LUANA #4
—La señora Dickinson conlleva ciertos riesgos —dijo Ralph—, pero dentro de unos márgenes aceptables. Su marido dará la voz de alarma en cuanto se dé cuenta de que ha desaparecido. Y luego está la cuestión ética de que deja allegados.
Maurice resopló con desdén.
—Pero ¿dejarla morir como a un perro sí es ético? ¿Ahogada en sus propias flemas solo porque ese tipo ha hecho un trato con Dios?
—No somos nosotros quienes debemos juzgarlo —replicó Ralph, impasible—. Pero, teniendo en cuenta su pronóstico, la he aprobado.
El patriarca asintió y le hizo un gesto a Elizabeth para que continuara.
—El segundo es Garrett Wetzel. Ochenta y seis años, viudo y paciente de Alzheimer, vive en la Residencia de Ancianos Bellevue. También rechazado para el suicidio asistido por motivos de incapacidad mental.
—Obvio —dijo Maurice.
—Le he hecho tres visitas, una de ellas acompañada de Harry.
Me encontré con un hombre pragmático y bien arreglado.
Desorientado, repetitivo, pero con plena conciencia de su estado.
Dice que en la costa este tiene tres hijos y cinco nietos que no lo visitan nunca, según ellos por culpa del covid.
El señor Wetzel se siente muy solo. Intentó suicidarse tomándose una caja entera de ibuprofenos con la leche, y dice que volvería a hacerlo si no le diera tanto miedo fallar.
—Lo de que no recibe visitas es cierto, lo hemos comprobado —añadió Harry—. El único problema sería sacarlo de allí sin que lo notaran.
Graham asintió.
—¿El tercero?
—Mary Beth Lambert, sesenta y tres años, de Chilliwack, Canadá.
Gray la localizó cuando pidió unas pastillas ilegales en una página web sudamericana.
Tardamos bastante en hacernos una idea clara del caso, pero Gray investigó un poco y es interesante.
Puso que le entregaran las pastillas en el número 26 de Berkeley Avenue, pero la señora Lambert vive en el 62.
—No es un error, por supuesto —dijo Graham Sénior mientras cortaba un trozo de venado y lo mojaba en salsa.
—Creemos que no. ¿Qué hace una mujer cuando no quiere que su marido se entere de que ha comprado un cóctel letal?
No pone la dirección de los vecinos de al lado, porque se acercarían a llevárselo y podría ser el señor Lambert quien les abriera la puerta.
Pero el número veintiséis está veinte puertas más abajo.
¿Qué probabilidades hay de que esa gente conozca siquiera a los Lambert?
Así que la mujer se pasa por allí el día que FedEx hace la entrega y llama al timbre.
Pregunta si por casualidad han recibido un paquete a su nombre por error.
Nadie le daría la menor importancia. Pensarían que el remitente se ha equivocado de número, nada más.
—Impecable —dijo Maurice, que sonrió con la boca llena de comida.
Elizabeth no le hizo caso. Se limitó a juntar las manos y recostarse contra el respaldo del asiento.
—Y, según el código de seguimiento, la entrega está prevista para pasado mañana.
La historia de la señora Lambert tenía que ver con un cáncer de pulmón.
La ley canadiense era más indulgente, así que no le resultaría difícil cumplir con los requisitos para la eutanasia.
Pero su historia también tenía que ver con que su marido y ella eran presbiterianos estrictos.
Aunque, a juzgar por el pedido tan meditado que la señora Lambert había hecho en internet, daba la sensación de que se había replanteado sus prioridades.
Gray, desde la otra esquina de la mesa, dijo:
—Si lo de la señora Dickinson no sale bien mañana, interceptaremos el paquete.
Solo saldrá si su marido no está en casa, así que esa será nuestra oportunidad para hablar con ella.
Le señalaremos los riesgos de esa basura extranjera y le ofreceremos una alternativa más segura.
Creo que, si hacemos una cuantiosa donación a su iglesia, estará dispuesta a escucharnos.
—Al número cuatro lo encontró Laura. —Elizabeth se apartó unos cuantos pelos sueltos de la cara—. Ha estado haciendo prospección como voluntaria en el albergue para personas sin hogar de St Martin. ¿Laura?
—Un hombre tímido llamado Eric. Viene de vez en cuando.
No sabemos dónde pasa el resto del tiempo, pero no puede ser lejos.
Lleva años en la calle, tiene un problema de drogadicción.
Una vez que me gané su confianza, ¡no os hacéis una idea del torrente de desgracias que le salió de dentro!
Desgarrador. Gray tuvo que dejarse la piel para desenterrar sus antiguos historiales médicos. ¿A que sí, Gray?
—Todos los sistemas pueden hackearse —convino—. Sobre todo los de los centros sanitarios: tienen más filtraciones que el Katrina. Eric es Eric Shellnutt, de Chatsworth, Illinois. Proclive a las tendencias suicidas antes incluso de desaparecer del radar. Bipolar, pan comido.
Luana se estremeció justo en el mismo instante en que el viejo patriarca dejaba su copa sobre la mesa con un estrépito y los sobresaltaba a todos.
—¡Nada de esto es «pan comido», Júnior!
