Días oscuros KAILA #5
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KAILA #5

Pero no era «solo entonces». A ella sí la había visitado. Y Kaila había nacido dentro del pacto. Al contrario que a su madre, no había habido necesidad de reclutarla mientras se desangraba en la calle.

Entonces, ¿por qué? ¿Por qué le había dado la piedra?

¿Por qué era especial a los ojos de un monstruo?

En casa, sus padres habían querido hacer un análisis posterior al partido.

Nadie se cansaba de hablar jamás. Sí, lo entendía.

Sí, la querían. Perdón, perdón. Querían asegurarle que podía quedarse en casa, que no necesitaría vigilancia especial siempre y cuando se tomara la medicación.

Siempre y cuando se abriera a ellos… ¡Uuuf!

Abrazos para todos. Sí, sí, kumbayá, lo que fuera para acabar con aquella conversación de una vez.

Cuando por fin había terminado, había subido a acostarse y, una vez que sus padres dejaron de ir a ver cómo estaba cada cuarto de hora, había subido al tejado.

Allí, por encima de Bird Street, todo parecía muerto. El césped. Las ramas que colgaban sobre la valla. Las macetas vacías que enmarcaban el patio como urnas agrietadas.

Pero, sobre todo, los montones. ¿Por qué estaban allí?

Aquella era su vida ahora: allí, podía tener todo lo que deseara. Los Juegos Olímpicos, el sueño de su vida: en el bolsillo.

Pero ¿sería mérito suyo?

« Quiero darte una cosa —le había dicho el Contable—. La voluntad de vivir. Pero guárdatela bien. Es solo tuya ».

Obedeciendo a un impulso, Kaila lanzó la piedra lo más lejos que pudo. Trazó una trayectoria silenciosa en el aire de noviembre. Luego desapareció en la espesura del otro lado de la valla.

Se sintió mejor de inmediato.

Pero no durante mucho tiempo.

Después de cenar, Kaila estaba más deprimida que nunca.

Mamá y papá la acribillaron a preguntas, pero ella lo achacó a los medicamentos y el estrés.

Aceptó tomarse un Seroquel para escaquearse del Jenga y se retiró a su habitación, donde se sintió como si una torre se estuviera derrumbando encima de ella.

Oh, Dios. Lo intentaba de verdad: vivir por los demás. Estar alegre por Django, por Jax, por sus padres. Pero ya no sabía cómo hacerlo. La vida era un abismo, una herida fea y enorme.

«Vuelve al tejado. Y, esta vez, salta. Ya conoces la técnica. Carpado, cabeza abajo, dobla el cuerpo. Pero mantén los brazos pegados a las caderas. Aunque no hay mucha altura, creo que bastará».

Lo único que la detuvo fue la falta de energía para salir de la cama. Así que se quedó contemplando el resplandor de la farola en el techo, muerta de cansancio pero alerta. Apretó los puños de forma convulsiva.

Ojos cerrados. Ojos abiertos.

Ay, Dios. Ay, Dios, ay, Dios.

La melodía de su móvil la sobresaltó. La foto sonriente de Jax apareció en la pantalla.

No contestó. Sabía que le convenía hacerlo, que aquel era el momento de pedir ayuda porque estaba tocando fondo, pero no podía enfrentarse al miedo de Jax.

¿Jen Okafor, entonces? Sabía que podía llamarla «a cualquier hora», pero era domingo por la noche y seguro que la mujer tenía cosas mejores que hacer.

¿Sus padres? No. Ellos eran la causa de todo aquel lío.

La piedra. Necesitaba su piedra. La piedra que le había dado el Contable. Al menos él había querido cuidar de ella. Era cierto que la piedra contenía su voluntad de vivir, y ella la había tirado.

¿Qué había hecho?

Se despertó porque un peso le oprimía el pecho. «Mamá», pensó; la estaba abrazando de nuevo o había entrado para quitarle el móvil, ya que solía quedarse dormida con él en la mano. Pero entonces percibió un olor primitivo, animal, y abrió los ojos.

Sentado sobre su edredón, había un zorro.

Atónita, lo miró a los ojos de color ámbar.

Tenía el pelaje rojo cubierto de barro y sangre coagulada.

El animal la olfateó moviendo el hocico puntiagudo a escasos centímetros de su cara.

Un olor a carne cruda emanaba de él en oleadas lentas y tóxicas, como una hamburguesa olvidada al descubierto en la nevera durante unos días. Llevaba algo entre las fauces.

Era su trozo de vidrio volcánico.

Con un gesto nervioso de la cabeza, el zorro se la dejó caer sobre el pecho. Kaila levantó un brazo para acariciar al animal, pero este se quedó paralizado y luego bajó de un salto de la cama.

La chica se incorporó y vio que una sombra que se deslizaba por el desván, justo por encima del suelo.

El zorro se encaramó al escritorio y, cuando salió por la ventana abierta, la cola tupida desapareció tras él con elegancia.

La sombra lo siguió un segundo después. Kaila estaba casi segura de que no era la silueta de un animal, sino de un hombre.

Un hombre cuyas extremidades se disolvían en humo.

Entonces, se desvaneció.

Cogió la piedra. Estaba pegajosa de espuma.

Era suya. La había recuperado.

Él se la había devuelto.

Le brotaron lágrimas de alivio de los ojos y juró no volver a separarse de ella nunca más.

Al cabo de un rato, una sonrisa pálida e invernal se le dibujó en la comisura de los labios. La sonrisa permaneció allí durante tanto tiempo que, al final, empezó a babear.