Días oscuros DJANGO
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DJANGO

Cerdo Desmechado. Tres intentos. Great Balls of Fire.

El niño se incorporó.

—¿Qué?

Pero lo oyó. Gritos en el desván. La Kaila Zombi. La Otra Mamá. Y Papocalipsis. Gimiendo, se dejó caer de nuevo sobre la almohada.

Durante el día, Cerdo Desmechado era un montón de huesos unidos por tendones y tiras de pelaje sucio.

Ahora, se había acomodado sobre su edredón y a Django le recordó al conejo despellejado que había visto en una carnicería italiana el verano pasado: ensangrentado y sin orejas.

Excepto que, en el caso de Cerdo Desmechado, unas hebras carnosas se le devanaban sin cesar en los agujeros del costado para combatir la podredumbre.

Django estaba castigado indefinidamente desde el incidente de la alpaca, pero se había escapado para hacer una excursión nocturna al establo de los Wachowski y desenterrar por segunda vez la liebre americana muerta.

Agónico para sus manos, pero había persistido.

Esta vez, elle estaba mucho más descompueste.

Elle. Cerdo Desmechado se mostraba inflexible al respecto.

—Entonces, ¿eres macho o hembra? —le había preguntado Django una vez que hubo desenvuelto aquella cosa repugnante de la pútrida toalla de Bob Esponja en su dormitorio.

«Soy de género no binario —le había replicado Cerdo Desmechado—. Muchas liebres somos de género no binario, aunque casi nunca nos lo preguntan. Y no me mires con esa cara».

Django sabía lo que significaba no binario: que no eras un chico, pero tampoco una chica.

—Eso me da igual. Es solo que no esperaba que me contestaras.

«Bueno, sería de mala educación no hacerlo».

Desde entonces, la liebre lo había despertado casi todas las noches. Era agotador.

—¿Qué pasa? —susurró Django ahora.

«El tiempo apremia. Si el Consejo de Ancianos no suministra carne fresca cuanto antes, Aquel Que Caza Cosas Muertas despertará».

—Eh…, ¿quién?

«No se me permite revelarlo —respondió Cerdo Desmechado—. Pero hay una gran agitación entre nosotras».

—¿Entre las Cosas Muertas?

Elle frunció lo que le quedaba de hocico, justo por encima de los protuberantes dientes frontales. «Somos muchas, no nos subestimes. Como decimos allá, en Luisiana: somos las hijas de puta más duras que jamás hayan salido de la carne».

Era raro oír a la liebre muerta, por lo general tan elocuente, parafraseando a Jerry Lee Lewis, y encima con un acento sureño bien marcado. Django se sentó en la cama.

—Yo también tengo un problema. Mis padres y mi hermana se han vuelto locos. Pero no solo locos, sino locos locos. Y nuestra casa es como Auschwitz.

Más gritos atravesaron las paredes, esta vez pertenecían inconfundiblemente a la Kaila de verdad.

No a la Kaila Zombi —esa estaba atontada todo el tiempo y ni siquiera parecía verlo cuando lo tenía justo delante—.

La Kaila de verdad estaba que se subía por las paredes.

Un golpe sordo. Algo que se astillaba. Cerdo Desmechado levantó la vista con aire pensativo y se volvió hacia él.

«Aquel Que Caza Cosas Muertas le ha echado el ojo a la Hermana-humana».

—Obvio. Siempre he sospechado que estaba medio muerta.

«Esto no es algo de lo que burlarse, Django. Ella es especial a Sus ojos. Está en grave peligro. Todos lo estáis».

—Pero ¿qué se supone que debo hacer? A mí ya nadie me hace caso.

«Hazles entrar en razón. Tendrás que darte prisa».

Django suspiró.

—¿Y si no lo hago?

A la liebre se le pusieron las cuencas de los ojos vidriosas.

«Entonces presagio Días Oscuros sin fin.

Nosotros, los Jibblymowers y las Cosas Muertas y las sabandijas, nos veremos obligados a abandonar nuestros agujeros, perseguidos por Aquel Que Siempre Tiene Hambre.

Ya no nos detendremos ante la valla. Entraremos en las casas y cosecharemos carne caliente entre vuestras filas. La Era de la Podredumbre…».

—Sí, sí —farfulló Django. Cerdo Desmechado levantó la vista con irritación—. Estoy cansado. Déjame en paz, ¿vale?

Se tumbó de lado y tiró del edredón para taparse hasta el cuello, lo que hizo que Cerdo Desmechado cayera al suelo con un paf y blando y húmedo.

Después de eso, permanecieron en silencio.

A la mañana siguiente, se despertó con una solución facilísima para todos sus problemas: mudarse.

¡Claro! ¿Por qué no se le había ocurrido antes?

Eso acabaría con todas las desgracias. A la porra con Cerdo Desmechado y su profecía: si las Cosas Muertas salían de sus agujeros para arrastrarte al abismo, te largabas pitando de allí.

Mamá era la primera a la que quería sugerirle la idea. Ni de broma. En cuanto entró en la cocina, vio que la Otra Mamá se había hecho con el control. Seguir adelante de todos modos era firmar su propia sentencia de muerte.

La Otra Mamá y Kaila seguían peleándose.

—¡No lo entiendes! —gritó su hermana entre lágrimas—. ¡La necesito, no puedo explicar por qué!

—¡Lo que necesitas es olvidarte de esta actitud infantil! —le chilló la Otra Mamá.

—¡Al menos dime dónde está!

—¡No! ¡No te lo diré! ¡No hasta que respetes las normas!

—¡Devuélvemela!

