KAILA #2
—Hola, Jax —contestó mamá con la mente en otra parte. Seguro que en la misión en la que estaban a punto de embarcarse—. Me alegro de verte. Kaila dice que te quedas a cenar, ¿no?
—Sí, si no les importa, ¡gracias! —Kaila quería cortar de antemano su tendencia a quedarse parado charlando (Jax siempre se paraba a charlar con todo el mundo), así que le tiró de la manga. Pero entonces él se detuvo—. Ostras, ¿de qué va lo de las contraventanas?
—Vamos a hacer unas obras de mantenimiento en el exterior —respondió papá—. Hemos entablado las ventanas para que no se dañen.
—¡Bien hecho, bien hecho! El año pasado mis padres hicieron lo mismo…
—Jax, cierra el pico —siseó la chica.
—No tardaremos mucho. —Su madre parecía cansada, pero miró a Kaila a los ojos—. Django está en su habitación. Hazme un favor y pasa a saludarlo, ¿vale? Lo está pasando mal. No se lo sacarías ni a la fuerza, pero ya sabes que te adora.
—Vale, sin problema.
—Ah, y ¿no habrás visto mi móvil? No lo encuentro.
—¿Has probado a que te llame papá?
—Seis veces.
—Ya aparecerá. Qué despistada eres, mamá.
Luana se encogió de hombros, otra vez distraída, y ambos se marcharon. En cuanto la puerta se cerró tras ellos, Kaila agarró a Jax por la muñeca y lo arrastró hasta la puerta delantera con tanta fuerza que casi lo tiró al suelo.
—Eh, ¿qué coño haces?
—Sal, finge que te has olvidado algo en el coche. Necesito saber qué dirección toman.
—Espera, ¿qué?
—¡Mis padres, tonto!
—¿Estás espiando a tus padres? ¿Por qué?
—¡Calla y hazlo, por favor! Si te ven, diles que te has dejado el teléfono en el coche. Estás empanado como mi madre. Tengo que saber adónde van.
—Vaaa… le. —Jax enarcó una ceja. Sin embargo, abrió la puerta delantera y salió. A veces era un poco lerdo, pero también era su héroe.
Los padres de Kaila creían en una crianza basada en la sinceridad y, por lo general, ellos también eran como un libro abierto.
Nunca «salían más o menos una hora» sin especificar adónde iban.
Tenía que ser algo relacionado con los Días Oscuros.
Una reunión de vecinos. Y en Bird Street eso no tendría nada que ver con un chanchullo para pasar marihuana, ni siquiera con un —¡puaj!
— club de intercambio de parejas. En Bird Street, eso significaba llevarse a alguien al bosque para dormirlo y que no volviera a despertar jamás.
Oyó que Jax abría la puerta del coche, pero no voces. Unos instantes después, la portezuela se cerró de golpe. Un silencio breve y, a continuación, el chico volvió a franquear la puerta delantera.
—Jason Bourne, listo para informar… —Se quedó callado un momento para recuperar el aliento—. Ni siquiera me han visto.
—¿Hacia dónde han ido?
—Hacia la derecha. Han subido por el camino de entrada de ese casoplón que da tanto miedo.
La casa de los McKinley. Ninguna sorpresa. Más allá, no había nada: si seguías caminando por Bird Street en esa dirección, acababas girando hacia el camino del embalse de Tolt, que se adentraba durante kilómetros y kilómetros en las montañas.
Jax debió de notarle algo en el rostro, porque preguntó:
—Kaila…, ¿vas a decirme qué está pasando?
«A la mierda», pensó la chica.
—¿Las obras de mantenimiento de las que te ha hablado mi padre? Una trola.
—¿A qué te refieres? —La siguió a toda prisa hacia la cocina.
—No van a hacer ninguna obra en el exterior. Mi padre te ha mentido.
—Eso no augura nada bueno para las negociaciones sobre la dote. —Jax aceptó su puñetazo sin objeciones—. ¿Por qué?
—En noviembre, entablan todas las ventanas de la parte trasera de la casa. Y las cortinas tienen que permanecer cerradas. Al principio creía que era para ocultar lo que hacen ahí fuera con los vecinos, pero hay algo más.
—¿Como qué?
—Esperaba averiguarlo con tu ayuda. Mira esto.
Se metió la mano en el bolsillo trasero y sacó el iPhone de su madre. Aquella mañana estaba cargando en la cocina y, de repente, ¡puf!, había desaparecido.
Kaila acercó la cara al móvil para desbloquearlo. Ventajas de haberle configurado el dispositivo.
—¿Sabes qué es esto?
Entró en «Admin» y le mostró las aplicaciones. La última se llamaba «Vember». El icono era un escudo moderno con forma de N.
Jax le quitó el teléfono de la mano.
—Espera. ¿Es el de tu madre? —Y cuando Kaila asintió—: ¡Lo estaba buscando!
—No me digas, Jason Bourne. ¿Vas a ayudarme o no?
—¿Estás segura? No me siento cómodo con esto.
—No te lo pediría si no fuera muy importante.
El chico vaciló y miró la pantalla.
—¿Vember?
—Sí.
Jax tocó el icono de la aplicación. La pantalla se puso negra y luego apareció un sencillo formulario de inicio de sesión. No pedía un nombre de usuario y una contraseña, sino una huella dactilar.
—Pero no es el Touch ID de Apple; en ese caso, podría entrar. Creo que quiere la de mi madre.
—Hala, qué guay.
De repente fascinado, se puso a investigar.
Jax era todo un experto en tecnología, por eso Kaila había querido enseñarle la aplicación.
Toda su semana había sido una exasperante sarta de preguntas y sospechas.
El miércoles ya no había sido capaz de seguir controlando la curiosidad y había empezado a indagar en las charlas de su madre con los vecinos.
Resultó que no tenía nada más que el grupo de WhatsApp del barrio y conversaciones privadas con Joyce Wachowski (sobre llevar a Django y a Liam al cole) y con Dorothy McKinley (recetas de solomillo Wellington).
Tan incriminatorio como montar un mercadillo en el patio.
Pero tenía sentido, porque las cosas que debían debatir entre ellos no eran aptas para aplicaciones que guardaban los datos de los usuarios.
Entonces descubrió Vember. Con el icono de la N. ¡Claro!
—No está en la App Store —dijo Kaila—. Ni tampoco en Google. Pero he mirado en el teléfono de mi padre y él también la tiene. Uno de los vecinos de enfrente, Gray McKinley, es desarrollador de software. Y hacker. Me gustaría saber si esto podría ser obra suya.
Jax frunció el ceño.
—Si tienes motivos para sospechar que tus padres y tus vecinos andan metidos en algo, supongo que sí. No es una aplicación normal. No la encuentro en los ajustes. Pero, fíjate, tu madre tiene una VPN.
—¿Una qué?
—Una red que dirige el tráfico de internet a través de servidores de todo el mundo y encripta datos.
—¿Para qué iba a querer eso?
—Bueno, si tus padres no han hecho ningún viaje reciente a China o Rusia durante el que hayan querido entrar en Facebook, se usa sobre todo para mantener el anonimato.
—Le lanzó una mirada elocuente—. La gente lo usa para acceder a la dark web .
Kaila…, ¿en qué andan metidos? Porque esto parece una mierda ilegal.
De modo que tenía razón: Vember era una especie de aplicación de comunicaciones encriptadas, seguro que ideada por Gray.
Así era como comentaban lo que hacían ahí fuera, en el bosque.
Porque sí, aquello era una mierda ilegal.
Y ahora Kaila se sentía dividida. Se moría de ganas de abrirse a Jax, porque pocas veces se había sentido tan sola y necesitaba un aliado.
Pero se trataba de sus padres. Papá le había suplicado que no hablara del tema.
«Nuestro futuro depende de ello», le había dicho.
Y, aunque le hubieran mentido, quizá tuviesen sus razones.
A lo mejor estaban involucrados en algo con lo que en realidad no querían tener nada que ver.
« Únete —le había dicho el hombre del de Camp Heron Market—. Si no, lo perderás todo. Casi todo… Y yo me comeré lo que quede ».
Hasta que supiera toda la verdad, no podía confiarle a Jax sus corazonadas. Pero había otras cosas.
—¿Me harías un favor?
—¿Has oído a Jason Bourne decirle que no a su novia alguna vez?
—No, y la pequeña huérfana Annie tampoco. —Le rodeó el cuello con los brazos y le dio un besito en los labios—. Por eso eres mi héroe.
—Sabía que eran mis rizos supersexis. —Los sacudió con un gesto teatral—. ¿Qué necesitas que haga?
—Necesito que salgas al patio de atrás.
Estaban en el garaje. Kaila había ido al armario del despacho de papá para robar la llave de la puerta trasera y la tenía en la mano.
Ya había anochecido y, como los cristales de la puerta trasera estaban tapados con una bolsa de basura corriente, la única luz procedía de la puerta que daba a la cocina.
A la derecha se vislumbraban las siluetas tenuemente iluminadas del Forester de papá y el Optima de mamá.
A la izquierda, el taller, abarrotado de sillas de jardín apiladas y espejos cubiertos.
El aire olía como siempre: a humedad y a viejo, con un dejo de aceite de motor.
Aun así, ahora todo parecía distinto. Porque estaba asustada.
Por Dios, tenía el estómago revuelto como una batidora.
—¿Y si me preparas un poco? —propuso Jax en voz baja—. ¿Tienen un laboratorio de metanfetamina en el cobertizo o algo así?
—No, no es nada de eso —respondió bajando también la voz—. Es solo que en noviembre nos prohíben salir al patio de atrás. Todos los años. Ni siquiera nos dejan mirarlo. Hay algo más allá de la linde del bosque. Y todas las demás casas de este lado de la carretera hacen lo mismo.
—¿Sabes que suena a que estáis como una cabra?
—Sí. Pero a mí nunca me había parecido raro. Equivalía a no dejar basura en la calle por los osos o a no meter un destornillador en un enchufe. Pero esto… es una locura. Quiero saber qué hay ahí fuera.
—En ese caso, ¿por qué no sales a verlo con tus propios ojos?
Kaila no quería reconocerlo, pero era lo mínimo que le debía a Jax:
—Porque me da miedo.
—¿Te da miedo que tus padres se enteren?
—No es eso.