KAILA #3
De repente, sintió el escozor de las lágrimas en los ojos.
De hecho, apenas podía contener el miedo, y era exasperante porque sabía de dónde procedía: era una respuesta pavloviana que sus padres le habían inculcado desde que era muy pequeña.
Y funcionaba. Porque ser consciente de ello no disminuía su repulsión instintiva, casi física.
Kaila no pondría un pie en el patio de atrás ni por un millón de dólares.
Ni siquiera quería asomarse. Aquello era distinto de subirse al tejado.
Eso lo había hecho a plena luz del día. Ahora estaba oscureciendo y noviembre ya estaba demasiado avanzado.
Mientras se frotaba los ojos, dijo:
—Aquí está pasando algo que no me explico. Y me da miedo que, si te lo cuento, pienses que estoy loca.
—Una madrugada de la semana pasada me enviaste un mensaje preguntándome si creía en los fantasmas. ¿Tiene esto algo que ver con eso?
No pudo hablar. Solo asintió con la cabeza.
—Bien, me alegro. Porque la respuesta es no. Si es eso lo que te da miedo, te demostraré que no hay nada de lo que preocuparse. Abre la puerta.
«Tú no viste esa cosa junto a mi cama», pensó ella. Aun así, le dio un apretón suave en la mano.
—Gracias por no pasar de mí.
Se volvió hacia la puerta trasera e introdujo la llave en la cerradura.
La abrió una rendija y el crepúsculo azul pálido se deslizó por el rostro de Jax mientras el chico se asomaba al exterior.
El aire frío que se colaba por la puerta arrastraba un olor a niebla y cosas muertas y, sin darse cuenta, Kaila intentó contener la respiración.
Era aire de noviembre. Aire del patio atrás. No lo quería dentro de ella.
—Vale, ¿qué estoy buscando?
—No lo sé. Cosas que no te encajen. Huellas. Indicios de que hayan excavado, quizá.
—¿Indicios de que hayan excavado? ¡Tía!
—Creo que deberías centrarte en la valla. Justo al fondo.
—¿Y si te pones en el umbral y vas diciéndome adónde ir?
Intentó abrir más la puerta, pero miró a Kaila con sorpresa cuando la chica la detuvo con el pie y el hombro y le dejó el espacio justo para que saliera apretujándose.
—No —le contestó—. No puedo. Tienes que hacerlo tú.
—¿No puedes ni mirar? —La observó con incredulidad—. Vale. Pero después me lo cuentas todo, ¿eh? No suelo asustarme en Halloween, pero ahora mismo tú sí me das un poco de miedo.
Ella asintió y Jax salió al patio. Kaila volvió a cerrar la puerta casi del todo.
—Por favor, ten cuidado —intentó gritarle, pero apenas tenía aire.
Silencio.
Entonces:
—Toni-hiiight … I’m gonna have myself …
—¡Jax! ¡Para!
—A real good time —continuó cantando, imperturbable—. I feel ali-hi-hi-hiiive…
Kaila golpeó la puerta con la palma de la mano.
—¡Jax, venga ya! Mis padres están en la casa de al lado y, si han salido a la parte de atrás, ¡te van a oír!
—Vale, vale —murmuró ya desde más lejos.
Luego se hizo el silencio.
La chica exhaló y empezó a temblar. Tenía que controlarse. No había motivo para tenerle un miedo tan irracional al jardín trasero. El mismo jardín trasero donde tomaba el sol en verano, cuando los pájaros hacían que el bosque pareciera tan pacífico y lleno de vida.
Solo que sí lo había, claro.
«A veces, da la sensación de que ves cosas más allá de la valla. Cosas malas. Así que es mejor que no las miremos».
Si sus padres y vecinos permitían que la gente muriera por elección propia en aquel bosque, y si eran los ecos de esas personas los que a veces veías en los espejos durante los Días Oscuros, quizá también los vieras en la linde del bosque.
De modo que la pregunta era: ¿eran peligrosos? Su padre le había dicho que era mejor no mirarlos, pero eso no quería decir que pudieran hacerte daño. ¿Verdad? Imágenes en un libro, como le decían al niño de El resplandor . No podían hacerte daño.
«Eso díselo al puñetero papel pintado de los pasillos del Hotel Overlook».
Si de verdad hubiera algo ahí fuera que pudiese hacerles daño, a sus padres jamás se les habría ocurrido exponerlos a ello durante tantos años. Puede que estuvieran mal de la cabeza, pero no eran unos irresponsables. Y las cosas que Kaila había visto en los espejos nunca habían sido peligrosas.
«La próxima vez, hazte un corte un poco más profundo. Hazte un buen agujero hondo y oscuro en el vientre; luego, métete dentro y ven a vivir con nosotros».
Vale, nunca habían sido peligrosas «del todo».
De pronto, Rover Nyholm volvió a ocuparle la mente.
Rover, que se había mudado a San Luis con sus padres y los había asesinado menos de dos años después.
Se le empezó a formar un pensamiento horrible en la cabeza: ¿lo había hecho estando bajo la influencia de lo que acechaba ahí fuera, en el bosque?
¿Era aquello lo que, de algún modo, lo había llevado a cometer tal atrocidad?
Pero ¿dónde estaba la lógica? De repente, dos años parecían muchísimo tiempo.
«Rover siempre andaba presumiendo de que había entrado en el bosque, ¿te acuerdas? Y luego te hablaba de los agujeros. De los agujeros fantasma. De que podían aparecer de manera inesperada donde antes no estaban e hipnotizarte para que cayeras en ellos».
¿Había caído Rover en un agujero?
