Días oscuros KAILA
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KAILA

Saltando. La vita è bella. Días Oscuros. La cosa a los pies de la cama.

Se detuvo junto al borde.

Una caída de nueve metros.

Tenía que saltar.

Kaila cerró los ojos, se llenó los pulmones de aire.

No tenía miedo. Se había liberado del mundo y todos los sonidos se amortiguaron hasta que solo oyó los latidos tranquilos de su corazón en las sienes.

El cerebro ya no era consciente del dolor, solo de la liberación que acompañaba a la suma concentración.

Ojos abiertos. De puntillas. Pecho hacia delante, nalgas apretadas. Y entonces echó a volar.

Al instante, el tiempo se ralentizó. Como en un baile, curvó el cuerpo, los destellos de luz y de agua se alternaban ante ella cuando comenzó a dar vueltas, una, dos, tres veces.

Le dio tiempo a darse cuenta de lo increíblemente rápido que la superficie se alzaba para salir a su encuentro mientras ella estiraba y cerraba las manos por encima de la cabeza, y entonces atravesó el espejo.

Sintió una euforia pura cuando cortó el agua; era una lanza flexionada a la perfección que por fin se doblaba y giraba.

Se impulsó con las piernas hacia arriba y jadeó para recuperar el aliento.

—¡Kaila! —Se sacudió el agua de las orejas y nadó hacia el lateral de la piscina. Alejandro la llamaba desde el bordillo—. Termina el impulso antes de empezar a girar, te has adelantado un poco. Brazos rectos en la entrada, mantén la tensión en el abdomen. El resto ha estado bien.

Le hizo una demostración de sus instrucciones a modo de ejemplo.

Alejandro Fuentes era un entrenador apasionado, y ella era su mejor atleta.

Contaba con que la muchacha representara al equipo de Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de París, pero no sabía que Kaila saltaba por una razón del todo distinta.

Solo se sentía viva cuando estaba volando, en pleno control de todos y cada uno de los músculos de su cuerpo.

Como si pudiera ser más rápida que su enfermedad mental.

Y, cuando perforaba la superficie, escapaba de ella.

Seroquel, Lexapro, litio… No había pastilla mejor que aquello.

Ojalá pudiera permanecer sumergida para siempre, allí su bajón no la encontraría.

Pero las limitaciones humanas siempre la obligaban a volver a la superficie en busca de aire. La realidad la alcanzaba.

«¡Ahí estás! Creía que te había perdido. No puedes ganarme, Kaila. Ay, ¿pensabas que sí? Pobrecita».

La chica salió de la piscina y se secó con la toalla.

Un triple mortal y medio carpado, eso era lo que estaba entrenando.

Alejandro tenía razón: no había mantenido la tensión del abdomen.

Le fallaba la concentración. Aquel era su último entrenamiento; sus padres nunca la dejaban saltar en noviembre.

Demasiado arriesgado. Pero lo necesitaba con todas sus fuerzas. Sobre todo ahora.

Otra vez arriba. Los dedos de los pies descalzos sobre las escaleras de metal. Hasta lo más alto de la torre, hasta el tejado del estadio. Jax la saludó con la mano desde las gradas. Kaila le devolvió el gesto, pero no lo miró. Él ya había terminado de entrenar y la estaba esperando.

Empezó a preparar el cuerpo, a intentar despejar la mente. Era difícil no ceder a la fatiga que sentía en las extremidades con el litio corriéndole por las venas.

Alejandro gritó: «¡Diez!», lo que indicaba que la piscina estaba despejada. Kaila se acercó al borde.

Allí, con los dedos de los pies enganchados al borde y las gotitas cayendo al agua de más abajo, supo que tal vez algún día saltara sin una piscina a sus pies.

Se alzaría muy por encima de la tierra y oiría las gotas salpicando en la oscuridad del fondo.

Tensaría el cuerpo, estiraría los brazos, cogería aire y después, con valentía, con el pecho hacia delante, daría el salto.

Haría un carpado y vería la vida dando vueltas a su alrededor, y luego se estiraría para detenerla al fin.

¿Se alarmaría al no ver agua, sino asfalto negro?

Haría un agujero en él, lo perforaría justo como le habían enseñado a hacer.

Y, en la oscuridad que la rodearía, ya no tendría que salir a respirar jamás.

Esa idea la asustaba y, al mismo tiempo, la consolaba. No era que quisiera morir, no exactamente. Era una idea que estaba ahí, sin más, y que en cierto modo le daba fuerzas.

Por si acaso se quedaba sin fuerzas de verdad.

Se enderezó, se estiró, saltó. Ya mientras caía, sintió que algo iba mal.

No era el familiar destello de luces y agua.

Era un destello de luces y oscuridad. De nuevo, el retraso cuando su cuerpo comenzó a girar por instinto.

Pero, esta vez, el miedo la traspasó. Intentó fijar la mirada en lo que era arriba, luego abajo.

Se estiró para salir del giro. Los ojos se le abrieron como platos.

No había agua en la piscina, había una multitud de personas.

Centenares. Un mar de cabezas que se balanceaban y se acercaban a gran velocidad.

