LUANA #2
O los McKinley. El dinero no da la felicidad, pero ese dicho no parecía ser cierto en el caso de sus vecinos.
Maurice era un agresivo operador intradía que convertía criptomonedas en cuantiosos beneficios.
Gray dirigía más de una decena de empresas de internet en la zona del Noroeste del Pacífico y tenía sesenta empleados.
Juliette era representante de psicofármacos y su trabajo la llevaba por todo el mundo.
Pero el patriarca se llevaba la palma. Graham McKinley había heredado una fortuna de su padre, quien había vendido la granja lechera Lock Haven Dairy a la Carnation Evaporated Milk Company.
El propio Graham había sido director ejecutivo de Emerald Steel, una empresa proveedora de piezas de acero para Boeing, Microsoft y compañías de construcciones navales, hasta que, según se rumoreaba, la vendió por ocho cifras en 2007.
Dinero, carrera, prestigio: el denominador común era que los McKinley eran, a todas luces, felices.
Los Aikman eran más sutiles. No era que no tuviesen una buena posición económica, solo que les daba igual.
Jamás te toparías con Harry Aikman en una feria de antigüedades ni en una convención de marchantes, pero siempre estaba allí, en busca de tesoros que añadir a su colección de biblias antiguas y manuscritos raros.
Sin embargo, eso no era lo que le hacía sentirse más realizado.
Harry era un ermitaño y su mayor felicidad era su esposa.
Muy bonito, salvo cuando te dabas cuenta de que, si Elizabeth Aikman celebraba algo, no era a su marido, sino dejar claro su propio y excepcional intelecto.
A Elizabeth le hacían feliz su capacidad para contextualizar las cosas y la humanidad que acompañaba a la sabiduría y la compasión.
Luana se preguntaba si el matrimonio de la señora Aikman con Bird Street no sería un experimento social y filosófico; aun así, aquel patrón en apariencia disruptivo los hacía felices a ambos.
¿Y ellos? A Ralph lo habían reelegido para su cuarto mandato en el Tribunal Superior del Condado de King.
Hacía dos años, el gobernador Jay Inslee se había puesto en contacto con él para ofrecerle una vacante en el Tribunal Supremo del Estado de Washington.
Desconcertado, había rechazado la oferta.
Sus amigos le habían dicho que estaba loco, pero Luana sabía que su marido quería seguir involucrado en los casos cotidianos.
«Son los que me hacen más feliz», le había asegurado.
Y lo era: como brújula moral de Bird Street, Ralph no podía ser más feliz.
Aquellos eran los buenos vecinos de Bird Street. Todos prósperos. Triunfando donde otros fracasaban. Conocimiento. Riqueza. Fama. Poder. Belleza. Amor. Lo bastante sutiles como para no destacar. Un observador neutral podría tachar la correlación de mera coincidencia.
Al menos, si eso hubiera sido todo.
Pero no lo era.
Si ampliaras un poco la imagen, verías que la suerte que Maurice tenía con sus criptomonedas era anormal. A eso debías añadirle que también ganaba dinero a espuertas apostando a los caballos, porque la frecuencia con la que predecía el resultado de las carreras era desmesurada.
Podrían hacerse afirmaciones similares sobre todos los vecinos.
Olivia Davis, sentada al otro lado de la mesa junto a Juliette, tenía suerte de estar viva. Al fin y al cabo, lo que le había causado tantos daños en el páncreas debería haberla matado hacía años.
Y luego estaban los niños. A Luana le parecía que había algo sobrecogedor en la idea de que existieran unos niños perfectos, algo bastante desagradable.
Sin embargo, todos destacaban en algo. Django tenía altas capacidades, al igual que Ethan, Liam y Harper Wachowski, los vecinos de enfrente.
Aunque Kaila «solo» había obtenido una puntuación por encima de la media en las pruebas, sobresalía en los idiomas y los estudios cinematográficos.
El futuro del pequeño Ricky aún estaba por ver, pero el Museo de Arte de Seattle había comprado varios cuadros de su hermana mayor, Aurora Evangeline, de seis años.
Django tenía la música.
Kaila tenía el salto de trampolín.
Todos ellos… felices. Puede que Kaila fuera bipolar, pero durante once meses al año era hipomaníaca y excepcionalmente feliz.
Y sin embargo…
Desde las entrañas de la casa les llegó un ruido sordo.
En el sofocante silencio posterior, Luana oyó el siseo de la savia hirviendo que rezumaba de los troncos de abedul de la chimenea.
Vio que Ralph le lanzaba una mirada de sorpresa a su reloj de pulsera.
Al otro lado de la mesa, Marc hizo lo mismo.
—Es el ascensor —explicó Graham—. Debe de ser madre.
Un alivio visible inundó los rostros que rodeaban la mesa.
Aunque fue efímero, puesto que enseguida empezaron a oír unos ruidos lentos, como de algo que se arrastraba por el pasillo.
Una vez. Y otra. Como si alguien estuviera trasladando un cadáver.
Elizabeth Aikman se levantó y desapareció por la puerta, pero regresó momentos después con la cara pálida.
