RALPH #2
La mente de Ralph iba a mil por hora. En primer plano, había un destello de rabia. Kaila había roto las reglas. Había subido al tejado, mirado hacia el patio trasero. Eso habría que discutirlo, sin duda… Pero primero tenían que cerrar las compuertas. Si es que seguía existiendo esa opción.
—Cariño… —dijo despacio—. ¿Has hecho algo con ese vídeo? ¿Se lo has enseñado a alguien?
—No.
—¿Ni siquiera a Jax? ¿No se lo has contado a nadie?
—No. ¿Qué está pasando, papá? Tengo miedo.
Ralph sopesó sus palabras con cautela.
—No tengas miedo, Kaila. Y gracias por haber esperado para hablarlo ahora que tu hermano está en el colegio.
Es demasiado pequeño para entenderlo. Tú ya eres lo bastante mayor, y por eso íbamos a contártelo después de los Días Oscuros.
Cuando todos estemos preparados para encajar los golpes un poco mejor, ya sabes.
—Ralph… —comenzó Luana, pero él levantó una mano.
Odiaba interrumpirla, pero, si dejaban traslucir la más mínima duda o empezaban a contradecirse, no habría forma de salvar la situación.
Le tomó una mano a Kaila y dijo:
—La mujer que viste se llama Ann Olsen Dickinson.
Tiene cáncer de cuello uterino en estadio 4, lo que significa que se le ha extendido a otras partes del cuerpo.
Los médicos le han dado unos dos meses de vida, pero la señora Olsen Dickinson tiene muchísimos dolores y sabe que eso solo empeorará hacia el final.
Así que decidió tomar cartas en el asunto.
—Es lo que me imaginaba. —Se enjugó las lágrimas con la palma de la mano—. Que le estabais concediendo su último deseo o algo así.
—Así es, Kaila. Y su último deseo era morir aquí. Sin dolor, cuando ella lo decidiera.
La chica le lanzó una mirada confusa.
—¿Está muerta?
—No. Cambió de opinión. Pero le ofrecimos la opción.
—Espera. ¿Queríais ayudarla a morir?
—Así es. ¿Alguna vez os han hablado del suicidio asistido en el colegio?
—No que yo recuerde…
Arrastraba las palabras. Parecía desconcertada. Quizá fuera una buena señal, puesto que haría que su mente fuera más maleable.
—Si las personas con enfermedades terminales así lo desean, la Ley de Muerte Digna de Washington les permite solicitar un barbitúrico letal.
Se trata de una combinación de medicamentos que pueden ingerir para acabar con su vida.
De nuevo, siempre que ese sea su deseo explícito.
Pero hay muchas condiciones, como que su médico no puede estar presente ni ofrecer ningún tipo de asistencia activa cuando lo hagan.
En ese caso, se trataría de eutanasia, y eso es ilegal.
Es un auténtico avispero ético, la verdad.
—¿Por qué?
—Por la Iglesia, sobre todo. —Guardó silencio un instante antes de añadir—: Y la extrema derecha.
—Uf.
Había sido una jugada calculada. Kaila acababa de experimentar su despertar político, aunque la era Trump la había empujado, como a la mayoría de sus pares de la Generación Z, hacia una especie de evolución liberal acelerada.
Ralph recordaba haber bromeado con Luana acerca de que la mitad de la clase de Kaila era bisexual o de género fluido.
Su mujer le había dado un puñetazo, pero también se había reído, porque era cierto.
A veces se preguntaba dónde habían estado todos aquellos chicos y chicas cuando él era joven, lo que le hacía darse cuenta de dos cosas a la vez: la limitación de sus propias opiniones sobre el tema y que hablar con Kaila de ello era un embrollo retórico.
En resumen: su hija odiaba cualquier cosa que oliera a conservadurismo.
Buena chica, y ahora eso podría beneficiarles.
—Bueno, nosotros creemos que la Ley de Muerte Digna no tiene el alcance suficiente, aunque Washington sea más progresista que casi todos los demás estados.
Todavía hay muchos pacientes a los que no cubre aunque su deseo expreso sea acabar con su vida.
La señora Olsen Dickinson es una de esas pacientes.
Su médico de cabecera la ha declarado mentalmente incapaz a petición de su marido, por motivos religiosos.
Es una verdadera tragedia, porque, en la práctica, la están obligando a sufrir.
—Menudo gilipollas —murmuró Kaila.
—Yo consideraría emplear otro vocabulario, pero, sí, me alegro de que digas eso.
Consideramos que es inhumano. Así que, hasta que nuestra sociedad evolucione más en este aspecto, los vecinos de la calle hemos decidido ayudar a las personas como la señora Olsen Dickinson.
Las llevamos al bosque que hay detrás de la valla y les ofrecemos los medios para que fallezcan en paz.
Silenciosamente fascinado, observó el cambio que se producía en el rostro de Kaila: el miedo se transformó en una risita minúscula e insegura, teñida de una admiración evidente.
«Joder —decía—, mis padres forman parte de una especie de guerrilla suburbana que podría ser aún más woke que el BLM y Alexandria Ocasio-Cortez, y ni siquiera puedo contárselo a mis amigos».