Metafóricamente, sí. Pero Kaila se negaba a creer que la historia fuera real. Ella nunca había visto nada en el bosque.
«No, pero es que tú siempre has sido una niña buena. Nunca has trepado la valla. Nunca has cruzado el patio trasero en noviembre».
Como Jax estaba haciendo en aquel momento.
—Jax —siseó con la boca pegada a la rendija de la puerta. Apoyó los dedos en la superficie y escuchó con atención—. ¡Jax! —exclamó un poco más alto.
El silencio casi hormigueaba, como si el aire estuviera cargado de electricidad.
¿Por qué iban a ser malévolos los fantasmas de las personas que sus padres llevaban al bosque si ellos mismos habían elegido morir?
«Porque los engañaron».
¿Sus padres? O…
De repente, esa voz otra vez, untuosa y seductora como el veneno del euforbio: « Únete, Kaila. Si no, lo perderás todo. Casi todo… Y yo me comeré lo que quede ».
Se humedeció los labios. Se los arañó, más bien. Abrió la puerta un poco más y gritó:
—¡Jax! ¿Va todo bien?
No obtuvo respuesta.
«Mantén la calma. No puede haberse ido a ningún sitio. No hay puerta en la valla».
Pero otra voz le insistía: «Es un buen escalador».
—¡Jax, joder!
El miedo le oprimió la tráquea, se la obturó. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Debía salir a buscarlo? Era ella quien lo había hecho salir. Era la responsable. Pero ¿y si…?
—¡Kaila! ¿Qué estás haciendo?
Se dio la vuelta de golpe. Django. Paralizado en la luz que entraba por la puerta de la cocina. Mierda, se había olvidado de su hermano pequeño.
—Chis. Vuelve dentro.
El niño miró la puerta trasera con los ojos muy abiertos y asustados.
—¡Ciérrala! ¡Tenemos prohibido salir ahí!
—No voy a salir a ningún sitio. —Titubeó—. Jax ha ido a investigar. Pero ya no lo oigo.
Los ojos de Django estaban como platos.
—¿Has mandado a tu novio al patio de atrás? Bien hecho. Ya puesta, podrías haberlo mandado a nadar al Amazonas en busca de pirañas.
—¡Cierra el pico, mocoso! Mueve el culo y ayúdame a escuchar.
—¡Ni hablar! No pienso acercarme a esa puerta.
—Gallina —soltó, pero al instante se arrepintió.
¿Cómo podía culpar a Django por tener miedo si ella estaba igual de asustada?
Su hermano se llevó las manos al pecho, ambas envueltas en unos vendajes que parecían calcetines de tenis blancos, y de pronto sintió lástima por él.
Además, ¿no había adelgazado? La verdad, tenía un aspecto horrible.
Puede que las sombras del garaje exagerasen el efecto, pero aquella imagen denotaba lo ensimismada que había estado, que no se había percatado de lo que los Días Oscuros le estaban haciendo a su hermanito. Eso iba a cambiar, decidió.
Se volvió hacia la rendija de la puerta y aguzó el oído. Una lechuza ululó en el bosque. Un sonido débil y siniestro. Por lo demás, todo estaba en silencio.
—¡Jax, contéstame!
—¿Oyes algo?
Miró a Django de reojo. Al final se había acercado y no paraba de saltar con nerviosismo de un pie a otro.
—¿Y tú?
—No. ¿Cuánto tiempo lleva fuera?
—Demasiado. ¡Joder!
Su hermano gimió.
—¿Cómo has podido ser tan tonta? ¿Y si se lo han llevado los Jibblymowers? Si no volvemos a verlo nunca más, será culpa tuya…
—¿Jibblymowers? —Lo miró de hito en hito—. ¿Qué cojones son los Jibblymowers, Django?
—Las criaturitas que duermen todo el año y salen de la madriguera en noviembre y, cuando te acercas demasiado, te arrastran hacia abajo porque no quieren que sepas que existen.
Durante tres segundos enteros, se olvidó de Jax.
—¿Eso es lo que crees que pasa?
—¡Me lo dijo Liam!
—Por Dios, Django, Jibblymowers… ¡No me estás ayudando! ¡Jax!
Unos pasos repentinos acercándose a toda velocidad.
El corazón de la chica empezó a traquetear como una sierra de calar.
La puerta trasera se abrió y Jax entró corriendo; por un segundo, Kaila atisbó el crepúsculo magullado del patio de atrás, hasta que Django se abalanzó sobre la puerta, la cerró de un empujón y los tres quedaron envueltos en la oscuridad.
—Jax, ¿dónde estabas? ¿Por qué no contestabas?
—¿Me habías llamado? No he oído nada. Estaba al fondo del jardín, como me dijiste. —Se encendió una luz pálida: Jax había sacado el móvil. El resplandor de la pantalla le confería un aspecto un tanto desaliñado—. Ah, hola, Django.
—¿Has visto algo? —A Kaila le temblaba la voz.
—No. Sí. El patio de atrás, solo eso.
—¿Has mirado al otro lado de la valla?
—Claro. Cero patatero. Había un montón de ramas que no habían recogido aún. He intentado apartar unas cuantas para ver si habían excavado debajo, como me dijiste, pero estaban demasiado enmarañadas, así que me he dado por vencido. ¿Qué te has hecho en las garras, maestro?
Django alardeó de sus vendajes y puso cara de dolor.
—Artritis.
—Ostras, ¿en serio? ¡Qué mal!
—Da igual. Se me pasará dentro de unas semanas.
—¿La artritis? Creía que era crónica.
Kaila hizo a Jax a un lado, se arrodilló delante de su hermano y le puso las manos en los hombros.