KAILA #3
A sus padres no les duró mucho el enfado.
Nunca les duraba cuando sus manías la hacían meterse en líos.
Papá hizo que Kaila se disculpara mil veces con la dueña de la bicicleta cuando la encontraron en la plaza.
La mujer iba despotricando sobre carabinieri y criminali , pero entonces la chica le dio un beso repentino en la mejilla y dijo:
— La vita è bella!
Y lo era.
De manera inesperada, recibió un abrazo.
Tumbada en la cama, Kaila veía a gente saltar desde setenta y cinco metros de altura.
Se había quedado a dormir en casa de Jax y había sido un fiasco.
El «concepto» de quedarse a pasar allí la noche de un martes cualquiera era guay, porque sus padres solían ser muy estrictos con esas cosas.
Pero no había sabido cómo lidiar con la atención empalagosa y bienintencionada de su novio.
Se suponía que aquel día iba a quedarse a cenar, pero se le revolvía el estómago solo de pensarlo, así que le pidió a Jax que la llevara a casa.
Refunfuñando, él accedió. Kaila subió directamente a su habitación, pero esta vez ni siquiera su cuarto le proporcionó el consuelo que buscaba.
Al contrario, la tristeza la atacó de inmediato.
En fin, noviembre. Y solo estaban a 3. ¡Aún quedaba mucho por delante!
Kaila se dejó caer sobre la cama con el móvil sobre el pecho.
Le había quitado el protector de pantalla antirreflejos que le obligaban a ponerle porque lo odiaba, como todas las cosas que le recordaban los Días Oscuros.
Como acto de rebeldía, no era gran cosa, pero Kaila se sentía agotada.
Estaba demasiado cansada para dormir. Demasiado cansada para cualquier cosa que no fuera pasar con apatía de un vídeo al siguiente.
«Los saltadores del Golden Gate», los llamaba YouTube. Como si fueran ángeles que atravesaban las puertas del cielo ya mientras caían.
Había un hombre de pelo blanco con una ondeante camiseta gris que trepó hasta el otro lado de la barrera y se dejó caer de inmediato.
Había un chico rubio vestido de negro, apenas mayor que ella, que esperaba en el lugar donde el anciano había saltado, como preguntándose si de verdad era demasiado tarde.
Detrás de él, en el puente, el tráfico zumbaba sin cesar hacia y desde San Francisco.
Un corredor pasó tras él. Pero nadie lo vio.
No, el corredor sí lo vio. Puede que siguiera adelante para protegerse del trauma de no lograr convencer al chico de que cruzara la barrera hacia su lado. Puede que no le importase.
La mayoría de los vídeos estaban borrosos, grabados con teléfonos que ampliaban la imagen desde la orilla del río.
Pero el vídeo del chico se había grabado con un teleobjetivo, así que se le veía la cara.
A Kaila se le formó un nudo en el estómago.
Ser espectadora de ese momento tan oscuro e íntimo de su vida, del momento en que había decidido ponerle fin, le parecía una violación de su privacidad.
Y, sin embargo, no podía no mirar. Escudriñaba el rostro del chico como si esperara algo de él, una señal de solidaridad tal vez, pero no recibió ninguna.
¿Qué les pasaba por la cabeza cuando saltaban?
Kaila era incapaz de desentrañar la respuesta.
Había leído un artículo donde entrevistaban a varios supervivientes.
Había treinta y cuatro casos registrados.
Treinta y cuatro de los más de dos mil que se calculaba que existían, aunque a los novecientos noventa y siete habían dejado de contar oficialmente para evitar que se convirtiera en un espectáculo.
Casi todos afirmaban que el tiempo se había ralentizado durante la caída.
Y que se habían arrepentido de su decisión en cuanto se habían soltado.
Cuando Kaila reflexionó sobre ello, el nudo del estómago se le tensó aún más.
Una mujer había declarado: «Esperaba que fuera una experiencia trascendental, una calma en la que pudiera flotar y dejarme llevar.
En cambio, solo sentí la espantosa certeza de que había cometido el mayor error de mi vida.
Y le recé a Dios por una segunda oportunidad».
Algunas personas sobrevivían al impacto inicial, pero su cuerpo destrozado les impedía nadar y se ahogaban en las frías aguas de la bahía de San Francisco.
Para entonces, las costillas fracturadas ya les habían lacerado las entrañas como un batidor de huevos, les habían llenado los pulmones de sangre y agua salada.
Algunos cuerpos aparecían a cuarenta kilómetros de distancia, en las islas Farallón, tras haber sido pasto de los tiburones, con los ojos arrancados por los cangrejos. Otros desaparecían para siempre.
El chico de negro se soltó sin que su rostro revelara el secreto. Al caer, lo hizo como un saltador de trampolín: con la cabeza hacia abajo, los brazos extendidos al frente.
A Kaila se le escapó un sonido de la garganta y pulsó el logotipo de YouTube. Tenía que abortar la caída. El chico ni siquiera había tocado el agua cuando ella llegó a la página de inicio.
La aplicación estaba repleta de saltadores.
