RALPH #3
Lo segundo de lo que Ralph no había podido hablar nunca con sus padres era de la penitencia. Y eso lo llevaba de nuevo a Kaila.
Hasta dónde podía saber, sus padres habían elegido para Frank la misma estrategia que Luana y él habían pensado emplear con Kaila: ilustrarlo a los dieciséis años, en épocas más felices.
Al principio debió de dar resultado, porque el nombre de Frank se añadió al libro del Contable el 2 de noviembre de 1985, un hecho que marcó su iniciación oficial.
Pero el 9 de noviembre, Frank se quitó la vida.
Ralph, que por aquel entonces tenía catorce años, no tenía ni idea de lo que había sucedido esa semana.
Culpa, remordimientos e inseguridad, desde luego; pero sospechaba que la verdad era más sencilla: en un abrir y cerrar de ojos, un trastorno bipolar latente podía convertirse en un asesino brutal.
La forma en que Frank había elegido suicidarse indicaba, casi con certeza, un acto impulsivo. Y su muerte había ocurrido en su propio terreno, no en el bosque de detrás de la valla.
No contaba como sacrificio.
Kaila había sido más calculadora. Descubrir la verdad había despertado una duda profunda y existencial en su psique ya inestable.
¿Qué derecho tenía ella a existir si otros debían morir por su culpa?
¿Y por qué iba a corresponderles más felicidad a los habitantes de Bird Street que a los de cualquier otro lugar?
Esas eran las preguntas que les había hecho a gritos.
Y su solución no era tan irracional como parecía: no podía vivir con ello, así que quería morir por ello. Ofrecerse para salvar a otra persona.
Eso era penitencia. Ni siquiera Samuel y Amelia Lewis habían llegado tan lejos. Se habían tomado su vasito de leche condimentado en la isla Orcas. No en la reserva McKinley.
¿Por qué?
Porque ellos sabían que no estaban ayudando a las personas a las que llevaban al bosque.
Porque, en noviembre, ese bosque se convertía en un coto de caza.
Quienes morían allí no encontraban la paz.
Algo se apoderaba de ellos. De su alma y de su humanidad.
Lo que quedaba, lo que se volvía menos humano con cada noviembre que pasaba, los seguía en los espejos como una conciencia sangrante y, si entrabas en su territorio, te destruía.
Era lo único de lo que nadie quería —podía— hablar en Bird Street.
Pero Kaila sí había querido hablar de ello. Era lo primero de lo que había querido hablar. «¿Cómo es posible que esto sea algo bueno? —había gritado—. ¿Cómo podéis vivir con esto?».
Y lo único en lo que Ralph había sido capaz de pensar era en las palabras del Contable: « Sé lo que hay dentro de vuestra alma porque he devorado pedazos de cada una de ellas. No me desafíes, paria, o te arrancaré la tuya de raíz y la engulliré entera ».
Las almas perdidas del bosque de Snoqualmie no eran las únicas que se volvían un poco menos humanas con cada noviembre que pasaba.
El Diablo siempre hacía trampa.
Habían dado media vuelta y ya estaban de regreso, con la lluvia todavía tamborileando sobre el paraguas de Harry. Este se subió el anorak hasta taparse la mitad inferior de la cara, como un forajido. Cuando habló, la tela le amortiguó la voz:
—Voy a contarte una cosa. Yo también tengo una pistola cargada en la caja fuerte. Pero solo en noviembre.
Su vecino se lo quedó mirando, incrédulo.
—¿Por qué?
—Es mi medida de seguridad.
Ralph se había quedado sin palabras, así que esperó a que Harry continuara. Y, tras sacar la cabeza del cuello del anorak cual tortuga, lo hizo:
—Tu hija está pensando en suicidarse y tú estás en plan «pobrecito de mí». Siente que no te la tomas en serio, porque no lo haces. Te falta empatía.
—Entiendo que Kaila… —comenzó a decir, pero Harry lo interrumpió:
—Lo entiendes, sí, eres un tipo inteligente. Pero eso es otra cosa. Sientes compasión, pero no empatía. No eres capaz de imaginar cómo se siente tu hija porque tú no lo has sentido nunca.
—No —suspiró Ralph—. Tienes razón. Es cierto que no entiendo que a ciertas personas la vida pueda parecerles tan imposible que quieran acabar con ella.
—Yo sí lo entiendo. Yo he pasado por eso.
Ralph lo sabía. Harry Aikman era el único residente de Bird Street que había estado en ambos lados de la ecuación.
En 1991, cuando era un hombre solitario y deprimido de Seattle, el grupo de vecinos lo había llevado al bosque.
Pero había cambiado de opinión. Una Elizabeth mucho más joven, que todavía se apellidaba Brennett, había guiado a Harry con el mismo cariño que a cualquier otro y, al hacerlo, le había dado justo lo que siempre le había faltado.
Todo el mundo tenía un futuro si se le prestaba la atención adecuada. De repente, aquel pensamiento deprimió a Ralph más que cualquier otra cosa.
—Lo que Kaila necesita —afirmó Harry— son sus propios buenos samaritanos, alguien que se tome en serio su deseo. Tener su propia pistola en la caja fuerte y poder decir que no, precisamente porque se la ofrecen.
Ralph se quedó callado durante un buen rato. Al final murmuró:
—No puedo hacer eso, Harry. Es mi hija.
—Pero ¿qué alternativa hay?
—Ojalá lo supiera. Ni siquiera estamos a mediados de mes y ya no puedo confiar en mí mismo.
¿Y si tomo las decisiones equivocadas? —Le dio una patada a una piedrecita—.
Ahora está durmiendo, Luana se ha quedado con ella.
Le hemos dado el litio. Hemos comprobado que se lo tragara, claro.
Y también el Seroquel. Ahora está bien, pero ¿y mañana? Nos da miedo incluso dejarla sola.
—¿Ingreso voluntario?
—Imposible. Ahora mismo es impredecible. ¿Quién sabe lo que podría contarle a la gente de Stillwater? Está furiosa. Y tiene todo el derecho a estarlo.
—Habla con ella, Ralph. Escúchala. Y quizá Graham la ayude a ver las cosas con un poco de perspectiva. Estoy seguro de que estaría dispuesto.