Días oscuros LUANA #3
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LUANA #3

—Muy bien, gracias —contestó—. Hemos tenido un año muy próspero.

El fuego de la chimenea se reflejaba en los colmillos torcidos de la bestia.

Cuiabá, veinte años antes

—Insuficiencia ovárica prematura —dijo la ginecóloga—. Te trataremos con suplementos hormonales, pero no resolverán el problema. Me temo que eres estéril.

No menstruaba. Su cuerpo había dejado de ovular antes de tiempo, oyó decir a la médica. Luana clavó la mirada en las luces blancas de neón. Tenía veinticinco años y estaba menopáusica.

Dos años intentándolo, y aquel era el final del camino.

Luana había nacido en el seno de una familia de clase media en São Paulo.

Había sido su investigación doctoral sobre la desigualdad social en los grilos lo que la había llevado a Mato Grosso, pero era el amor lo que la había atado a ese lugar.

Se llamaba Mosquito, un empleado de gasolinera sin ningún tipo de cualificación y dotado de un afecto leal con el que ella no siempre había sabido lidiar.

En sus brazos, en el centro geográfico del continente y mucho antes de que hubiera oído hablar de Lock Haven, Washington, o del pacto de Bird Street, Luana descubrió que su mayor deseo en la vida no era perseguir su carrera académica, como siempre había creído, sino tener un hijo fruto de su amor compartido y darle todo lo que se le pudiera pasar por la cabeza.

Para Mosquito, aquel deseo conllevaba un peso añadido, puesto que era hijo de padres adoptivos.

Siempre había sentido un vacío en el corazón, un agujero lleno de preguntas sin respuesta sobre sus orígenes (no había ningún registro) y de desasosiego por la ausencia de un vínculo parental temprano (lo adoptaron a los tres años).

Anhelaba darle a su hijo todo lo que a él le había faltado en sus primeros años.

Lo intentaron. Eran jóvenes y tenían todo el tiempo del mundo. Los dolores de estómago y los problemas menstruales no eran tan importantes. Se le pasarían. Pero, cuando no fue así, la ansiedad se le incrustó en el cuerpo. ¿Se lo había tomado demasiado a la ligera? Pero ¿cómo iba a saber que…?

Y ahora era estéril.

Tras su visita a la ginecóloga, Luana se sumió en una profunda depresión.

No solo se sintió rota por dentro, sino que su incapacidad para tener hijos también rompió algo en el interior de Mosquito, que poco después la dejó.

Regresó a São Paulo. Durante los dos años siguientes, reprimió cualquier idea relacionada con reproducirse.

Sentía su femineidad mancillada, y ni siquiera su psiquiatra logró convencerla de lo contrario.

Para entonces, lo único que conseguía hacerla dormir eran la cachaça , los analgésicos o la heroína.

A veces, un cóctel de las tres cosas. Su vida estaba atrapada en una espiral de la que no podía escapar.

Y estaba convencida de que algo terrible la esperaba al final de aquel descenso. Un frío enorme, flotante e informe.

Fue entonces cuando perdió a sus padres.

El primero en marcharse fue su padre, debido a una insuficiencia hepática aguda.

Para entonces, su madre ya estaba en el hospital.

El cáncer se le había extendido a los huesos y le había retorcido el frágil cuerpo.

Al final, gritaba de dolor con los ojos ciegos clavados en su única hija.

Solo sobrevivió dos meses al padre de Luana.

«Ahora me he quedado sola —pensó ella—. Sin madre. Sin padre. Sin hijos. No puedo tener vida porque no puedo crear vida».

En un momento de lucidez, salió del hospital.

Cerró los ojos para protegerse del sol brillante y empezó a caminar por la avenida Rebouças.

Mirando hacia el pasado, no sabía decir si se había tratado de un verdadero intento de suicidio o, más bien, de un esfuerzo por rendirse a la vida: «Aquí estoy.

Esta soy yo. Te desafío. Si consigo cruzar la calle, empezarás de nuevo por mí. Te aceptaré con los brazos abiertos».

En cualquier caso, no se extrañó cuando el cromo hizo pedazos la luz del sol, cuando el acero, el caucho a punto de derretirse y el asfalto caliente se deslizaron por debajo de ella.

No hubo dolor, solo un espantoso sonido de cosas rompiéndose: el metal, el cristal, su cuerpo.

Más tarde, le contarían que el logotipo de Chevrolet se le había quedado tatuado en el muslo; no en la piel, porque se la había arrancado, sino en la carne que había debajo.

Se estrelló contra el asfalto y perdió el conocimiento.

Se despertó envuelta en una soledad silenciosa, tumbada en un charco de su propia sangre.

No podía llevar mucho tiempo inconsciente, porque aún no había llegado ninguna ambulancia.

Luana se dio cuenta de que se había quedado tirada en la calle como un insecto aplastado.

Cuando el viento le acarició los labios desgarrados, comprendió que su vida llevaba años encaminándose a ese momento.

No le daba miedo morir, pero sentía una tristeza enorme: nunca había querido que fuera así.

