Días oscuros KAILA #5
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KAILA #5

El abuelo y la abuela Lewis. Kaila siempre los había querido con locura. El abuelo con sus historias, la abuela escuchando las historias de Kaila con una paciencia infinita. Lo pasó fatal cuando murieron, de forma repentina y simultánea, cuando tenía nueve años. ¿Por qué le había afectado tanto?

«Porque vivíamos todos en la misma casa».

La planta baja estaba a oscuras y Kaila consiguió salir sin que nadie la viera. Puso una de las viejas deportivas de Django entre la jamba y la hoja de la puerta delantera para que no se cerrase. Luego cruzó la calle a toda prisa.

Olivia se sobresaltó al verla, como si acabara de salir de un trance.

Las cadenas del columpio traquetearon y la capucha se le deslizó hacia atrás.

Kaila ahogó un grito. Olivia Davis solía lucir trenzas afro, pero ahora estaba calva.

Tenía muy mala cara: se la veía demacrada, como si llevara una máscara gris con unos ojos hundidos que no se detenían en ningún sitio más de un segundo.

—Ah, hola, Kaila. —Debió de percatarse de su estupor, porque añadió—: Sé la pinta que tengo.

—Olivia…, ¿estás enferma?

—Como todos en noviembre, ¿no?

—No tanto.

Pero Kaila pensó en el Papá de Noviembre. En las manos vendadas de Django. En sus propios pensamientos, que cada vez se inclinaban más hacia la liberación de una vida que encontraba su fin al estamparse contra el cemento. Olivia tenía razón.

Olivia tiró la colilla en el hoyo desgastado que había debajo del columpio, la apagó y se levantó.

—Perdona, no me apetece nada que me veas así. Será mejor que me vaya.

—Sé lo que estáis haciendo —dijo Kaila.

Olivia se quedó petrificada.

—¿A qué te refieres?

—Durante los Días Oscuros. Con la gente enferma en el bosque. Mamá y papá me lo han contado.

—¿En serio? —Una vez más, los ojos inquietos, que solo se cruzaron con los de ella durante un segundo—. Entonces sabes por qué estoy así.

Kaila no lo sabía, todavía no, pero sentía que estaba cerca.

—¿Cómo puedes hacerlo, Olivia? No eres de por aquí. ¿Cómo es posible que estés de acuerdo?

—¡Uf, no me vengas con juicios! No me conoces, así que no te metas en cosas que ni siquiera entiendes. —Se subió la capucha y echó a andar hacia la casa de los McKinley.

Kaila la siguió.

—¡Pues ayúdame a entenderlo!

—¡Vete a casa, Kaila! —Apuró el paso—. Me caes bien, pero, por favor, vete a casa y habla con tus padres.

—¡Mis padres han hecho un pacto con el Diablo! ¡Y tú formas parte de él!

En ese momento, Olivia se volvió y Kaila retrocedió. Los ojos de la mujer rebosaban veneno.

—Oh, y bien que salisteis ganando. Todos vosotros, con vuestra vida privilegiada. ¡Uf! Un mes de lamentos, un mes de autocompasión y una visita a urgencias porque no has sido capaz de controlar tus impulsos, y vuelves a tu vida perfecta. ¡Por favor!

A Kaila le temblaba el labio.

—No eres tú. Esta es tu cara de noviembre.

—Esta —siseó Olivia al mismo tiempo que se clavaba las uñas en las mejillas— era mi cara antes de mudarme aquí.

¿No lo entiendes? —A Kaila se le contrajo el estómago al ver la sangre que le goteaba a su vecina por los dedos—.

Estaba en cuidados paliativos. ¿Cómo crees que te sientes cuando te dicen que ya no pueden hacer nada por ti?

¿Que te está devorando por dentro? Empezó en el páncreas, pero se había extendido a todas partes: a los pulmones, al hígado.

¿No te aferrarías a cualquier clavo ardiendo que te ofrecieran?

—¿Él te curó?

—Sí, y volverá a hacerlo una vez que terminen los Días Oscuros. Pero todos los noviembres me recuerda lo que me estoy jugando. —Se señaló el rostro—. Así que te pregunto: ¿no me merezco un poco de felicidad? ¿Por qué vosotros sí y yo no?

—Espera… —La cabeza le daba vueltas a toda velocidad—. ¿Sacrificáis a gente en el bosque a cambio de felicidad?

Olivia soltó una carcajada estridente.

—Un pacto con el Diablo, ¿no? ¿De verdad creías que no habría trampa?

El mundo se ladeó. Kaila volvía a estar haciendo su triple mortal y medio carpado sin agua en la piscina. La oscuridad se precipitó hacia ella y esta vez, como tantas otras en sus sueños, la atravesó al chocar con ella.

Las últimas piezas del puzle encajaron en su sitio.

A lo lejos, la voz de Olivia:

—Tus padres te lo habían contado, ¿no? ¿Kaila?

Todo lo que era. Su felicidad. Su talento. Los Juegos Olímpicos.

Pagado con sangre.

Facilitado por un monstruo.

La voz de Olivia ahora le llegaba desde lo alto. Kaila se dio cuenta, vagamente, de que le habían fallado las piernas y estaba sentada en medio de la calle.

—¿Estás bien? Kaila, ¿me la has jugado? Menuda mierda, esto tendrían que habértelo contado tus padres. Por favor, ve a hablar con ellos.

Pero ella ya no tenía nada más que hablar.

12 DE NOVIEMbrE

A la mañana siguiente, Kaila volvió a coger el teléfono de su madre y se añadió al grupo de WhatsApp de Bird Street.

Luego escribió un mensaje desde su propio móvil.

Se había pasado toda la noche pensando en la redacción; aun así, dedicó otros veinte minutos a asegurarse de que era tan ambigua como necesitaba.

Entonces, lo envió.

Sé lo que estáis haciendo. Lo que hacéis desde hace muchos años. No puedo vivir con el hecho de que llevéis a gente inocente a ese lugar a cambio de mi felicidad. Por eso he encontrado la solución de este año.

Llevadme a mí.

Por un final feliz. Os veré a todos en el infierno.