KAILA #4
Y era algo propio de aquel lugar. No ocurría nada parecido en ningún otro sitio. Era su bosque, el bosque que había detrás de su casa.
—No entramos ahí —le había dicho papá una tarde de otoño cuando era pequeña.
Kaila había apartado las hojas enmarañadas del arbusto de madreselva que había al fondo del jardín y había descubierto la valla metálica.
Su padre se había acuclillado a su altura—.
Es peligroso. Hay ciénagas profundas, como pantanos.
Podrías quedarte atrapada y ahogarte. Podrías adentrarte en el bosque, perderte y no encontrar nunca la salida.
Por eso tenemos esta valla con alambre de púas en la parte superior, ¿lo ves?
No le des vueltas. Es solo un lugar donde no se te permite jugar, como la carretera.
Y entonces la había apartado de allí.
Así era como Kaila había tratado siempre aquel lugar: como un peligro. El mundo estaba lleno de ellos. No había que darle vueltas.
Cuando fue un poco mayor, preguntó por qué cerraban las contraventanas durante los Días Oscuros. Por qué no les dejaban salir al patio trasero.
—A veces, da la sensación de que ves cosas más allá de la valla —le explicó su padre—. Cosas malas. No son reales, pero hacen que nos sintamos aún peor de lo que ya nos sentimos durante los Días Oscuros, así que es mejor que no las miremos.
Pero ahora Kaila quería mirarlas. Ahora que era mayor, la explicación de su padre le parecía insuficiente. Había algo que no le estaba contando. Y su madre tampoco, porque ella también estaba al tanto.
Fuera, las ramas crujían, el viento suspiraba. La calle estaba vacía.
«A la mierda», pensó Kaila. Se puso las deportivas, hizo a un lado los libros de texto, se subió al escritorio y apoyó las manos en el alféizar.
Sin demasiado esfuerzo, consiguió salir por la ventana.
Seguía lloviznando, pero agradeció sentirlo en las mejillas acaloradas.
Se sentó en el tejado. La gravilla de las tejas proporcionaba una fricción decente, así que la superficie no era ni de lejos tan resbaladiza como esperaba.
Con gran agilidad, se desplazó hasta la parte superior del ventanal.
Se le estiró la piel del estómago. Las heridas que tenía bajo el vendaje se le estaban curando, pero seguro que le molestarían durante un tiempo.
Desde allí, solo había unos cuantos metros hasta el punto más alto del tejado. Estaba mojado y era empinado, pero, desplazando su centro de gravedad hacia delante y trepando como un mono, llegó en un santiamén.
Al fin y al cabo, llevaba el brazalete de Jax. Estaría protegida si se caía.
Le resultaba estimulante encontrarse allí arriba, con Bird Street a sus pies.
Pasó una pierna por encima del caballete y se sentó a horcajadas sobre él.
Ahora podía relajarse y contemplar el patio trasero.
Estaba en calma. Habían recogido la mesa y las sillas, y las hojas mojadas empezaban a amontonarse.
Más abajo estaba la cama elástica en la que practicaba los mortales en primavera.
No había nada que pareciera distinto. No había nada que fuera lo que no debía ser.
Aun así, los árboles del otro lado de la valla susurraban con inquietud. Un misterio animaba el bosque.
«A veces, da la sensación de que ves cosas más allá de la valla. Cosas malas. No son reales».
De repente, le vino a la memoria un recuerdo de Rover Nyholm, el vecino de enfrente, que siempre había sido muy chismoso.
Tenía diez o quince años más que ella y era tan guapo como un modelo, o como un ángel.
Pero también tenía una vena maliciosa. Como todos los niños de por allí, Kaila conocía los rumores acerca de que el bosque de Snoqualmie estaba embrujado, pero Rover le daba color a la historia con relatos de almas perdidas que moraban en agujeros y que trataban de atraerte hacia allí.
Si encontrabas uno de esos agujeros, estabas marcado. Condenado.
Poco después, papá le había prohibido volver a hablar con Rover. Y, un día, los Nyholm desaparecieron. ¿Por qué? Kaila cayó en la cuenta de que nunca lo había sabido. Habían derribado la antigua casa y, ahora, Gray y Laura vivían en la villa que la había reemplazado.
Un crujido suave. El gemido del viento. Kaila se quedó paralizada. Experimentó una sensación inesperada y abrumadora de que había algo cerca. Observándola.
Tonterías, por supuesto.
Un movimiento le llamó la atención y miró a la izquierda.
Desde su posición en el caballete del tejado, alcanzaba a ver parte de la finca McKinley.
Una extraña procesión se dirigía desde la linde del bosque hacia la casa.
Kaila sintió un cosquilleo detrás de la cara cuando vio que su padre iba con ellos.
Tanto él como Harry, el vecino, iban encogidos bajo un poncho y entre los dos cargaban con una especie de silla extraña.
