LUANA #3
Aquel año, Acción de Gracias caía pronto, antes de que los Días Oscuros terminaran, así que Luana había hecho todas las compras durante la última semana de octubre.
Previendo que tanto ella como Ralph estarían demasiado hechos polvo para cocinar, ya había preparado el relleno del pavo.
Descongelarlo, meterlo en el horno, listo.
Tal como habían acordado, todos se cuidarían unos a otros y se tratarían con especial amabilidad.
Ralph encendería la chimenea. Verían la película que Kaila eligiera y el desfile de Macy’s para complacer a Django.
Una vez trinchado el pavo, los niños partirían el hueso de la suerte.
Y, como todos sus deseos se hacían realidad de todos modos, ambos pedirían que su familia superara los últimos Días Oscuros sin incidentes.
Pero no ocurrió nada de eso.
No hubo pavo, no hubo desfile de Macy’s. Nadie cuidó de los demás y nadie se mostró agradecido ni amable aquel Día de Acción de Gracias. Solo reinó la melancolía de noviembre.
Se convocó otra reunión de vecinos. O quizá eso fuera el día anterior. O el siguiente. ¿Qué más daba? Era demasiado tarde: esa era la pura verdad. Se habían quedado sin opciones y ya era demasiado tarde.
«¿Quién morirá primero? ¿Dorothy McKinley? Sería lo justo. Ha tenido una vida larga y feliz».
Pero Dorothy sería la elección «afortunada»… y, justo por eso, no sería ella.
«¿Será Ralph? ¿Django?».
Si llegaba el caso, ¿no podrían celebrar una votación? Así funcionaba la democracia. Cuando vuestro avión se estrellaba en las montañas y no se esperaba ningún rescate, al final teníais que empezar a comeros unos a otros para sobrevivir.
Y los McKinley no habían sufrido mucho aquel año.
Si aquello acababa en un juicio vecinal, era fundamental que Kaila no se enterara.
Luana podía alegar que su hija era menor de edad y aún no formaba parte del pacto, pero sabía que, en cuanto los vecinos olieran sangre, la rodearían como tiburones.
Un solo corte y se desataría un frenesí alimentario.
Había que evitar que Kaila dijera nada que les diera pie a pensar que podría ser una opción.
Era joven e impulsiva, incapaz de juzgar las consecuencias de sus actos.
Por eso Luana no dejaba de administrarle litio.
Tanto que perdía la cuenta. Por la tarde, muchas veces no se acordaba de si le había dado a Kaila la pastilla de la mañana.
Así que, por si acaso, le daba otra. Algunos días sí se acordaba, pero igualmente le daba otra. A veces dos.
La tarde de Acción de Gracias, Luana subió sin hacer ruido al desván y se encontró a Kaila durmiendo en su cama. Tenía mal aspecto. Había perdido mucho peso y se pasaba casi todo el día dormida.
Mientras observaba a su hija, se le llenó el corazón de un amor intenso y doloroso.
Recordó una vieja canción brasileña, una que su abuela solía cantar en su sítio a las afueras de São Paulo.
Se llamaba «Acalanto», nana. En voz baja, empezó a cantarla: «É tão tarde, a manhã já vem. Todos dormem, a noite também ».
«Ya es tarde, la mañana ya se ve. Todos duermen, la noche también».
Ojalá, hacía todos aquellos años, hubiera deseado otra cosa. Así no se encontrarían en una situación tan desgraciada.
Kaila no estaría sufriendo tanto.
—Só eu velo por vôce, meu bem. Dorme, anjo, o boi pega neném.
«Solo yo te cuido, mi bien. Duerme, ángel, que el buey se lleva al bebé».
Una lágrima le resbaló por la mejilla y aterrizó en la frente de Kaila.
¿No sería el máximo acto de amor maternal darle a su pequeña lo que tanto deseaba?
No en el bosque, donde el alma de Kaila estaría condenada, y no mediante el suicidio.
Tendría que hacerlo ella. Un último acto de amor para liberar a su hija.
Rápido e indoloro. El mazo que Ralph tenía en el garaje sería la herramienta.
Un golpe, justo por encima de la nariz —la lágrima había marcado el lugar—, y que las astillas de hueso se le clavaran en el cerebro.
—Boi boi boi, boi da cara preta. Pega essa menina que tem medo de careta.
«Buey, buey, buey, buey de la cara negra. Llévate a esta niña que teme las caras feas».
Se le nubló la vista y la cabeza empezó a darle vueltas antes de que pudiera volver a enfocarla. No. No sería capaz de soportar el dolor devastador de dejar marchar a su pequeña. Tendría que matar también a Django y a Ralph y luego suicidarse.
Luana juró proteger a su familia hasta el final. Juntos lo superarían. Solo tenían que aguantar un poco más.
Estaba a punto de marcharse cuando se dio cuenta de que Kaila tenía algo escondido en el puño. ¿Cómo era posible que, estando dormida, lo apretara con tanta fuerza?
¡Qué difícil era arrancárselo de los dedos! Se resistía.
¿Qué sería?
Kaila gruñó, pero la medicación la mantuvo atrapada en el sueño.
Por fin consiguió liberarlo. ¡Era una piedra! Una piedra de aspecto siniestro. Vidrio volcánico, nada menos. Quizá fuera de la tienda de regalos del monte Santa Helena, aunque hacía unos cuantos años de aquello. Tenía un borde afilado e irregular con el que Kaila podría hacerse cortes peligrosos.
¿Ves? No podías fiarte de ella.
Luana se guardó la piedra en el bolsillo de atrás y se alejó con sigilo de la cama de su hija.