Días oscuros KAILA
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KAILA

Tierra de Nadie. La historia de Graham McKinley.

La piedra negra.

Y no estaba sola.

Era la oscuridad de noviembre, y allí permanecía, incapaz de escapar de la vida. Algo la acechaba. Lo oía respirar como un oso voraz. Lo único que podía hacer era esconderse entre las ramas… Las ramas que llenaban el agujero donde se encontraba.

Conmocionada, se dio cuenta de que era uno de los Jibblymowers de Django.

No eran criaturas pequeñas, como él había imaginado; eran las almas perdidas del bosque de Snoqualmie y la rodeaban por todas partes.

Como inquietos fuegos fatuos de pantano suplicando que los sofocaran, aunque no sabían cómo.

En su cama, Kaila gimió porque tenía la sensación de que había innumerables manos tocándola.

Despierta. Eso no era un sueño, era una pesadilla. Su consuelo era que todas las pesadillas terminaban al despertar. El corazón te latía con fuerza, estabas empapada en sudor, pero te dabas cuenta de que no era real. Así que despierta.

Lo terrible era que no podía.

Cuando por fin lo hizo, no fue con un sobresalto, sino despacio, débilmente.

Lo primero de lo que se percató fue de que la luz que entraba en su habitación era la de media mañana.

Lo segundo, del olor del perfume de mamá.

Eso sí que le hizo dar un pequeño respingo, y así fue como notó la mano presionándole el abdomen.

Una respingo grande, sin duda.

Su madre estaba justo a su lado, durmiendo de costado, rodeándole la cintura con un brazo.

Kaila apenas se movió, pero se le subió el corazón a la garganta.

No tanto como para luchar contra el familiar bajón de los medicamentos que le pesaban en la frente e intentaban cerrarle los ojos, pero sí lo justo para añadir otra molestia al cóctel. Uf… Buenos días, princesa.

Era imposible rendirse al abrazo de mamá, porque eso significaría sucumbir a cómo habían sido las cosas hasta el día anterior.

Pero alejarse de él también le resultaba imposible, porque deseaba poder volver atrás y fingir que todas aquellas cosas horribles no habían sucedido.

Era una Tierra de Nadie paralizada, despojada de todo lo que había conocido una vez, habitada solo por los ecos de los gritos del día anterior.

«¿Quién cojones soy?».

Mamá era estéril. Sin embargo, Django y ella existían.

Eso tendría que haber sido imposible. Saber que había cobrado vida debido únicamente al deseo de su madre oprimía su más elemental sentido de la individualidad.

Si solo eras el deseo de otra persona, significaba que vivías para esa otra persona.

Kaila no sabía si podría… Ese era el quid de la cuestión.

Eso y el hecho de que otras personas tuvieran que morir por ello.

Se dio cuenta de que seguía apretando el trozo de vidrio volcánico en el puño, al final del brazo atrapado en el de mamá. ¿Se había pasado toda la noche sosteniéndolo? Eso también tendría que haber sido imposible. El sueño relajaba los músculos, te abría el puño.

Pero allí estaba.

Por algún motivo, la piedra le servía de consuelo. Kaila no entendía por qué, teniendo en cuenta quién se la había dado. Aun así, la sentía como su hogar. Apretó el puño a su alrededor y cerró los ojos.

Se rindió a la apatía.

Sin darse cuenta, papá le ahorró la molestia de tener que lidiar, en uno u otro sentido, con el abrazo de su madre.

Cuando subió la escalera hacia las once para decirle que iba a llevarla a visitar al anciano señor McKinley, mamá se despertó sobresaltada y apartó el brazo de golpe, lo cual le proporcionó a Kaila la oportunidad de incorporarse y fingir que no se había dado cuenta.

Su padre parecía avergonzado, su madre decepcionada, ambos inquietos.

Era todo bastante incómodo. A Kaila no le apetecía nada aguantar un sermón del señor McKinley, pero era mejor que lo que fuera que estaba pasando allí.

—¿Qué hacemos aquí, a todo esto? —preguntó un rato después, mientras subían los escalones que llevaban a la puerta delantera de los McKinley.

Era la primera conversación que mantenían desde que su padre había hecho el anuncio en la escalera, a excepción de cuando la había obligado a tragarse el litio.

Papá tenía una pinta horrorosa: las mejillas rasposas, los ojos inyectados en sangre, las ojeras azules.

«Vendes tu alma al diablo para tener una excusa para pillarte una cogorza en noviembre. Bien hecho, papá».

Él se volvió hacia ella y le lanzó una mirada que la hizo temblar.

—El señor McKinley va a contarte algo para que, con suerte, abandones ese ridículo plan tuyo. Y para que cambies un poco de actitud, jovencita. No hace falta que nos entiendas, ni siquiera hace falta que estés de acuerdo con nosotros. Pero no se te ocurra mirar a tu madre con tanto asco.

