RALPH #2
Samuel y Amelia Lewis estaban sanos como un roble en su lecho de muerte.
Ralph estaba cumpliendo con su tercer mandato en el Tribunal Superior, pero había prolongado unas semanas su permiso sabático de noviembre para poder acompañarlos hasta el final.
Sus padres lo aceptaron a regañadientes, con la estricta condición de que no hubiera dramas y de que su última Navidad fuera alegre y festiva por el bien de los niños.
El juez Lewis y su esposa querían controlar hasta el último detalle de su muerte, hasta el punto de dictar cuándo podría llorar su pérdida la familia.
En agosto, poco después de que las noticias sobre los Nyholm llegaran a Bird Street, habían informado a Luana y Ralph de sus planes. Ralph sospechaba que el drama de San Luis no les había influido directamente, pero que había acelerado las cosas.
—Hemos vivido una buena vida, Ralph —dijo su madre—.
Tu padre tiene setenta y cuatro años y yo cumpliré setenta y cinco en septiembre.
Hemos tenido más felicidad de la que podríamos haber deseado y, desde luego, más de la que nos correspondía.
Sin embargo, Kaila y Django se están haciendo mayores y necesitan espacio. Tú necesitas espacio.
—Pero nos encanta nuestra vida juntos —objetó Luana—. ¡Y los niños os adoran!
Era cierto, pero ella a veces se quejaba de tener que compartir la casa con sus suegros.
Y Ralph también. Aunque habían mantenido el acuerdo en perfecta armonía durante años (al fin y al cabo, Bird Street establecía que todos estaban «contentos» con él), todo el mundo sabía que aquello surgía de una necesidad.
Y era cierto: los niños se estaban haciendo mayores.
Kaila no tardaría mucho en alcanzar la pubertad.
—Es inevitable —dijo Amelia, que le dio un abrazo a Luana cuando esta empezó a sollozar—. Hay que dejar que estas cosas sigan su curso natural.
Pero Ralph pensó: «Esto no tiene nada de natural».
Marcharse no era una opción: los Nyholm lo habían demostrado.
No era que los residentes recibieran un castigo por abandonar el pacto.
Cada 2 de noviembre, el Contable les ofrecía su libro a todos, uno por uno.
Eran libres, siempre que se llevaran el secreto a la tumba, de arrancar y quemar la página con su nombre.
Que era justo lo que Arthur Nyholm y su familia habían hecho dos años antes.
A Linda le pesaba la conciencia, había asegurado Arthur, y él elegía su matrimonio por encima de esa felicidad mancillada.
—¿Quién dice que no vais a iros de la lengua? —había señalado Maurice McKinley—. El que la hace la paga.
Había sido una de las raras ocasiones en que el Contable les había hablado, pero sus palabras habían hecho que Ralph deseara que no hubiese sido así: « Sé lo que hay dentro de vuestra alma porque he devorado pedazos de cada una de ellas.
No me desafíes, paria, o te arrancaré la tuya de raíz y la engulliré entera ».
La violación equivalía al exilio y anulaba los frutos antinaturales del acuerdo.
Lo que quedaba era la vida tal como habría sido sin Bird Street.
Rover no tardó en empezar a tener el aspecto que habría tenido sin intervención sobrenatural, lo que lo llevó a perder su carrera como modelo y al inicio de su espiral descendente.
Los extraordinarios éxitos de Arthur en el mundo de las inversiones se redujeron a proporciones normales y Nyholm Enterprises se desmoronó.
¿Y Linda? La autopsia reveló que, si la bala de Rover no le hubiera reventado el cerebro, el tumor que tenía en el lóbulo frontal se lo habría destrozado poco después.
Como decía Luana: «El diablo siempre hace trampa».
Por eso Samuel y Amelia Lewis querían tomar las riendas de su destino.
Ralph, demasiado conmocionado para aceptarlo, luchó contra ello de todas las formas posibles.
Bird Street se encontraba en el Bosque Nacional Mount Baker-Snoqualmie, y eso impedía que el terreno estatal que lindaba con las cinco propiedades existentes pudiera comprarse.
Quedarse con un trozo de la reserva que los McKinley tenían detrás de la valla era inviable: sobre el papel, los McKinley eran los propietarios del terreno, pero, en realidad, pertenecía a algo mucho más antiguo.
Sí, podían construir una casa de invitados en su patio trasero, pero Ralph había encontrado una solución más razonable.
Marc Wachowski estaba dispuesto a venderle la mitad trasera de la parcela de las alpacas, un terreno lo bastante grande para construir una casa modesta.
El señor y la señora Lewis podrían pasar allí sus años dorados y, tras su muerte, quedaría a disposición de las generaciones futuras.
Sin embargo, su padre no había querido saber nada del asunto. En septiembre, había mantenido una conversación muy seria con Ralph en el patio de atrás.
—No queremos marcharnos —dijo— y no queremos una casa nueva. Queremos hacer penitencia, ¿no lo entiendes?
—Pero ¿qué sentido tiene? —preguntó su hijo con aire taciturno.
