LUANA #6
Durante un rato, lo único que oyó fue la respiración ronca y sibilante de Dorothy. La anciana estaba arrellanada en la silla. Luana no estuvo segura de si estaba despierta hasta que la mujer levantó una mano, temblorosa y en forma de garra, para agarrar la de su marido.
Vio que Marc Wachowski jugueteaba con su anillo de casado. Lo hacía girar con el pulgar y el índice de la mano derecha, como si quisiera quitárselo y no terminara de decidirse. Joyce fingía no verlo.
Un trozo de leña restalló en la chimenea y un resplandor rojo se reflejó en el cáliz de la cabecera de la mesa.
A las diez menos cinco, Graham McKinley se puso en pie. Apretó un botón en un mando a distancia y se oyó un traqueteo mecánico. El retrato de su padre se deslizó hacia la izquierda y dejó al descubierto una caja fuerte. El patriarca marcó un código y la caja se abrió. Hecho esto, volvió a sentarse.
Desde algún rincón de la noche, brotó un aullido lastimero. Luana tardó cinco largos, escalofriantes y aterradores segundos en darse cuenta de que provenía de los galgos de Laura y Gray, en la casa de enfrente.
Nadie hablaba.
Nadie miraba a los demás.
Todos esperaban.
Entonces el péndulo vibró y el reloj dio las diez.
Después del tercer toque, el monumental estruendo de la aldaba retumbó en el pasillo. Dos veces. A Luana le volvió a la memoria una frase que su madre solía decir cuando los pequeños contratiempos se sucedían uno tras otro: «El diablo siempre llama dos veces».
Elizabeth desvió la mirada hacia la puerta, pero esta vez no parecía tener ganas de levantarse.
Se oyó otro estrépito atronador: el del cerrojo al descorrerse.
La puerta delantera se abrió. Una corriente de aire frío entró en la sala de trofeos e hizo que la lámpara de araña tintineara y el fuego se reavivase.
El pequeño Ricky empezó a llorar.
Luana tenía el corazón desbocado; aun así, miró de soslayo a Laura, que había cerrado los ojos y entrelazado las manos con fuerza.
Estaba murmurando una oración. A su derecha, Gray Júnior agarró a Laura del brazo y le lanzó una mirada ansiosa al cochecito, pero no fue capaz de reunir el valor necesario para levantarse.
No es que le sirvieran de mucho a Ricky.
La puerta delantera se cerró de golpe. Desde el pasillo les llegó el metódico clac, clac de unos zapatos de charol. Camino de la sala de trofeos.
Un sollozo ahogado. Puede que fuera Olivia. Puede que fuera Marc. Luana no habría sabido decirlo. Tenía la mirada clavada en el temblor de sus propias manos.
De repente, se le nubló la vista. Hubo un breve y momentáneo espejismo de sombras que se arrastraban hacia la sala de trofeos, no de un hombre ni de una bestia, sino de ramas de sauce retorcidas.
Se acercaban cada vez más desde la puerta, reptaban por el techo, por el revestimiento de roble de las pareces, por el suelo de madera pulida.
Empezó a erizársele el vello; tuvo la sensación de que el cuero cabelludo se le deslizaba por el cráneo y los músculos de la espalda se le tensaron.
Todo le hormigueaba como si el aire se estuviera cargando de electricidad.
Entonces, el espejismo desapareció.
El Contable entró, vestido con el mismo traje que llevaba cuando se le apareció por primera vez, hacía tantos años, en São Paulo.
Luana no lo miró, pero lo vio acercarse por el rabillo del ojo; alto, anormalmente alto, desenfocado.
Las solapas de satén titilaban como la escarcha reciente.
Los gemelos reflejaban el naranja del fuego.
El humo que le brotaba de los delgados hombros era casi tan convincente como para que lo tomaras por lluvia evaporándosele del traje.
Pasó por su lado de la mesa. Harry. Elizabeth.
Ralph. Todos se encogieron. Luana no se atrevió a darse la vuelta, pero alcanzó a olerlo y se le agarrotaron los músculos del cuello: el almizcle intenso de su loción para después del afeitado, gases nocturnos y vapores como los de un pozo en el bosque.
Oyó su respiración. No era sibilante como la de Dorothy, sino voraz y gutural. Hambrienta.
Se le entrecortó cuando vio el cochecito.
Entonces Luana se volvió… a medias. No le quedó más remedio, ya que los gemidos de Laura eran tan desgarradores que no fue capaz de seguir ignorando lo que estaba ocurriendo detrás de ella.
