Días oscuros DJANGO
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DJANGO

Podredumbre. El incidente de la parcela de las alpacas.

Gritos desde la planta de abajo.

Estaban ahí, pero le picaban como unas hdp, que eran las siglas de una expresión que se suponía que no debía decir.

Aun así, por fuera parecían casi curadas.

Excepto en las puntas, donde antes tenía las uñas.

Al principio estaban ensangrentadas, luego se les formaron costras.

Ahora eran unos cojines hinchados y rosas con unas medias lunas blancas asomando.

Unas uñas nuevas. Que crecían un poquito cada día.

Era extraño que el cuerpo se reparase así.

Aunque, en realidad, parecían unos dientes.

Como si fueran a ponerse a masticar si metía los dedos en el cuenco de cereales del desayuno.

El año pasado, Liam y él habían encontrado una liebre americana muerta cerca de la valla de los Aikman.

Marc, el padre de Liam, les dijo que sería un esqueleto «flipante», así que la envolvieron en una toalla vieja de Bob Esponja y la enterraron —o lo enterraron, si hubiera sido un macho— bajo el árbol de la nuez moscada que había junto al cobertizo de las alpacas.

«Ahora esperad un año —les había dicho Marc—, hasta que la hierba cubra la tumba y los bichos y los animalitos hayan terminado de comerse la carne de los huesos».

Pero era imposible que cualquier niño tuviera tanta paciencia, así que Liam y Django la habían desenterrado con entusiasmo al cabo de unas semanas.

Bob Esponja había desaparecido, ahogado en la podredumbre.

Cuando Liam abrió la toalla, el cadáver fétido y viscoso los dejó sin aliento.

Olía como llegaba a oler el contenedor de basura del garaje en verano si papá no lo limpiaba con la manguera, pero peor.

Mucho peor. ¡Y cuántos gusanos! La cosa estaba muerta, pero había muchísima vida.

Muchísima hambre. Liam no quiso tocarla con las manos desnudas, así que se puso los guantes de jardinería de su madre.

A Django se le retorció algo en el estómago cuando su mejor amigo introdujo las tijeras en el agujero del vientre de la liebre y empezó a cortar la carne podrida con unos ruidos húmedos y crispados que hicieron que los gusanos salieran en estampida.

—Ostras…, es como el cerdo desmechado —dijo Django.

—Un cuerpo está hecho de hilos —afirmó Liam—. ¿Ves? Todo hilos. Yo también los tengo. Y tú. Y, cuando te mueres, los gusanos se comen los hilos uno por uno.

La podredumbre era lo contrario de la sanación, pensándolo bien.

Si los gusanos se comían tu carne una vez que moría, la nutrían mientras estabas vivo y sano.

Como un jardín. Django se imaginó a unos gusanos diminutos arrastrándosele por el interior de las manos, hilándole las heridas, haciendo que las uñas volvieran a crecerle hebra a hebra.

Por eso le picaban tanto: tenía la carne llena de parásitos.

Curaban, pero a veces también comían. Más adentro, en las articulaciones, por ejemplo.

En su cuerpo se estaba librando una batalla feroz y constante.

Una batalla entre devorar y curar, entre la descomposición y el crecimiento, disputada por millones de criaturas diminutas que tejían, desenmarañaban y mordisqueaban hilos.

Django se envolvió la mano izquierda con la derecha e intentó doblar los dedos, pero le crujieron los huesos y se le llenaron los ojos de lágrimas.

Volvió a ponerse las vendas enseguida y trató de espantar aquella idea, porque le estaba dando náuseas.

Aun así, se sorprendió al preguntarse qué verías si le rajaras las manos al señor Hendrickx.

«Manos ancianas y curtidas, llenas de gota. Casi muertas. Deben de estar llenas de gusanos viejos. Grandes, gordos y amarillos. Están despiertos por última vez y tienen hambre».

Django abrió su navaja de bolsillo —lo consiguió al tercer intento— y talló una muesca en el marco de su cama.

Doce. Le consolaba contar cuántos días quedaban hasta el final de los Días Oscuros, aunque nunca pudieras estar seguro.

Eso le mantenía la mente ocupada y no le dejaba espacio para pensar en la podredumbre.

¿Vio gusanos Kaila cuando se rajó la barriga?

Era sábado, así que después de desayunar se fue a casa de Liam.

Pero los Wachowski estaban discutiendo otra vez y los mandaron a todos fuera, excepto a Ethan, que seguía convaleciente por la mordedura del perro.

Como Django no era capaz de lanzar una bola curva, se fueron a la parcela de las alpacas para jugar a los nazis.

Harper se acopló, pero Liam no quería que participara.

—Las chicas no pueden ser nazis —afirmó con el palito de una piruleta de cereza bailándole en la boca.

—¡Claro que pueden! —protestó Harper.

—No, no pueden. Y tú ni siquiera sabes lo que son los nazis. No había chicas nazis, ¿a que no?

—Yo creo que sí —contestó Django mientras hurgaba en su memoria—, pero no luchaban en el frente ni en los campos. Tenían que quedarse en casa y tener bebés arios.

—Podría hacer de madre —dijo Harper.

—O podrías hacer de judía —sugirió Django—. Así Liam y yo seríamos comandantes y jugaríamos a que íbamos a matarte.

