RALPH
Un paseo nocturno. Samuel y Amelia Lewis.
—No creo que esto sea asunto tuyo, papá.
«¿No? Creo que sabes que eso no es cierto, hijo. Dejé Bird Street en tus manos. Abre esa botella otra vez y será el principio del fin. Un segundo, noto que algo se mueve a mi lado. Ah, sí. Es tu madre revolviéndose en su tumba».
Seguía teniendo la botella y el vaso en las manos. Solo los alcohólicos bebían directamente de la botella, así que se aferraba al vaso por superstición.
—Muy bien, papá —comentó en voz alta—. Dime lo que tengo que hacer.
Pero su padre guardó silencio. Durante varios minutos, Ralph se quedó mirando el reflejo de la farola en el agua negra. Hasta que oyó una voz —esta vez, una voz de verdad—, no se percató de que en el agua, detrás de él, se veía el reflejo de otro hombre. En el agua y en la botella.
—Oye, una cosa —dijo la voz—. Deja la botella y el vaso encima de la tapa de la alcantarilla un rato y vente a dar un paseo conmigo. Si cuando volvamos sigues teniendo sed, por mí te la puedes beber entera.
Se dio la vuelta y vio a Harry Aikman. Su vecino se había arrebujado en un anorak verde y llevaba un paraguas negro. Y, como Ralph no tenía ninguna idea mejor, hizo lo que Harry le decía y echó a andar con paso pesado.
Se encaminaron hacia el norte. Harry le ofreció a Ralph refugiarse bajo su paraguas, pero los abetos eran bastante densos y, además, deseaba notar cómo lo empapaba la lluvia.
A la derecha, al otro lado de la valla, las laderas eran empinadas e impenetrables.
El bosque estaba sumido en una oscuridad absoluta, pero Harry empleó su linterna LED de la marca Krypton para iluminar el camino.
Cuando cruzaron el puente del río Tolt, desembocaron en el sendero minero de tierra, que subía hacia el embalse.
—Hacía una eternidad que no subía por aquí —dijo Harry—. Cuesta imaginar que los McKinley se dedicaran a transportar un montón de troncos por este riachuelo de mierda.
—Tres inviernos malos seguidos, dicen. Se suponía que el agua del deshielo iba a solucionarlo.
—El agua del deshielo, mis cojones. Alguien estaba jugando a ser el dios del tiempo.
—Alguien está jugando a ser el dios del tiempo ahora mismo, diría yo.
—Pues métete debajo del puñetero paraguas, Ralph. Deja de torturarte. Si te pones enfermo, no le servirás de nada a tu familia.
Ralph se preguntó qué más daba a esas alturas, cuando ya estaba empapado hasta los huesos. Aun así, se acercó un poco más.
—Bueno, ¿cómo lo llevas? —preguntó Harry.
—¿Cómo crees que lo estoy llevando?
—De pena, joder. Igual que todos los demás. —Guardó silencio un momento y añadió—: Elizabeth es adicta. Al oxazepam, un tipo de sedante. Se los toma como si fueran caramelos.
—¿En serio? —Después lo corrigió a—: ¿Ya?
—Sí, ya. Hoy todo es «ya», ¿no te has dado cuenta? Joder, debería haber salido bien con el viejo Wetzel. Se suponía que el plan era infalible.
—Tan infalible como estos abetos para protegernos de la lluvia. El martes tendremos otra oportunidad.
Harry bufó.
—Elizabeth está paranoica. Ya sabes lo orgullosa que se siente de sus capacidades mentales. El Alzheimer, ese es su demonio. Le preocupa muchísimo que se le esté yendo la pinza. Cada sibilancia, cada flatulencia es un presagio. Me está volviendo loco, joder.
«Y ¿cómo llevas tú eso, Harry?», pensó Ralph, pero no se lo preguntó. Había habido Días Oscuros en los que había visto a Elizabeth con moratones. Harry también tenía una felicidad que se le volvía en contra: su amor. Pero ¿de qué serviría sacar a relucir un «ya» más?
—Vaya, Harry, lo siento. Esta tarde se ha acercado a nuestra casa, pero Luana le ha pedido que se fuera. Me ha dicho que Elizabeth no paraba de ofrecerse a ayudar. Quizá tendríamos que haberla dejado hacer algo.
—Estabais hasta el cuello de mierda con vuestros propios problemas, ¿qué iba a hacer una vecina entrometida? Y sé lo plasta que puede llegar a ser. —Casi a modo de disculpa, añadió—: Solo es así en noviembre, Ralph. Es buena persona.
—No hace falta que me lo digas.
La verdadera razón por la que Luana no la había invitado a entrar era que la voz cariñosa y comprensiva de Elizabeth le había recordado a cómo les ofrecía orientación a las personas a las que llevaban al bosque.
Aunque las palabras de Luana no habían sido esas.
A cómo peloteaba a las personas a las que llevaban al bosque, había dicho.
Y esa realidad le había resultado demasiado dolorosa tras la amenaza de Kaila en la aplicación del barrio.
—Vale, suéltalo de una vez, Ralph. —Harry acercó la luz y lo miró de reojo—. ¿Cómo estás?
—Creo que me estoy volviendo loco. Esto es un lío de tres pares de cojones. Es que… Ni siquiera sé por dónde empezar. —La respuesta a eso siempre era: por algún sitio—. ¿Qué puto imbécil deja una pistola cargada en una caja fuerte abierta teniendo niños en casa?
