Días oscuros KAILA #2
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KAILA #2

Para ser sincera, la idea del suicidio le provocaba sentimientos encontrados, porque lo asociaba con personas solitarias que ya no tenían motivos para seguir viviendo o con perdedores que ansiaban llamar la atención.

Kaila no era ninguna de las dos cosas. Si alguna vez pensaba en quitarse la vida, era a modo de reflexión puramente clínica.

Un paso final y práctico para cuando ya no pudiera continuar luchando contra su trastorno.

Pero lo del cuchillo de pelar patatas había sido distinto.

Era el litio. Le habían aumentado la dosis para los Días Oscuros, pero les había salido el tiro por la culata.

El letargo se había apoderado de ella como una niebla, la había aplastado, le había velado los pensamientos, la había hecho invisible.

Aquel día, después de clase, estaba viendo La dolce vita en su habitación cuando se dio cuenta de que había dejado de sentir el cuerpo.

Se pellizcó la mejilla. Se dio golpecitos en la mandíbula con los nudillos.

Nada. Tenía el cuerpo entumecido, era un pedazo de carne cruda con el que su mente ya no conectaba, como si hubiera perdido el derecho a existir en este mundo.

Anita Ekberg se metió en la Fontana di Trevi y Kaila perdió la cabeza.

Qué bonita tarde de martes. Entra el ataque de pánico: adelante, embiste y cómete la sopa que tengo por cerebro.

Bueno, psicosis maníaca aguda.

El cuchillo solo había servido para ayudarla a sentir algo.

La encontró su madre. Qué bien, otra cosa más por la que sentirse culpable. Su intención nunca había sido la de asustar a mamá. Y eso, a su vez, la asfixió de nuevo. Todo era agotador. A veces Kaila pensaba que estar muerta sería muy útil.

Otra vez en Fairfax. Papá sustituyó a mamá. El auxiliar que le limpió las heridas le sonrió y dijo: «Parece un ataque de oso. ¡Grrrr!», curvando tres dedos en forma de garras, arañando el aire.

Kaila le lanzó a su padre una mirada suplicante: «Ayuda».

A mitad del triaje, las terminaciones nerviosas volvieron a activársele. Más bien, el cerebro volvió a activársele. El dolor le abrasaba la piel del estómago. Aun así, fue un alivio: que le doliera significaba que su cuerpo y ella estaban sincronizados.

No había camas para ingresarla. El ala de menores estaba abarrotada.

La pandemia, dijeron. Más alivio todavía.

A Kaila la habían ingresado en dos ocasiones anteriores y, la verdad, prefería la muerte.

Le sorprendió recibir el apoyo de su padre, pero entonces cayó en la cuenta: con los Días Oscuros a la vuelta de la esquina, quería que su hija estuviera en casa a toda costa.

En cualquier caso, convenció al psiquiatra de que no llamara a Stillwater.

Kaila se dio cuenta de que el doctor estaba bastante afectado cuando lo miró a los ojos, porque sabía que ella sabía que no podía ayudarla.

El auxiliar tenía razón: su psicosis era como un oso y, cuando atacaba, nadie podía ayudarla.

Podían estabilizarla, pero ni siquiera eso funcionaba siempre.

Al fin y al cabo, lo llevaba en los genes.

El hermano de su padre, Frank, también la había tenido.

Nunca era el tío Frank, porque nunca había llegado a convertirse en tío.

Mucho antes de que ella naciera, se había subido a la azotea de un rascacielos de Seattle y había saltado.

Eso había ocurrido el 9 de noviembre de 1985, según la placa que había sobre la repisa de la chimenea.

En aquel momento, Frank solo tenía un año más de los que ella tenía ahora.

—Muy bien, hemos terminado —suspiró el doctor Pill. Más Seroquel. Mientras salían de la consulta, le preguntó—: ¿Por qué el estómago?

Kaila se encogió de hombros.

—No aspiro a ser la típica adolescente histérica que se autolesiona. El bañador me tapa la barriga, no los brazos.

3 DE NOVIEMbrE

A Kaila le encantaba su habitación.

Todas las voces de la casa se desvanecían en cuanto cerraba a su espalda la puerta del antiguo trastero, que ahora servía de escalera al desván.

Como una puerta a Narnia. Una vez allí arriba, incluso el piano de Django desaparecía.

Allí solo se oía el crepitar de la calefacción central y el crujir de los aleros.

Su dormitorio estaba en la parte más alta de la casa, cosa que lo convertía no en una habitación de paredes rectas, sino en un loft secreto con rincones y recovecos extraños bajo una red de vigas de madera.

Kaila había empapelado las paredes con carteles de películas: Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes , Sophia Loren en Una giornata particolare .

Había un póster enmarcado de La vita è bella y un original de Sunset Boulevard del Museo de Hollywood.

Cierto, también había un póster de The Vamps.

Bradley Simpson era su placer culpable, porque estaba buenísimo. Incluso Jax le daba la razón.

En su habitación no tenía que relacionarse con otras personas y, por lo tanto, tampoco tenía que relacionarse con su enfermedad.

Sabía que era una ilusión, pero una ilusión maravillosa de todos modos, como una escena de una película de Fellini en la que los sueños se hacían realidad.