Pero entonces captó la mirada de su mujer, que le recordó al instante que la estaba manipulando. Era repugnante, sin duda. Aunque ¿acaso tenían otra opción?
Luana aportó su granito de arena:
—Estamos convencidos de que hacemos lo correcto, cariño. Siento que hayas tenido que enterarte así.
—Entonces…, ¿todo el mundo está implicado?
—Los Wachowski, los Aikman y los McKinley, sí —contestó Ralph—. La heroica Comunidad Vecinal de Bird Street.
Kaila no se rio.
—Pero ¿por qué ahí?
—Porque es ilegal, claro. Por eso te preguntaba si le habías enseñado el vídeo a alguien. Si la gente se enterara de lo que hacemos en el bosque, tu madre, los vecinos y yo no solo perderíamos nuestro puesto de trabajo, sino que iríamos a la cárcel. ¿Lo entiendes?
La chica asintió despacio. La explicación era insuficiente —¿por qué adentrarse en el frío del bosque cuando podían usar la casa de los McKinley?
—, pero Ralph albergaba la esperanza de que Kaila estuviera demasiado abrumada como para darse cuenta de eso.
Y debía de estarlo, porque en vez de insistir en el tema preguntó:
—¿Alguna vez habéis ayudado a alguien a morir allí de verdad?
Luana asintió.
—Sí. Siguiendo su expreso deseo.
—A lo mejor es una pregunta tonta, pero ¿qué hacéis con ellos una vez que están muertos?
—No es una pregunta tonta —dijo Ralph—. Lo ideal es trasladarlos de nuevo al lugar del que vinieron y hacer que parezca que han muerto por causas naturales.
—Aquella fue su primera gran mentira—. Pero eso no siempre es posible, claro, ya que algunos residen en hospitales de cuidados paliativos y demás.
En ese caso, los dejamos en algún lugar cercano, como si hubieran muerto al salir a dar un paseo.
Una llamada anónima garantiza que no los dejen demasiado tiempo a la intemperie.
—Quizá no debamos extendernos demasiado en los detalles —dijo Luana, como si le hubiera leído el pensamiento—. ¿Qué te parece todo esto, Kaila? ¿Qué opinas de lo que papá acaba de contarte?
—Creo que es algo bueno —reflexionó—. Todavía estoy un poco…
—Necesitas asimilarlo, ¿no?
—Supongo que sí.
—Es más que comprensible.
Kaila abrió el vídeo en el móvil y pulsó el icono de la papelera. Después, fue a la carpeta de archivos eliminados y lo borró definitivamente. Les mostró la pantalla.
—Ya no está.
—Gracias, cielo —dijo Ralph, y le dio un abrazo que ella permitió a modo de excepción—.
Nuestra puerta está siempre abierta para ti si quieres hablar de ello.
Puedes acudir a nosotros con cualquier cosa.
Pero necesitamos que nos prometas que no hablarás con nadie más de esto.
Ni siquiera con Jax. Nuestro futuro depende de ello.
—Te lo prometo, papá. —Se giró hacia su madre—. Creo que ahora sí me apetece una infusión.
A media tarde, Ralph recibió la confirmación de que sus medidas de control de daños habían sido un éxito.
Kaila volvió con una pregunta, pero no, como él se temía, sobre la relación entre los Días Oscuros y las personas a las que ayudaban a morir en el bosque.
Le preguntó qué se sentía al ver morir a alguien.
—Siempre tiene un impacto profundo —respondió con sinceridad—.
Sobre todo la primera vez, pero nunca desaparece del todo.
Supongo que es normal. Aun así, no tiene por qué ser algo horrible o que dé miedo.
Hay cierta dignidad en ver a alguien dejar atrás su vida cuando ha llegado al final.
Aunque, por supuesto, solo he visto morir a personas que estaban en paz con su decisión.
«Ah, ¿sí? ¿Lo están?», le preguntó una vocecita tóxica en su cabeza.
—¿Alguna vez pasan miedo? —preguntó Kaila—. ¿Se les nota en los ojos que les duele? ¿O que ven algo que los asusta?
—¿En el momento de la muerte, quieres decir?
—Sí.
—No. —Eso no era mentira. Al menos, no del todo.
Lo cierto era que, por lo general, tenían los ojos cerrados debido a que el tiopental los había dejado dormidos antes de que los vecinos les inyectaran el relajante muscular letal.
Cuando la gente elegía otro método (algunos lo hacían), el bosque solía estar demasiado oscuro para verles los ojos—.
Ves que se les nubla la mirada y que el cuerpo se les relaja. Y luego ya no están.
—Vale.
«Pero eso tampoco te lo crees del todo, ¿verdad?», insistió la voz, aunque esta vez él la acalló a la fuerza.
Ralph se planteó si habría hecho lo correcto al contarle aquello a su hija, pero Jen Okafor, la terapeuta de toda la vida de Kaila, les había asegurado que, cuanto más naturales fueran sus conversaciones sobre la muerte, menos poder le conferirían al tema.