Días oscuros LUANA #2
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LUANA #2

—Lo cual nos deja con los aspirantes a suicidas —dijo Gray—, y Reddit está lleno de ellos. Pero ya tenemos a alguien así: Danilo. Es seguro, fácil, ¡no tiene pa-pe-les!, ¿de verdad tengo que seguir? Una putada desde el punto de vista ético, sí, ¡pero es que la situación es una putada!

Maurice volvió a ladear la cabeza.

—Bla, bla, bla… Chicos, ¿de verdad es necesario poner al corriente a la señora Mis Labores Domésticas de toda la historia?

—¿¡Perdón!? —exclamó Luana, atónita.

—Ya habíamos hablado de esto antes de que llegaras, así que quizá deberías limitarte a hacer lo que te dicen.

—¡Puto sexista! ¡Yo al menos tengo un trabajo, por el amor de Dios! ¿Puedes tú decir lo mismo?

—Cariño, algunas semanas gano más dinero que tú en un año, así que quizá deberías cerrar el pico.

—¿Te has vuelto loco?

De repente, todos los vecinos estaban de pie y todo el mundo había empezado a gritar.

Ralph agarró a Maurice por la corbata y lo atrajo hacia sí de un tirón, lo cual hizo que la cara hinchada se le pusiera roja como un tomate.

«Un cabrón con traje —pensó Luana sin poder evitarlo—.

Eso es lo que es». No oyó la nueva pullita digna del premio Pulitzer que Maurice le soltó a Ralph, pero sí vio la reacción de su marido: estamparle el puño en el labio inferior.

Él nunca pegaba a nadie. Marc y Gray los separaron, con poca delicadeza, y Ralph miró con incredulidad la sangre que tenía en los dedos.

Sin embargo, aquello no puso fin a los gritos.

Estos solo cesaron cuando Harry Aikman, el callado lobo solitario, estrelló su vaso contra el suelo.

—¡Parad todos de una vez! —rugió—. ¡El primero que diga algo que no guarde relación con el tema que nos ocupa se va a tomar por culo de mi casa!

Todos lo miraron como si hubiera dejado caer una bomba. Nadie lo había visto nunca así… Nadie excepto Elizabeth, claro. Luana se quedó estupefacta al ver que la mujer tenía que reprimir una sonrisa inconfundiblemente diabólica.

—Así es como van a ir las cosas —ladró Harry—: Gray, mañana te llevas a Laura a St Martin para intentar encontrar a Shellnutt.

Le daremos tres días. Mientras tanto, tú —continuó tras volverse hacia Joyce— irás todos los días a Evergreen para asegurarte de que López no pierde el interés.

Es en ti en quien confía. Si el jueves no hemos sabido nada de Shellnutt, traeremos a López para evaluarlo. El jueves es…

—Diecisiete —aportó Elizabeth con solicitud.

—Muy bien, aún estaríamos a tiempo. Y, si le damos luz verde, lo llevaremos al bosque ese mismo día. ¿Queda claro?

—Me parece un buen plan —convino Ralph en voz baja.

Los demás murmuraron que estaban de acuerdo, pero Harry no le quitaba ojo a Luana. La necesitaban para superar la barrera lingüística. Ella asintió a regañadientes.

Tres días para prepararse mentalmente. Tres días para encontrar a Shellnutt. Pero ¿de verdad era un buen sustituto? Adicto, deprimido…, bipolar.

«Pan comido», había dicho Gray.

Luana esperaba que encontraran una alternativa… No, rezaba por ello.

15 DE NOVIEMbrE

Pero al día siguiente…

16 DE NOVIEMbrE

… y en los días posteriores…

18 DE NOVIEMbrE

… no hubo noticias. El tiempo transcurrió sin sobresaltos, y no fue hasta el viernes cuando Luana tuvo que entrar en acción.

Ni rastro de Shellnutt, y tampoco habían encontrado ningún sustituto. Pero Danilo López había aceptado con inmenso alivio el trato para acabar con su vida que Joyce le había propuesto. Le había dicho que, si le conseguía una pistola, él mismo apretaría el gatillo en aquel preciso instante.

La razón por la que el jueves se convirtió en viernes fue que Marc tenía una supuesta aventura con una camarera de diecinueve años que trabajaba en el EZ Hideout de Duvall, y Joyce había retenido a López para utilizarlo como cebo y sonsacárselo a su marido.

Danilo López les habló de los legendarios templos mayas de Tikal, donde sus antepasados ofrecían jade, cerámica y muchachos para acompañar a los difuntos eminentes; y de sus dos hijos, a quienes había intentado con todas sus fuerzas mantener frescos en una furgoneta Chevy G20 cerrada con llave en el desierto de Sonora, pero que habían perecido de calor de todos modos.

Les dijo: «En aquella furgoneta no había nadie eminente por quien morir.

Solo un deseo de llegar a este país, y ahora eso también está muerto».

Luana se opuso con todas sus fuerzas. Pero López cumplía los requisitos y no tenían otra opción.

Porque la espiral continuaba.