Había fuego en sus palabras. Le temblaba el labio. Júnior bajó la mirada.
—Lo siento, papá.
Por debajo de la mesa, Ralph le apretó la pierna a Luana. Como siempre, ella escuchaba el catálogo con un pavor entumecido. No era la única: al otro lado de la mesa, Olivia permanecía sentada con el rostro ceniciento y mirándose las manos.
—En fin —continuó Laura con la voz temblorosa—, me contó que ha intentado morir por sobredosis tres veces, pero que no le sale bien. Le comenté que quizá podría conseguirle un chute mejor.
Apartó la silla y empezó a hacer aspavientos sobre el cochecito para dejar claro que no tenía nada más que decir. El pequeño Ricky llevaba toda la noche callado.
—Sería una buena opción —sugirió Marc—. Nosotros cumplimos su deseo y él no deja rastro.
—Cierto —dijo Elizabeth—, pero es difícil llegar a un acuerdo con pacientes como él, así que aún está por ver.
Ralph abrió los brazos y los apoyó sobre la mesa.
—No creo que haga falta que os explique por qué opino que es una mala idea,
—No —dijo el viejo Graham, ya más calmado—. Pero lo más seguro es que las cosas no lleguen hasta ese punto. Tenemos tres opciones espléndidas… Bien hecho. ¿Has mencionado una quinta?
Luana intentó intercambiar una mirada con Ralph, pero él tenía los ojos clavados en Elizabeth, rebosantes de desdén. Quería mostrarle una señal de apoyo a su marido.
—Sí —suspiró Elizabeth al fin—. Joyce la encontró en el Refugio Evergreen.
Joyce posó la copa en la mesa y se llevó dos dedos a los labios mientras se tragaba el Cabernet.
—Cosmopolitan publicó un reportaje sobre famosos que colaboran en refugios. Es maravilloso ejercer un impacto tan real, ¿sabéis? También entrevistaron a Hailee Steinfeld y Maye Musk, así que fue divertido.
«Y ¿eso es relevante porque…?», pensó Luana.
—Conocí a un guatemalteco que lleva ya tres semanas allí.
Danilo No-Sé-Cuántos. Es terrible. El hombre es una catástrofe andante.
Perdió a su mujer por un cáncer. Le pagó todo lo que tenía a un coyote para que lo ayudara a cruzar la frontera de Arizona junto con sus dos hijos, pero la camioneta se averió y ese cerdo los dejó encerrados en la parte de atrás en pleno desierto, con todo el calor.
De los siete pasajeros, Danilo fue el único que sobrevivió.
A saber cómo, escapó de la Patrulla Fronteriza y evadió el sistema.
Un golpe de suerte, en mi opinión, porque el sistema está jodido.
Desde entonces, se ha dedicado a vagar hacia el norte.
Me miró a los ojos y me preguntó por qué Dios es tan cruel como para permitirle llegar tan lejos.
Todo el mundo guardaba silencio. Luana le vio a Elizabeth en los ojos que se estaba planteando qué le resultaba más angustioso: si las desgracias del hombre o el hecho de que, de entre todos los posibles colaboradores de un refugio, hubiera tenido que toparse con una cabeza hueca como Joyce.
Juliette preguntó en voz baja:
—Y ¿no quiere seguir adelante?
—No, no quiere.
—Y aquí es donde marco el límite —intervino Ralph—. Esto escapa a toda moral y ética. ¡Venga ya, chicos! ¡Inmigrantes! ¡Trata de personas! Estáis hablando de gente con una barrera lingüística, con una historia que no podemos verificar, ¡ni siquiera comprender del todo! No podemos cometer ese error.
—Pero, Ralph —replicó Elizabeth—, lo ha perdido todo. ¿De qué otro modo podríamos interpretarlo?
—Con todo el respeto, Joyce, ¿le has preguntado directamente a ese hombre si quiere acabar con su vida? Y, si es así, ¿en qué idioma te ha contestado?
—Yo hablo español… —dijo Joyce con un acento espantoso en ese idioma al mismo tiempo que levantaba las manos.
El juez negó con la cabeza.
—¿Tienes alguna idea de cómo entiende el suicidio su cultura?
De repente, Dorothy tomó la palabra. Con voz ronca, balbuciente, apenas inteligible. Todos se quedaron mirándola. Luana tardó un instante en comprender lo que había dicho.
«Sería fácil atraerlo hasta aquí».
Maurice rompió el silencio:
—Lo siento, Ralph, pero mamá tiene razón. No creo que sea tan mala idea. Sin parientes, sin papeles, nadie lo echará de menos, no será una prioridad para las autoridades…
Luana ya no aguantaba más, así que se aclaró la garganta.
—¿Podríais recordarme por qué elegisteis a Ralph?
Miró a todos sus vecinos uno por uno, hasta llegar a Elizabeth.
—Para encontrar la solución más humana y protegernos de las malas decisiones. —Elizabeth sonaba casi agresiva—. Luana, eso ya lo sé, pero…
—En ese caso, quizá deberíamos dejarle hacer su trabajo.
Elizabeth estaba a punto de replicar, pero Graham se le adelantó: