Días oscuros LUANA #2
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LUANA #2

«No, no es tu pasado. Es el Contable. Él es quien acecha en el agua que tienes debajo.

En el viento que te seca los ojos. En el aire que respiras.

Porque la broma de mal gusto es que estas cosas sí han sucedido.

Te engañaron. Vendiste tu alma sin darte cuenta.

Y él sabía que serías una buena incorporación, porque estaba allí contigo, en la consulta de aquella ginecóloga.

Lo olió en ti. Fuerza o debilidad: el diablo siempre es capaz de rastrearlas».

Fuera cierto o no, desde aquel día pocas cosas habían ocurrido por casualidad.

En octubre, cuatro meses después de lo que ella había empezado a llamar su «accidente», asistió a una conferencia impartida por el profesor y doctor Calvin Brenner, de Seattle, en la Universidad de São Paulo.

Fue un alegato apasionado a favor de la colaboración académica entre América del Norte y del Sur.

Aquel día tenía unos dolores tremendos, pero, tras la conferencia, dejándose llevar por un impulso, agarró las muletas y se acercó cojeando hasta él.

El doctor Brenner quedó fascinado por su historia y cautivado por sus puntos de vista.

La invitó a tomar una copa y luego a hacer unas prácticas en Estados Unidos.

«Y te quedaste de piedra, ¿te acuerdas? Porque ¿cómo ibas a pagar todo aquello?

¿Y qué pasaría con la rehabilitación? Pero el doctor Brenner te dijo que la universidad se encargaría de eso.

Tenían los mejores fisioterapeutas de Estados Unidos.

Podrías terminar tu doctorado en Seattle mientras dabas clases a los de primero.

Sería maravilloso contar con alguien que llevara el país en la piel, según sus palabras».

Luana le dijo que necesitaba pensárselo, pero era mentira.

Puede que llevara el país en la piel, pero ella solo veía cicatrices.

A la mañana siguiente, cogió un taxi para ir al hotel del doctor Brenner.

Le resultaba imposible correr, pero, por cómo se deslizó por el vestíbulo, se sintió como si lo hiciera.

Rompió a llorar cuando le dijo al profesor que aceptaba su oferta.

«Ya entonces, en lo más profundo de tu ser, sabías que era demasiado bueno para ser verdad. Porque esas cosas no les pasaban a las personas como tú. Pero hiciste caso omiso. Porque ahí estaba: una segunda oportunidad».

Dos semanas después, estaba en un vuelo camino de Estados Unidos.

Llovía cuando aterrizó en SeaTac y el aire olía diferente.

Más fresco. El doctor Brenner la estaba esperando, se sorprendió de que solo llevara una mochila.

Una mochila que contenía toda su vida. No…

, no sería suficiente, ¿verdad? Insistió en comprarle más ropa.

Ella le dijo que no era necesario, de verdad, que ya había hecho más que de sobra por ella, pero dos días después el hombre se pasó por su diminuto apartamento del campus.

«Y tú, idiota, pensando que la ropa que te hizo probarte no te serviría de mucho, porque todo eran conjuntos de verano muy reveladores.

¿Cómo ibas a decirle a alguien que no tolerabas el frío del norte cuando era a quien le debías la oportunidad misma de experimentarlo?

Así que accediste, por educación, y él esbozó esa sonrisa lobuna mientras desfilabas con una muleta delante de él».

Se había pasado las semanas siguientes concentrada en dar clases a alumnos estadounidenses y redescubrir sus viejos apuntes.

Pero, en una fiesta del claustro, oyó rumores y se asustó.

¿No se había enterado? La esposa del doctor Brenner estaba paralizada de cintura para abajo.

Tenía cierta fijación por esas cosas. ¿Fijación por qué?

Por las lisiadas. Su ayudante anterior estaba en silla de ruedas debido a la esclerosis múltiple.

Luana no podía creérselo. El doctor Brenner no.

La habían invitado por sus capacidades, no para que se convirtiera en el fetiche de alguien.

Pero, entonces, una noche, el doctor Brenner se presentó en su casa y se le insinuó.

Luana lo rechazó. Él insistió y la cosa se puso fea.

El aliento le olía a alcohol. La situación no desembocó en una agresión en toda regla, fue demasiado torpe para eso, pero la joven estaba aterrorizada.

Brenner se puso furioso, le espetó con el más absoluto desprecio que él la había llevado allí y que podía acabar con su carrera con la misma facilidad.

Y que nadie la creería. Había visto las marcas de pinchazos que tenía en el brazo; haría bien en tenerlo en cuenta.

«Y allí estabas. En un país desconocido, en una ciudad desconocida, y el único motivo de que estuvieras allí era feio .

Lo que fuera que había organizado todo aquello no se dedicaba precisamente a la belleza…

, pero sí se ganó tu favor. Porque a la mañana siguiente te enteraste de que, mientras daba su “paseo vespertino”, al doctor Brenner lo había atropellado un Corvette C1 de 1962 aquí, en el puente de Montlake, y había fallecido.