Era un día frío, el cielo era del color de la leche agria y estaban al fondo del campo, lejos de las casas.

Seepy y Sappy no se movían de su lado por si acaso les daban de comer.

Liam gritó y las asustó, lo que hizo que se encabritaran y saliesen corriendo.

Pero no tardaron en volver porque eran tontas.

—¿Sabéis guardar un secreto? —preguntó Liam con los ojos brillantes—. Tenéis que jurar que no se lo contaréis a nadie. Sobre todo tú, Harper.

—Lo juro.

—Di: «Lo juro por la vida de mamá».

—Lo juro por la vida de mamá.

—Y, si lo cuentas, tendrás que enseñarnos el culo y podremos darte azotes hasta que se te ponga rojo y te arda.

—¡No seas tonto, Liam!

—¡Promételo!

—Olvídalo. No quiero saber nada de tu tontería de secreto.

—No es una tontería de secreto. —Liam se sacó la piruleta de la boca, la miró un instante y luego volvió a metérsela—. Y, si quieres jugar, tienes que prometerlo.

—Vale, lo prometo —gruñó Harper.

Django se preguntó qué secreto podía ser tan especial como para querer verle el culo a Harper. Él no quería. Pero era una medida disuasoria necesaria. Las hermanas pequeñas no sabían guardar secretos, eso lo sabía todo el mundo.

Django también juró que no lo revelaría. Entonces Liam les dio la espalda a las casas y se bajó la cremallera de la cazadora bómber. Cuando Django vio lo que sacó, sintió que el cráneo ya no le cabía dentro del cuero cabelludo.

Era una pistola. Hecha de acero, opaco y frío, con un cañón corto y extraño.

—Eso no es de verdad —soltó enseguida.

—¿Te apuestas algo? Es de la caja fuerte de mi padre. La he robado.

—No te creo.

Pero ¿de verdad no lo creía? Django no sabía muy bien qué aspecto tenía una pistola de verdad, aunque aquella pareciera falsa.

Lo que sí sabía era que Marc y Liam iban a lo que llamaban «la galería de tiro», en Snoqualmie.

Cuando Django le había preguntado a su padre por qué, este le había contestado: «Porque algunos hombres sienten la necesidad de demostrar su hombría destruyendo cosas».

Eso no le había aclarado nada. Django sabía que a veces a Liam le gustaba romper cosas y destrozar sus construcciones de K’nex.

Pero, bueno, a él también le gustaban esas cosas.

Por otro lado, recordaba que un día Marc le había pasado un brazo por los hombros a Liam y, con su enorme sonrisa de dentífrico, había dicho: «Le había enseñado a lanzar una bola rápida, le había enseñado a destripar una lubina y ahora le he enseñado a disparar un arma».

Se le había quedado grabado, porque Django habría hecho lo imposible para evitar dos de esas tres cosas.

Así que a lo mejor era un arma de verdad. Eso debía de pensar Harper, porque dijo:

—¡Liam, papá te matará si se entera!

—No me matará. Y tú no se lo vas a decir. Lo has jurado.

—¿No es peligroso? —preguntó Django.

—No, qué va —respondió Liam, que se apoyó el cañón en la sien.

El palito de la piruleta subía y bajaba.

—¡No serías capaz! —gritó Harper.

—¿Te apuestas algo?

—Para, Liam, no me gusta este juego. ¡Me estás asustando!

—Gallina.

De repente, Django notó que el corazón le latía en la garganta. No quería ver si Liam se atrevía a hacerlo o no. Cuando los niños jugueteaban con armas que sus padres dejaban desatendidas, había accidentes.

—¡Liam, por favor! —gimoteó Harper—. ¡Para!

—Pum —dijo Liam en voz baja al mismo tiempo que apretaba el gatillo.

Durante una milésima de segundo, Django vio un destello de duda en los ojos de su amigo. Luego oyó un clic sordo. Liam bajó el cañón y sonrió. Django también se echó a reír, pero era sobre todo de alivio.

—¡Idiota! —gritó Harper.

—Relájate un poco, enana. Sé lo que hago, me enseñó papá. Y, por cierto, no está cargada. Papá dice que nunca hay que guardar un arma con las balas dentro. Que eso son ganas de meterse en líos. —Apuntó con el arma a Seepy , guiñó un ojo y apretó el gatillo. El arma volvió a emitir un clic—. ¡Pum!

Django sintió que algo caliente le resbalaba por la sien.

—¿Puedo probar?

Enseguida se arrepintió de haberlo pedido, pero Liam ya le había tendido el arma y la sostuvo entre el pulpejo de las manos.

Pesaba mucho. Sintió una fascinación silenciosa ante ella.

Sí, le daba miedo, pero también le proporcionaba una curiosa sensación de poder.

Su mente evocó imágenes de soldados alemanes con casco y cargando con un rifle enorme, y entonces comprendió instintivamente que un arma así podía llevar a alguien a hacer cosas que en circunstancias normales no haría.

Intentó coger el arma con la mano derecha, como había hecho su amigo, pero las vendas no se lo permitieron.

—Hazlo tú.

Liam volvió a agarrarla.

—Pues, si no puedes sujetarla, tendrás que ser la víctima. —Le apuntó al pecho—. ¡Muere, perro judío! ¿Quién es tu Führer? ¿Quién es tu Führer?

Django levantó los brazos.