—Hola —intentó intervenir Django.

—¡Deja de comportarte como una puñetera cría!

—¡Devuélvemela! ¡Devuélvemela! ¡Devuélvemela!

Django las había visto pelearse otras veces, pero nunca tan fuerte. A Kaila se le estaba yendo la olla. Le daba miedo, pero, aun así, se arriesgó a tirarle de la manga a la Otra Mamá.

—¿Puedo hablar con mamá, la de verdad, un momento?

—Django, ¿qué haces aquí? —le preguntó como si acabara de advertir su presencia.

Quizá fuera así. Quizá la Otra Mamá vivía en una dimensión en la que Django no existía. Tenía los ojos oscuros y, sin duda, flotando en otra parte.

Django iba a contestar, pero entonces Kaila echó a correr hacia el bloque de los cuchillos. La Otra Mamá la siguió a toda prisa, pero ya era demasiado tarde. Su hermana extrajo el cuchillo de trinchar del bloque y se lo puso en la garganta.

—¡Lo haré! —gritó—. Lo juro por Dios. Un paso más y me lo clavo. ¡Devuélvemela!

—Kaila —dijo la Otra Mamá con las manos en alto—. Baja el cuchillo. Vamos a hablar.

—¡Que me devuelvas mi puta piedra!

Django miró el acero reluciente con nerviosismo.

—Mamá, a lo mejor deberías…

—¡Ralph! ¡Ven aquí ahora mismo! ¡Kaila, baja el cuchillo!

—¿Hola? —Django se puso de puntillas y agitó una mano delante de la cara de la Otra Mamá—. ¿Tierra llamando a la señora Luana Perreira da Silva?

—Django, vete de aquí, joder. ¡Ralph! ¡Ya!

Y entonces Django también estalló:

—¿Es que no lo veis? —vociferó—. ¡Está claro que tenemos que mudarnos!

¡PLAF!

Django le vio la furia en la cara incluso antes de sentir el ardor en la mejilla. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

Le había pegado. Su madre nunca le había pegado.

Papá irrumpió en la habitación, evaluó la escena en una milésima de segundo y se abalanzó sobre Kaila.

Django retrocedió tambaleándose. Las lágrimas le rodaban por las mejillas, pero quería ver si su hermana volvía a cortarse.

No lo hizo. El cuchillo cayó al suelo con un repiqueteo metálico mientras Kaila se revolvía.

Papá (¿o era Papocalipsis?) y la Otra Mamá trataban de inmovilizarla.

Ahora todo el mundo gritaba, incluido Django: «¡Os odio!

¡Os odio a todos!», pero nadie le hacía caso.

Antes de salir corriendo de la cocina, miró atrás una vez más y se arrepintió al instante: la Otra Mamá le estaba tapando la nariz a Kaila mientras papá le metía una pastilla entre los labios y le tapaba la boca con la mano. De manera que sí, era Papocalipsis.

26 DE NOVIEMbrE

El sábado por la noche, Django probó con papá.

Lo encontró en el garaje, sentado en el suelo, envuelto en las sombras.

La primera sorpresa llegó cuando se dio cuenta de que le había quitado la sábana al espejo enmarcado del pasillo, que estaba a su espalda.

La segunda, cuando vio que estaba desnudo.

Django lo había visto desnudo muchas veces, pero, en aquel contexto, era raro.

Tenía una botella de licor medio vacía plantada entre los pies separados.

Se estaba aporreando la palma de la mano con el mazo de juez y se oían los golpes amortiguados.

—¿Papá?

Otra sorpresa: cuando Ralph levantó la mirada, Django se percató de que estaba llorando. Detrás de las lágrimas, los ojos enrojecidos de papá lo miraban con una expresión inquietantemente vacía.

Sin duda, Papocalipsis.

Con los labios secos, Django se acercó a él y levantó una mano para taparse casi toda la vista y no mirar al espejo.

—¿Por qué has quitado la sábana? ¡Es peligroso!

Pam. Pam. Pam.

—No importa —dijo Papocalipsis con una voz tan muerta como la de Cerdo Desmechado—. Ya nada importa. ¿No lo entiendes?

¡Pam!

—Quiero hablar contigo, papá.

La sombra del suelo agarró la botella y la levantó. Django oyó que el alcohol chapoteaba y vio que unas gotas aterrizaban sobre los muslos peludos de papá. Luego lo oyó beber.

—Aaarrrggg —jadeó la sombra cuando volvió a soltar la botella.

Django se preparó.

—¿Qué te parecería si nos…?

—Nunca os quise. A Kaila y a ti. Fuisteis el deseo de vuestra madre. Y, por vuestra culpa, jamás podremos largarnos de este sitio. ¿Sabes cómo me hace sentir eso?

Papocalipsis blandió el martillo e hizo añicos la botella. Django dio un salto hacia atrás mientras los cristales le estallaban alrededor de los pies.

La sombra del suelo empezó a reírse.

Django se marchó del garaje.

El intento n.º 3 se produjo justo después: Django subió al desván. Huir con Kaila era la única opción que le quedaba. Ella sabría adónde ir. Ella cuidaría de él.

Pero, casi al instante, se dio cuenta de que también sería un callejón sin salida: la Kaila Zombi.

Se le notaba en los ojos, entrecerrados, y en la boca, entreabierta, y en el rostro, flácido como un flan desmoronado.

Y una cosa más: estaba atada. Tenía los brazos estirados por encima de la cabeza en forma de uve, atados con un cordel de algodón a los postes de la cama.

Tenía ronchas ensangrentadas en las muñecas.

—Djannngo…, ¿eres tú?