Tendencias: «saltadores». Deportes: «saltadores».
Videojuegos: «saltadores». Ni una sola sugerencia de sus habituales clips de películas clásicas, vloggers u otros clickbaits .
Solo imágenes fijas de almas perdidas atrapadas entre las barras rojas del puente.
Con un dedo, deslizó la aplicación hacia arriba. Volvió a abrirla.
«Saltadores».
Biblioteca: «saltadores».
Descargas: «saltadores».
Kaila cerró la aplicación y se quedó mirando su reflejo en la pantalla negra del móvil.
Era una máscara transida de horror, no su propio rostro.
Apareció un vídeo. Unas imágenes entrecortadas, una chica cuya cara quedaba oculta tras el cabello azotado por el viento, que se acercaba poco a poco a la barandilla.
El vídeo se titulaba: «¡Salta, zorra, salta!
». De repente, se amplió a pantalla completa y, a través del altavoz, una voz metálica rugió esas mismas palabras mientras la cámara se acercaba a la chica, y esta vez Kaila sí vio su propio rostro: no reflejado en la pantalla, sino detrás del cabello alborotado.
Tiró el teléfono. Cayó bocabajo sobre la alfombra.
Pero el sonido continuó.
Primero, el rugido creciente del viento. Luego, el chapoteo, como si una bolsa de basura llena de agua se estrellara contra un suelo de hormigón.
—¿Kaila?
Se sobresaltó al oír la voz y cruzó el desván a toda prisa.
Abajo estaba oscuro; la ventana del rellano estaba entablada, así que daba la impresión de que una sombra grotescamente distorsionada, inhumana, se hallaba en la escalera.
A Kaila se le heló la sangre tan de repente que al principio ni siquiera sintió que se le erizaba el vello.
Entonces la sombra se desplegó y reconoció a su madre.
—No tenía ni idea de que ya estabas en casa —dijo mamá.
—Estaba cansada —respondió Kaila.
Seguía teniendo el corazón en la garganta. Volvió la cabeza hacia atrás para mirar por encima del hombro. El teléfono estaba en silencio.
—¿Te lo has pasado bien?
—Supongo.
La voz de su madre sonaba anormalmente monótona.
—¿Va bien todo contigo?
—Sí…
—¿Jax no ha venido contigo?
—No, se ha ido a casa.
Mamá se estaba comportando de una forma extraña. Sus preguntas parecían superficiales, como si estuviera recitando un cuestionario sin que le importaran las respuestas. «¿Va bien todo contigo?». Ni siquiera seguía un orden sintáctico lógico.
—¿Te has tomado las pastillas? —preguntó la sombra de la escalera.
—Ajá.
—Vale, descansa un rato, cariño. Cenaremos.
—Sí. Como hacemos casi todos los días.
—Sí.
—Vaaa… le.
La sombra desapareció de la escalera.
Kaila sintió una acuciante necesidad de tomar el aire, pero la ventana que había encima de su cama no se abría. Daba al patio trasero, así que papá la había entablado y cerrado con un candado hacía un par de días.
Estaba asustada. Las cosas que veía de vez en cuando le resultaban inquietantes. Parecían muy reales, casi sobrenaturales. Pero eran alucinaciones. La medicación debería ayudarla a contenerlas, pero la medicación también le daba miedo.
Se había puesto la pulsera de Jax en el tobillo. «No te la quites nunca —le había dicho él—. Te protegerá cuando te caigas».
Aun así, no conseguía quitarse la angustia.
Recogió el móvil del suelo y se dirigió al otro lado del desván.
El hueco que había encima del escritorio tenía otra ventana, esta con vistas a Bird Street.
No estaba entablada (ninguna de las ventanas que de la fachada de la casa lo estaba), así que la abrió e inhaló el aroma fresco de la lluvia.
¿Qué era lo que había en la parte trasera de la casa y no se le permitía ver?
Kaila sentía un rechazo instintivo a pensar en los Días Oscuros. Era una reacción casi pavloviana, inoculada en su sistema desde que tenía uso de razón. Pero ahora tenía quince años y sentía que ya no podía evitarlo.
«Juntos lo superaremos», era el mantra de su padre. Solo que en noviembre no había «juntos». Se convertían en islas. Autárquicas, sin ferris. A pesar de sus buenísimas intenciones, ella estaría sola durante los Días Oscuros. Y ya habían comenzado.
El aire frío se coló por la ventana y no pudo reprimir un escalofrío.
La habían criado con la idea de que los Días Oscuros eran un fenómeno natural, como el cambio de las estaciones.
Una depresión generalizada, embutida entre la suavidad del otoño y la primera nevada de diciembre.
«Todos nos sentimos un poco raros. Como la naturaleza, tenemos que acostumbrarnos a ello.
Pero no te preocupes: Acción de Gracias es dentro de tres semanas y todo acabará entonces.
La Navidad está cerca, y eso es divertido, ¿no? ».
Pero los Días Oscuros no tenían nada de natural. Al igual que el patrón de su trastorno, que estaba extrañamente relacionado con ellos y era de lo más antinatural.