Días oscuros LUANA #3
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LUANA #3

En aquel momento, le había parecido un disparate siniestro, pero, para cuando sus segundos Días Oscuros comenzaron a cobrar fuerza, se había visto obligada a reconsiderarlo.

Kaila tenía siete meses y, hasta entonces, todo había sido perfecto, pero entonces empezó a perder peso a toda velocidad.

Se pasaba el día y la noche llorando; un gemido débil, fino.

Luana le frotaba los labios, la mecía, la amamantaba, pero no se calmaba.

Luana también lloraba. Al principio, Ralph la consolaba. Luego ya no.

Una tarde estaba encorvada sobre la cuna.

La bebé gritaba a pleno pulmón, con las manitas indefensas apretadas en sendos puños.

Luana estaba desesperada. ¿Qué le pasaba?

¡Ojalá alguien lograra hacerla callar! Aquella niña, aquella niña antinatural nacida solo de su deseo. Jamás debería haber existido.

Con absoluta claridad, se vio a sí misma colocando la yema de los dedos sobre el cráneo de la bebé, oprimiéndole las fontanelas.

Pop. Los dedos se hundían en la cabeza, en la piel suave y maleable.

Los ojos de la niña se abrían de golpe. Empezaba a temblar de arriba abajo, la sábana que tenía debajo se teñía de un rojo intenso.

Luana gritó, el estruendo de su propia voz la sacó del estado de fuga disociativa. Estaba inclinada sobre Kaila, con la yema de los dedos a punto de rozar la cabecita. Apartó las manos al instante, como si la hubiera mordido una serpiente.

«Y, ay, ¡cómo gritaba la niña! Madre e hija, un coro disonante.

Te pusiste a dar vueltas por la habitación inmovilizándote la cabeza con los brazos.

Esas imágenes…, tenías que expulsarlas. El hombre eclipsando el sol en el asfalto de São Paulo.

Tus dedos hundiéndose en el cráneo de Kaila.

El anciano al que habíais llevado al bosque el año anterior, cuyo pulso sentiste ralentizarse bajo tus dedos. Veneno. Los Días Oscuros eran veneno».

Luana nunca le contó aquel incidente a Ralph.

Ni siquiera después, cuando los Días Oscuros terminaron y adquirieron los contornos difusos de una pesadilla horrible pero cada vez más débil.

Se prometió no volver a pensar en ello. El tiempo iba pasando, los años se sucedían en el mismo ciclo de Luz y Tinieblas marcado por los Días Oscuros: el autodesprecio, la pérdida de control, el sacrificio.

Lo peor de todo, el miedo mortal a perder a quienes más quería: Kaila y Django.

Así era como la mantenía a raya el Contable.

Esa era la oscuridad que le esperaba si decidía romper el pacto.

«Bueno, yo también puedo joderle vivo», pensó Luana entonces.

Se dirigió a la cocina, cogió su móvil y añadió un evento al calendario.

«No te desquites con Ralph ni con los niños».

Lo copió en las horas de vigilia de todos los días, repetido cada tres horas.

Siete días a la semana durante el resto del mes de noviembre. Con alerta sonora.

Daba igual en qué espiral oscura se sumergiera su mente: la aplicación de su calendario la sacaría de ella.

Acto seguido, preparó café.

Django fue el primero en bajar a desayunar.

Le preparó su bocadillo favorito: mantequilla de cacahuete, mermelada, un plátano y pasas en un panecillo integral de perrito caliente, pero solo se comió la mitad.

Se quejó de que le dolían las manos. El incidente del piano le había costado dos uñas de la mano derecha y tres de la izquierda, pero ya se le estaban formando costras y, gracias a Dios, no se había roto nada.

Sin embargo, el dolor era más profundo, se le extendía hasta la muñeca y el niño chilló cuando le untó una pomada de árnica. Luana oyó que le crujían las articulaciones y pensó: «Artritis».

—Hoy no puedo ir al colegio —gimió Django.

—Sí puedes. La señora Buckner está informada de que no puedes escribir y te dejará usar el iPad. Y en la cabeza no te pasa nada, jovencito.