—Todavía tenemos nuestra conciencia, y eso es importante. Por ejemplo, todas las personas a las que hemos llevado al bosque. Podemos afirmar que se hace de la forma menos despreciable posible.
—¿Estás seguro? ¿De verdad es eso lo que nos impulsa?
—Elijo creer que sí —contestó el primer juez Lewis con firmeza—.
Es lo que nos impulsa a nosotros. Por eso tienes que ser tú quien tome el relevo.
Graham se está haciendo mayor y ya sabes cómo son sus hijos.
Ay de nosotros si ellos se pusieran al mando.
La felicidad nos ciega, Ralph. Es una catarata en el alma.
Bird Street necesita un guardián que mantenga alto el listón ético o, dentro de poco, volverán a asesinar a gente en estos bosques. Sabes que ya ha pasado antes.
—Pero ese guardián eres tú, papá.
—No. Lo eres tú.
Ralph, que se negaba a aceptarlo, se sorprendió cuando las lágrimas empezaron a rodarle por las mejillas. Aunque su padre nunca había sido muy cariñoso, en aquel momento lo abrazó.
—Podríais desearlo —dijo Ralph cuando lo peor hubo pasado—. Si de verdad es eso lo que os haría felices, podríais desear echaros a dormir juntos y no despertaros jamás, y ocurriría. ¿Por qué de esta manera?
—Tu madre y yo hemos dedicado nuestra vida a servir al Diablo. No queremos entregarle también nuestra muerte.
Llegaron los Días Oscuros, Trump fue elegido presidente y, para Acción de Gracias, las calamidades, al menos en Bird Street, habían quedado atrás.
A lo largo de las semanas siguientes, los Lewis da Silva vivieron las Navidades más felices que Ralph recordaba.
Quería creer que su felicidad era genuina, pero en algunas noches frías no podía quitarse de la cabeza la idea de que eran felices porque «los hacían» serlo.
Entonces se acordaba de que Arthur Nyholm la había calificado de «felicidad mancillada».
El 27 de diciembre, Samuel y Amelia Lewis tomaron el ferri hacia el Turtleback Mountain Resort, en la isla Orcas.
La mañana del 28, una empleada de la limpieza encontró en la puerta de la suite que habían alquilado una nota que decía: «Por favor, no se alarme.
Hemos fallecido. Llame a la gerente». Y eso fue justo lo que hizo la chica.
Cuando la gerente llamó a la puerta y no obtuvo respuesta, llamó a la policía.
Juntos, entraron en la habitación y se encontraron a los Lewis abrazados en la cama del hotel.
Según el forense, llevaban muertos al menos doce horas.
Sobre la colcha se encontró una segunda nota que decía:
Nosotros, Amelia y Samuel Lewis, hemos elegido este final con amor y en pleno uso de nuestras facultades mentales.
Cada uno de nosotros ha ingerido 15 gramos de Seconal, una sustancia facilitada por una traficante a la que, como comprenderán, no vamos a incriminar.
Ofrecemos nuestras más sinceras disculpas al personal del hotel y a las autoridades por las molestias causadas.
Nuestra maleta contiene un sobre con una carta personal de despedida dirigida a nuestra familia.
¿Serían tan amables de informarles, por favor?
Además de sus nombres y un número de teléfono.
La carta personal de despedida estaba redactada de tal manera que las autoridades pudieran concluir con rapidez la investigación requerida. Nadie se enteraría jamás de que la traficante en cuestión había sido Elizabeth Aikman, la vecina de la pareja fallecida.
Había dos cosas que Ralph lamentaba no haber podido hablar jamás con sus padres. Todos los años, durante los Días Oscuros, volvían para atormentarlo.
La primera era el suicidio de Frank. Samuel y Amelia jamás habían aceptado el hecho de no haber sido capaces de prever algo tan horrible en su futuro.
Era demasiado doloroso. Se suponía que debían ser felices, ¿no?
Aunque su felicidad se volviera en su contra en noviembre, eran felices el resto del año, así que ni siquiera el Diablo les infligiría tal dolor, ¿verdad?
¿No era eso lo diametralmente opuesto a la felicidad?
Y, sin embargo, ocurrió.
Ralph había intentado sacarle el tema a su madre durante el último aniversario de la muerte de su hijo que ella presenciaría.
—¿Qué pasó aquel día, cuando Frank murió?
—No lo sé —había contestado Amelia—. La verdad es que no lo sé.
—Lo encontraste tú, mamá.
Un sobresalto diminuto.
—¿Cómo dices?
—Lo encontraste tú.
—¿Quién lo encontró?
—Tú. Fuiste tú.
—¿Yo? —Un silencio breve. Los ojos llenos de lágrimas—.
No me acuerdo. De verdad que no. Y sabes…
—Entonces había sonreído; había esbozado su sonrisa tierna y maternal.
Había recuperado la máscara—. Creo que lo único que me permitió salir adelante fue perder el recuerdo, Ralph. No me acuerdo de nada.
Pero, en ese instante, él le había visto la verdad en los ojos. Un dolor torrencial consumía a Amelia. Solo que no sabía a qué se debía. Y eso era peor.
Porque, durante el resto del año, era feliz.