El motivo se evidenció un instante después, cuando Dorothy McKinley la siguió al interior de la sala.
Todos sabían que, en aquellos días, empeoraba cada vez más a causa del Parkinson que padecía, pero, aun así, a Luana le sorprendió la rapidez de su deterioro.
Hacía solo una semana que había visto a la mujer por última vez.
Aquel día, había cruzado la calle sin ayuda y con la espalda recta.
Ahora, caminaba despacio, encorvada sobre el andador, arrastrando el pie derecho como si fuera algo muerto.
Tenía la cabeza gacha, pero la fina cortina de cabello dorado no lograba ocultar que se había quedado en los huesos.
Marc Wachowski se quedó sin aliento. Todos clavaron la vista en Dorothy mientras pasaba por detrás de Graham. Nadie más se atrevió a acudir en su ayuda como había hecho Elizabeth. Fue Juliette la que terminó rompiendo el silencio:
—Hola, madre. Me alegro de que hayas venido.
Los demás se animaron entonces a murmurar su saludo.
Dorothy levantó la cara mientras se dejaba caer en el asiento contiguo al de su marido.
Pronunció un sonido ronco e incomprensible con la boca permanentemente torcida, pero los observó con la lucidez de siempre y los movimientos de sus ojos delataron la presencia de una mente intacta.
Solo estaba atrapada dentro de su cuerpo de noviembre.
«Ya», pensó Luana, y aquello la llevó de vuelta a Kaila. A Kaila y el cuchillo de pelar patatas.
Por eso vacilaba. Por eso no era capaz de relajarse aquella noche como los demás.
Era demasiado pronto. Los Días Oscuros apenas habían comenzado.
Temía que, aquel año, el precio fuera demasiado alto.
Primer plato: salmón. Salmón rojo salvaje ahumado, con huevos de codorniz, tomates cherry , lima y lichis. Paula trajo la festiva bandeja y repartió la ensalada. Las botellas de Sauvignon Blanc abandonaron las cubiteras.
—Dorothy, te has superado —dijo Marc.
—Desde luego —convino Laura—. Tiene una pinta increíble, madre.
Todos los vecinos estuvieron de acuerdo, todos elogiaron a Dorothy.
Todos sabían que era imposible que, en su estado, lo hubiera preparado ella misma.
La anciana farfulló unas palabras de agradecimiento apenas inteligibles.
Luana, inquieta, asintió mirando a Paula, que se retiró a la cocina sin abrir la boca.
Los ojos vidriosos del jabalí los observaban mientras comían.
Gray Júnior contó una anécdota acerca de que su colectivo de hackers había sacado a la luz las malas prácticas de una gran compañía de seguros y había hecho caer a su director ejecutivo, un poderoso magnate de Nueva York, al filtrar su colección privada de selfis con la cara pintada de negro y en lencería.
«Pesca involuntaria», lo llamó Gray, y los Wachowski se partieron de risa.
Elizabeth, al otro lado de la mesa, presumió de que Harry le había comprado un tomo del siglo xv a una abadía francesa por solo trescientos dólares y de que, tras un estudio minucioso, había resultado ser uno de los primeros libros impresos que existían.
Harry restó importancia a sus palabras con un gesto de la mano, pero rodeó con un brazo posesivo a su esposa, que miraba en torno a la mesa con los ojos hambrientos.
La mirada de Elizabeth delataba la infalible intuición de alguien capaz de olfatear las debilidades ajenas como un sabueso.
Luana peló un huevo de codorniz, pero le temblaban demasiado los dedos.
La membrana estaba pegajosa y el huevo se rompió.
Fuera, una cortina de lluvia caía desde los aleros y velaba las luces del camino de entrada.
Aunque la estancia daba a la calle, donde no hacía falta tapar las ventanas, no le gustaba nada mirarlas durante demasiado tiempo.
Nada de nada. La gente dejaba las luces exteriores encendidas cuando esperaba a otro invitado, y un invitado que llegara con aquel tiempo solo podía albergar malas intenciones.
—¿Cómo te ha ido a ti, Luana? —preguntó Juliette—. Esta noche apenas nos has contado nada. ¿Qué tal tu año?
Sintió que la atención de todos los vecinos se centraba en ella.
«Sí, cuéntanos, ¿qué tal te ha ido? ¿No has disfrutado de otro año pleno y sin dolor, a pesar de que los médicos te dijeron que te quedarías lisiada para el resto de tus días?
Ah, y más importante aún, ¿cómo están los niños?
¡Caray, cómo han crecido! Aunque Ralph y tú seguís sin decirles que ni siquiera deberían haber existido, ¿no? ¡Ay, ay, ay!».
Notó un pinchazo en la pelvis y, con el rostro crispado, soltó el tenedor. Era la vieja fractura. Podía engañarse diciendo que le daba la lata cuando hacía frío y el tiempo era húmedo, pero no era eso. Empeoraba en noviembre. Siempre empeoraba en noviembre.
Olivia le guiñó un ojo desde el otro lado de la mesa. Aquel sutil gesto de apoyo le dio a Luana la fuerza que necesitaba para sonreír a Juliette.