Días oscuros KAILA #5
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KAILA #5

Se lo comieron sentados a la mesa de la cocina, los cuatro metiendo la cuchara en el mismo recipiente.

Django dijo que Noah, Liam y él se habían acostado tan tarde la noche anterior que por la mañana habían estado a punto de quedarse dormidos en clase y la señora Buckner había perdido la paciencia con ellos.

Papá le preguntó cómo le había ido a ella en casa de Jax, y Kaila le dijo que bien, pero que estaba cansada y había decidido volverse temprano a casa.

—Estaba arriba cuando llegué —intervino su madre—. Te has echado una siesta, ¿no?

Sin dejar de observar con atención las miradas que intercambiaban sus padres, Kaila asintió. La pregunta había sido extrañamente específica. Como si intentara tranquilizar a papá.

—Qué bien, cariño —dijo él. Sonrió—. ¿A quién le apetece jugar una partida de Jenga?

Django, tan entusiasta como siempre, sacudió la cuchara, lo llenó todo de helado y gritó:

—¡Síííííí!

Papá se echó a reír, mamá le pasó su servilleta.

—Pues trae la caja. Y recoge eso. Y límpiate la boca.

—¿Y qué tal tú? —le preguntó Kaila a su padre—. ¿Cómo te ha ido el día?

—Normal. He ido al juzgado.

—¿No se supone que estás de permiso sabático?

—Sí, pero quería recoger unos expedientes que me había dejado Miriam. Puedo leerlos en casa durante las próximas semanas.

—Vale. —Kaila chupó el helado de vainilla que tenía en la cuchara hasta que solo quedó un trocito de masa helada—. ¿Has visto a alguno de los vecinos?

—¿A los vecinos? ¿Por qué?

—Por nada. ¿No celebrasteis anoche vuestra cena misteriosa?

—Ah, eso. —Papá sonrió de oreja a oreja, pero mamá no. Estaba concentrada en juguetear con su chaleco—. Lo pasamos bien. Comimos y bebimos demasiado. —Se dio unas palmaditas en el estómago—. Como siempre. Tendré que pasarme un mes comiendo apio.

Su padre estaba mintiendo. Y su madre lo estaba cubriendo. Llevaba toda la noche actuando de forma extraña, y a ella no se le daba tan bien disimularlo como a papá. Con eso, toda la historia que Kaila se había inventado para explicar lo que había visto se desmoronó.

Si se tratara de algo inocente, ¿por qué iba a ocultárselo?

«A veces, da la sensación de que ves cosas más allá de la valla. Cosas malas. No son reales. Así que es mejor que no las miremos».

Que sus padres mintieran al respecto cambiaba el planteamiento.

¿Debía enfrentarse ya a ellos y enseñarles el vídeo?

Sin embargo, tenía claro que eso desembocaría en una discusión.

Los Días Oscuros ya habían empezado, y no quería hacerlo con Django por allí.

Además, quizá hubiese una explicación lógica, una que ella no alcanzaba a ver o a entender aún porque no la conocía.

«Espera hasta mañana».

Pero ahora todo era distinto. Jugaron al Jenga y todo parecía normal, aunque nada era normal.

A Kaila le temblaban los dedos y fue la primera en hacer que se derrumbara la torre.

Papá y Django se partieron de risa, mamá dio una palmada.

Ella se rio con benevolencia, pero solo era capaz de pensar en la mujer enferma con la boca flácida.

Y al final la noche se volvió casi normal, porque, si fingías durante el tiempo suficiente, te acostumbrabas a cualquier cosa. Jugaron seis partidas y se lo pasaron bastante bien, hasta que mamá dijo que Django debía prepararse para irse a la cama.

—Venga, una más… —suplicó él.

—No insistas. Anoche te quedaste despierto hasta muy tarde.

Un suspiro teatral.

—Vaaale.

—Ahora subo a ayudarte con las sábanas. Las he quitado y las he metido en la lavadora. Las tuyas también, Kaila.

—Gracias, mamá. Cuando Django termine con la ducha, yo también me daré una rápida. Llevo toda la noche con frío.

—No te estarás poniendo enferma, ¿verdad, cielo?

—No.

Tenía frío por otras razones.

