Días oscuros RALPH #3
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RALPH #3

La morbosa fascinación de Kaila por la muerte había asomado la cabeza por primera vez cuando era muy pequeña.

A los cinco años, Amy Masutani, su profesora de infantil en el Colegio de Educación Infantil y Primaria Carnation, los llamó un día de principios de noviembre porque Kaila había querido suicidarse.

Era una niña adorable y alegre, les dijo Amy, compartía su almuerzo con los amigos y separaba las peleas en el patio, pero aquella mañana se había sentado en el alféizar de la ventana y había dicho que quería saltar.

Amy parecía consternada. No había de qué preocuparse, era una ventana abatible que no se abría lo suficiente, pero no había sido un simple impulso ni algo extraño que hubiera dicho solo por rebeldía, como a veces hacen los niños.

Kaila le había asegurado que no le importaría nada morir.

A Amy sí le importaría, le había dicho; le importaría mucho.

Kaila había respondido que sentiría pena por su mamá y su papá, pero no por ella misma, porque ya no estaría allí para sentir nada.

Entonces entró en escena Jen Okafor. Le había diagnosticado un trastorno bipolar y le había recetado Prozac. Después litio.

—Lo que da más miedo es la naturalidad con la que saca el tema —comentó Luana una vez durante una revisión en la consulta de Jen—.

Tiene seis años, está dando volteretas por el salón y dándole abrazos a su hermanito, que está metido en el parque.

Y, un momento después, te suelta con total naturalidad que se va a colgar de la barandilla de la escalera con el vestido de mamá.

¡Como si estuviera hablando de los dibujos de los Bubble Guppies!

Le decimos que no tiene gracia, que no tiene ninguna gracia…

Pero ¿cómo se supone que debemos responder a algo así?

—Es una niña —le había contestado Jen—. Es curiosa. Aunque el objeto de su curiosidad nos preocupe, no podemos culparla por ser curiosa.

Pero entonces había empezado a aparecer su cara de noviembre, que se elevó como una luna fría, que acabó con la inocencia.

En su duodécimo ciclo de Días Oscuros, Kaila se había tragado un paquete entero de analgésicos con una lata de Cherry Coke.

Puede que como intento de suicidio no fuera muy eficaz, pero sí lo suficiente como para aterrorizar a sus padres.

Eso hizo que Ralph tomara dolorosa conciencia de dos cosas.

Una, que las personas con trastorno bipolar corrían un riesgo de suicidio muy elevado. Y dos, que era algo de familia.

«Frank no fue capaz de lidiar con ello, ¿verdad?

Cuando mamá y papá le revelaron la verdad, decidió que no quería saber nada del asunto y se subió al tejado.

Saltó de cabeza, directamente contra el camino de entrada.

Al mismo puñetero tejado bajo el que duerme Kaila…

Otro secretito sucio que nunca le has contado, ¿eh?

Al mismo puñetero tejado desde el que Kaila grabó el vídeo.

Y ¿cómo crees que va a llevarlo tu hija cuando sepa toda la verdad, teniendo en cuenta su sentido de la justicia? ».

El único consuelo era que ocurría solo en noviembre. Mientras lograran controlar los momentos más duros de sus episodios depresivos con la medicación, Kaila tenía un año entero para recargar pilas. Hasta Jen lo sabía.

—Lo más extraño de la depresión de Kaila —les dijo una vez— es su carácter estacional.

El trastorno afectivo estacional existe, pero, por alguna razón, ella siempre se recupera antes de Navidad, mientras que casi todos los demás pacientes tienen que esperar hasta la primavera, cuando los días son más largos.

Hay que dar con algún modo de fortalecer a Kaila contra los días más cortos de finales de año.

«Ya lo intentamos, Jen —había pensado Ralph—. Créeme. Hacemos sacrificios todos los años».

Hacia las tres de la tarde, Ralph salió a ayudar a Marc Wachowski a cercar una parte de la parcela de las alpacas.

Había recibido una llamada de Steve Reuman, un asesor jurídico del juzgado, que lo había invitado a jugar un partido de squash.

A Ralph le apetecía mucho ir, pero había rechazado la oferta.

El squash era algo que convenía evitar en noviembre si no querías sufrir un desgarro muscular o dislocarte un hombro.

Pero ayudando con la valla al menos haría algo de ejercicio.

Marc le preguntó de inmediato si se había enterado de lo de Mary Beth Lambert, la mujer de Canadá. No, con todo lo que había pasado en casa, se le había olvidado consultar Vember. Resultó que Gray tenía malas noticias.

—Consiguieron interceptar las pastillas sudamericanas —explicó Marc—, pero todo se fue al garete cuando la mujer quiso recoger el paquete y Elizabeth intentó hablar con ella.

—Uf. ¿Qué pasó?

—Entró en pánico y se puso a gritar. Tuvieron que largarse porque empezaron a abrirse puertas por todas partes.

Ralph silbó, pero en realidad no le sorprendía. Aquel plan había tenido demasiados inconvenientes desde el principio. Él tenía las esperanzas puestas en Garrett Wetzell, el viudo de ochenta y seis años de Bellevue. Se suponía que iban a reunirse con él el día 8.

Marc bajó la voz:

—¿Has visto esto?

Levantó el móvil. Mostraba las imágenes de la cámara de seguridad que Laura y Gray tenían en el camino de entrada: Bird Street de noche. La grabación era del 2 de noviembre a las 21:58. Ralph reconoció al instante al hombre trajeado que caminaba por la línea central.

—Fíjate, viene del sur —dijo Marc—. Aquí está justo delante de tu casa, camino de la de los McKinley.

Pero mira esto. —El segundo vídeo procedía de la cámara de seguridad del propio Marc.

Mostraba el extremo sur de Bird Street hasta la casa de Ralph—.

He visto todo lo que se grabó entre las 21:50 y las 22:10. Niente .

Marc hizo avanzar el vídeo. Nada, solo lluvia agitada por el viento. No había ni rastro del hombre del traje.

Con suavidad pero con firmeza, Ralph apartó el teléfono de Marc. ¿Qué quería que le dijera? No tenía sentido obsesionarse con qué era el Contable. Hacía mucho tiempo que habían superado ese punto.

Trabajar al aire libre montando la valla le despejó la mente.

Clavaron varios postes en el suelo con un martillo de goma y los dos se pusieron guantes para colocar el alambre de púas con gran cuidado.

Liam volvió a casa del colegio y se llevó a las alpacas al fondo de la parcela para que pudieran cerrar el hueco.

Ralph no hizo ningún comentario sobre lo que había ocurrido esa mañana, y el chico pareció aliviado de ahorrarse una bronca de su padre.

Cuando terminaron, Ralph había recuperado parte de la euforia de la mañana.

Contempló las laderas boscosas que había detrás de su casa y pensó: «Todo va bien. Estamos bien».

Sin embargo, se vio obligado a reconsiderarlo cuando llegó a casa y Luana le contó lo que le había pasado a Django. El niño estaba acurrucado en una esquina del sofá, inconsolable, con las manos envueltas en vendas.

Había visto algo malo en el piano. Y Luana también.

Dios mío…, la superficie del Steinway era reflectante. Se habían olvidado de cubrirlo.

«Ves que se les nubla la mirada y que el cuerpo se les relaja. Y luego ya no están».

Ralph se estremeció, pero mantuvo la compostura. Mala suerte para Django: el Steinway estaría prohibido durante el resto del mes.