LUANA #5
—Escuchad, es una historia espantosa. Por supuesto que queréis ser clementes.
Si ese hombre deseara de verdad acabar con todo, y en caso de que eso estuviera dentro de la ley, haría lo que pudiera por él.
Pero, Dorothy, no sabes lo que dices. Y Ralph tiene razón.
Parece que todos os estáis olvidando de una cosa: no podemos concederle clemencia.
—Se inclinó hacia delante y dio un golpe en la mesa con una mano seca, curtida, un gesto que convirtió sus palabras en un veredicto—. Aquí… no.
Nadie habló. Todos sabían que tenía razón.
Un golpeteo seco. Todos dieron un respingo. Una rama impulsada contra la ventana por una ráfaga de viento. Aquello les recordó lo que se acercaba cada vez más ahí fuera, en la oscuridad de la noche rota.
Postre: crumble de pera. Helado de canela. Cointreau . Juliette y Olivia se encargaron de servirlo ahora que Paula se había marchado.
Eran las nueve y veinte.
Recibió un mensaje de Django. «Mooola el Psychonauts ».
Luego: «No hay bombones de mantequilla de cacahuete».
Seguido de una retahíla de emojis llorando.
Luana le respondió: «Lo compensaremos mañana, cariño.
Diviértete en casa de Noah, dulces sueños».
Y un corazoncito. Django: «Eres la mejor mamá del MUNDO! !!». Con un montón de corazones.
De repente, se le llenaron los ojos de lágrimas.
Un nudo le obstruyó la garganta e intentó coger una bocanada de aire.
Todo se reducía a los niños: la recuperación de Luana, su llegada a Estados Unidos, conocer a Ralph.
Qué fácil había sido todo. Y luego, en octubre de 2006, había descubierto que estaba embarazada de once semanas…
Tres meses después de haberse mudado a Bird Street.
«¿Recuerdas cómo le temblaba el labio a la ginecóloga cuando te dijo que era un absoluto misterio?
¿Que en la ciencia médica no se conocía ningún caso de regeneración espontánea?
Debía de tratarse de un óvulo que se había quedado rezagado.
Que habían pasado por alto. En teoría, una célula madre podía convertirse en óvulo.
En realidad, estaba especulando, lo calificó de coincidencia increíble, pero su emoción lo decía todo.
Y, mientras observabas al feto moviéndose en tu útero a través del monitor, te dijo que tu embarazo no solo era excepcional, sino prácticamente antinatural».
Antinatural.
Pero Kaila nació sana. Y, cinco años después, había vuelto a ocurrir con Django. Luana era estéril, pero Ralph se había hecho la vasectomía, solo por si acaso.
Dos hijos eran más que suficiente.
«Es feio », le dijo una voz desde lo más recóndito de su mente mientras cogía una cucharada de crumble que le resultó casi imposible de tragar. Feio . Feo.
Aquel lugar era la causa de su felicidad, le había dicho Ralph.
El bosque vallado que había detrás de su casa.
Luana lo había sentido incluso ese primer verano.
Por primera vez desde el accidente, había sido capaz de caminar sin dolor.
Cierto, aquello había llegado tras someterse a una fisioterapia intensiva, pero la facilidad con la que los músculos y las articulaciones habían recuperado su antigua movilidad había sido milagrosa.
«Pero no fue lo único, ¿verdad? Hacía meses, no, años, que tu cuerpo no experimentaba niveles tan bajos de estrés. El nudo que te oprimía el corazón se deshizo. La presión arterial te bajó sin ningún tipo de explicación médica y las palpitaciones cesaron».
Sí. Dos años antes, deseaba morir, pero desde que se había mudado a Bird Street con Ralph y sus padres, había empezado a triunfar: sobre su depresión, sobre la pérdida de sus padres y sobre el accidente.
«Y, aun así, no querías ceder a ello. Ni siquiera esa noche en que Ralph, con la mano posada sobre el milagro de tu vientre, te susurró al oído: “¿Ves? Te lo dije, ¿a que sí?”.
No, eras demasiado pragmática para su superstición.
A pesar del vago pero innegable escalofrío que sentiste, te limitaste a posarle un dedo sobre los labios.
Sentías que te merecías algo de felicidad después de tantas desgracias».
Y sí, se la había merecido, pero por otras razones. Aquella felicidad no se pagaba…, se elegía.
Y eso le daba miedo.
«Porque te sentías sucia por ello, pero no lo bastante sucia. Eras feliz. Y no dejabas de preguntarte: si supieras que tu vida ya está determinada, si supieras que tus sueños se harán realidad, ¿no estarías dispuesta a aceptar ciertas cosas a cambio? ¿Cosas malas, esas de las que no hablamos?».
Entonces había llegado el primer noviembre. Y cuando había visto quién entraba en la sala de trofeos de los McKinley el día 2, a las diez en punto de la noche…
De repente, Luana echó la silla hacia atrás.
Masculló una disculpa y no hizo caso ni a Laura ni a Ralph cuando le preguntaron si estaba bien.
Mientras pasaba por detrás de la mesa, fingió que todo iba bien, pero en cuanto salió de la estancia echó a correr.
