KAILA
Lo que pasó en el Camp Heron Market. Los padres tienen secretos.
El patio de atrás. Olivia.
A la izquierda de la entrada había un congelador donde ya vendían pavos de Acción de Gracias («¡Aquí no hay ni un solo producto de relleno!»). A la derecha, en el pasillo de las cajas, Jax vio la revista Den of Geek en el expositor y se puso a hojearla.
—Oye, te espero aquí, ¿vale?
—Mentira. Estos ojitos también están viendo un ejemplar de Popular Mechanics , así que más vale que denuncie tu desaparición.
—Uf, cómo me echarás de menos, cariño.
—Ni en tus mejores sueños. ¿Qué sabor quieres?
—Miel y barbacoa. No, los picantes con pepinillo y eneldo. Están buenísimos.
Kaila entró en el supermercado con una cesta.
Llevaba casi una semana sin tomar litio y, al principio, se notaba atontada.
Dolores de cabeza constantes, ganas de vomitar durante todo el día, un temblor exagerando en las manos.
La típica desintoxicación, pero la temida recaída en los episodios depresivos sobre la que advertía Reddit no había llegado.
Y, desde el día anterior, ya no estaba tan cansada.
Aunque todavía tenía la boca seca. Se pasaba el día muerta de sed.
Cogió un lote variado de tres sabores de Frutly de la hilera de neveras que había al fondo («Hidratación, te presento al zumo») y lo metió en la cesta. Cuando la puerta de la nevera se cerró, vio su propio reflejo en el cristal.
Y algo gigantesco cerniéndose sobre ella.
Kaila retrocedió, chocó de espaldas contra las estanterías que había entre el segundo y el tercer pasillo y miró rápidamente hacia atrás. Nadie. Más allá, un chico con un monopatín bajo el brazo echaba un vistazo a los botes de fideos instantáneos, pero no había nadie cerca de ella.
Volvió a mirar hacia la nevera, convencida de que se lo había imaginado todo.
Una luz brillante iluminaba el colorido surtido de botellas y reducía los reflejos de la puerta de cristal a meras siluetas.
Pero entonces volvió a verlo. Un gigante que se alzaba sobre ella.
Contornos humanos torcidos y desproporcionados. Pero no era humano.
Algo tan enorme no podía serlo.
Con el estómago revuelto de horror, Kaila dio un paso atrás y hacia la derecha sin apartar la vista de la cosa del cristal.
La cosa la siguió.
Se dio la vuelta y echó a correr a toda velocidad por el pasillo del fondo, y el reflejo de la nevera corrió con ella.
Se encorvaba al hacerlo, se encogía para caber en las puertas de cristal.
Kaila vio las extremidades imposibles, los brazos colgantes, los movimientos que parecían los de algo con tentáculos que vivía en unas aguas poco profundas y estancadas.
Pasó como un rayo por delante de los envases de Pellegrino, de Pepsi, de Red Bull.
Cuando se acercó a la nevera de vinos y cervezas que había al final, lo oyó.
Oyó que los botellines de cerveza tintineaban con cada paso atronador que daba la cosa, oyó que las puertas de cristal temblaban en los marcos, como si aquello fuera a atravesarlas en cualquier momento.
No lo hizo. Pero la última puerta se abrió de par en par —el cristal se onduló, burbujeó, se abombó— y entonces — lo estaba viendo de verdad, aquello estaba sucediendo de verdad— una figura alta y delgada, con un traje negro, salió de la nevera hacia el mundo.
Unas violentas oleadas de horror le azotaron el cuerpo.
Esta vez retrocedió contra la estantería que tenía detrás con tal fuerza que se cayó al suelo.
Se revolvió, soltó la cesta y tiró un montón de bolsas de Doritos al pasar.
Apabullada, observó a la cosa mientras se sacudía la piel.
Ya no parecía un calamar, sino más bien un lobo que salía arrastrándose de un río y se secaba el pelaje.
Pero lo que le salía despedido de los hombros no era agua.
Era humo, y olía a vapor de pantano y a tierra podrida.
«Es el Diablo», pensó Kaila. No creía en Dios y, desde luego, tampoco creía en el Diablo; aun así, sabía que la criatura que había salido del refrigerador de las cervezas era el Diablo… O, al menos, un pariente.
Llevaba una pajarita negra y sostenía un maletín de cuero en la mano derecha.
Durante una milésima de segundo, Kaila rezó para que, si no hacía ni ruido, él no la viera, pero entonces el hombre se dio la vuelta y se enfrentó a ella.
Más tarde, juraría que tenía un rostro anodino y, al mismo tiempo, tan extravagante que resultaba imposible describirlo.
Solo recordaría que era largo y pálido, y que el propio mes de noviembre estaba atrapado allí dentro. El viento. El frío. La lluvia. Y más.
—Hola , Kaila —dijo el Diablo con una voz que no se correspondía con su rostro.
Era untuosa y seductora y peligrosa, y tenía la sensación de oírla tanto dentro como fuera de su cabeza— .
No hay nada mejor que un encuentro en el suelo.
Así vi a tu madre por primera vez, ¿sabes?
En el suelo, en un charco de su propia saaaaangreeeeeee…
Mientras pronunciaba aquellas palabras, echó la cabeza violentamente hacia atrás varias veces, como si fuera una garza real tragándose una trucha.