—Yo creo que en la cabeza me pasa de todo. ¡Esto está durando una eternidad! ¿Cuándo podremos volver a la normalidad?

—Dentro de unas semanas, cariño.

—Quiero mi piano.

—Lo sé. Pero estas son tus manos de noviembre. Manos de robot con superpoderes. A lo mejor Liam y Noah quieren dibujarte algo en el vendaje.

Cortó la venda y, con el corazón destrozado, lo observó mientras se alejaba arrastrando los pies por el camino de entrada.

Marc Wachowski lo estaba esperando junto al bordillo para llevarlos a Liam y a él al colegio en su BMW.

Marc la saludó con la mano, pero tenía pinta de estar tan abatido como ella.

Los Wachowski también estaban pasando un mal trago.

A última hora de la tarde del día anterior, Schwarzwald , el galgo de Gray Júnior, se había escapado de su jaula y había atacado a Ethan en el patio trasero de su casa.

Le había mordido el tobillo. Nunca había hecho nada parecido, dijo Gray.

Llevaron a Ethan al centro de salud, en Lock Haven, para que le pusieran la vacuna del tétanos, pero el pobre muchacho tuvo una reacción alérgica.

Marc y Gray se enzarzaron en una pelea respecto a qué debía hacerse con el perro.

Cuando un perro se vuelve malo, es malo para siempre, argumentaba Marc, así que hay que sacrificarlo.

Gray le espetó que era un imbécil y que sabía de sobra por qué había pasado.

Y, mientras sucedía todo esto, Dorothy McKinley estaba en la cama con neumonía.

Harry Aikman había tenido una fuga de agua bastante grave y una de sus estanterías había sufrido daños considerables.

Luana se arrastró de vuelta a la cocina y se encontró a Ralph allí plantado, como una estatua de sal. Tenía las ojeras negras. Se miraron a los ojos: ella lo sabía, y él sabía que ella lo sabía.

—Luana, yo…

—Calla.

Ralph la observó en silencio mientras Luana se acercaba a la nevera y servía un vaso de zumo fresco.

Sacó la fiambrera con los suplementos del armario de encima del fregadero.

Buscó un multivitamínico, una dosis extra de vitamina B y una píldora de zinc.

Y una aspirina. Se lo pasó todo a Ralph, que se tomó las pastillas con el zumo de naranja.

Luego, ella le rodeó el cuello con los brazos y se limitó a mirarlo.

—Gracias —dijo él en voz baja.

—Ve a darte una ducha. Hueles como si hubieras dormido debajo de un puente. Y no quiero que hablemos de esto.

Ralph asintió.

«¿Fue Frank? ¿Fue Frank la razón de que sintieras la necesidad de recurrir a la botella? ¿Frank y la forma en que murió?».

Pero no tenía sentido preguntárselo. Fuera cual fuese el detonante, noviembre le había empujado a hacerlo. Siempre era así.

Desapareció escaleras arriba y Luana se quedó abajo, orgullosa de cómo había manejado la situación. No estaba mal, después de una mañana terrible. Podría haber salido peor.

Pero, una hora más tarde, salió de otro episodio de estupor y se dio cuenta de que seguía en la cocina, en bata, delante de la mesa del desayuno aún sin recoger.

Ralph se había duchado, pero estaba sentado mirando al infinito con los ojos vidriosos y masticando un bagel con una lentitud insoportable.

La imagen le resultó repugnante. Masticaba como un alcohólico.

Luana tenía un vago recuerdo de que Kaila había bajado en algún momento de la última hora, pero no estaba segura. Y había algo más. Algo que tenía que ver con haberse perdido en sus pensamientos. Pero no conseguía concretarlo.

Cuando la notificación de las nueve le saltó en el móvil, la que decía: «No te desquites con Ralph ni con los niños», no podía dejar de preguntarse qué puertas se habrían abierto si Kaila se hubiera hecho un corte un poco más profundo o si Django hubiera aporreado el piano con más fuerza y se hubiese astillado los huesos de los dedos.