Llegó al baño del otro lado del pasillo justo a tiempo. Se dejó caer de rodillas y vomitó.
Cuando terminó, se sentó con la espalda apoyada en la pared, la mirada clavada en las rodillas y un sabor desagradable en la boca.
«Hasta el último momento, no te creíste que fuera real.
A pesar de las advertencias de Ralph, te sorprendió el impacto que tuvo sobre ti.
Pero, aun cuando la depresión volvió con toda su intensidad, aun cuando tus pensamientos empezaron a llevar una vida propia y siniestra, aun cuando la madre de Ralph se tropezó en las escaleras y se rompió el tobillo, y Ralph, el dulce Ralph, que había dicho que te cuidaría, empezó a beber y a gruñir…
Aun entonces seguiste sin creerte que fueras a hacerlo».
Sin embargo, a mediados de noviembre habían ayudado a un encorvado anciano de ochenta años a adentrarse en el bosque, donde le habían administrado la eutanasia.
Y mañana tendrían que volver a hacerlo.
Todos los años, en noviembre, llegaban los Días Oscuros. El bosque de Snoqualmie se agitaba. Volvía con la precisión de un reloj, una tormenta de las estaciones.
Comenzaba de forma inocente, como un «Blue Monday».
Los vecinos se sentían desmoralizados. Les aparecían dolores. Se ponían enfermos.
Pero luego empeoraba.
Reveses económicos. Peleas. Accidentes.
Y luego empeoraba todavía más.
La factura de un año de prosperidad se salda con unas cuantas semanas de lo contrario. Un tiempo de reflexión para que se dieran cuenta de lo que se arriesgaban a perder. Aquel era el precio que tenían que pagar por su felicidad.
O… la mitad del precio.
La única forma de acabar con los Días Oscuros era que alguien muriera en el bosque que había detrás de su casa.
Una vez que llevaban a cabo el sacrificio, su maldición comenzaría a desvanecerse y los Días Oscuros terminarían, a más tardar, el 28 o el 29 de noviembre.
Si el Día de Acción de Gracias caía más tarde, todo serían especias de calabaza, cosas bonitas y una feliz cena a base de pavo.
Si fracasaban, sus calamidades seguían empeorando. Y empeorando. Hasta que…
Alguien llamó con suavidad a la puerta. El cuarto de baño volvió a materializarse ante ella. Ralph.
—¿Estás bien, cielo?
—Sí, tranquilo. No me encuentro muy bien.
—Lo siento. —Se quedó callado un instante y añadió—: Son casi las diez.
—Ya voy.
Luana se levantó y se lavó la cara. No había espejo sobre el lavabo, lo cual fue un alivio, porque no tenía muy claro si sería capaz de enfrentarse a sí misma.
Aquellos suicidios, aquellas eutanasias eran su póliza de seguro de vida más humana.
El menor de dos males. Ralph le había mostrado las estadísticas de la ciudad, sacadas del archivo personal de Harry Aikman, que se remontaban a los años sesenta del siglo pasado.
Fuera de allí, en las zonas del otro lado de Carnation Avenue y Lennox Mountain Road, durante el mes de noviembre la tasa de suicidios era seis veces más alta que la media nacional.
Los delitos violentos se multiplicaban por diez.
Y luego estaban las muertes naturales, una cifra impactante, al igual que la de accidentes y hospitalizaciones.
Todo aquello era información pública, al alcance de cualquiera que estuviese dispuesto a atar cabos.
Pero eso era lo inquietante: fuera de Bird Street, nadie los ataba.
Era como si hubiera un punto ciego sobre esa parte del bosque de Snoqualmie.
El centro de Lock Haven estaba más lejos; allí la influencia era menor.
La gente no se daba cuenta y lo achacaba al trastorno afectivo estacional. Pero las cifras no mentían.
Y ¿el resto del año?
Había casas enormes por toda la ciudad.
Si ellos, los guardianes de Bird Street, no efectuaban su sacrificio anual, la maldición de los Días Oscuros se extendería. Se enconaría como un hongo en la psique local. Moriría gente. Mucha gente.
Y no se detendría.
Luana se secó las manos y abrió la puerta. Ralph estaba esperándola. Su marido le rodeó la muñeca con una mano y esbozó una sonrisa débil. Se dio cuenta de que lo estaba pasando tan mal como ella. Normal que aquel año les estuviera costando tanto. Solo podían pensar en Kaila.
—Vamos —dijo Ralph—. Todo irá bien.
Pero, una vez más, no lo tenía claro. Kaila cumpliría los dieciséis en abril. Al año siguiente, tendrían que iniciarla.
Cuando volvieron a la sala de trofeos, habían recogido la mesa.
Ahora, delante de cada uno de ellos se alzaba un cáliz de cristal grabado, grande y vacío.
Debajo del jabalí, a la cabecera sin ocupar de la mesa, había un decimocuarto.
McKinley contemplaba el fuego desde el otro extremo de la mesa, y la mayoría de los vecinos lo imitaba.
A esa hora, las llamas parecían irracionalmente feroces.
Su resplandor albergaba un encanto extraño e hipnotizador.
Se sentó, se puso el bolso en el regazo. Laura le preguntó en un susurro si estaba bien. Luana asintió, no la miró.