Días oscuros KAILA #4
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KAILA #4

—Todos ellos tomaron libremente la decisión de unirse o marcharse, y eso siempre sería así. Sintieron que podían transformar un verdadero desastre en algo que, al menos, tuviera una justificación moral. Juntos se enfrentaron al Contable y este volvió a aceptar.

—Obvio —dijo Kaila—. Más almas que corromper.

La máscara de calma de McKinley comenzaba a resquebrajarse.

—Me atrevo a rebatir eso. Sí, los sacrificios seguían siendo necesarios, pero solo elegían a personas moribundas y desahuciadas. Eso evolucionó hacia personas decididas a someterse a la eutanasia, como sabes.

—Y suicidas, ¿no?

—Solo cuando no queda más remedio. Te has referido a esto como «el mal menor», Kaila, y puede que tengas razón.

Pero no tenemos otra opción. Aunque nos sacrificáramos uno por uno, que tal vez fuera la alternativa más ética, al cabo de una década surgiría el mismo dilema al que se enfrentó mi padre: ¿y si el Contable se limita a buscar a otra persona que le lleve la comida?

¿A alguien que carezca de nuestros estándares morales?

Bird Street necesita guardianes, Kaila. Nosotros somos esos guardianes.

—Está hablando de «comida» —le espetó Kaila—. ¿Usted escucha lo que está diciendo? Puede que esas personas quisieran morir, pero no querían esto. ¡No querían que las atormentara un monstruo!

—No —dijo McKinley. Parpadeó—. Por desgracia, no podemos evitarlo. ¿Entiendes ahora por qué no puedo repetir en serio la pregunta que te he hecho antes? Tú también serías comida.

—¿Quién es usted para decidir quién muere ahí fuera? ¿Por qué elige a personas que quieren morir, que quieren paz? ¿Por qué no a personas que merecen morir?

—¿Y cómo propones que lo hagamos? —replicó papá—. ¿Secuestramos a reclusos del corredor de la muerte? Dejando a un lado las cuestiones prácticas, ¿no ves las consecuencias éticas? Porque ¿quién «merece» morir, Kaila? Estás intentando jugar a ser Dios.

—Pero ¡vosotros estáis jugando a ser Dios!

—Claro. Pero sigue siendo la opción menos despreciable. Sí, ponemos la vida de esas personas en una balanza, pero lo que viene después no depende de nosotros.

Kaila casi vomitó las palabras:

—Entonces, ¿los espejos mienten?

«Punto para mí». Los dos hombres se quedaron callados. Luego ella se volvió hacia McKinley.

—¿Cómo murió?

—¿Quién, mi padre? —Desdeñó la pregunta con un gesto de la mano—. Eso no tiene ninguna importancia en este asunto.

—Si no tiene ninguna importancia, no pasa nada porque me lo cuente.

Papá suspiró.

—Graham, has dicho que esto no tendría sentido si no éramos sinceros los unos con los otros. Cuéntaselo.

Visiblemente incómodo, cedió.

—Muy bien. La culpa terminó carcomiéndolo cuando se hizo mayor. Se pegó un tiro en la cabeza en 1969. —Reparó en la mirada inquisitiva de la chica y añadió—: Sí, ahí fuera.

Kaila se recostó contra el respaldo del sillón.

—Así que su padre creía que había hecho lo correcto, pero en realidad condenó a mi familia y a todas las demás.

Por lo tanto, ¿quién fue más listo que quién?

Y, para cuando se dio cuenta de ello, ya estábamos todos atrapados en esto.

Como mi madre. Django y yo somos lo que le da felicidad, así que, si se marcha, nos pierde. Moriremos.

—Kaila, no sabemos…

Papá intentó hablar, pero ella levantó la mano.

—Yo sí lo sé. Aquí cada uno tiene su chollo, pero en noviembre se les acaba. Sé cuál es su chollo.

McKinley se limitó a mirarla, y entonces la chica se dio cuenta de que lo que antes había confundido con ira era una profunda y visceral toma de conciencia de la culpa.

—La deuda de su familia. Su padre, sus abuelos… Tiene que vivir con ellos acechándole en noviembre. En los espejos.

—Sí —reconoció McKinley—. Tienes razón.

Tras la visita, Kaila volvió a subirse al tejado para echarle un vistazo al patio de atrás. Ya no llovía. Una niebla húmeda y pegajosa ocultaba el bosque de más arriba, pero no fue eso lo que le resultó perturbador.

Lo que le resultó perturbador fueron las ramas.

Repartidas en tres montones.

Dos en medio del césped. Otro justo al lado de la zona embaldosada.

Kaila los miró con atención. Hacía dos días, Jax solo había visto uno.

Justo al fondo, cerca de la valla. Si hubiera habido tres, se lo habría mencionado.

También le había dicho que había intentado apartar las ramas para ver si alguien había excavado un agujero debajo, pero que lo había dejado porque estaban «demasiado enmarañadas».

«Hay agujeros en el bosque. Agujeros profundos llenos de ramas. Ahí es donde nos llevan».

El viento frío le tiraba del pelo y Kaila se arrebujó en la sudadera con capucha. Miró la piedra negra que tenía en la mano. La forma familiar, el borde afilado que tan agradablemente le cortaba la piel cuando apretaba el puño.

¿De verdad contenía esa piedra sus ganas de vivir? ¿O acaso el Contable le había mentido? La pepita de oro que le había ofrecido a James McKinley había tenido un precio, y había sido un precio alto. Demasiado alto.

Y sin embargo…

Papá y el señor McKinley le habían suplicado que lo entendiera.

Y lo entendía. Entendía que estaban bien jodidos.

El Diablo los había engañado, y ahora tenían que vivir con el mal menor.

Kaila les había dicho que lo comprendía porque quería que la conversación terminara.

El litio ya la estaba dejando fuera de combate y había perdido la concentración.

Pero necesitaba que le respondieran a una pregunta más, así que la había soltado como quien no quiere la cosa:

—¿El Contable hace alguna vez visitas individuales a la gente?

—Nunca —había sido la respuesta de su padre—. Lo vemos una vez al año. El 2 de noviembre a las diez. Solo entonces. No tienes por qué tenerle miedo.