KAILA #2
Delante de la chimenea había tres sillones orejeros de cuero. Parecía que los habían arrastrado hasta allí para la ocasión, y a una señal de McKinley se sentaron. Kaila se hundió en el embriagador olor de la tapicería de cuero y se sintió adormilada de inmediato… Puto litio.
«Ahora estoy atrapada».
Se metió la mano con disimulo dentro del bolsillo y acarició la forma familiar del vidrio volcánico.
—O sea, que te has enterado —comenzó McKinley, que se inclinó hacia ella con un ademán cómplice—. Dime…, ¿qué opinas?
Kaila se sonrojó y miró a su padre, pero no encontró ningún apoyo en él.
—Vamos, suéltalo. Sé sincera. Esto no le servirá de nada a nadie si nos mentimos.
—Vale —respondió despacio—. ¿Sinceramente? Ni siquiera sé por dónde empezar. —Guardó silencio un segundo—. No, sí lo sé. Opino que es horrible. Opino que sois horribles. Todos.
McKinley dio una palmada.
—¡Fabuloso! ¡Eso es una respuesta sincera! Podemos trabajar a partir de ahí. Y ¿qué me dices de tu mensaje de ayer? ¿También era la pura verdad?
—¿Q-qué?
—¿De verdad ofrecerías tu vida como sacrificio de este año?
Los ojos de halcón del viejo no vacilaban, y eso obligó a Kaila a bajar la mirada. Papá arrastró los pies. Kaila se había preparado para cualquier cosa, pero no para una confrontación directa.
—No lo sé.
—Es comprensible. Toma, abre esto.
Se inclinó hacia una mesita auxiliar y le entregó lo que parecía un pequeño joyero antiguo. Kaila lo sostuvo con ambas manos y lo miró con nerviosismo.
—Graham, ¿qué…? —comenzó a decir papá, pero el anciano levantó la mano y le hizo un gesto con la cabeza a Kaila.
Ella abrió el cierre de hierro y levantó la tapa. El joyero estaba forrado de terciopelo rojo y contenía dos jeringuillas llenas.
Kaila levantó la mirada.
—No hay más, Kaila. Tendemos a asociar la muerte con el dolor y la violencia, una puñalada certera o un disparo de pistola, pero esas dos agujas contienen tu deseo, así de sencillo.
Si de verdad es tu deseo, por supuesto. Primero va la solución transparente, luego la amarillenta, aunque ni siquiera la notarás porque ya estarás dormida. Totalmente indoloro.
Ella sintió que el corazón le latía con fuerza en la garganta e incluso detrás de los tímpanos. Su padre se tapó la boca con las manos.
—Venga, coge la primera —la instó McKinley.
Kaila obedeció. Una vez más, le faltaron fuerzas para negarse.
Cuando sostuvo la aguja entre los dedos, su padre se cubrió el rostro con las manos y empezó a llorar.
A pesar de que eso debería haberla alarmado, apenas prestó atención.
Incluso la biblioteca, el fuego y los ojos de McKinley parecían estar muy lejos.
¿No había más? ¿Tan trivial era la muerte que podía capturarse en esas cantidades tan ínfimas de líquido?
La voz de McKinley flotó hasta ella:
—A nosotros, sin duda, nos vendría muy bien. Si te soy sincero, este año estamos teniendo un poco de mala suerte. Cuando te haya dicho lo que quería decirte, varios de tus vecinos pueden llevarte al bosque y completar el proceso en un abrir y cerrar de ojos. Así que piénsate bien la respuesta.
Hasta entonces, Kaila había considerado el suicidio como una huida puramente teórica en caso de que siguiera fracasando en la vida. Nunca había sido real. No de aquella manera. Se quedó mirando el líquido de la jeringuilla, obnubilada.
¿Lo deseaba de verdad?
De repente horrorizada, intentó volver a guardarla en la caja, pero los músculos no le respondían. Empezó a sentir un hormigueo en la piel. Cada vez más presa del pánico, pensó en la piedra que llevaba en el bolsillo.
« Quiero darte una cosa. La voluntad de vivir ».
Reflejada en el tubo de la jeringuilla, su cara era alargada y deforme, pero en ella vio manos que la recorrían como para darle la bienvenida. Innumerables manos… y cada vez eran más.
Con un grito ahogado, dejó caer la aguja. Rebotó sobre la alfombra, con el émbolo para abajo, y expulsó una o dos gotas. McKinley se levantó de su asiento como un muñeco impulsado por un muelle, la recogió y le quitó la caja de las manos para volver a guardar la aguja.
Cuando volvió a sentarse, la observó con fascinación. Aunque su sonrisa había desaparecido, su mirada no era antipática.
—Nos has dado un buen susto a todos. Sobre todo a tu padre. Puede que esa fuera tu intención. Puede que fuera un grito de ayuda. Si es así, considérate escuchada.
Kaila lo entendió. El señor McKinley jamás había tenido intención de ofrecerle las inyecciones. Era una terapia de choque… y muy eficaz.
—¿Qué vas a hacer, Kaila? ¿Vas a consolar a tu padre o vas a dejar esa labor en manos de tu viejo vecino?
Le lanzó una mirada incómoda a papá, le resultaba difícil lidiar con sus lágrimas. No había vuelto a verlo llorar desde el funeral de los abuelos, pero entonces ella era pequeña y él la había consolado.
