Días oscuros LUANA
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LUANA

El hombre olvidadizo. Declive.

Llegada a Estados Unidos. Resaca.

El martes, Garrett Wetzel tenía una cita con la muerte. Pero Garrett Wetzel tenía Alzheimer, así que se le olvidó.

—Ya les dije ayer que tenía mis dudas —dijo Ralph—. La gente que quiere acabar con su vida no va por ahí trazando planes de venganza. Pero Elizabeth me contestó que Garrett Wetzel está tan demente que la mitad de las veces ni siquiera sabe lo que dice.

Luana lo miró, cariacontecida.

—¿Y eso fue lo que te dijo para acallar tus dudas?

—Lo sé, es poco fiable. Me daba miedo que no saliera bien, pero ¿qué otra opción teníamos?

Y hay una cosa en la que tienen razón: la demencia avanza por etapas.

Los pacientes se confunden respecto a algunas cosas y mantienen la lucidez respecto a otras.

Harry dice que el deseo de morir de Wetzel pertenece a la segunda categoría.

El plan era que, el martes por la mañana, el viejo fingiera que le dolía la cabeza y se quedase en la cama.

El día anterior, Elizabeth lo había hecho memorizar el código que abría la puerta del pasillo (también se lo había escrito en la palma de la mano con unos números minúsculos, debajo de la hora de su cita, por si se le olvidaba).

Con la mayor parte del personal y de los residentes de excursión, el centro quedaría a cargo de un equipo muy reducido.

A las once menos cuarto, un repartidor de UPS —el mismísimo Maurice McKinley— entregaría un paquete dirigido a una residente fallecida.

Jane Mildred, la recepcionista, le explicaría el protocolo al repartidor, tras lo cual este le pediría que, por favor, llamara a los familiares, cosa que ella haría de mil amores.

Y, mientras la mujer estuviera al teléfono y lo bastante distraída, Garrett Wetzel se escabulliría.

—Lo que pasa es que Garrett no ha aparecido —dijo Ralph—.

Elizabeth tuvo un presentimiento cuando no le cogió el teléfono por la mañana.

Y, cuando no se presentó, le costó tres intentos localizarlo.

Resulta que se había ido a Robinsglen con los demás.

Al principio ni siquiera entendía por qué lo llamaba, de tan absorto como estaba en su partida de rummy.

Hasta que de repente grita: «¡Mierda, se me había olvidado!

». Y ¿adivina qué? El hombre se levanta como si quisiera ir a reunirse con ella en ese mismo momento, porque Elizabeth oye que uno de los celadores le pregunta a Garrett que adónde cree que va.

Tuvo que improvisar cuando el celador se puso al teléfono.

—Por Dios. Menudo lío…

Por la tarde, Elizabeth había ido a la residencia a visitar a Wetzel. Se lo había encontrado más abatido que nunca, suplicándole que se lo llevara con ella. Demasiado peligroso, por supuesto. Tendrían que esperar a la próxima vez que hubiera poco personal. La semana siguiente.

—Ralph, la semana que viene será día quince. —Luana era consciente de cómo le temblaba la voz—. ¡Eso es imposible! Hacía años que no nos retrasábamos tanto.

—Lo sé. ¿Qué quieres que haga? Ya conoces las alternativas. Lo de hoy ha sido mala suerte.

—¿Mala suerte? ¡La mala suerte empeorará día a día! ¿Cómo es posible que pensaras que ese anciano era nuestra mejor oportunidad de salir de esta?

—Luana…

Ralph empezó a hablar, pero se detuvo en seco, sorprendido al darse cuenta de que no tenía respuesta a esa pregunta.

Aquello era típico de los Días Oscuros. Podías prepararte todo lo que quisieras, pero, antes de que te dieses cuenta, ya estaban en pleno apogeo.

Los planes que te habían parecido infalibles de repente resultaban ser erróneos, y el caos que se desataba en la mente de los vecinos les impedía valorar las consecuencias.

Aquella era la debilidad de Ralph, y Luana había tocado un fibra sensible al señalársela.

Ella suspiró y lo abrazó.

—Lo siento. No sé qué me ha dado.

—Yo sí lo sé —dijo él en tono inexpresivo.

Luana se sintió vulnerable en su abrazo.

Los Días Oscuros habían comenzado como cabía esperar: fatal.

Ella lo había notado el día anterior por primera vez.

A los cinco minutos de empezar una clase sobre las relaciones geopolíticas entre Estados Unidos y Sudamérica, unos cuantos alumnos de primero la interrumpieron, confusos, y se dio cuenta de que les estaba dando una clase que correspondía a un curso superior.

A los alumnos les hizo gracia; a Luana no.

Tardó una eternidad en descargarse los archivos correctos del portal de la Jackson School of International Studies y, además, solo le valieron para darse cuenta de que estaba muy mal preparada.

Veinte minutos más tarde, durante una digresión en piloto automático acerca de la literatura brasileña contemporánea, confundió a Coelho con Amado por tercera vez, y una vivaz estudiante llamada Shane O’Mearah levantó la mano.

—¿Se encuentra bien, profesora?

—Me temo que no, Shane. Creo que me está dando una migraña.

Otra alumna le ofreció una aspirina (que no ayudó) y Shane sugirió que se saltaran la clase magistral y se limitaran a comentar El Demonio y la señorita Prym , la novela asignada para aquella semana.

Luana se las arregló para salir del paso, pero, para cuando los alumnos abandonaron el auditorio, no recordaba ni un solo argumento.

—Tengo miedo, Ralph —dijo entonces con la voz débil—. Todo esto nos viene grande. Y los niños… ¿Estaremos bien?

—Por supuesto. —Su marido le dio un beso en la frente—. Enviaremos a Kaila a algún internado de Ecuador y entregaremos a Django en adopción a los Oompa Loompas. Todo saldrá bien.

Se le escapó una risa por la nariz y le dio un palmotazo en el pecho.

—Capullo.

Le sentó bien reírse, pero Luana no podía sacudirse de encima la sensación de que el beso de Ralph había sido un tanto distante.

Y de que sus bromas eran un intento de enmascarar su propio miedo.

Quedaba una semana entera hasta el día 15.

Por lo general, se aseguraban de que el sacrificio se llevara a cabo durante la primera semana para detener la espiral descendente.

La mala suerte quedaría contenida, sería manejable y se desvanecería en cuestión de semanas.

Pero ahora tendrían que esperar hasta mediados de noviembre antes de poder empezar siquiera a frenarla.

¿Y si entonces tampoco funcionaba?

No. Era demasiado pronto para pensar así. Tenían opciones. Estaban solo a día 8.

10 DE NOVIEMbrE

Sin embargo, dos días más tarde hubo otra cosa que salió mal. Mientras revisaba unos trabajos en su despacho del campus, Luana se dio cuenta de que apenas era capaz de entender su lengua materna.

Ralph le había pedido que no fuera a trabajar ese jueves.

Estaba preocupado por ella, le dijo que las noches habían sido duras, así que ¿por qué correr el riesgo de salir a la carretera?

Pero Luana era testaruda. Le contestó que echaba de menos el bullicio del edificio, que por fin volvía a estar lleno de vida tras los años de la pandemia; odiaba la educación a distancia; podía aparcar el Optima en Microsoft, en Redmond, y coger el 542 hasta el campus para no tener que enfrentarse al tráfico de la ciudad.

Todo eso era cierto, pero no hacía falta que explicara su verdadera motivación: escapar de la opresión de Bird Street durante todo el tiempo posible.

Al final, Ralph había cedido, no porque estuviera convencido, sino porque vio que ella estaba decidida a irse.

Cuando le insistió en que tuviese cuidado, Luana vio una preocupación genuina en los ojos de su marido.

Un detalle, pero ahora mismo tendría que lidiar con ello él solo.

La clase de la mañana había ido bastante bien, pero mientras corregía esos trabajos Luana se dio cuenta de que los pensamientos se le escapaban y flotaban sobre ella, intangibles, chorreando hasta convertirse en una papilla incoherente.

Hizo tres intentos de leer un párrafo, trató en vano de comprender el significado del texto en portugués, pero pronto empezó a resentirse contra las propias palabras.

¿Qué sentido tenía toda aquella basura pretenciosa de unos alumnos que se pasaban el semestre tan tranquilos, como si noviembre no existiera, como si noviembre no fuera un cáncer que se le metastatizaba todos los años en las glándulas de la psique, que esparcía inutilidad como confeti de sangre, que lanzaba una espiral de miseria como una negrísima cinta de teletipo por el conducto de la basura de… ?

[…]

«Basta».

Silencio. Lejos.

«¡Eh! ¡Para ya!».

Luana levantó la vista cuando su despacho se materializó ante sus ojos.

¿Qué le había dado? Estaba sudando a mares.

Había estado desconectada de la realidad durante un rato.

Se apretó las sienes con la yema de los dedos.

En circunstancias normales, le habría horrorizado admitir que Ralph tenía razón: ir al campus no había sido tan buena idea.

Pero esas circunstancias no eran normales.

Lo único que quería era largarse de allí.

Avisó de que estaba enferma y de que no impartiría su clase de la tarde y cruzó el campus a toda prisa en dirección al puente de Montlake. A mitad de camino, empezó a sentir molestias en sus antiguas lesiones. Llegó al puente, pero entonces tuvo que agarrarse a la barandilla para mantenerse en pie.

Mientras contemplaba el lago Washington y la cordillera de las Cascadas, la asaltó la idea de que su pasado le estaba dando alcance.

Algún día, ya no muy lejano, se despertaría y descubriría que su segunda oportunidad no era más que un espejismo.

Que los últimos dieciocho años no eran más que un mosaico que se le había formado en la cabeza mientras se desangraba en la avenida Rebouças.