Después de ducharse, se puso la camisola de dormir —«namast’ay in bed», decía— y, tras envolverse el pelo en una toalla, subió las escaleras hacia su dormitorio.

Llevaba su espejito de bolsillo en la mano derecha.

Era del todo imposible pasar un mes entero sin espejos, así que Kaila también se pasaba alegremente por el forro aquella norma.

Cuando llegó arriba, se encontró un fantasma junto a su cama.

Durante un segundo, le picó el cuero cabelludo como si un viejo miedo infantil se lo hubiera mordido con sus pequeños dientes helados. Luego vio que era su madre. Le había dado la vuelta a la funda nórdica de satén rosa y se había metido dentro. Ahora sujetaba las esquinas desde el interior.

—Pásame el edredón, así será más fácil —dijo.

El fantasma apretó dos veces las manos.

—Vale, un segundo.

Metió a toda prisa el espejo debajo del último libro de V. E. Schwab, que descansaba en la mesilla.

—Sé lo que has visto —dijo mamá desde dentro de la sábana.

Kaila se quedó paralizada.

—¿Cómo dices?

—Lo que has visto hacer a papá. Se suponía que era un secreto, pero sé que lo has visto, así que ya no lo es. Una pena. Ahora tendremos que pensar en otra cosa.

Kaila no sabía qué decir. Su madre estaba inmóvil a los pies de la cama, como un fantasma de Halloween sin agujeros en los ojos.

Había bajado las manos de la sábana cuando su hija le había dado la espalda un momento para esconder el espejo.

De repente, Kaila empezó a sentirse incómoda porque la oía hablar, pero no le veía la cara, así que levantó el edredón de la cama a toda prisa y buscó las esquinas para que aquello acabara cuanto antes.

—Creo que no lo entiendo —dijo, inquieta—. ¿Qué secreto?

—No hay ningún secreto. Supongo que me lo he inventado.

Kaila arrastró el edredón hacia el fantasma. Se le había puesto la piel de gallina.

—Entonces, ¿qué he visto? —preguntó, y luego, como su madre no se movía, añadió—: Toma, ya tengo las esquinas.

El fantasma levantó las manos. Kaila le puso las esquinas en ellas.

El fantasma cerró las manos en torno a sus muñecas.

—Hay agujeros en el bosque —dijo mamá, pero ya no era su voz la que salía del interior del edredón.

Era la voz de una completa desconocida: áspera y ronca y sucia y furiosa—.

Agujeros profundos llenos de ramas. Ahí es donde nos llevan.

Vivimos en esos agujeros, y allí todo el mundo está muerto, y queremos que vengas a vivir con nosotros para poder calentarnos con tu vida.

Kaila se quedó sin aire en los pulmones. Sintió un hormigueo en la piel, como si la estuvieran pinchando con agujas heladas por todas partes. Intentó zafarse, pero no pudo. La presa de la sábana era como la de una llave de hierro.

—La próxima vez, hazte un corte un poco más profundo —dijo—. Hazte un buen agujero hondo y oscuro en el vientre; luego, métete dentro y ven a vivir con nosotros.

Por fin, Kaila pudo soltarse de un tirón, con los pulmones aullándole. Retrocedió, pero tropezó y cayó despatarrada. Mientras se arrastraba hacia atrás, las piernas se le quedaron atrapadas en el edredón. Rodó, encontró las tablas del suelo, consiguió acercarse a la escalera.

Pasos pesados. Miró hacia atrás.

—¡Qué calor das, Kaila! —rugió la cosa bajo la funda nórdica sin dejar de avanzar hacia ella.

Cada vez que daba un paso, pisaba la sábana e iba bajándola poco a poco. Kaila no quería ver la cosa horrible que quedaría al descubierto una vez que llegara al final y, balbuceando, se dio la vuelta, estiró la mano hacia la escalera…

… y sintió unas manos en los hombros.

Gritó y forcejeó, pero era su madre la que estaba en las escaleras, abrazándola.

—Kaila, cariño, ¿qué pasa? ¿Qué te ocurre?

Durante un segundo de parálisis, miró a su madre a los ojos sobresaltados. Luego se volvió para mirar hacia atrás.

La funda nórdica estaba tirada en el suelo en mitad del desván.

Su habitación estaba vacía.