RALPH
Pérdida de control. Una conversación con Kaila.
Malas noticias desde Canadá.
—¡Cielo santo, Liam!
El niño se quedó mirándolo, con la bicicleta de montaña paralizada en pleno derrape. Un pie sobre el asfalto, el casco torcido, la mochila colgándole sobre el trasero.
—Por poco, hijo. ¡Estabas en medio de la carretera!
—Lo siento, no he mirado…
«No, estabas haciendo el tonto —pensó Ralph—. Te he visto haciendo un puto caballito».
—Por favor, ten cuidado, Liam. Es muy peligroso, sobre todo ahora. La próxima vez no tendrás tanta suerte y, créeme, no ganarás a un coche.
—Lo siento, señor Lewis.
Liam estaba deseando largarse. Arrancó a toda prisa y se dirigió al lado derecho de la carretera. Ralph lo miró mientras se alejaba.
«Iba demasiado rápido con el coche. Muy por encima del límite de velocidad. Podría haber matado a un niño. Tiene la misma edad que Django. Esta vez me he librado, pero podría haber sido peor».
Se había abalanzado sin que se diera cuenta.
Como un depredador. Al despertarse, Ralph se sentía muy bien con cómo había terminado su salida con la señora Olsen Dickinson el otro día.
Habían hecho lo correcto. Mientras contemplaba las motas de polvo que flotaban por el dormitorio, se sintió preparado para lo que se avecinaba.
Cuidaría de Luana y de los niños y se ocuparía de sus propios problemas.
Se habían precipitado con Kaila, pero ya había quedado atrás.
«Y, aun así, te has pasado por Remlinger’s y has cogido una botella de Smirnoff de la nevera.
Como un borracho cualquiera, comprando alcohol a primera hora de la mañana.
Jody te ha envuelto la botella en una bolsa de papel sin decir nada, como si no esperara nada mejor de ti.
No te la has bebido, todavía no, pero tienes la boca seca y quieres enjuagártela, ¿a que sí?
Y lo peor es que ni siquiera te has dado cuenta».
Ralph se dejó caer en el asiento del conductor y se frotó las mejillas despacio. Había sido un impulso. No lo había pensado bien.
—Cielo santo —susurró, esta vez para sí.
Giró hacia el camino de entrada de su casa y apagó el motor.
En el garaje, vació la botella en el fregadero y enseguida se sintió mejor.
Luego cruzó la calle y llamó al timbre de los Wachowski.
Joyce le abrió la puerta. Le contó lo que había pasado, pero omitió la parte de que él iba circulando con exceso de velocidad.
—¿Qué opinas? ¿Deberíamos empezar a llevar a los niños al colegio en coche? Podríamos turnarnos.
Joyce parecía distante, se frotó la cara.
—Sí, lo que tú consideres mejor, Ralph.
Por lo general, empezaban a llevar a los niños en coche a comienzos de la segunda semana.
Aunque no durante mucho tiempo: al inicio de la tercera, la mayoría de ellos se quedarían en casa como si estuvieran enfermos.
Pero nunca se era demasiado precavido. Los niños estaban en una posición vulnerable aquel mes.
«Ella tampoco estaba preparada —pensó mientras volvía a cruzar la calle hacia su casa—. Todos estamos desvariando, pero solo lo reconocemos en los demás, no en nosotros mismos. Nunca dudamos de nuestros propios actos, ni siquiera mientras nos precipitamos al abismo».
Ralph contempló la pálida luz otoñal que se derramaba sobre el bosque.
Aquel sistema de apoyo tácito solo era eficaz hasta cierto punto.
Por supuesto, intentaban cuidarse unos a otros.
Elizabeth Aikman hacía rondas con galletas caseras o nueces de su árbol para ver cómo estaban los vecinos.
Dorothy McKinley enviaba un GIF de gatitos todas las mañanas, con mensajes como «¡Buenos y maulladores días!
¿Todo bien por ahí?». No a través de Vember, la aplicación que Gray había desarrollado para que intercambiaran mensajes cifrados, sino en el grupo de WhatsApp del barrio.
A veces bastaba con eso para recordárselo a todos.
Al menos durante un tiempo. No obstante, había un punto crítico en el que todos los sistemas fallaban. Los Días Oscuros se amontonaban, se acumulaban, y entonces era la ley de la selva.
«¿Cuánto nos falta para llegar a eso?».
A media mañana, Kaila bajó las escaleras con cara de preocupación. Eso debería haberle dado a Ralph una pista de que las cosas estaban yendo a peor.
Si no tenía clase ni entrenamiento en la piscina, y no era noche de peli ni de juegos, Kaila era la típica adolescente que apenas salía de su cuarto.
Y, si lo hacía, no era para mantener un tête-à-tête con sus eminentes mater y pater , desde luego.
Pero en ese momento se sentó en el sofá, donde Ralph intentaba (sin éxito) concentrarse en un libro electrónico: Ciudad de las nubes , de Anthony Doerr.
La imagen de Liam al aparecer de golpe delante de su coche no dejaba de fastidiarlo.
Quizá Doerr fuera demasiado intenso para noviembre. Mejor limitarse a Netflix.
—Hola, papá —dijo.
Él soltó el iPad.
—¿Qué pasa, cariño?
—Nada.
Pero su expresión indicaba lo contrario.
