KAILA
Pensamientos nocturnos. Rover Nyholm.
Las dos y media, marcaba su móvil. «Joder». Todavía faltaba mucho para el amanecer.
Esa noche le había costado conciliar el sueño, atormentada como estaba por las dudas sobre lo que le habían contado sus padres. Quería creerlos. Pero ahora, en plena madrugada, estaba convencida de ello: no tenía ningún sentido.
Ni una puta pizca de sentido.
¿Por qué se habían puesto tan nerviosos si no?
Mamá apenas había logrado articular una frase completa.
Papá había roto a sudar. Entre el ojo derecho y la sien, tenía una vena que lo convertía en el peor jugador de póquer del mundo, y Kaila se había fijado en que no había parado de palpitarle durante toda la conversación.
Vale, los había pillado por sorpresa con el vídeo, pero eso no justificaba que se comportaran como si estuviesen chiflados.
Solo podía significar una cosa: si sus padres le estaban mintiendo, la verdad que intentaban ocultar debía de ser peor.
Peor… ¿cómo?
Peor de un millón de formas, una vez que se te disparaba la imaginación.
Dejaban que la gente muriera en aquel bosque.
Y aquello no era Breaking Bad ni Robin Hood , ¡eran sus padres!
Sus padres. El señor Ralph Lewis y la señora Luana Perreira da Silva, de Lock Haven, Washington, ni más ni menos.
Que aseguraban que llevaban a personas enfermas terminales al bosque y colaboraban con los vecinos para ayudarlas a morir con dignidad.
Un diez en idealismo, pero Kaila no creía que eso tuviera nada que ver con la ética.
De lo contrario, ¿por qué no había oído jamás ni a su madre ni a su padre expresar su opinión sobre la eutanasia?
¿O a sus vecinos? Lo había buscado en Google, pero no había encontrado nada.
Joyce Wachowski no había hablado a favor de ella en ninguna entrevista, papá no había publicado nada al respecto en el Journal of Medical Ethics , los Aikman no habían hecho ningún tipo de campaña para apoyar la Ley de Muerte Digna.
Nada de nada. Los McKinley estaban forrados.
Kaila no tenía claro cómo funcionaba la política exactamente, pero sí sabía que el dinero podía comprarlo todo.
Además, el perfil demográfico no cuadraba.
Las ideas radicales requerían medidas radicales, pero no por parte de aquel lamentable grupo de —perdón, papá; perdón, mamá— boomers estadounidenses privilegiados que vivían en Bird Street.
La gente que se rebelaba contra el sistema era joven, diversa, anarquista.
No sus padres. No sus vecinos.
Y había otra cosa. El riesgo. Papá le había dicho que, una vez que esa gente moría, los devolvían a la civilización. Pero su padre era juez. Joyce Wachowski, una escritora famosa. Laura estaba impulsando su carrera política. ¿De verdad iban a andar por ahí arrastrando cadáveres?
«No. La señora enferma del bosque. Si hubiera decidido morir, la habrían enterrado allí mismo».
De repente, la asaltó un pensamiento tan frío como un puñado de hielo.
«A veces, da la sensación de que ves cosas más allá de la valla. Cosas malas. Así que es mejor que no las miremos».
Kaila nunca había visto nada malo al otro lado de la valla. Pero, hacía dos noches, había visto algo malo cerca de su cama.
«Hay agujeros en el bosque. Agujeros profundos llenos de ramas. Ahí es donde nos llevan. Vivimos en esos agujeros, y allí todo el mundo está muerto, y queremos que vengas a vivir con nosotros para poder calentarnos con tu vida».
Le temblaban tanto las manos que necesitó tres intentos para desbloquear el móvil. Le envió un mensaje a Jax: «¿Crees en los fantasmas?». Recibió una marca de verificación gris. Claro, Jax siempre ponía el móvil en modo avión por la noche. En aquel momento, su novio no le servía de nada.
«Te estás olvidando del quid de la cuestión. No querían dejarla morir sin más, querían dejarla morir en un lugar concreto. En el bosque de detrás de la valla. En el bosque del que siempre nos mantienen alejados, al que se supone que ni siquiera debemos mirar durante los Días Oscuros».
Sí, y ¿de qué cojones iba todo aquello? No se creía que cerraran todos los postigos solo para evitar que Django y ella vieran a sus padres llevando a gente enferma al bosque. Había otras formas de conseguir ese objetivo, formas que no los harían parecer unos auténticos paranoicos.
