KAILA #4
—Django, ¿cómo sabías lo de los agujeros?
—Ya te lo he dicho, me lo ha contado Liam. Los hacen los Jibblymowers.
—¿Cómo lo sabía él? ¿Ha visto alguno?
Django puso los ojos en blanco.
—Como si fuera a llevarse un espejo al bosque.
Error.
—¿De qué estás hablando?
—Uf, no te enteras de nada. A los Jibblymowers solo se les ve en los espejos. ¿No lo sabes?
Lo que Kaila no sabía era qué decir, pero, antes de que le diera tiempo a pensarlo, la entrada del garaje se iluminó con un halo cálido y amarillento y se quedó paralizada. Las luces del camino de entrada. Se activaban por sensores.
—¡Mierda! ¡Mamá y papá!
Estuvieron a punto de tropezarse unos con otros al volver corriendo al interior de la casa, y llegaron a la cocina justo a tiempo. Kaila cerró de un tirón la puerta del garaje cuando oyeron el chasquido de la llave en la cerradura de la puerta delantera.
Y así fue como se dio cuenta de que se había dejado la llave del despacho de papá en la puerta trasera.
La cena fue tensa. Vaya que si lo fue.
Consistió en pedir comida vietnamita a domicilio a Sam’s Noodle Town.
Mamá, que se quejaba de que le dolía la cabeza, se llevó arriba un plato de sopa clara.
Papá intentaba actuar como un buen padre, pero cada vez perdía más terreno frente al otro papá: el de noviembre.
El Papá de Noviembre no contaba chistes tontos.
El Papá de Noviembre era impredecible y daba miedo.
Era como si estuvieran compartiendo la mesa con un animal salvaje que podía atacar ante la más mínima provocación.
Y, mientras tanto, Kaila no dejaba de pensar: «Joder, joder, joder, la llave».
Con la excusa de ir a buscarle una Coca-Cola a Jax, por fin pudo escabullirse hasta el garaje, hecha un manojo de nervios. La llave seguía en la cerradura. Se acercó sigilosamente, la giró para cerrar a cal y canto la puerta trasera y se la guardó en el bolsillo.
Cuando se dio la vuelta, su padre estaba de pie en el umbral.
—¿Qué estás haciendo, Kaila?
No supo adivinar qué significaba la voz monótona con la que se lo había preguntado. ¿Había visto lo que había hecho? También le resultaba imposible saberlo, retroiluminado como estaba por la luz de la cocina. No era más que una silueta, tensa como una cuerda de piano.
—Buscar una Coca-Cola. —Fingiendo despreocupación. Incapaz de ocultar su nerviosismo—. Para Jax. Como te he dicho. ¿Nos queda alguna?
—Ahí. —La silueta señaló hacia el armario de almacenaje que había en la esquina izquierda—. Es donde las guardamos siempre, ¿no?
—Sí, ahí he mirado, pero no he encontrado ninguna. A lo mejor no las he visto porque está oscuro.
Pasó junto a su padre camino del armario, pero él la agarró por la muñeca.
—Kaila, ¿estás bien? Te estás comportando de una forma extraña.
Se zafó de él.
—Tú sí que te estás comportando de una forma extraña, papá. ¿Estás tú bien?
De cerca, vio que tenía los ojos apagados.
—Estoy perfectamente. Tráeme una cerveza, por favor. Hay seis en el maletero.
Kaila dudó.
—¿Estás seguro? A mamá no le gusta que bebas, ¿verdad?
—¿Tú ves a mamá por aquí? —Su réplica fue salvaje, como la mordedura de una serpiente de cascabel.
Kaila retrocedió.
—No, pero me ha parecido que quizá sería mejor que…, con lo de los Días Oscuros y todo eso…
—Kaila, te he pedido que me traigas una cerveza del maletero. No me hagas repetírtelo.
Con los pies pesados, rodeó el Forester y abrió el maletero.
Había un lote de seis de Coors Banquet, pero, mientras sacaba una lata, se encontró también una botella de Smirnoff.
Se le encogió el estómago. Aquello lo explicaba todo.
Su padre había vuelto a beber. Menos mal que iban a «cuidarse los unos a los otros».
Dejó atrás el Forester, cogió una botella de Coca-Cola de la estantería y, cuando llegó a la puerta de la cocina, le estampó la lata de cerveza en el pecho a su padre.
—Ni siquiera estás luchando contra ello, cabrón. Si no lo haces ni por mí ni por mamá, al menos hazlo por Django. Me das asco.
Pasó a su lado anticipando un arrebato —temiéndolo, en realidad—, pero no se produjo. Por el contrario, poco después su padre entró en la cocina arrastrando los pies y vació la lata en el fregadero.
Esa batalla estaba ganada. O eso esperaba.
Cuando recogieron la mesa y Jax se fue a hacer pis, papá se disculpó casi entre lágrimas.
Le dijo que no sabía qué le había dado. Que era por los Días Oscuros, que se comprometía a esforzarse más.
Antes, su hija se habría sentido mal por él, se habría convencido de que no era culpa suya, pero ya no lo tenía tan claro.
Además, a él le duraron poco los remordimientos.