La miraban con la boca abierta y negra, le tendían las manos pulposas.

Kaila cerró los ojos con fuerza y se estremeció.

Un instante después, golpeó el agua. La increíble fuerza del impacto la dejó sin aire en los pulmones.

Se hundió en el azul mientras el dolor le recorría el cuerpo entero.

Le pitaban los oídos. Sin saber cómo, logró bracear hasta la superficie, escupió agua.

—¡Por Dios, Kaila! ¿Estás bien?

Alejandro tenía las manos apoyadas en los muslos.

Ella asintió con vehemencia y cerró los ojos para contener las lágrimas.

«Tripazo», lo llamaban. Cometer un error y golpear el agua de lleno a unos cincuenta kilómetros por hora.

Fracaso absoluto. El estadio contenía la respiración, había decenas de personas mirándola.

«Dejadme en paz —pensó mientras el mundo empezaba a dar vueltas—. Dejadme en paz de una vez» .

—¿Seguro de que estás bien, niña? Acércate al bordillo.

El dolor del costado derecho le ardía. No sabía si se había hecho alguna lesión grave, así que intentó nadar de espaldas.

Joder, esas manos. No eran reales. Aun así, le entró el pánico cuando la agarraron por los hombros.

Había manos por todas partes, tirando de ella, aferrándola.

Quiso resistirse, pero solo era Alejandro sacándola del agua.

Una vez fuera, se desplomó sobre las baldosas con los dientes castañeándole.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Jax—. ¿Había un auxiliar de vuelo y no me he enterado? Porque era como si… te estuvieras preparando para el impacto.

Por el retrovisor, Kaila atisbó los pinos que se mecían ante la luz del camino de entrada.

Jax la había llevado a casa. Durante el trayecto, habían escuchado música, y ahora lo único que le apetecía era bajarse del coche y meterse corriendo dentro.

Tomarse un batido de proteínas y echarse en la cama.

—No lo sé.

—Menos mal que estás bien. La última vez que me pasó, no podía caminar. Increíble.

Kaila dejó que las palabras de Jackson le resbalaran, aunque le preocupaba que el familiar sonido de su voz no le llegara.

Más bien, le causaba aversión. No podía pedir un novio mejor que Jax Bridell.

Diecisiete años. Abdominales como una tabla de lavar.

Una mata de pelo rojo y rizado, un sentido del humor exasperante, fan de Queen desde que Rami Malek protagonizó Bohemian Rhapsody .

Estaban enamorados, pero algo no iba bien.

Era una broma cruel: Kaila tenía todo lo que su corazón podía desear y, aun así, pensaba en quitarse la vida.

—Kay, solo estoy preocupado por ti.

—No te preocupes. Ya estoy bien.

—Sabes que no me refería a eso.

«En serio, estoy bien. El hecho de que lleve toda mi vida pensando en el suicidio no es más que un síntoma. Un deseo pasivo de morir, dice mi terapeuta. ¿No significa eso que ahora mismo estoy bastante bien?».

—¿Seguro que no quieres que entre?

—Ya sabes que no puedes, mañana hay clase.

—No me refiero a quedarme a dormir. Solo quiero estar un rato contigo. Porfaaa.

Kaila se puso a juguetear con la manija de la puerta y contó los arañazos que tenía para mantener las lágrimas a raya. No se atrevía a decirle lo mucho que le asfixiaba esa idea.

—Mi madre no se encuentra bien, quería acostarse pronto. Otro día, ¿vale?

Aquellos enormes ojos marinos… Casi explotaba cuando la miraba así, con tanta ternura. En realidad, era increíble que no hubiera explotado ya.

—Qué se le va a hacer. De todas formas, ahora tienes una pinta horrible —le dijo con una gran sonrisa—. Estás toda colorada del golpe.

Ella apenas logró curvar los labios, pero se tensó cuando él se acercó para besarla. Primero en la frente, luego en la nariz, luego en el cuello. Se zafó de sus brazos y casi chilló:

—Nos vemos el sábado.

Abrió la portezuela de un tirón y se bajó del coche a toda prisa, arrastrando su bolsa. Jax se inclinó para asomarse y gritar:

—Espera, tengo una cosa para ti. —Le dio una pulsera trenzada con hilos—. Póntela en el tobillo y no te la quites nunca. Te protegerá cuando te caigas.

«Ese es justo el problema», pensó ella.

—Qué detalle. Gracias, me la pondré.

—¡Te quiero!

Kaila le contestó lo mismo, pero no volvió la vista mientras se apresuraba hacia la puerta. Se odió por haberlo dicho. Jax tenía que empezar a mirar por sí mismo. No quería que se volviera dependiente. No quería que sufriera si algún día ella ya no estaba.

1 DE NOVIEMbrE

—¿Has vuelto a pensar en el suicidio?

La pregunta la pilló desprevenida. Kaila levantó la mirada y se llevó la mano al vendaje que le cubría el estómago.

El doctor Pill suspiró.

—¿Sientes el impulso de quitarte la vida?

Ella lo miró como si estuviera loco.

—Sé lo que es el suicidio. Esto ocurrió porque quería vivir.