Se giró justo a tiempo de ver al Contable encorvado; sus movimientos peculiares, casi infantiles, nada que ver con cómo se movía un hombre adulto.
Una mano enfundada en terciopelo se deslizó bajo la capota.
Si tenía pulmones, en aquel momento absorbieron aire con un siseo.
Dejó escapar un ruido inarticulado de excitación casi ardiente, como una laringe que intentara hablar sin lengua, sin labios, sin dientes: oouuuuhhhhh…
El pequeño Ricky dejó de llorar. Entonces Luana distinguió unos gorjeos, pero no sabía si procedían de Ricky o del Contable.
Gray le apretó el brazo a Laura con todavía más fuerza.
El sudor le perlaba la frente, pero ambos seguían demasiado paralizados para intervenir.
El Contable ladeó el rostro hacia los recientes padres y sonrió con un fervor indisimulado.
Estaba babeando, un hilo largo y brillante de baba a modo de felicitación.
Luego enderezó la espalda como si fuera una navaja automática y siguió hacia la cabecera de la mesa, donde dejó el maletín. Se enjugó los labios con el dorso del guante de terciopelo y sacudió la baba en dirección al fuego, donde se evaporó con un silbido.
El Contable abrió el maletín y sacó su libro.
Después lanzó una mirada en torno a los congregados.
En ese momento parecía un hombre corriente, con una cara que cualquiera olvidaría en cuanto apartase la mirada de él.
Pero, en cuanto clavó los ojos en Luana, esta se vio catapultada de vuelta a su primer noviembre en Bird Street, a su primera reunión en la sala de trofeos.
«Esto no está ocurriendo», había pensado cuando él entró tan pronto como dieron las diez.
Pero sí estaba ocurriendo. Todo había encajado en aquel instante.
Él era el hombre que la había visitado cuando estaba desangrándose en la calle.
Él era el hombre que le había devuelto la vida. Salvo que no era un hombre.
Desde que se había despertado del coma hasta que se encontró frente a él en persona, le había restado importancia pensando que había sido un delirio febril al borde de la muerte.
Pero entonces lo había comprendido. Lo había planificado todo.
Su llegada a Estados Unidos. Que se enamorara de Ralph. Su embarazo. Todo predestinado.
Según los recuerdos de Luana, en aquel sueño de cromo y cristal y asfalto y sol había mojado el dedo en su propia sangre y había trazado una mancha espeluznante en la página justo antes de perder el conocimiento.
Pero, cuando el Contable le había mostrado su libro dieciocho meses más tarde, había visto su nombre completo:
Luana Perreira da Silva
Escrito con sangre.
Por supuesto, se le había ofrecido la oportunidad de arrancar la página del libro y quemarla en la chimenea. Incluso ahora, dieciséis años después, la mirada ansiosa del Contable le ofrecía lo mismo.
«Adelante —decía esa mirada—. Tú eliges».
Pero, en aquel entonces, Luana había pensado en la criatura que llevaba en el vientre y se había negado. Ahora pensaba en Kaila y en el cuchillo de pelar patatas. Y se negó de nuevo.
Puede que Kaila y Django hubieran nacido sanos, pero ambos habían sobrevivido a duras penas al parto.
Los dos habían nacido azules. El cordón umbilical se les había enredado como una soga alrededor del cuello, como una advertencia de las calamidades futuras, y habían transcurrido unos minutos aterradores antes de que por fin tomaran su primera bocanada de aire y su llanto resonara en la sala de maternidad.
«Y por eso el ciclo continúa. Once meses de felicidad, cuatro semanas de oscuridad.
Aceptado, compartimentado en un silencio dorado.
Da igual lo culpable que te sientas. Kaila y Django no lo saben.
¿Cómo crees que reaccionarían si descubrieran que detrás de sus talentos hay una trampa, que hay un motivo oscuro por el que a ellos se les abren puertas que permanecen cerradas para otros?
Sí, puedes plantearte cómo habrían salido de haberse criado en otro sitio; si Django habría tocado el piano, si Kaila habría sido bipolar. Pero no olvides que…».
Para empezar, no habrían existido.
Por eso Ralph y ella estaban atrapados en el pacto de Bird Street. Estaban allí por voluntad propia. Podían mudarse. Quitarles a sus hijos su mayor felicidad sería insoportable…, aunque no tan insoportable como que ella perdiera la suya: los propios niños.
Otra de las frases hechas de su madre: «El diablo siempre hace trampas».