«Tiene miedo. Mucho miedo. Miedo de perderme».
De pronto, ya no pudo soportarlo más. Se acercó a él e intentó darle un abrazo torpe.
—Lo siento.
—No —balbuceó él al mismo tiempo que la atraía hacia sí—. Soy yo quien lo siente. Lo siento muchísimo, Kaila.
—Bueee… no —dijo Maurice cuando entró con una bandeja.
En ella había tres tazas humeantes y porciones de tarta. Se quedó mirándolos como si acabara de toparse con una escena de algún tipo de porno fetichista y enfermizo: con una repulsión fascinada.
—Deja eso ahí —le indicó McKinley—. Yo mismo lo serviré. Gracias, Maurice. Puedes retirarte y, por favor, cierra la puerta al salir. Esto es un asunto privado.
Maurice obedeció con una reticencia evidente y desapareció. El señor McKinley repartió los cafés y la tarta y le pasó a papá una servilleta para que se enjugara la cara. Kaila volvió a su asiento, pero le tendió la mano para que se la agarrara. Su padre la aceptó, agradecido.
—Muy bien —comentó McKinley al volver a sentarse—. ¿Mejor?
—Sí —dijeron ambos al unísono, y se echaron a reír sin poder evitarlo.
Kaila sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Se dio cuenta de que, en efecto, estaba mejor. Pero no bien del todo.
—De acuerdo. Escucha con atención.
Se metió la mano libre en el bolsillo y la cerró alrededor de la piedra.
—Mi abuelo James tenía veintidós años cuando llegó al valle de Snoqualmie —comenzó Graham McKinley—.
Eso fue en 1892. Vino desde California con su hermano mayor, Francis.
En aquella época, Carnation se llamaba Tolt, un nombre que te sonará del río Tolt.
El topónimo deriva de la palabra snoqualmie túlq , que es como los indígenas se referían al río.
—Hizo una breve pausa para meterse un bocado de tarta en la boca; masticó deprisa y emitiendo discretos gruñidos de aprobación—.
En aquellos tiempos, Tolt era una iglesia, una escuela y unas cuantas casas dispersas.
Había granjas lecheras en el valle y, en las colinas, aserraderos que suministraban madera a los astilleros de Seattle.
James y Francis construyeron un aserradero en el bosque de allá.
Corrían buenos tiempos y querían llevarse una parte del pastel.
Pero, en menos de un año, la situación dio un giro radical con el Pánico de 1893.
—Una depresión económica —explicó papá.
—La peor crisis crediticia anterior a 1929.
A los hermanos les costó salir adelante, y eso tensó su relación.
Las cosas empeoraron aún más cuando Francis se fugó con Catherine Bligh, la mujer que le gustaba a mi abuelo.
Tres años más tarde, los rumores de que se había encontrado oro en Yukón desencadenaron la fiebre del oro de Klondike.
Seguro que te han hablado de esto en clase, ¿no?
Kaila asintió. Sin embargo, lo que de verdad le venía a la mente era el Tío Gilito.
—Miles de personas se trasladaron al norte. Francis también se contagió de la fiebre del oro, y eso enfureció a James, que se había arraigado en el valle. —Otro bocado, más masticación—. Tal vez te preguntes cómo sé todo esto, claro.
Dejó el plato en el suelo y cogió un cuaderno de cuero de la mesita auxiliar.
—Este es el diario de mi abuelo. Es el único libro que poseo que vale más que cualquiera de los que forman parte de la colección de Harry Aikman, porque contiene la historia de nuestros orígenes.
A pesar de todo, Kaila estaba intrigada. Ese tipo de diarios antiguos solo se veían en las películas. Graham pasó las páginas con cuidado. Papel amarillento, una caligrafía elegante pero casi ilegible… Sí, justo igual que en las películas.
Por supuesto, tendría que haber estado preparada para lo que sucedió a continuación.
—28 de octubre de 1896. James escribe que sale a pasear río arriba, a lo largo del Tolt.
Allí, en la orilla, se encuentra al Diablo, quien le entrega una pepita de oro que simboliza la prosperidad futura y le ofrece un trato.
Mi abuelo, que Dios lo perdone, se hace un corte en el dedo y escribe su nombre con sangre en el libro del Diablo para aceptar el trato.
Supongo que tu padre te ha hablado del libro, ¿verdad?
Kaila asintió con dificultad.
—Una semana más tarde, Francis está ultimando sus planes para mudarse a Yukón.
James le enseña la pepita de oro y, prometiéndole más, atrae a su hermano hacia el bosque.
Allí, le aplasta el cráneo con una pala y lo entierra.
Le dice a Catherine que Francis se ha marchado a Yukón, pero que él, James, cuidará de ella a partir de ahora.
Aquel invierno, reciben la noticia de que Francis ha muerto en el norte y de que a James le corresponde una gran suma de dinero.
La utiliza para construir una casa en el bosque, cerca de donde se encontró con el Diablo, y la llama Lock Haven.
Esa casa —dijo Graham McKinley— es esta.
—Cuando dice «el Diablo» —comenzó Kaila, que tuvo que aclararse la garganta antes de poder continuar—, ¿lo dice, en plan, literalmente?
—Ya llegaré a eso. Deja que te lo cuente a mi manera. Creo que verás que muchas de tus preguntas obtienen respuesta.