Cuando estaban a punto de acabarse el helado de trocitos de chocolate, dijo que ya era hora de que Jax se fuera a casa.
La venganza del Papá de Noviembre por haberle tocado las narices.
En esa ocasión, ella tampoco consiguió controlar sus impulsos y la cosa se puso fea.
Una pelea a gritos. El cuenco de Kaila hecho añicos en el suelo.
Django, asustado, huyendo a su habitación.
Jax, consciente de la derrota, marchándose a toda prisa.
La puerta de la cocina a punto de salirse de los goznes porque Kaila la cerró de un portazo tremendo.
Y, más tarde, una discusión acalorada entre mamá y papá, tan intensa que los oía desde el desván. Se lo merecían.
Se dejó caer sobre la cama y lloró hasta quedarse dormida.
Cuando volvió a despertarse, eran las once y cuarto de la noche y la casa estaba en silencio.
Se encontró con un montón de llamadas perdidas y mensajes preocupados de Jax en el móvil, pero no fue capaz de responderle.
Se limitó a quedarse tumbada bocarriba, mirando el techo con apatía.
Echaba de menos octubre. Anhelaba la llegada de diciembre.
Los acontecimientos del día le parecían una avalancha que la había sepultado antes de que pudiera asimilarlos.
Tenía un dolor de cabeza horroroso y no dejaban de temblarle las manos.
Aquello debería preocuparla, pero, la verdad, le importaba una mierda.
Tal indiferencia también debería preocuparla, porque en el fondo sabía que se estaba deslizando a toda velocidad por una pendiente peligrosa, pero sencillamente no conseguía reunir la energía necesaria para que le importara.
Se sacó el trozo de vidrio volcánico del bolsillo y lo levantó para observarlo.
Un lado de la piedra estaba astillado, tan afilado que no haría falta apretar mucho para perforarle la piel a alguien.
Se imaginó unas gotitas de color rojo intenso acumulándosele en las muñecas, como el rocío en la mañana de su muerte.
« Quiero darte una cosa. La voluntad de vivir ».
¿Era eso lo que se suponía que simbolizaba la piedra? Kaila la apretó entre los dedos, consciente de que solo podía encontrar tal pasión fuera de sí. Una vez más, sintió el extraño y palpitante calor que irradiaba.
Entonces recordó otra de las cosas que le había dicho el hombre. « No hay nada mejor que un encuentro en el suelo. Así vi a tu madre por primera vez, ¿sabes? En el suelo, en un charco de su propia saaaaangreeeeeee… ».
Mamá había conocido al Diablo. ¿Qué quería darle a entender con eso?
Debía de referirse al accidente que había sufrido su madre.
Pero aquello había ocurrido hacía mucho tiempo.
Antes incluso de que se trasladara a Estados Unidos, antes de que conociese a papá y oyera hablar de Lock Haven y del bosque de Snoqualmie.
Era imposible que la influencia de lo que se movía en ese bosque llegara tan lejos, ¿no?
«¿No? Las desgracias siguieron a Rover y a su familia hasta San Luis».
Y había otra cosa. « Así vi a tu madre por primera vez », le había dicho. Eso implicaba que había habido más veces. Al menos, si estaba diciendo la verdad. No podía saberlo a ciencia cierta. ¿No decían que el Diablo era el padre de todas las mentiras?
«Aunque a mis padres tampoco se les da nada mal», pensó Kaila con amargura.
Sus padres y el Diablo. Joder, era una locura. Y sin embargo…
Se levantó y cruzó el desván arrastrando los pies y evitando las tablas que crujían.
No sabía muy bien qué la impulsaba, solo que algo lo hacía.
Apagó las luces y, a oscuras, se acercó a la ventana que había encima del escritorio y descorrió la cortina.
La oscuridad era una precaución: Kaila no tenía ningún deseo de ver lo que vagaba a su alrededor en el reflejo del cristal. Que permaneciera invisible.
Bird Street dormía a la luz dispersa de las farolas.
Casi de inmediato, distinguió la punta brillante de un cigarrillo en el patio infantil que había en medio.
Alguien sentado en el columpio, fumando; alguien arrebujado en un abrigo largo, con la capucha puesta.
Kaila tuvo que fijarse bien antes de reconocer a Olivia Davis, y solo lo consiguió por el color de los dedos temblorosos que sostenían el cigarrillo.
Le caía bien Olivia. Fuera cual fuese el pacto que tenían sus vecinos, Olivia no llevaba mucho tiempo formando parte de él.
Se le aceleró el corazón. Poco antes de su boda, hacía tres años, Olivia se había mudado a la antigua casa de los McKinley para vivir con Juliette, y allí se habían quedado.
¿Por qué? Eran una pareja moderna, interracial, del mismo sexo y forrada gracias al trabajo de Juliette.
¿Por qué iba a querer Olivia vivir con sus ancianos suegros, aunque fuera en una mansión la leche de grande?
Además, era una mansión vieja. A la mierda la historia.
Si había algo en lo que Kaila creía aún menos que en el Diablo, era en los gais conservadores.
Y no eran las únicas. Maurice también vivía allí.
Al igual que Gray Júnior y su mujer, Laura, antes de que los Nyholm se marcharan. Ahora vivían al otro lado de la calle.
Un relámpago.