Por lo visto, el profesor había tenido dos dedos de frente y había decidido no conducir en su estado de embriaguez.

La historia corrió como la pólvora por el campus: el joven conductor, se supone que entre lágrimas, diciéndole a la policía que no sabía qué había pasado.

Que todo había sido un impulso: al coger el Corvette clásico de su padre para dar una vuelta, había sentido una repentina necesidad de quemar rueda sobre las rejillas del puente.

Como si algo se hubiera apoderado de él.

Un genio malvado, dijo. Y tú, tú no pensaste en el hombre alto de traje que se había acuclillado a tu lado seis meses antes mientras te desangrabas.

Solo te preguntaste si el doctor Brenner habría sufrido las mismas fracturas que tú».

Un camión pasó traqueteando por detrás de ella y el sobresalto sacó a Luana de sus pensamientos. ¿Cuánto tiempo llevaba allí plantada? Hurgó en el bolso hasta encontrar el móvil y vio que eran casi las tres. Dios. Tenía que coger el autobús o Ralph se volvería loco.

Con cuidado, protegiéndose la cadera lo mejor que podía, cruzó el canal hacia el lado de las Cascadas.

Tenía que dejar de darle vueltas a eso. Aquellas cavilaciones no la llevarían a nada.

Ella no era cómplice de la maldición de Bird Street.

Se había enamorado de nuevo, nada más. Muchos años después de lo de Mosquito, se había enamorado de un hombre que tenía todo lo que a ella le faltaba: de un hombre que tenía suerte.

Y a Luana no le iría mal un poco de suerte.

¿Era culpa suya que aquello también lo hubieran coreografiado?

Por aquel entonces, no sabía que aquel hombre tenía un secreto.

11 DE NOVIEMbrE

Aquel viernes, el día antes de que la pendiente de la espiral se intensificara, Luana se despertó antes del amanecer y notó que a Ralph le olía el aliento a alcohol.

La noche anterior se había acostado sola.

Su marido estaba demasiado inquieto para meterse ya en la cama, así que había optado por quedarse viendo algo en Netflix.

Oh, cómo deseaba Luana que subiera y la abrazase.

Ralph le había prometido que la cuidaría.

«Pues cuídame». Pero él ya se estaba sumiendo en su propio temperamento de noviembre, así que ni siquiera se atrevió a pedírselo.

Se había echado a dormir con la camiseta del día anterior.

Eso no era propio de él. Ralph valoraba su higiene, siempre se desnudaba y se duchaba antes de acostarse.

La camiseta tenía manchas y él lucía una barba de al menos cuatro días.

Estaba roncando y a Luana se le revolvió el estómago. Ralph solo roncaba cuando bebía.

Se inclinó hacia él y se apartó de inmediato. Apestaba a vodka. ¿De dónde narices lo había sacado? Nada de alcohol tras el brindis del día 2, esa era la regla. Todo lo que quedaba en la despensa se tiraba por el desagüe del fregadero. Debía de haber salido a comprarlo a escondidas.

Una ira ardiente, rayana en el odio, se le encendió por dentro.

Se levantó, arrancó la bata de la percha de la que colgaba, se la puso y bajó las escaleras.

Revisó el cubo de basura que había debajo del fregadero, luego el contenedor del garaje.

Necesitaba pruebas. Una botella vacía. O medio vacía, le daba igual.

No podía dejarle ninguna salida a Ralph.

No podía permitir que le dijera que se lo estaba imaginando.

Pero no encontró nada: nada detrás del sofá, nada en ningún sitio.

Al final, se detuvo en el salón. Los postigos de las ventanas traqueteaban subrepticiamente con el viento.

«La ha enterrado en el jardín trasero. Sabe que ahí no miraré».

¿En qué estaba pensando su marido? ¿Cómo podía ser tan tonto?

¿Tan irresponsable? Una vez que empezara a beber, se acabó.

Ralph lo sabía. Una noche de borrachera llevaría a una segunda, y luego a una retahíla de ellas.

Dejaría de hablar con ella. Gritaría. No habría espacio para el dolor de Luana.

Tomaría decisiones peligrosas, tanto en los asuntos cotidianos como en los de vida o muerte. Y los niños…

Kaila. Kaila se había pasado el día anterior paseándose por ahí con su cara de noviembre. Era culpa suya. Todo había ido bien hasta que le había dado por subirse al tejado. Esa maldita fisgona, siempre buscando llamar la atención.

«Ojalá la hubieran ingresado cuando se cortó la semana pasada».

Luana se irguió de golpe, se llevó las manos a las mejillas con fuerza y se le formó una O temblorosa en la boca; parecía una imitación de viernes por la mañana del cuadro de Edvard Munch.

—Dios mío… —susurró a la habitación vacía—. ¿De verdad acabo de pensar eso?

De repente, recordó algo que Ralph le había dicho justo antes de que se enfrentara a sus primeros Días Oscuros, hacía muchos años. «Tu mayor felicidad se volverá contra ti. Te joderá viva, Luana».