Aurora Evangeline, de seis años, había salido a recoger piñas y se había caído en un pozo de drenaje cercano al puente del río Tolt. Aunque se había roto el tobillo, en realidad había tenido suerte de que Gray y Laura la hubieran encontrado.

A Dorothy McKinley le habían inducido un coma farmacológico para que su frágil organismo pudiera combatir la infección bronquial que la aquejaba.

Luana había retirado todos los objetos punzantes que había encontrado en la habitación de Kaila: tijeras, bolígrafos, hojillas desechables, marcos de fotos.

Luego, todos los cables y adaptadores de corriente.

Lo siguiente había sido revisar el historial del navegador de Kaila.

Tenía todo el derecho del mundo a hacerlo, porque era su hija, por más que ella fingiera ser cualquier otra cosa.

Pero la chica la había pillado in fraganti, se había puesto a gritar como una histérica y la había perseguido escaleras abajo.

Los Días Oscuros eran un laberinto, y todos estaban perdidos allí dentro. Danilo López era su salida.

No había mucho que desempolvar sobre la vida de López, de modo que no le prepararon una despedida trascendental. Gray intentó activar el túnel de luces que recorría el sendero South Sunday para, al menos, añadir algo de color, pero el generador se atascó, así que lo dejó.

Estaban demasiado hasta el cuello. Era lo que había.

Joyce, Gray, los Aikman, Luana y Ralph acompañaron a López al Lugar de la Calma.

«Podrías ir tú en lugar de Ralph», había sugerido Elizabeth, pero Luana se había agarrado al brazo de su marido y había dicho que ni hablar.

No se fiaba ni un pelo de él, pero necesitaba a alguien que la sostuviera porque, si no, quizá ni siquiera lograra volver.

«Esto va mal —era la frase que no dejaba de darle vueltas en la cabeza mientras se adentraban en el bosque—. Esto va mal, todo esto va mal…».

Aunque no conseguía identificar qué era lo que iba mal. Tampoco cuando llegaron al claro y Joyce se sacó la pistola del bolso, le quitó el seguro y la amartilló.

La mujer le pasó el arma a Danilo. Luana se preguntó si sería la misma que se le había disparado a Harper en las manos y había matado a la alpaca por accidente.

El cuero cabelludo empezó a hormiguearle, como si se hubieran activado mil corrientes eléctricas diminutas.

No podía respirar. Ralph la agarró por los hombros: estaba hiperventilando.

—Luana, ¿estás bien?

—Danilo… —balbuceó su mujer con dificultad—, tem certeza disso? —Se dio cuenta de que le había hablado en portugués cuando el hombre la miró con cara de no entender nada, así que lo repitió en español—: ¿Estás muy seguro?

Sí, dijo. Estaba seguro.

Durante unos minutos, se quedó allí plantado con la pistola pegada a la sien. Gruñó. Lloró. Gritó.

Al final, la dejó caer en el suelo del bosque.

Gray soltó un taco entre dientes.

—Hazlo tú por él, Joyce.

—¡No voy a pegarle un tiro a ese hombre! —bramó Joyce.

—Bueno, no sé, ¡alguien tiene que ayudarlo!

Luana lo ayudó: lo abrazó. Lo consoló. Lo escuchó. Al cabo de un rato, se giró hacia Ralph y los demás, y dijo:

—No quiere hacerlo.

—¡Hijo de puta! —siseó Gray mientras se daba la vuelta.

Luana pensó en Kaila. No quería que López muriera. Solo quería que el sufrimiento de su familia acabara. Mental y moralmente agotada, tuvo que sacar fuerzas de flaqueza para arrastrar las palabras desde lo más hondo de su ser; aun así, dijo:

—A este hombre no vamos a ayudarlo con una bala. Lo ayudaríamos con un billete de avión de vuelta a su país y un colchón económico que le permitiera empezar de cero.

Y así, los buenos samaritanos de Bird Street guiaron a Danilo López de vuelta hacia la luz.

Para cuando llegaron a la verja del muro de los McKinley, el hombre no podía dejar de agradecerles lo que habían hecho por él.

Luana, retorciéndose de dolor, miró con solemnidad a los demás y se ofreció a pagarle los gastos con sus propios ahorros, pero, cuando Graham Sénior se enteró de lo que había ocurrido, le dijo que ni hablar y prometió encargarse de todo.

Al día siguiente, López estaba en un vuelo de Delta desde el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles a Ciudad de Guatemala. Jamás sabría de lo que se había librado por los pelos.

19 DE NOVIEMbrE

El sábado, cuando el recuerdo del arma le volvió a la cabeza, Luana al fin identificó qué era lo que iba mal.

Ninguno de ellos se había parado a pensar que tenían medios más humanos y menos violentos de someter a López a la eutanasia que la Ruger de los Wachowski. Tenían las jeringuillas. ¿Por qué no habían recurrido a ellas?

«Por supuesto. Joyce sembró la semilla al referirse al anterior comentario de Danilo. Pero aquello no había sido más que retórica. Algo que la gente dice cuando habla de suicidarse. Nadie intervino cuando la idea arraigó».

«Dios mío —pensó—. Estamos perdidos».

24 DE NOVIEMbrE