Días oscuros RALPH #4
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RALPH #4

Habían llegado al puente del río Tolt y Ralph se detuvo. Al otro lado se hallaba Bird Street. Harry se volvió e iluminó la lluvia torrencial con su Krypton mientras le lanzaba una mirada inquisitiva.

—¿Cómo lo aceptaste, Harry?

—¿Aceptar qué?

—Lo que hacemos aquí.

Se encogió de hombros.

—Utilitarismo. El fin justifica los medios. Un mal menor para evitar un mal mayor.

—Estuviste a punto de convertirte en uno de ellos. Se podría decir que Elizabeth te estaba echando de comer a un monstruo.

Harry sonrió.

—Entonces no me conocía. Ahora no se le ocurriría.

—A lo mejor todas esas pobres almas de ahí fuera dirían lo mismo.

Por mucho que justifiquemos nuestros actos, a todos nos motivan los frutos de nuestro pacto.

Y aceptamos el sacrificio de esas personas, porque, si no lo hacemos, nos veremos privados de nuestra felicidad.

¿No nos convierte eso en personas intrínsecamente malas?

Harry plegó el paraguas. Ahora ambos estaban bajo la lluvia.

—Tengo una primera edición de una antigua antología de Robert Silverberg que incluye un relato de Ursula K.

Le Guin. Se titula «Quienes se marchan de Omelas».

Trata sobre la utópica ciudad de Omelas, donde miles de personas conviven felices y en perfecta armonía.

Pero el equilibrio depende de un desafortunado niño que vive encerrado a perpetuidad en una mazmorra bajo la ciudad, rodeado de una oscuridad inmunda, sumido en una tristeza abyecta.

Cuando tienes la edad suficiente, te llevan a la mazmorra y te ofrecen una elección: aceptar la situación y quedarte o marcharte para siempre. ¿Qué crees que hacen?

—Se quedan todos —suspiró Ralph.

—No todos. Algunos se marchan, de ahí el título.

Pero la gran mayoría se queda, sí. ¿De verdad te sorprende lo fácil que le resulta a la gente apartar la mirada si eso hace que sea más feliz?

Todos queremos ropa más barata, pero ¿quién se para a pensar de verdad en esas fábricas de la otra punta del mundo en las que explotan a los niños que cosen nuestras prendas, al menos hasta que el taller se incendia y quedan todos reducidos a cenizas?

Sí, a todos nos horrorizan los vídeos de un oso polar agotado en el último témpano de hielo, de la hambruna en África, de la desaparición de la selva tropical, pero nos negamos a renunciar a nuestros billetes de avión baratos, a nuestra bioindustria, a nuestros combustibles fósiles.

Despierta, Ralph. Así es la naturaleza humana.

Ralph quería irse a casa. Se negaba a creer que la humanidad fuera fundamentalmente mala. Él intentaba hacer el bien, al menos: era el legado de su padre.

Pero ¿podía contar con eso en noviembre?

—¿Nos has perdonado? —preguntó al fin.

Harry le lanzó una mirada inescrutable.

—¿Tú lo perdonarías?

Se encontró a Luana en un saco de dormir a los pies de la cama de Kaila, viendo Netflix en su iPad.

Su mujer se incorporó apoyándose en un codo y se quitó los auriculares.

Un caleidoscopio de expresiones le cruzó la cara cuando se miraron a los ojos: arrepentimiento, inseguridad, deseo no correspondido, ganas de discutir.

Ralph señaló con la cabeza hacia el bulto informe de la cama y le preguntó moviendo solo labios: «¿Está dormida?».

—Como un bebé —susurró ella.

Se acercó a Luana con los calcetines mojados y se arrodilló para darle un beso. Eso la liberó de parte de la tensión y esbozó una sonrisa triste.

—Estás empapado.

—He ido a dar un paseo con Harry. Voy a darme una ducha para entrar en calor y luego te doy el relevo. Necesitas descansar esta noche.

—Tú sí que necesitas descansar esta noche, Ralph. Estás agotado. Además, no pienso moverme de aquí. Quiero estar a su lado cuando se despierte. Puedes dormir en el suelo si quieres, pero te vas a destrozar la espalda.

—Da igual.

—No seas tonto, juez. Duerme. Mañana estás de guardia. Asegúrate de estar en condiciones para ello.

—Vale, muy bien. —La besó de nuevo—. Gracias.

No salió de la ducha hasta que se hubo sacado el frío de los huesos, se metió desnudo entre las sábanas y se quedó dormido casi al instante, aunque con la vaga y angustiosa sensación de que se estaba olvidando de algo.

De madrugada, se incorporó y oyó el ruido de la lluvia contra el tejado.

O, al menos, una parte de su cerebro se despertó lo suficiente como para recordar de qué se trataba.

Bajó las escaleras, sonámbulo, y abrió la puerta delantera.

Ni siquiera la lluvia que le azotaba la piel lo despertó del todo, a pesar de que le hacía estremecerse.

Bajó por el camino de entrada. De pie, con el agua hasta los tobillos, se agachó junto a la alcantarilla y recogió la botella de vodka y el vaso.

El vaso estaba lleno de agua de lluvia. Cuando lo volcó, se le resbaló de entre los dedos y se hizo añicos en la calle.

Por un instante, se quedó allí plantado, con la cabeza ladeada como si estuviera absorto en sus pensamientos. Luego, desenroscó el tapón de la botella, se la llevó a los labios y bebió.