Entonces, ¿por qué?
Kaila se levantó temblando y caminó descalza hasta el escritorio. Cogió su MacBook y lo encendió cuando volvió a la cama. Sentada con las piernas cruzadas, escribió en el buscador de Google: «Rover Nyholm». No era un nombre muy común, así que a lo mejor tenía suerte.
Rover ya le había dado respuestas antes.
Y resultó que volvería a hacerlo.
Al hacer clic en «Imágenes», Kaila pensó durante una milésima de segundo que debía de estar viendo a otro Rover Nyholm, no al chico que vivía en la casa de enfrente cuando era pequeña.
Su fotografía había aparecido en al menos una decena de sitios web de noticias; la primera de ellas acompañaba un artículo del St. Louis Post-Dispatch de 2016.
Sin embargo, en cuanto vio la mirada maliciosa del joven, sus dudas se evaporaron.
El titular decía: «Tragedia familiar en San Luis: un exmodelo dispara a sus padres y luego se suicida».
«¿San Luis? —pensó Kaila—. Así que ahí es donde fuiste a parar».
Echó un vistazo al artículo y se sintió como si las manos de su pesadilla hubieran vuelto y le estuvieran rozando la piel del cuello, los brazos, por debajo del pelo.
El resumen era que la adicción a la metanfetamina de Rover había hecho que lo expulsaran de su agencia de modelos.
La declaración de quiebra de la empresa de inversiones que poseían, Nyholm Enterprises, había llevado a sus padres a sufrir la persecución de los acreedores.
Rover había acabado de manera eficaz con ambos problemas cogiendo su rifle de caza y pegándoles un tiro en la cabeza a sus padres mientras dormían; después, se había calentado en el microondas un plato de pasta precocinada, se lo había comido sentado a la mesa de la cocina y se había reservado la última bala para el postre.
Kaila se quedó de piedra. No solo por el brutal acto de Rover —jamás había oído nada tan horrible relacionado con alguien a quien más o menos conocía — , sino también por el drástico cambio que se había producido en la apariencia del chico.
Incluso el artículo lo mencionaba, debajo de una especie de «antes y después» de dos Rovers distintos.
A la izquierda, había una foto del joven en una campaña para Davidoff: labios sensuales, piel suave y perlada de gotas de sudor, rizos estilizados.
Así era como Kaila lo recordaba: un monumento.
Pero a la derecha había una imagen fija extraída de las cámaras de seguridad de una gasolinera Exxon y tomada varios días antes de la tragedia.
A Kaila le parecía increíble que fuera el mismo.
No era solo que los ojos de Rover parecieran apagados, que su piel tuviese un aspecto poco saludable y que le hubieran salido entradas, aunque todo aquello era cierto.
Era como si la propia estructura ósea del joven hubiera cambiado y alterado su perfecta simetría.
Los pómulos prominentes habían desaparecido.
Tenía una ceja de cada manera. La mandíbula ya no era afilada.
Puede que fueran unas imágenes más que efectivas para una campaña contra las drogas, pero aquello no se debía a las drogas. Las drogas causaban otro tipo de estragos.
Rover Nyholm se había vuelto feo. A Kaila le repugnaban tales calificativos, pero no había forma de negarlo.
A pesar de que se sentía cada vez más inquieta, se puso a repasar sus fotos de modelo.
Hasta 2014, había protagonizado campañas fotográficas para grandes marcas.
Dos años después, su atractivo se había desvanecido de una forma tan exagerada que no pudo evitar pensar en Dorian Gray acuchillando su propio retrato.
Y entonces Rover había cogido su rifle de caza y había asesinado a sus padres.
Ah, y ¿en el periodo intermedio?
Se había vuelto adicto.
Su carrera se había esfumado.
El fondo de inversiones de los Nyholm se había ido al traste.
La familia se había marchado de Lock Haven en 2014, y daba la sensación de que un diablillo de la fatalidad los hubiera seguido.
Un poco como durante los Días Oscuros.
Kaila se quedó mirando la pantalla. Empezó a rascarse los brazos distraídamente, a retorcerse como si ahora las manos invisibles estuvieran por todas partes.
Era un picor que no cesaba, pero lo peor era que no estaba segura de que las manos no estuvieran allí de verdad.
Empeoró tanto que se bajó de la cama de un salto y miró a su alrededor con el corazón en la garganta.
Su habitación estaba como siempre y, sin embargo, todo estaba mal. Era el aire. El aire de noviembre, que se colaba entre las rendijas.
¿Qué era aquella cosa junto a su cama?
Nadie hablaba nunca de por qué tapaban los espejos. Pero ahora, en plena noche, con los Días Oscuros mirándola a través de los postigos, quería hablar de ello. Ojalá Jax estuviera despierto. Él era ajeno a todo aquello. Él no le mentiría.
«A veces, da la sensación de que ves cosas más allá de la valla. Cosas malas. Así que es mejor que no las miremos».
A veces veías personas en los espejos que no estaban.
Una vez, cuando tenía diez años, había visto algo malo durante la cena.
Mientras jugaba con la cuchara, girando el mango entre los dedos, la cara se le reflejaba al revés en la parte cóncava y a derechas en el dorso.
Un giro… y, de repente, tenía detrás a un hombre grotescamente alto, cada vez más cerca.
En realidad, el hombre era más bien una sombra, una forma que recordaba a la de un hombre.
Pero Kaila le había visto las manos. Y le había visto los ojos.
Entre alaridos, había dejado caer la cuchara. Cuando se volvió, no había nadie a su espalda. Pero mamá y papá no le habían dicho que se lo había imaginado todo, como se suponía que debían hacer. Al contrario, compraron unos cubiertos negros y opacos.
A veces, los reflejos mostraban a quien se hallaba detrás de alguien.
Y con lo que Kaila sabía ahora…
Sus padres llevaban a gente al bosque para ayudarla a morir con dignidad. Pero ¿cómo podía ser digno, cómo podía ser bueno, si esas personas volvían para atormentarlos?
Kaila clavó la mirada en la cama. La cosa de debajo de la funda nórdica no había sido un reflejo, pero ella había usado el espejito de bolsillo justo antes de que sucediera.
Se humedeció los labios secos y se fijó en la mesita de noche. El espejo seguía allí, escondido bajo su libro.
Obedeciendo a un impulso, lo agarró.
Necesitaba saberlo.
Si querían que los vieran…, también querrían que los escucharan.
Con cautela, preparada para cualquier cosa, volvió a la cama, se acurrucó en un rincón y abrió el espejo muy despacio. El reflejo le mostró las vigas del techo. Los rincones oscuros del desván. El escritorio, la escalera. Luego, lo giró un poco más y se vio a sí misma.
Estaba hecha un asco. Pálida. Sudorosa. Asustada.
Kaila dedicó los diez minutos siguientes a girar el espejo en todas las direcciones posibles, lo utilizó para registrar el desván.
Contenía la respiración, convencida de que en cualquier momento se encontraría con una figura en algún recoveco sombrío.
No se atrevió a volver a orientar el espejo hacia sí misma.
Aunque estaba aplastada contra la pared, todas y cada una de las películas de terror que había visto le habían enseñado que habría algo espantoso acechando a su espalda.
Algo que quizá le posara las manos pálidas sobre los hombros.
Que tal vez sostuviese un cuchillo de cocina entre los dedos.
«La próxima vez, hazte un corte un poco más profundo. Hazte un buen agujero hondo y oscuro en el vientre; luego, métete dentro y ven a vivir con nosotros».
Pero allí no había nada y, al cabo de un rato, empezó a sentirse ridícula.
Guardó el espejo de bolsillo, se tumbó y se tapó con las mantas. Decidió dejar encendida la lámpara de la mesilla, porque, por absurdo que fuera estar pensando en fantasmas, no quería quedarse sola con ellos en la oscuridad.
Allí estaban pasando cosas. Cosas que no entendía, que tenían que ver con sus padres. Kaila decidió seguir investigando hasta descubrir la verdad. Y, para eso, tenía que estar a tope.
El entumecimiento —la absoluta desesperación de perder el contacto con su cuerpo, como le había ocurrido justo antes del incidente del cuchillo de patatas— era mucho más aterrador que su habitual depresión de los Días Oscuros.
Más aterrador que cualquier aparición. No quería volver a experimentarlo jamás.
Por eso, desde la noche anterior, había empezado a esconderse bajo la lengua la pastilla que le daba su padre para poder escupirla en cuanto él se iba.
Litio.
Odiaba esa porquería.