Se mostraba cautelosa, tenía los labios algo azulados y unas ojeras oscuras bajo los ojos.
No parecía uno de los habituales cambios de humor que a veces precedían a sus episodios depresivos.
A lo largo de los años, habían aprendido a reconocer e incluso a predecir las fases de Kaila, a pesar de que iban modificándose con sutileza a medida que crecía.
Una vez, Luana comentó que parecía que tuvieran dos hijas.
Estaba la niña dulce y alegre a la que ambos adoraban.
Esa Kaila era divertida, cariñosa, siempre en busca de afecto.
Vale, al mismo tiempo era muy sensible y carecía de amortiguadores emocionales, lo que le provocaba crisis de sobrecarga sensorial y sobreestimulación mental, pero Ralph también admiraba esa cualidad porque permitía que Kaila encontrara belleza en cualquier cosa y que afrontase la vida con un asombro sincero, como si siempre estuviera bajo los efectos de alguna droga un tanto alucinógena.
Pero luego estaba la otra hija. Y era la niña más oscura y rara que pudieras imaginarte.
Era como si un viento frío comenzara a aullar detrás de la preciosa carita de Kaila y se llevara por delante todo lo que era bueno.
Los labios se le ponían flácidos; las mejillas, pastosas.
Daba la sensación de que los ojos se le hundieran en las cuencas.
Se convertía en una persona con la que era imposible conectar, como si alguien hubiera accionado un interruptor en su interior.
Ralph y Luana lo llamaban su «cara de noviembre».
Solo la veían durante los Días Oscuros.
Pero aquello no era lo mismo. Pasaba algo más, y a Ralph se le revolvió el estómago.
—Mamá me dijo que anoche estabas un poco aturdida cuando te fuiste a la cama. ¿Pasó algo?
—No.
—¿Te está afectando?
—Estoy bien. —Jugueteaba con el cordón de la capucha de la sudadera, enrollándoselo alrededor de un dedo—. ¿Dónde está mamá?
—En la cocina, preparando una clase.
«Y creo que quieres que la llame para que venga». Pero no se lo dijo. Si era demasiado directo con Kaila, se cerraría en banda. Esta vez, su contención dio resultado de inmediato.
—¿Podría venir un momento? —preguntó Kaila casi con indiferencia.
—Voy a buscarla.
Se dirigió hacia la cocina, pensando: «Algo relacionado con Jax. O con los cortes. Tiene que ser eso». Aun así, Ralph se dio cuenta de que se sentía anormalmente nervioso, y Luana también lo percibió. Cuando cruzó el umbral del salón, le preguntó:
—Cariño, ¿qué pasa? ¿Te encuentras mal?
Kaila no dijo nada.
Ralph volvió a ocupar su plaza en el sofá, pero dejó espacio para que Luana se sentara a la izquierda de su hija. Sin embargo, no lo hizo: se quedó merodeando junto a la puerta, vacilante.
—Espera, voy a prepararte una infusión. Te sentará bien.
Se dio la vuelta, pero Kaila le espetó:
—¡Mamá, por favor, siéntate, estoy intentando deciros algo! No quiero tu dichosa infusión.
Luana y él intercambiaron una mirada. En circunstancias normales, la habrían reprendido por un arrebato así, pero en esa ocasión Luana se sacudió las manos y se sentó a su lado, rodeándola con un brazo.
—Lo siento, Kaila, aquí estoy. ¿Qué pasa?
La chica rompió a llorar.
—Ay, cariño, ¿qué ocurre? ¿Estás pensando en cosas malas? ¿El cuchillo?
—¡Mamá!
—Entonces, ¿qué es? ¿Qué querías decirnos?
Por fin, las barreras de Kaila se rompieron:
—No lo entiendo —farfulló entre lágrimas—. Me habéis mentido. Dijisteis que nunca me mentiríais, pero lo habéis hecho.
—¿En qué?
—Y no lo entiendo. Quería creer que era algo bueno, pero entonces ¿por qué ibais a mentirme al respecto?
—¿Mentir respecto a qué, Kaila? —insistió Ralph.
—Ayer.
Se sacó el teléfono del bolsillo y pasó el dedo por la pantalla para desbloquearlo.
Ya antes de que su hija empezara a reproducir el vídeo, Ralph sintió que un cable ardiente empezaba a palpitarle detrás de la frente, como el filamento de una bombilla antigua, que se encendía de golpe y luego se apagaba.
Eran ellos. Los buenos samaritanos de Bird Street. En el patio trasero de los McKinley, con Ann Olsen Dickinson en el palanquín.
Kaila los había visto. ¿Cómo demonios era posible?
—Ay, cielo —dijo Luana, consternada—. Cariño, debiste de asustarte un montón. Se suponía que no debías verlo.
Ralph intentó captar la atención de Luana y, al ver que no funcionaba, estiró un brazo por detrás de Kaila para tocarle el hombro.
El corazón le retumbaba en el pecho, pues sabía que cualquier cosa que dijeran a continuación sería de vital importancia.
No estaban preparados. Tenían planeado contárselo a Kaila cuando llegara el verano, cuando estuviera hipomaníaca y feliz y pudieran administrarle la verdad en pequeñas dosis.
No así. No durante los Días Oscuros y no en el estado en que se hallaba.
—¿Quién era la mujer enferma, papá? ¿Qué hacíais en el bosque?