¡Sí, que pasen los extras al plató! Esa era su película si así lo deseaba.

Ella era la directora, y a su alrededor, las cámaras traqueteaban soltando serpentinas de Super 16 a toda velocidad.

Arezzo, Italia, tres meses antes.

En medio de los palacios ocre de la inclinada Piazza Grande, levantó los brazos hacia el cielo.

¡Qué bonito era todo! Cayó en la cuenta al imaginarse en la Toscana de la década de 1940.

Allí, donde se rodó su película favorita, La vita è bella , miró a la vida a los ojos y experimentó una abrumadora sensación de felicidad que había perdido hacía tiempo.

Bailó de un grupo de turistas alemanes o británicos a otro, saludándolos con exuberancia y atrayendo miradas de sorpresa al pasar: « Buongiorno, principessa! ».

Sus etapas de manía tenían esas cosas.

A la mierda con los Juegos Olímpicos, el sueño de Kaila era matricularse en la Escuela de Artes Cinematográficas de la Universidad del Sur de California en Los Ángeles.

Así que aquellas vacaciones eran las mejores de su vida.

Ya habían visitado Cinecittà, cerca de Roma, donde se exhibían piezas originales de utilería de innumerables clásicos y los vestidos auténticos de Anita Ekberg.

Pero aquello (esos adoquines, el pozo, aquel pedazo revivido de historia del cine) lo superaba todo.

Allí estaba el adorable Django, lamiendo un helado. Mamá y papá se estaban tomando un café en una terraza un poco más abajo.

—¡Vamos! —Kaila se rio mientras agarraba a su hermano de la mano y tiraba de él.

—Oye, ¿de qué cojones va esto?

—¡Ahora lo verás!

Subieron corriendo hasta el punto más alto de la plaza. En una calle empinada y estrecha, Kaila vio una bicicleta aparcada delante de una floristería. La agarró y se acomodó en el sillín.

—¡Ven, súbete al manillar!

—¡Kaila, estás como una cabra, esta bici es de alguien! No puedes…

—¡La devolveremos! ¡Va a ser divertido!

Django dudó. Luego sonrió, se embutió entre los brazos de su hermana y se encaramó al manillar. Kaila mantuvo los pies apoyados sobre los adoquines para evitar que se cayeran. Django echó un brazo hacia atrás para pasárselo por el cuello.

—Espera, todavía no he cogido postura…

Se pusieron en marcha con un tambaleo. A Django se le cayó el cono de helado entre los radios.

—¡Mi helado!

—¡Luego te compro otro!

—¡Cuidado, vas dando tumbos por todas partes!

Pero circulaban cuesta abajo, cada vez más deprisa. Detrás de ellos, una mujer ponía el grito en el cielo en italiano. Kaila encontró el ritmo de los pedales y salieron de la callejuela hacia la plaza inclinada.

—¡Por Dios, Kaila, frena un poco!

—¡Llegas tarde al colegio! —dijo entre risas, imitando a Benigni—. Vai, vai!

—¡Madre míaaa!

—Oh, c’è un cavallo! C ’è un cavallo, tutti cavalli!

—¡Kaila, nos vamos a matar!

—¡Agárrate, hermanito!

Tocando el timbre, cruzaron la plaza a toda velocidad con el pelo ondeando al viento. La gente saltaba y ella los esquivaba a todos. Kaila no podía parar de reír y Django no podía dejar de gritar. ¿Por qué estaba su hermano tan asustado? ¡Estaban volando! ¡Kaila era invencible, era inmortal!

Cuando enfilaron otro callejón estrecho y empinado en la parte baja de la plaza, logró esquivar por los pelos a un grupo de turistas y las cajas apiladas de un vendedor de salchichas.

Pero ahora sí había miedo, un miedo agudo y repugnante, como si una profunda oscuridad la mirara con ojos lascivos, una oscuridad que tenía que dejar atrás.

En un abrir y cerrar de ojos, Kaila había salido pedaleando de su sueño de libertad absoluta y se había adentrado en una pesadilla plagada de peligros.

Pedaleaba como si la persiguiera el mismísimo diablo.

La rueda golpeó un bache y vio que Django daba un salto.

Se imaginó que salía disparado desde el manillar y se rompía el cráneo al estamparse contra el escaparate de una tienda.

Mientras cruzaba a toda velocidad una calle comercial, se imaginó que ambos chocaban de frente con una carretilla que pasaba por ahí y daban vueltas de campana.

Esas cosas podían pasar, tenían que pasar…

, pero no pasaron. Kaila venció al diablo.

Tuvieron que alejarse bastante más antes de que al fin lograra parar. Los dos seguían riéndose a carcajadas cuando sus padres llegaron corriendo.

Estaban furiosos. ¿Cómo se le ocurría? Django podría haberse quedado sin dientes; los dos podrían haberse quedado sin ellos.

«O podríamos haber muerto —pensó Kaila sin dejar de reírse—.

Podría haber pasado de verdad». Se quedó atónita al darse cuenta de que, al mismo tiempo que se carcajeaba, estaba llorando.

¿De alegría? ¿De miedo? ¿De alivio? ¿Quién iba a saberlo?