DJANGO #2
—¡No, no, por favor, perdóname la vida! ¡Te lustraré las botas! ¡Te lavaré el uniforme!
—¡Yo te lavaré el uniforme! —gritó Liam, y apretó el gatillo tres veces seguidas.
Django se desplomó contra el suelo, convulsionó y murió. Sappy se acercó a olfatearlo y el chico le apartó el hocico. Estaba lleno de mocos.
Liam lo ayudó a levantarse.
—Espera. En los campos de concentración no había alpacas, ¿verdad?
—No —dijo Django—, pero hubo muchos nazis que se fueron a Sudamérica después de la guerra. Para esconderse de la policía. Podrías hacer de Mengele, que vive en Brasil y experimenta con alpacas, y yo soy un agente secreto que va a poner micrófonos ocultos en tu casa y, de paso, le pone uno a Seepy .
Se acercó de puntillas a la alpaca, y aquello desencadenó una serie de situaciones que siempre acababan con Liam pillando a Django con las manos en la masa y disparándole.
Este no tardó en perderle el miedo a la pistola: no era más que un objeto con el que jugar, como un palo que solo tenía aspecto de una pistola.
Y se le daba bien morir. Cada vez conseguía que pareciera más real.
—¡Yo también quiero jugar!
Harper había estado dándole un poco de hierba a Sappy allí cerca, pero entonces volvió a acoplárseles.
—Muy bien, ¡trágate esto, gitana húngara de mierda!
Liam le puso el cañón de la pistola en los labios. La niña gimió.
—¡No hagas eso! ¿Por qué me has llamado así?
—Porque ellos lo decían así, tonta. Solo estamos jugando.
—¡No me gusta este juego! Me habías dicho que me dejarías hacer de madre.
—Eres una madre gitana y has escapado de los campos de concentración. Y luego te fuiste de vacaciones a Brasil y te topaste con Mengele. Hazlo bien o te tiramos al alambre de púas.
—Vale —suspiró Harper.
—De acuerdo. —Liam volvió a ponerle la pistola en los labios—. Ahora, abre la boca. Te meteré el cañón. Solo un poquito.
Vacilante, Harper obedeció y Liam introdujo el cañón. Su hermana retrocedió.
—¡Puaj, está frío y sabe fatal!
—¡Sigue el juego, pedazo de imbécil!
Django ya no se lo estaba pasando bien. Sabía que solo era un juego, pero ¿quién lo estaba controlando? A él se le daba bien fingir la muerte, pero a Liam se le daba bien fingir odio, y eso daba mucho más miedo.
—Quizá no deberías…
—Cállate, es la hostia de divertido. ¡Abre la boca!
Harper lo hizo. Esta vez Liam le metió el cañón hasta el fondo y su hermana solo pudo protestar con un sonido ahogado:
—¡Mnngh-nnnng, mmhhhnng!
—Tenemos un mensaje para tu falso dios —prosiguió Liam con los ojos oscuros mientras amartillaba el arma—: ¡Hola y adiós! —Apretó el gatillo. El arma hizo clic—. ¡Pum!
Con un movimiento brusco, le sacó el cañón de la boca a Harper y luego la empujó y la tiró al suelo. La niña se tapó la boca con una mano y se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¡Ay, mis dientes!
—Estás muerta. No puedes hablar.
—¡No quiero seguir jugando!
—¡No quiero seguir jugando! —repitió Liam con voz chillona. Después gritó con furia—: ¡Ahora yo soy tu dios! ¡Escucha a tu verdadero dios! ¡Todos deben morir, todos deben morir!
Empezó a disparar la pistola aquí y allá como un loco.
Tenía que acabar con todo: con las alpacas, con Harper, con Django, con las ventanas de las casas a lo lejos.
Arrastrado por el fervor de Liam, Django se desplomó por voluntad propia, pero sintió frío.
De pronto, el recuerdo de lo que había visto en el piano le llenó la mente.
El agujero sangrante del estómago de Liam, cada vez más grande; unos brazos fibrosos que tiraban de él hacia el otro lado de la valla.
Era mejor no mirar, decía papá, pero ¿y si tenías que mirar porque estaba pasando de verdad?
Por fin, Liam se pegó un tiro en la cabeza y cayó al suelo gimiendo.
La pistola se le escapó de la mano y aterrizó en la hierba.
—¡Apocalipsis zombi!
