LUANA #7
Una vez que el Contable le hubo ofrecido el libro a todo el mundo —nadie lo aceptó—, volvió a guardarlo en el maletín.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo, un espasmo antinatural de alegría, algo que se suponía que era una carcajada, tal vez, y una vez más Luana pensó: «Infantil.
No es un hombre. Finge ser un hombre, aunque no le sale bien del todo. De hecho, le sale fatal».
Se ajustó la pajarita. Entonces, el Contable sacó una jarra de cobre del maletín y le quitó la tapa.
Esta vez rodeó la mesa por el otro lado —Marc, Joyce, Olivia, Juliette— y les llenó los cálices de un vino espeso y rojo como la sangre.
Que humeaba. Cuando llegó a Maurice, este fue el primero en romper el silencio desde que había llegado el Contable.
—Solo un sorbo para mí, por favor. —Tenía la voz ronca, apenas reconocible—. Creo que ya he bebido demasiado.
El Contable no se movió. Al principio, Maurice no se dio cuenta; luego levantó la cara y, una vez que su mirada se cruzó con la del Contable, ya no pudo apartarla.
Ocurrió algo. Se produjo un intercambio tácito entre ellos, algo que Luana no llegaba a entender del todo, pero que estaba ahí, y se volvió horrible.
Maurice empezó a temblar. Una oscuridad se abrió alrededor de ambos, un crepúsculo titilante que pareció envolver a su vecino mientras el rostro del Contable flotaba en un humo negro.
Las ramas de noviembre se movían en el interior de ese humo, y cuatro ojitos blancos resplandecían sin dejar de mirar a Maurice como estrellas frías.
Este sudaba profusamente. Tenía los ojos desorbitados y, por las comisuras, le caían lágrimas de sangre de los capilares reventados.
Más tarde, Luana se dio cuenta de que no era capaz de recordar cómo ni cuándo había terminado el espejismo, pero, cuando acabó, Maurice estaba sentado con la cara entre las manos mientras el Contable, con la misma compostura voraz, le llenaba el cáliz hasta el borde.
Juliette se tapó la boca con las manos.
A Dorothy le colgaba la boca, convertida en una máscara de horror.
Nadie más habló cuando el Contable se acercó a llenarle la copa.
Nadie lo miró a los ojos. La jarra seguía vertiendo vino, a pesar de que hacía tiempo que tendría que haberse vaciado.
Una vez concluida la tarea, se dirigió con calma a la cabecera de la mesa ocupada por Graham McKinley, que parecía más viejo que nunca.
El Contable se acercó a la caja fuerte y sacó el artefacto. Cada año era distinto. Un teléfono móvil. Una fotografía arrugada. Dentaduras postizas.
Aquel año eran unas gafas de montura de pasta.
Luana sabía que habían pertenecido a Richard Poulsbo, de Olympia, Washington, un hombre de cuarenta y siete años, gerente de un Costco y paciente de distrofia miotónica, un trastorno muscular hereditario con un pronóstico de vida de tres años.
Poulsbo no había querido esperar a que llegara ese momento, pero tampoco había conseguido reunir el valor necesario para comprar un arma y pegarse un tiro en la cabeza.
El año pasado, le habían proporcionado un final más humano en el bosque que había tras las casas de Bird Street.
Por un instante, el Contable se limitó a quedarse allí plantado, con los ojos cerrados, inhalando el olor de las gafas. Inmóvil. Atrapando el aroma en su interior.
Luana se percató de que estaba babeando de nuevo.
Entonces exhaló. Le brotó vapor de los hombros. Mientras se dirigía hacia la chimenea, sosteniendo las gafas entre el pulgar y el índice, una sonrisa lobuna se le dibujó tras el aliento de vapor blanco.
Les hizo un gesto para que se pusieran en pie. Susurros de ropa, crujidos de sillas. Todos se levantaron, Dorothy con la ayuda de su marido.
En cuanto se detuvo debajo del jabalí, el Contable alzó su cáliz y todos lo imitaron. Por primera y última vez aquella noche, habló. Su voz susurraba como la noche de noviembre, fría como la Luna del Castor y, sin embargo, tan normal como la voz de un hombre o un niño:
— Vivir en prosperidad. Concedida voluntariamente.
El patriarca levantó su copa más alto y emitió un rotundo:
—¡Sí!
—Sí —gruñó Dorothy.
Graham le hizo un gesto de asentimiento y miró en torno a la mesa.
—Sí
El susurro de Maurice apenas fue audible.
—Sí —dijo Juliette.
—Sí —dijo Olivia.
—Sí —dijeron Joyce y Marc al unísono.
El Contable desvió la mirada hacia el otro lado de la mesa.
—Sí —dijo Harry.
—Sin duda —dijo Elizabeth—. No hay otra opción.
—Sí —asintió Ralph.
Luana no levantó la copa, no levantó la vista hacia el Contable. Evitó la mirada de todos los presentes. Tuvo que carraspear antes de poder pronunciar:
—Sí.
—Sí —dijo Laura, a su derecha.
Y:
—Sí —dijo Gray Júnior.
Al Contable le brillaron los ojos. Buscaron los del patriarca. Este último volvió a levantar su cáliz y exclamó:
—Queridos vecinos: ¡gracias!
—¡Gracias! —corearon al unísono, y luego bebieron.
Luana arrugó la cara. Sabía a algo vivo, amargo y ferroso. Estaba a temperatura corporal.
El Contable bebió y bebió y bebió hasta vaciar el cáliz. Resolló mientras se pasaba la lengua por los labios. Después arrojó las gafas al fuego con descuido.
Fuera, el viento aullaba.
Las gafas restallaron entre las llamas.