Días oscuros LUANA
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LUANA

El inicio del silencio. Mala racha. Boi da cara preta.

Una vez hecho esto, se dirigió cojeando a la cocina. No tenía covid, pero hacía años que la pelvis no le dolía tanto, y los pinchazos donde le habían fijado el hueso fracturado a la cadera eran implacables.

«¿Qué está pasando? ¿Así es como nos tratamos los unos a los otros ahora?».

Ralph tenía muy mal aspecto. Resaca, sospechaba, y eso la enfureció.

Django martilleaba la pantalla con las yemas pálidas y diminutas que le asomaban de los vendajes.

Con los deditos sucios. ¿Dónde los habría metido?

¿En las bragas de Harper Wachowski, tal vez?

No le sorprendería, teniendo en cuenta que en la casa de enfrente habían estado jugando a otras cosas de adultos.

Los movimientos de Kaila, en comparación, eran letárgicos y lentos.

Estaba atontadísima por las pastillas, que contenían su deseo de morir, sí, pero no la hacían menos astuta.

Kaila los estaba manipulando. Cuando cascó los huevos, la mayoría de las cáscaras acabaron en la sartén, pero no se molestó en sacarlas.

Ni siquiera pidió ayuda. Se quedó allí de pie, sin más, con esa mirada tan estúpida que tenía.

Era imposible que no fuera una actuación.

«¡Mira qué torpe soy! Ay, pobrecita de mí. ¡Es culpa tuya que sea así!».

«Bien, jovencita —le entraron ganas de gritarle—, si así es como quieres gastártelas, ¡tendrás que comerte las cáscaras de huevo, porque yo no pienso prepararte nada más!».

Se acercó a la nevera arrastrando los pies, se chocó con su madre y, aun así, no dijo nada.

Eso era aplicarle la ley del silencio para castigarla.

¡Uf, cómo le amargaban la existencia! ¡Era para volverse loca!

¿Quién sabía si todo aquel rollo de la amenaza de suicidio no era también una actuación?

Luana pensó en volverse hacia Ralph —«¿Ves lo que está haciendo tu hija?

»—, pero no lo hizo. Él también tenía que soportar la humillación.

Necesitaba que estuviera tan enfadado como ella.

Django dejó de aporrear el iPad y, mirando la pantalla con el ceño fruncido, se puso a ladearlo con ambas manos. ¿Qué demonios estaba haciendo?

—Tiene hilos en la boca —creyó oírle decir Luana, pero eso no tenía sentido.

No había perdido la cabeza. ¿Verdad? Sí, estaba segura de que no la había perdido. Seguía pensando con claridad. Reconocía su necesidad de hablar de lo que había sucedido.

«Y, sin embargo, no lo has hecho. ¿Por qué? ¿Le has dado los buenos días a Ralph al entrar en la cocina? ¿Has saludado siquiera a los niños?».

Luana intentó acordarse, pero no fue capaz. Se desconectó durante un buen rato. Cuando su móvil emitió un pitido, se sobresaltó tanto que se le resbaló de las manos. Conteniendo un taco, lo sacó del fregadero.

«No te desquites con Ralph ni con los niños», decía la pantalla.

Levantó la vista, desorientada. Kaila se había ido.

Debía de haberse llevado los huevos arriba.

Django también se había marchado. El iPad estaba bocarriba en el suelo, con el protector de pantalla arrancado y la pantalla agrietada como una telaraña.

Ralph era el único que seguía allí, sumido en sus pensamientos.

Tenía un aspecto extraño. Toda la cocina tenía un aspecto extraño.

Insustancial, borroso, como si la viera a través de una lupa cubierta de agua.

¿Qué era lo que había estado pensando sobre ellos? No lo recordaba…, solo que había sido feio .

«Dios —pensó Luana al mismo tiempo que se llevaba las manos a la boca—. Dios mío. Por favor, haz que esto termine. Mañana, con el anciano. No creo que podamos aguantar mucho más».

Esta vez, Garrett Wetzel estaba decidido a morir.

Tan decidido que no necesitó a los vecinos de Bird Street.

A las tres de la tarde, Elizabeth fue a visitarlo para repasar el plan una vez más.

A las ocho, una celadora de la residencia de ancianos la llamó porque era la única persona que visitaba al anciano desde hacía un tiempo.

Wetzel, que estaba viendo reposiciones de Seinfeld en Hulu y comiéndose una lata de alubias Heinz a cucharadas, había sufrido una hemorragia cerebral y había muerto en el acto.

No

me

jodas , escribió Maurice en Vember.

Aquella misma noche, Ralph, los hermanos McKinley y los Wachowski se reunieron en el bungaló de los Aikman para celebrar una asamblea de emergencia.

Luana se quedó con los niños, pero, poco después de las once, Ralph la llamó para preguntarle si podía pasarse.

Como hacía horas que el litio había dejado a Kaila frita delante del televisor y Django estaba venga a pelearse con el colchón, como de costumbre, pero no se despertó cuando ella se plantó a los pies de su cama durante un buen rato, Luana consideró que era seguro dejarlos solos.

En el salón, decorado con muebles modernos y vitrinas de cristal que exhibían tomos antiguos, la esperaban unos rostros tensos. Luana pronto comprendió por qué la querían allí: Danilo. Danilo No-Sé-Cuántos, de Guatemala.