—Tranquilízate. No ha habido daños.
—Y una mierda. Hay una alpaca muerta bajo una lona en casa de los Wachowski, pero podría haber sido Django. Esos niños estuvieron media hora jugando con un arma cargada antes de que se disparara. ¿Lo entiendes? En noviembre, joder.
—Han tenido suerte. Puede que haya sido una advertencia.
—Si es así, no la ha asimilado. El muy cabrón se desquitó con su hijo…
—Marc no es un mal tipo, Ralph. Es un buen hombre que ha cometido un error. Un error al que lo han empujado los dioses del tiempo, por decirlo de alguna manera.
—Sí, nos lavamos las manos como si fuéramos inocentes.
¡No podemos evitarlo, no ha sido culpa nuestra!
Mientras tanto, nuestros hijos han estado a punto de morir.
O sea, Harper trastea dos segundos con la pistola y quita el seguro.
Y ¿sabes qué es lo peor? —Ralph negó con la cabeza, asqueado—.
Después de todo ese lío, Luana y yo estábamos tan obsesionados con la cagada de Kaila que perdimos a Django de vista.
Lo hemos dejado solo toda la tarde. Nos hemos olvidado de él, sin más. Una buena terapia para el trauma, ¿eh?
—Ralph, estamos en los Días Oscuros. Deja de torturarte.
Pero se estaba alterando cada vez más, y no podía descargar su ira porque todos tenían la culpa.
—Era una Ruger .480, según me ha dicho Gray. ¿Viste el tamaño del agujero que le había abierto al pobre animal? Parecía que se lo hubieran hecho con un AR-15. Es que… ¿quién querría tener un arma como esa?
—No compliquemos esto con un debate sobre armas, Ralph. ¿Cómo está Kaila?
—Dormida. Como un tronco. Resulta que había dejado de tomarse el litio. Otra cosa de la que no nos habíamos dado cuenta. Por el amor de Dios, mi hermano, que tenía el mismo trastorno, se suicidó y, aun así, no me he dado cuenta.
—Gua, gua —exclamó Harry mientras se frotaba debajo del ojo con un dedo—. Espera, que llamo a una ambulancia para que te lleve a la llorería.
Ralph dejó de andar y lo miró con incredulidad. Luego se echó a reír.
—Eres gilipollas, Harry.
—Y tú te estás fustigando. Los Días Oscuros significan mala suerte, Ralph. Mala suerte orquestada. Y ya sabes quién es el director.
—Como mínimo, tendríamos que habernos puesto recordatorios. Medidas de seguridad integradas. Teníamos intención de hacerlo.
—Sí, pero os olvidasteis de todos modos. Y, aunque no os hubierais olvidado, os habríais quedado sin batería o habríais bajado el volumen sin querer. —Retomaron el paseo—. En noviembre todos somos marionetas, Ralph. Marionetas del Diablo.
—Sabes que no creo en eso.
—Vale, marionetas del Contable, en ese caso. Me da igual. Es una pena que Kaila se haya enterado, y es una pena que decidiera dejar de tomarse la medicación. Ahora lo que importa es cómo seguís adelante.
—Pero ¿cómo seguimos adelante? Ha descubierto la verdad.
Kaila se ha dado cuenta de que su vida es una mentira y está decepcionada.
¿Se le puede reprochar? ¡Por supuesto que no!
¿Y la hemos apoyado? ¡No! ¡Nos hemos cabreado un montón!
Nos hemos cabreado porque lo ha puesto todo en peligro al enviar ese mensaje.
—Y con razón. Fue un acto impulsivo e irresponsable.
—No, qué va. ¿Te has fijado en lo bien pensado y redactado que estaba? Era consciente de que la aplicación no estaba encriptada. No pretendía delatarnos, solo quería darnos un susto de muerte.
Harry no dijo nada, pues sabía de sobra que su vecino tenía razón.
—Este era el peor momento posible para que Kaila lo descubriera, pero ha pasado. Todo su mundo se ha puesto patas arriba. —A Ralph le temblaba la voz—. Amenaza con suicidarse, Harry.
—Lo sé. Me siento fatal por vosotros.
Ralph carraspeó.
—Luana y yo la hemos fastidiado. La hemos hecho pasar por los nueve círculos del infierno. Así que dime tú cómo lidiamos con esto si ni siquiera somos capaces de controlar nuestros impulsos.
—Desescalando, como hacéis siempre. Supongo que, después de gritarle, habréis hablado con ella.
—Sí. Pero se ha negado a escucharnos.
Harry se encogió de hombros.
—Ya entrará en razón. No le quedará más remedio cuando se dé cuenta de que lo que propone es una locura. Es imposible, precisamente por la misma razón por la que está tan enfadada con vosotros.
—¿Sabes qué es lo que me da miedo? —Ralph se detuvo de nuevo y lo miró—. Que, cuando se dé cuenta de eso, no espere más.
Si la intención de Kaila era aterrorizarlos, lo había conseguido.
Su amenaza había desenterrado un trauma que Ralph habría preferido que permaneciera enterrado: su hermano Frank, que se había quitado la vida siete días después de su iniciación, en 1985.
Y sus padres, cuyo legado era la responsabilidad ética de Bird Street, que le había sido conferida en el último momento de 2016.