Días oscuros DJANGO #3
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DJANGO #3

Harper empezó a llorar a gritos. Así que ella no había recibido el balazo.

Había sido la alpaca. Harper había cogido la pistola, había apuntado a Sappy y el arma se había disparado.

Ahora Joyce la estaba consolando, pero la niña no paraba de aplastar con las manos los gusanos que tenía en el abrigo.

¿Acaso no los veía? ¿Cómo era posible? Y, mientras tanto, Liam seguía tirándose del pelo.

Y Seepy seguía dando vueltas a la carrera como en un hipódromo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Gray, pero nadie respondió.

Marc se agachó y recogió la pistola, la sostuvo en las manos como si no supiera qué era. Joyce sí lo sabía.

—Marc, ¿de dónde han sacado la pistola? ¿De dónde coño han sacado los niños la pistola?

Su marido toqueteó el arma y se oyó un clic. Luego se la embutió en el cinturón, a la espalda, y se volvió hacia su hijo. Habló con una voz muy suave:

—¿La has sacado de la caja fuerte, Liam?

—Creía que no estaba cargada…

El hombre lanzó el brazo hacia delante y le pegó un bofetón. Liam gritó y cayó al suelo. A Django se le llenaron los ojos de lágrimas. No sabía explicar por qué aquel detalle le hizo reaccionar por fin.

—¡Marc! ¿Eres gilipollas? ¡Déjalo en paz! —gritó Joyce.

—Tu hermana podría haber muerto, ¿lo entiendes? ¿Cómo has podido ser tan estúpido?

—¡Solo estábamos jugando! Nunca está cargada, ¡es lo que siempre me dices!

—Marc, no me jodas, ¿estaba cargada?

—¡Cómo cojones has conseguido abrir la caja fuerte! —ladró el señor Wachowski.

—¡Estaba abierta!

—¡No me mientas, Liam!

—¡No estoy mintiendo! No me sé tu dichoso código, ¿verdad?

—¡Yo no quería disparar! —gritó Harper de improviso, como si hubiera tardado todo ese rato en recuperar el aliento—. ¡Se ha disparado sola!

Después de eso hubo más gritos, pero Django ya no quería seguir escuchando.

Lo único que quería era marcharse pitando de allí.

Se puso en pie tambaleándose y vio a más gente corriendo hacia allí.

A Maurice McKinley por la izquierda, a los Aikman por la derecha.

Y, por fin, papá. Iba el último de la fila, pero no tardó en adelantar a los Aikman.

Papá lo llamaba por su nombre y, cuando llegó a su lado, Django se lanzó a sus brazos y rompió a llorar.

Todo tendría que haber terminado ahí. Papá tendría que habérselo llevado a casa, haberle preparado un chocolate caliente y haberlo dejado en el sofá con el iPad y una manta, pero no lo hizo.

Porque, cuando se enteró de lo que había pasado, soltó a Django y empezó a gritarle a Marc.

Este le replicó también chillando. Estuvieron a punto de enzarzarse en una pelea, y Gray Júnior y el señor Aikman tuvieron que unir fuerzas para separarlos.

Para entonces, todos los vecinos estaban gritándose unos a otros.

—Por favor, parad… —gemía Liam una y otra vez.

Django se sumó a su amigo, un dúo de lamentos, pero nadie los escuchaba. Era como si los adultos estuviesen hechizados y no se oyeran más que entre ellos. Sappy volvió a aullar, y fue eso lo que al fin los despertó.

—No soporto ese ruido —dijo Maurice—. Alguien tiene que acabar con el sufrimiento de esa cosa.

Django vio que Marc se llevaba la mano a la parte de atrás del cinturón, pero entonces papá le dio la vuelta y empezó a alejarlo de allí.

Joyce se llevó a Liam y a Harper. Ni siquiera habían llegado al cobertizo cuando resonó el disparo.

Django se encogió, pero entonces se oyó otro.

Se preguntó si Marc habría disparado a las dos alpacas o si simplemente habría fallado la primera vez.

Pero papá no le permitió mirar. Tenía una mano apoyada en el cuello de Django, aunque no en un gesto cariñoso.

Caminaban demasiado rápido y le apretaba con demasiada fuerza.

Al pasar por el cobertizo, Django recordó la liebre que habían enterrado allí. La pobre ya no debía de ser mucho más que cartílago y huesos. O el pobre, si hubiera sido un macho.

No hubo ni chocolate caliente ni manta para Django. Mamá y Kaila también estaban gritando, así que lo mandaron a su habitación, donde lo dejaron solo el resto del día.

Se había dejado los AirPods en la planta de abajo, así que probó todo lo demás para aislarse de ellos. Incrustar la manta en el hueco de debajo de la puerta; envolverse dentro de la manta como si fuera un capullo; meterse los dedos en los oídos. Nada funcionó.

Al final, se tumbó en la cama e intentó evocar los sonidos del señor Hendrickx tocando «That Old Black Magic».

Luego, «If I Had My Way» y «On The Sunny Side Of The Street».

Por lo general, esa estrategia le ayudaba cuando estaba triste, pero, aquel día, cada vez que intentaba seguir el ritmo con la mente, los gritos procedentes del piso de abajo terminaban ahogándolo.

Los gritos procedentes de todas las casas entabladas de Bird Street.

«La música te brota del alma —le había dicho el señor Hendrickx—. Si lo haces bien, la música depende solo de tu estado de ánimo y del ambiente de la sala».

Pero ¿y si tu estado de ánimo estaba envenenado y el ambiente de la sala era el veneno?

El señor Hendrickx había dicho algo más que no dejaba de rondarle la cabeza.

«Si no te hacen caso, tienes que dejar claro tu mensaje».