Sin más, se dio la vuelta y llamó al timbre. En aquel momento, Kaila no era capaz de sentir mucho respeto por su padre; aun así, su emoción le hizo daño. Papá estaba dolido, de eso no había duda.

Maurice McKinley abrió la puerta y se quedó mirándola como si fuera una especie de curiosidad morbosa. Claro. Todos los residentes de Bird Street lo sabían. Todos habían visto el mensaje. Bien, ella le devolvió el gesto con tal desdén que Maurice se estremeció.

—Pasa, Ralph —dijo enseguida. Desvió la vista hacia más allá de ellos, como si esperase que hubiera alguien más en el camino de entrada—. Mi padre te está esperando en la biblioteca de arriba.

—Bien, gracias.

Era la primera vez que Kaila entraba en casa de los McKinley.

Era una réplica exacta de Keyhouse Manor, de la serie de Netflix Locke lo único que demostraba que estaba viva era el débil gorgoteo de su bombona de oxígeno.

—Uy, perdón —dijo Juliette, que les lanzó una mirada rápida—. No sabía que ya estabais aquí. Vamos, madre, te llevaré a la cama.

Desapareció por una puerta que daba a otra ala, como si estuviera deshaciéndose de un cadáver.

—Madre no se encuentra bien. —Maurice constató lo obvio mientras los guiaba por una de las amplias escaleras de mármol hacia el piso de arriba—. Todos tenemos la esperanza de que se estabilice a partir del martes.

—Caray, Maurice. Lo siento.

—Todo saldrá bien.

«¿De verdad que todo esto os compensa?», pensó Kaila.

Es más, se preguntó si Maurice de verdad estaba convencido que todo saldría bien.

Él también parecía aquejado de un caso grave de Días Oscuros: llevaba la camisa mal abrochada, se tropezó con el último escalón y tuvo que agarrarse a la barandilla.

Se recompuso, pero volvió a mirar hacia atrás en busca de algo invisible que no estaba allí.

Pese a que le resultó muy inquietante, Kaila no sintió ningún tipo de compasión por él.

Maurice era tan cómplice como cualquiera de los demás.

—¡Ah, ya estáis aquí!

Graham McKinley apareció al final del pasillo vestido con algo que Kaila supuso que era un kimono de satén oscuro.

Aunque el hombre tenía un aspecto viejo y frágil, con manchas de venas moradas desperdigadas por las mejillas, a ella siguió pareciéndole impresionante —en el mismo sentido en que un libro antiguo puede parecerte impresionante—.

Sus ojos de halcón irradiaban calidez y una sonrisa juguetona le curvaba las comisuras de los labios.

—Bienvenida a nuestra casa, Kaila. Un año antes de lo previsto, pero más vale pronto que tarde, ¿no?

Papá le estrechó la mano y la chica hizo lo mismo. No tenía intención de hacerlo, pero se sintió incapaz de negarse. El apretón de manos del señor McKinley le resultó sorprendentemente firme.

—¿Te han ofrecido ya café o té?

—No —respondió su padre—. No me iría mal un expreso. Doble, si es posible.

—Por supuesto. Y tenemos una tarta de calabaza y jengibre riquísima. La receta es de Dorothy, aunque la ha hecho Juliette. ¿Te apetece un trozo?

—Suena bien.

—Espléndido. Maurice, yo tomaré un descafeinado y una empanadilla, pequeña, por favor. Kaila, ¿qué quieres tú?

Tampoco tenía intención de aceptar nada del señor McKinley, pero no había desayunado y la tarta de calabaza y jengibre debía de estar buenísima. Se volvió hacia Maurice, puso cara de borde y dijo:

—Supongo que no tendrás un latte macchiato .

—Podría espumar un poco de leche —respondió él de malos modos.

—Perfecto. Y tarta.

Maurice McKinley se escabulló sin decir palabra. Kaila se sintió satisfecha. No parecía el tipo de hombre al que le gustara recibir órdenes de una chica. Y menos aún de una chica de color.

Graham no se percató de la dinámica, o fingió no haberse percatado, y los condujo a la biblioteca.

Le sorprendió que fuera una habitación acogedora, llena de estanterías desde el suelo hasta el techo y, en un extremo, dividida en dos por una chimenea en la que ardía un fuego crepitante.

Sobre la repisa había un retrato al óleo de un hombre con los mismos ojos penetrantes que McKinley.

—Mi padre —aclaró el anciano—. John McKinley.

Hay un segundo retrato suyo en la sala de trofeos.

Puede decirse que en esta casa se le recuerda con gran cariño.

Es de él y de su padre, mi abuelo, de quienes quiero hablarte hoy, Kaila.

Ven, vamos a sentarnos junto al fuego. Una buena historia debe contarse al calor de una hoguera, ¿no te parece?