—López —dijo Joyce, y le dio un sorbo a una copa de vino rosado—. Esta vez me he acordado de su nombre. La semana pasada lo llevé a Happy Lemon, en Issaquah, a tomar un té de burbujas. Fue divertido.

—Uf, no me extraña que quiera morirse —gruñó Maurice, que echó la cabeza hacia atrás.

Parecía hinchado dentro del traje que llevaba, y Luana se preguntó quién demonios le había dicho que sería buena idea ponerse corbata para la ocasión.

—No hace falta ser grosero —le espetó Joyce—. Ha pasado por una experiencia muy trágica.

—Ah, ¿sí? A lo mejor tendrías que haber abierto un poco más las piernas y haberle dado una razón para seguir vivo.

Marc estuvo a punto de clavarle un dedo en la cara al señalarlo.

—Maurice, te lo juro por Dios. Una palabra más contra mi mujer y tendrás que recogerte los dientes del regazo.

—Chicos, chicos, mantengamos la calma —dijo Elizabeth—. Dejad que Ralph le explique la situación a Luana, ¿vale?

—Si es que todavía es capaz de hablar después de beberse hasta el agua de los floreros —dijo Maurice. Vio los ojos de Luana y se tapó la boca con una mano—. ¡Ups, no debería haber dicho eso! ¡Perdón!

—¿Ralph? —preguntó ella en voz baja.

Arrellanado contra el respaldo del sofá de cuero blanco, Ralph bajó la mirada, pero luego la levantó hacia ella.

—Cariño…, lo siento. La cuestión es que tenemos que llevar a Danilo López al bosque, y queríamos pedirte ayuda.

Gray asintió.

—Ralph nos ha dicho que, además de portugués, también hablas español con fluidez.

—Tanto monta —suspiró Maurice.

—Un momento —dijo Luana—. ¿Ese no era el inmigrante que perdió a su familia cruzando la frontera? Creía que era un no rotundo.

—Lo era. Pero nos estamos quedando sin tiempo y también sin opciones.

Ralph volvió a desviar la mirada. Estaba claro que la ética del asunto le suponía un problema. Como el vino, pero ese era un tema que tendrían que abordar más tarde.

—¿Y la mujer de Canadá?

Elizabeth sacudió la cabeza con determinación.

—Imposible. La última vez montó tal escándalo que casi nos pillan. Demasiado arriesgado.

—¿Y quién era el quinto? El adicto del albergue. ¿No fue Laura quien lo encontró?

—Eric Shellnutt, de St Martin —señaló Gray—. Ralph también se opuso a él, pero a estas alturas, ¿a quién le importa? Lo hemos perdido de vista.

Joyce, a todas luces borracha, levantó la copa.

—Es una forma bonita de decir que Laura estaba demasiado ocupada salvando el pellejo delante de la prensa como para hacer bien su trabajo. Al contrario que algunos de nosotros.

—Ay, porque tú eres todo un angelito con tu té de burbujas —le espetó Gray—. ¿Has puesto a dieta a tu panchito? A lo mejor así se mata de hambre.

—¡Solo era un comentario!

—Pero es cierto que se lo habían asignado a Laura, Gray —intervino Marc en defensa de su mujer.

Luana sabía a qué se referían los Wachowski: la semana anterior se había filtrado la noticia de que un subdirector del Correccional de Menores del Condado de King había estado untando a los jueces para que dictaran sentencias más duras contra los delincuentes sin antecedentes con el fin de aumentar la ocupación carcelaria.

Laura lo había despedido al instante, pero había metido la pata en sus declaraciones a la prensa y eso había supuesto un duro golpe para sus aspiraciones políticas de cara a 2024.

—Entonces, ¿cómo es que ninguno de nosotros ha salido corriendo hacia St Martin para buscar a Shellnutt? —preguntó Luana.

—Lo haremos —afirmó Ralph—, pero es posible que haya desaparecido. Y no podemos esperar más. Luana, ya sabes cómo estamos. No es solo Kaila, no es solo Dorothy. Somos todos. Si no actuamos, estamos metidos en un buen lío.

Luana miró a su alrededor y se dio cuenta de que era cierto: vio a personas en decadencia. Física, mental y moral. Todas, sin excepción.

—¿Cómo hemos llegado a esto? —murmuró—. ¿Tan ingenuos hemos sido?

—Mala suerte, Luana —dijo Elizabeth—. Es solo eso.

—No puedes decirlo en serio.

—Pues sí, lo digo en serio. Ya analizaremos nuestros errores más adelante, pero ahora es el momento de actuar.

—¿De verdad que no hay alternativa? Gray, supongo que sigues buscando, ¿no? —El mayor de los hermanos McKinley no respondió. De hecho, tenía la mirada perdida en el vacío—. ¿Gray?

Marc le sacudió el hombro con suavidad.

—¿Q-qué?

—Despierta, Gray.

—Estoy despierto. —Avergonzado, se enderezó en la silla y se volvió hacia Luana—. Perdona, ¿qué preguntabas?

—Si sigues buscando alternativas.

—Todos los días. Pero ya sabes lo difícil que es encontrar personas adecuadas para la eutanasia. Se necesita tiempo, y eso es justo lo que no tenemos.

—Y Elizabeth tiene razón —añadió Marc—. Nuestra mala suerte empeora día tras día. Aunque encontráramos a alguien, ¿quién nos asegura que saldría bien? Esto es la puta ley de Murphy elevada a la enésima potencia.