Un hombre con traje se agachó a su lado y le bloqueó el sol. No le veía la cara, rodeada como estaba por un halo de luz dorada. Sobre el asfalto, junto a él, descansaba un maletín de cuero negro. Le puso delante un libro abierto.

— Vas a morir, Luana —dijo el hombre, la sombra, el eclipse.

¿Le estaba hablando en portugués? No lo tenía claro, pero lo entendía.

Tal vez lo hubiera oído solo en su mente.

Las palabras que le dirigía no sonaban ni arrepentidas ni alegres.

Estaba exponiendo los hechos. Proponiendo una transacción—.

Pero no tienes por qué. Puedo devolverte la vida.

Puedo hacerte feliz. Será una vida de prosperidad, libre de dolor, y todos tus deseos se harán realidad…

Le vio las manos pálidas. Un dedo inusualmente largo que daba golpecitos en la página vacía y amarillenta.

— Solo tienes que firmar…

Luana sopesó su vida en la balanza que se le ofrecía. La idea que le acudió a la cabeza le pareció tan trivial que le entraron ganas de reírse: no tenía bolígrafo. Pero, cuando quiso decirlo, lo único que le brotó de la boca fue sangre. Una de las costillas le había perforado el pulmón derecho.

Además, Luana Perreira da Silva era brasileña, y su vida estaba lo bastante impregnada de supersticiones como para saber, más que de sobra, quién era ese hombre.

Para ese tipo de contratos, no necesitabas bolígrafo.

La sopa: un consomé claro de carne de caza. Cocido dos veces con hueso de jabalí asado y un bouquet de puerro, apio nabo, granos de pimienta machacados y setas. Agua salada con sabores, en opinión de Luana, pero se suponía que era un clásico.

Eran las ocho y cuarto y las conversaciones se habían apagado. Solo se oía el tintineo de las cucharas. El crepitar del fuego a la cabecera vacía de la mesa. A Dorothy, que sorbía y respiraba con estertores entre bocado y bocado. La lluvia que azotaba la ventana.

Luana no solía pensar en Brasil a menudo. La había pillado desprevenida, contemplando el interior de la brecha que se abría entre lo mucho que aquellos recuerdos parecían difuminarse durante el año y la viveza con la que resurgían ahora.

«Solo tienes que firmar…».

Se le cayó la cuchara y la sopa salpicó la mesa. Levantó la vista, sobresaltada, temiendo ver todas las miradas clavadas en ella, pero nada de eso.

Los demás se limitaron a seguir comiendo. Todos absortos en su propia sopa de traumas. El único ruido que se oía era el del péndulo, que empujaba las manecillas del reloj, compas a compás, cada vez más cerca de las diez.

Se le iluminó el móvil; un mensaje de Kaila. Estaban haciendo una maratón de la cuarta temporada de The Good Place .

Al menos allí todo iba bien.

—Bien. —Graham McKinley rompió el silencio—. ¿Hacemos un repaso?

El plato principal estaba servido. Venado.

Puré de chirivía. Ensalada de chucrut y remolacha.

Mandaron a Paula a casa. Luana sabía que al día siguiente volvería para recoger y limpiar, y después le concederían un mes de permiso remunerado.

El viejo Graham no quería correr ningún riesgo con el ama de llaves durante los Días Oscuros.

—Tenemos cinco opciones —dijo Elizabeth Aikman tras un silencio tenso.

Era una parte propia del ritual. Ralph era la brújula moral de los vecinos, pero el patriarca tendría que dar el visto bueno—.

Aunque antes quiero que nos congratulemos.

Ha sido un esfuerzo conjunto de todos los presentes. Creo que merece la pena mencionarlo.

Un murmullo de asentimiento.

—Los cinco encajan en el perfil.

—Cuatro —corrigió Ralph.

Graham lo miró.

—Lo cierto es que hay cuatro que encajan en el perfil. Uno traspasa todos los límites éticos. En cuanto a otro, no estoy seguro de que su caso sea mucho mejor.

—Bueno, ahí es donde Ralph y yo discrepamos —dijo Elizabeth tratando de ocultar su irritación.

Poner en duda su competencia siempre era meterse en un terreno pantanoso, pero Luana sospechaba que aquel día había algo más.

La había visto tomarse una pastilla hacía un rato, y estaba bastante convencida de que no era para prevenir la acidez de estómago.

En aquel momento, su vecina apretó la copa con tanta fuerza que se le pusieron los nudillos blancos—.

Por supuesto, nuestra ambición es eliminar cualquier duda ética sobre…

—No nos adelantemos —la interrumpió Graham mientras hacía girar dos dedos en el aire—. ¿Quiénes son?

Elizabeth amusgó los ojos. Luego le dio un codazo a Harry, que se sacó una nota del bolsillo de la camisa. Su mujer la desdobló.

—La primera es Ann Olsen Dickinson. Sesenta y siete años, cáncer de cuello uterino metastásico, cuidados paliativos, vive en Mill Creek. Su marido ha hecho que la declaren mentalmente incompetente, lo que la inhabilita para el suicidio asistido.

—¿Está dispuesta? —preguntó Graham.

—La llevaremos mañana. Todos los preparativos están listos.

—Muy bien.