Olivia, Juliette y Elizabeth también formaban parte de la comitiva.
Kaila no reconoció a la mujer arrellanada en la silla, pero supo al instante que estaba muerta.
Aquel rostro enfermizo y demacrado.
Aquella boca flácida y abierta.
Si no hubiera tenido los muslos apretados, seguramente se habría caído, porque se le aflojaron todos los músculos. Aun así, tuvo la claridad mental necesaria para pensar: «Si yo puedo verlos a ellos, ellos pueden verme a mí. Y aquí arriba destaco bastante».
Con cuidado, se desplazó hacia el lado de Bird Street, lo justo para poder seguir asomándose por encima del borde.
Le temblaban tanto las manos que tuvo que presionarlas con fuerza contra las tejas.
La lluvia ya no le resultaba refrescante, sino sucia y fría, y estaba empezando a empaparle el jersey.
La procesión había desaparecido detrás de un grupo de pinos.
Cuando volvió a verlos, estaban más cerca, hacia la mitad del jardín de rosas.
El cuerpo de la mujer muerta se balanceaba hacia la derecha como un espantapájaros.
En un primer momento, Kaila pensó que era porque Harry y su padre habían dejado que aquel chisme que parecía una silla se inclinara, pero luego vio que la mujer muerta abría los ojos. Así que no estaba muerta.
«Cáncer —pensó Kaila—. Una persona solo tiene ese aspecto después de la quimio. Esa mujer tiene una enfermedad terminal, y papá y los vecinos la están sacando del bosque que hay detrás de nuestra casa. Del bosque al que se supone que no debemos entrar».
¿Qué cojones era todo aquello? No tenía ni idea de qué estaba viendo, pero su primer impulso fue el que habría tenido cualquier quinceañero al presenciar algo extraordinario: sacó el móvil, abrió la cámara y empezó a grabar.
Ahora el grupo había llegado al resguardo que formaban las dos alas de la casa McKinley; aun así, consiguió grabarlos durante alrededor de quince segundos antes de que el alero cubierto de hiedra le bloqueara la vista.
En los últimos siete, había acercado la imagen a la cara empapada de sus vecinos para revelar su expresión tensa.
La boca de la mujer enferma volvía a estar flácida.
Luego, desaparecieron. Curiosamente, eso le supuso un alivio, porque tenía la sensación de haber sido testigo de un secreto y, de repente, deseó no haberlo sido.
¿Quién era aquella mujer? ¿Qué habían estado haciendo los vecinos y su padre con ella en el bosque? Y con aquel tiempo, nada menos.
Hacía unos años, en la boda de Olivia y Juliette, Kaila e Ethan Wachowski, con quien solía quedar de vez en cuando, se habían ido a dar un paseo por los jardines de los McKinley.
Al fondo, habían descubierto una verja en el muro.
Cubierta de madreselva. Asegurada con candados pesados. De allí había salido la comitiva.
Pero ¿por qué?
Allí fuera había un territorio salvaje que, durante los Días Oscuros, se extendía y se convertía en un territorio salvaje dentro de la mente de los vecinos.
Sin embargo, las cosas que veías ¿eran alucinaciones o eran ciertas?
Desde luego, eso de allí, la procesión en la que su padre había participado, no era ninguna alucinación.
El viento susurró y Kaila desvió la mirada hacia la linde del bosque. Los árboles parecían elevarse. Las ramas crujían. Luego se hundían.
Era casi como si la naturaleza estuviera respirando.
Al anochecer, Kaila ya había encontrado una explicación sencillísima para el tema de la enferma de la silla.
La mujer era una pariente de los McKinley, quizá la hermana del viejo Graham, que había querido ver la finca familiar por última vez antes de morir.
Había sido un acto de compasión en el que papá se había ofrecido a ayudar.
Había unas cuantas pegas —¿por qué Graham y Dorothy no los habían acompañado?
—, pero no debía de andar muy desencaminada, y Kaila se aferró con desesperación a esa idea.
Decidió preguntarle a su padre durante la cena.
Pero ni Django ni él cenaron con ellas. Mamá preparó unos macarrones con queso y se los comieron en el sofá viendo un episodio de RuPaul’s Drag Race .
Kaila estaba muerta de hambre, pero su madre apenas fue capaz de comer.
No paraba de remover la comida como si todo estuviera fuera de su sitio, como si eso importase en los macarrones con queso.
Por fin, hacia las ocho, papá volvió a casa. Había recogido a Django de casa de Noah y había comprado una tarrina de helado de tamaño familiar, sabor Cookie Dough, en Baskin-Robbins, en Lock Haven.
—¡Cucharas, chicos! —gritó.
Django corrió hacia el cajón. Papá abrazó a mamá. Fue un abrazo más largo de lo habitual, y aquello pareció aliviar parte de la tensión de su madre.