos astillados, pero, en la mente de Django, una sangre venenosa y dulzona le salpicó el pecho y las mejillas, los gusanos se esparcieron por el suelo.
Con una mueca de asco, los aplastó con los pies descalzos y se dibujó rayas de apache sangrientas en las mejillas.
—¡Ya… estoy… harto! —le gritó a su habitación vacía.
Abrió la puerta con una patada de kárate y bajó corriendo las escaleras cegado por la rabia (y sin más ropa que los slips blancos).
Sus gritos resonaron por el salón a oscuras mientras derribaba las sillas a patadas y arrancaba la sábana del espejo de la pared.
No se detuvo a ver a los muertos que lo miraban boquiabiertos desde el cristal.
Al contrario, se precipitó hacia el garaje, destrozó los faros del Forester con el mazo de juez de su padre y cogió la lata de combustible para el cortacésped y una caja de cerillas de una estantería.
En la habitación del fondo, le quitó la sábana al Steinway y entonces sí vio a los muertos. Los fantasmas del bosque de Snoqualmie, los Jibblymowers. Siluetas distorsionadas y demacradas que tendían las manos hacia él desde la madera negra pulida.
—¡Y que os jodan a vosotros también! —gritó Django, que vertió el combustible bajo la tapa—. ¡Que os jodan a todos!
Encendió una cerilla y se quedó mirando cómo crecía la llama antes de lanzarla al interior del piano.
Un ¡zas! seco succionó todo el oxígeno de la habitación.
El infierno fue inmediato, le chamuscó las cejas y le marchitó las retinas y, durante un segundo, Django tuvo la visión de que él mismo también se prendía fuego.
Entonces, se lanzó a la nube de calor, apartó el taburete de una patada y tocó el solo de «Great Balls of Fire» aporreando las teclas.
Sus manos se parecían, más que nada, a las garras de madera del señor Hendrickx, pero no había dolor, y jamás había tocado con tal virtuosismo.
Aquel era su bis. Aquel era su mensaje. Las llamas se arremolinaban, rojas y ardientes; titilaban sobre la suave piel marrón de Django y se le reflejaban en los ojos, donde devoraban innumerables manos que lo buscaban a tientas.
Django dio un espectáculo extraordinario.