Gruñendo, Liam se levantó, tanteó el aire con los brazos de muerto viviente.
Django lo siguió con entusiasmo. Aquello era mucho más divertido.
Menos real. Los chicos empezaron a perseguirse arrastrando los pies, buscando cerebros, gorgoteando.
Django atrapó a Liam y se le subió de un salto a la espalda.
Se cayeron y rodaron por el suelo aullando de risa, intentando morderse el uno al otro en la cabeza.
—Pero no me hagas daño en las manos —jadeó Django—. Todavía…
¡PUM!
El disparo hizo añicos el cielo color leche agria, y el agujero que abrió al atravesarlo se tragó todo el oxígeno.
Por un instante, Django pensó que no podía respirar de verdad y que iba a ahogarse en el vacío que quedaba.
Comprendió enseguida qué había sido aquel ruido, pero no cómo era posible.
El arma no estaba cargada. Lo había dicho Liam.
Entonces el aire le llenó los pulmones y el mundo recuperó el sonido.
A lo lejos, una puerta se abrió de golpe.
La gente empezó a chillar.
—¡Harper! —gritó Joyce—. ¡Harper! ¡Dios mío, Harper!
El arma se había disparado. El arma que había estado metida en la boca de Harper. Pegada a la sien de Liam. Al pecho de Django. Había sido un juego y en aquel momento era real.
De todo el pánico que se vivió esa mañana en la parcela de los Wachowski, a Django solo se le quedarían algunos fragmentos grabados en la memoria, pero la sangre permanecería.
La sangre en la hierba. La vio cuando se incorporó apoyándose en los codos.
Como si le hubieran dado un puñetazo por sorpresa, giró la cara, pero ya era demasiado tarde.
Ahí estaba: Sappy tumbada sobre los rastrojos en los que solía pacer, con la respiración entrecortada.
Y las piernas de Harper sobresaliendo bajo la alpaca.
Ninguna de las dos se movía. Yacían en una salpicadura enorme de sangre, espesa y oleaginosa, que humeaba en el frío aire de noviembre.
—¡Harper! ¡Liam! ¡Harper!
Marc echó a correr hacia ellos como el quarterback de un equipo de fútbol americano mientras gritaba el nombre de sus hijos.
Joyce lo siguió pocos segundos después. Más cerca, Liam se puso en pie como pudo y rodeó a Sappy ; vio lo que había allí y empezó a tirarse del pelo, a llorar.
Su amigo no lo había visto llorar jamás.
«La sangre está echando humo —pensó Django—. Hay muchísima. ¿Ha muerto alguien?».
Sin pensarlo, empezó a alejarse de la escena arrastrándose hacia atrás, y vio a Gray Júnior, que también se acercaba corriendo, y a Laura, con el pequeño Ricky en brazos, cerca de su verja.
Qué raro ver a todos los adultos yendo hacia ellos.
Nunca les hacían ni caso. ¿Dónde se habían metido todos cuando importaba?
Para colmo del caos, Seepy galopaba en amplios círculos lanzando unos chillidos agudos que eran mitad burro presa del pánico, mitad patito de goma. A Django le costó contener una carcajada histérica. ¡Menuda imagen le daría aquello a la caballería!
—Django, ¿estás bien? —Sin siquiera detenerse a esperar una respuesta, Gray pasó a toda velocidad a su lado en dirección a Liam, Harper y Sappy , y el niño lo oyó decir—: Ay, Dios.
Juntos, Marc y Gray levantaron a la alpaca derribada agarrándola por el pelaje.
El animal rebuznó. ¿Por qué, oh, por qué tuvo Django que mirar?
Había un agujero enorme en el lomo de Sappy .
Unos hilos pegajosos se estiraban desde el agujero hasta el suelo, como un queso cheddar de color rojo intenso pegado a una caja de pizza.
Estaba plagado de gusanos. Django los oía masticar mientras se comían viva a la alpaca: un crepitar suave, como cuando apretabas un puñado de hojas secas. El ruido le llenó la cabeza.
Marc sacó a Harper de debajo del animal. Aquella cara pálida como la muerte. Aquel abrigo y aquel vestido ensangrentados, con gusanos rodando por todas partes. Joyce se dejó caer de rodillas y arrancó a su hija de las manos de su marido.
—Harper, oh, Harper-Harper-Harper, mamá ya está aquí, mamá está aquí, no pasa nada…