Cuando volvió a mirar a Kaila, le colgaban hilos de baba de los labios, y reflejaban las luces de neón de las neveras como un resplandor turbio. El Diablo dejó su maletín a un lado.
—Quiero darte una cosa. La voluntad de vivir. Pero guárdatela bien. Es solo tuya.
La criatura se agachó y le tomó la mano derecha.
Kaila gimió al notar su tacto, porque le pareció el de algo que llevaba mucho tiempo muerto.
Con los dedos de la otra mano —unos dedos torcidos, terriblemente largos—, le puso algo pequeño y cálido en la palma y la obligó a apretar el puño a su alrededor.
¿Cómo era posible que la cara del hombre estuviera tan cerca de la suya, que tuviese el cuerpo doblado casi en dos, con los impecables mocasines aún clavados en el suelo, y no se cayera sobre ella?
El humo negro que desprendía el traje negro le hizo poner cara de asco y quiso apartarse de él cuando, de repente, se quedó inmóvil.
Con la mano de la chica olvidada en la suya, el Diablo bajó la cara y empezó a olfatear.
A olfatear justo por encima de la barriga de Kaila.
A olfatear los cortes del cuchillo de patatas.
Levantó la vista. Los ojos le brillaban como la obsidiana.
Ya no contenían pupilas ni iris, solo ramas desnudadas por la tormenta que le rugía dentro de la cabeza.
Cogió aire, exhaló un « oouuuuhhhhh » emocionado y sus babas salpicaron el jersey de Kaila.
La chica estaba convencida de que iba a hacerla pedazos y a alimentarse de sus entrañas.
Aunque sus planes para ella hubieran sido otros, ya no sería capaz de controlar su hambre.
Sin embargo, justo entonces el sistema de megafonía del supermercado cobró vida con un chirrido y le pidió a gritos a Judy que se acercara a la entrada, por favor.
El hechizo se rompió. El hombre del traje levantó la vista, le soltó la mano y se irguió.
— Únete, Kaila —dijo—. Si no, lo perderás todo. Casi todo … Y yo me comeré lo que quede.
Recogió el maletín y enfiló el pasillo en dirección a las cajas.
Durante unos segundos, la chica permaneció tumbada en el suelo, paralizada.
Luego se puso en pie de un salto para ver adónde se dirigía el hombre.
Casi esperaba que no estuviera, que hubiese desaparecido, pero no fue así.
Estaba a punto de llegar a la entrada de la tienda.
Solo le veía la espalda, pero podría haber jurado que había cambiado.
Había encogido hasta alcanzar proporciones humanas.
Ya no tenía las extremidades imposiblemente largas.
Vio que pasaba junto a una mujer que descargaba la compra y que la chica que hablaba con la cajera —¿Judy?
— lo saludaba con aire distraído. Acto seguido, el hombre desapareció tras los estantes.
Kaila corrió hasta el pasillo contiguo y llegó justo a tiempo de ver cómo se cerraban las puertas automáticas.
Se había ido.
Abrió la mano derecha. En ella había un trozo de vidrio volcánico negro y sin pulir. Lo reconoció de un viaje a los parques nacionales de Oregón que había hecho hacía un tiempo. Cualquiera habría imaginado que la piedra estaría fría, pero esa irradiaba un calor repugnante. Y…
¿Estaba palpitando?
No. Le estaba presionando una vena de la palma de la mano. Lo que sentía eran sus propios latidos.
—Ostras, ¿qué ha pasado aquí?
Kaila se sobresaltó. Jax había ido a buscarla. Cerró la mano a toda prisa.
«Guárdatela bien. Es solo tuya».
—Pues… Eh…
Sí, ¿qué había pasado? Estaba aturdida. La criatura de la nevera no era como las de los espejos de casa. Aquella cosa tenía voluntad propia. Y una advertencia.
Mientras se guardaba la piedra en el bolsillo, preguntó:
—¿Has visto a ese tío?
—¿A qué tío?
—Al que acaba de salir de la tienda. El tío del traje.
—Ah, ¿el de las cajas? ¿No era el gerente?
—No. —Titubeó—. ¿Le has notado algo raro?
—¿Raro en qué sentido? No me he fijado.
Kaila se agachó para volver a meter sus cosas en la cesta y recolocar las bolsas de Doritos en la estantería.
—No sé.
—¿Estás bien? ¿Es esto algo rollo…?
No terminó la frase, pero no hizo falta.
«¿Es esto algo rollo bipolar?». Ella sintió un destello de rabia.
Qué lerdo era Jax a veces. El trastorno bipolar no funcionaba así.
El hombre del traje era real; el trozo de vidrio volcánico que llevaba en el bolsillo lo demostraba.
Solo tenía que enseñárselo…, pero no lo hizo.
Pensaría que ya lo tenía de antes.
Y había otra cosa. Otro motivo por el que no quería decírselo.
Había sido algo personal.
El hombre del traje había ido por ella.
Y estaba intrigada.
—Vámonos a casa —dijo—. Necesito que me ayudes con una cosa.
Sus padres estaban a punto de salir. Se los encontraron en el pasillo, poniéndose el abrigo.
—¡Hola, señor Lewis! ¡Señora Da Silva!